domingo, 27 de diciembre de 2015

CARLOS SPINEDI [17.824]


CARLOS SPINEDI

Nació en 1928 en la ciudad de Río Gallegos (Provincia de Santa Cruz)- Murió en Buenos Aires, 2015; su infancia y adolescencia transcurrieron en Santa Rosa de Toay y Rosario de Santa Fe y, desde hace más de medio siglo, vive en Buenos Aires. Su vida se reparte entre sus afectos, el estudio, la grata tarea de escribir sin ataduras y una interminable persecución de valores éticos y estéticos que otorguen sentido y un poco de belleza a la existencia.

Numerosas revistas literarias y suplementos culturales del país y del extranjero han publicado notas y poemas de su autoría, algunos de los cuales fueron traducidos al francés, al italiano, al griego y al rumano. Invitado por distintas instituciones ha dictado conferencias sobre: "Lorca, Elytis y el Mediterráneo", "América en la obra de Antonio Machado", "Borges en el país del Minotauro, "Kavafis, o la antipoesía", "El Haiku y Occidente", entre otras.

En la década del 60 colaboró con Jorge Luis Borges y José Edmundo Clemente en la Biblioteca Nacional y, hasta 1976, en la Escuela Nacional de Bibliotecarios. Sus poemas figuran en diversas antologías nacionales e internacionales.

Tradujo de portugués al poeta paulista José Paulo Paes y del griego poemas de Kavafis, Ritsos, Elytis, Seferis, K. Dimoulá, entre otros, en colaboración con Nina Anghelidis. También con esta última confeccionó la antología de "Poesía Griega Contemporánea" , editada en La Habana en 1998.

Estuvo activamente vinculado a Cariátide desde prácticamente sus comienzos, participando de la Comisión Directiva y dictando anualmente conferencias sobre diversos aspectos de la literatura neohelénica.

Ciclo

1

hojas de acanto proyectando su red de nervaduras sobre
la palma de una mano,

2

mano por la cual se escurre la sombra de los tiempos
antiguos,

3

antiguos módulos solares que un dios obstinado activa
cada día,

4

día impreso en las inmóviles láminas de un almanaque
de campo,

5

campo de trigo verde contaminado por rojas amapolas y blancos
fragmentos de mármol,

6

mármol salpicado por la sangre de los augures y los pájaros,

7

pájaros de mirada estrábica posados sobre los muros de un templo,

8

templo destruido por el seismo imperceptible de las migraciones,

9

migraciones de hombres condenados a la suerte perecedera
de las hojas,

10

hojas de acanto proyectando su red de nervaduras sobre la palma
de una mano,



LA TRAVESÍA

“...e pronto sono a travassar lo rio...”
Dante – Infierno: III – 124

Este no es el memorable río
a que alude la ciencia de “el Oscuro”:
liberada por fin del cuerpo impuro
deplora aquí el alma su extravío.
Privados de esperanza y de futuro
a los hombres agobian el hastío
de ya no ser, y el sólido vacío
que a sus ojos parece un alto muro.
Al turbio río llaman Aqueronte:
incansable una barca lo navega
en tinieblas, sin cielo ni horizonte,
mientras refluye su corriente ciega
hacia la orilla misma del Averno,
esa forma perversa de lo Eterno.


2

La llegada

Ni cipreses ni pinos mediterráneos
ni prieto bosque
ni rastro alguno de mar
bajo este distinto azul del cielo
sólo un monto de talas y espinillos
un horizonte limitado
por el suave lomo de las cuchillas
cubiertas de pasturas
y caballos de variada pelambre.

En una casa de Tacuarembó,
una pequeña niña nace:
"Se llamará Circe"- dice feliz el padre.
Cuando la alzan en brazos
siente que un largo viaje a terminado.


                                                  a Cirse Maia
          (del libro La Travesía)           



Invierno

canta una alondra
el corazón escucha
ya no recuerda



Del viento y del mar

el aire mece
sin ton ni son la luz
de las farolas




vientos del sur
sabor acre del frío
entre los dientes

un puñal de obsidiana
es el aire esta noche



El mar anega
el hueco que tu pie
dejó en la playa



Heterodoxia


II


en la tetera
de porcelana azul
bulle otra vez el sol
                                                               
 (de "tal vez TANKAS tal vez HAIKUS")




Asedio
                                       “…y se llena de sombras el ladrar de los perros”
                                                                 Virgilio – La Eneida- Canto VI

El asedio al castillo
dura ya demasiados años
y las grietas
-labradas por el viento y el agua-
minan los cimientos
allí donde el liquen prospera.
Está cerca el derrumbe
de ese anillo sin luz que es la muralla.
Incansable el ariete de los días
golpea
cada sillar de los bastiones
mientras la paciencia espera entrar
por ellos a degüello.

Esta noche de paupérrima luna
la oscuridad urde la trama
del renovado asalto.
Sin cautela
una por una de perfil las sombras
invaden el alcázar
ningún guardia las oirá destrabar
los débiles cerrojos
de la traición o la desesperanza

total será / es la sorpresa:
no hay nadie en el reducto
sólo el frío de los muros
un banco inútil

y el viejo cinturón de castidad
con su llave encastrada
junto a un mensaje de adiós
que sabe a bienvenida.





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