lunes, 7 de diciembre de 2015

BERTILDA SAMPER ACOSTA [17.711] Poeta de Colombia


Bertilda Samper Acosta

Bertilda Samper Acosta (Bogotá, 31 de julio de 1856 — ibídem, 31 de julio de 1910) fue una religiosa, poeta y escritora colombiana.

Hija de la escritora Soledad Acosta de Samper y del político y periodista José María Samper, ambos reconocidos por su aporte a la literatura colombiana. Aunque la mayor parte de su obra permanece inédita, Bertilda (cuyo nombre en el convento fue "María Ignacia") es reconocida por revisar, adaptar y publicar la Novena de Aguinaldos, conjunto muy popular de oraciones que en Colombia, Venezuela y Ecuador se rezan a diario durante los nueve días anteriores a la Navidad.

Viajó desde niña por Europa y América, y antes de hablar castellano empezó á ser educada hablando inglés y francés. Completó después su educación en Bogotá. Desde muy niña mostró viva, inclinación á la poesía y la literatura, y ardiente piedad religiosa. 

Ha publicado más de veinte composiciones poéticas, varios artículos en prosa y algunas traducciones hechas del inglés y del francés.


FERNANDA HEREDIA.

I

¡ Cuántos no olvidarán rudos enojos,
Proyectos de ambición, vano renombre,
Y dulce llanto inundará sus ojos
Al pronunciar su inolvidable nombre!

¡Y cuántas compañeras de Destierro
No sentirán con emoción sincera
El siete de Diciembre un pobre entierro
Haber visto salir de la TERCERA!

Una mezcla de pena y alborozo,
De terreno dolor y de festejo;
Un contraste de lágrimas y gozo
Se observaba reinar en el cortejo.

Lo formaban algunos: los testigos
De esa existencia dedicada al cielo,
Sacerdotes, señoras y mendigos
Hablando de ella con piadoso anhelo,

Las campanas sonoras no doblaban;
Con ruidosos repiques de alegría
Yá la víspera amada celebraban
De la fiesta gloriosa de María;

Y al oírlas, del carro funerario
Hicieron detener el paso lento,
Y á rezar empezaron el Rosario
Con rostro grave y fervoroso acento:

«¡ Oh Madre del Señor, dulce María!
Bendecida entre todas las mujeres,
Del cristiano la paz y la alegría,
Llena de gracias infinitas eres!

«¡Enternecido el pecador te llama
Su refugio eficaz en este mundo!
¡Consoladora el triste te proclama!
¡ Y nombrándote espira el moribundo!

«Tú sola calmas el constante anhelo
Del desterrado que á tus pies se humilla,
Al ver partir á los demás al cielo
Mientras él queda en la terrena orilla...»

Yá llegaron al triste cementerio,
Aquel lugar donde reposan tántos
Que libres del humano cautiverio
Bendicen al Señor entre los santos.

Depositan el féretro en el suelo,
Ábrenlo...acude en su redor la gente;
Y al contemplarla así no halla consuelo
Para su justa pena el indigente!

Entretejidas y nevadas flores
Se ven lucir sobre la frente pura
De la que nunca quiso otros honores
Que el cáliz de Jesús con su amargura

Y éstas quisieran repartirse varios
Que, cual si yá canonizada fuera,
Crucifijos, medallas y rosarios
Tocan al cuerpo con piedad sincera.

Es por última vez, pobres mendigos!
Porque cavada está la humilde fosa
Do tendrán que dejarla sus amigos
Sin inscripciones ni marmórea losa...

Y vuestro llanto derramáis en vano:
Él no puede dar vida á sus despojos,
Ni calentar su generosa mano,
Ni abrir de nuevo sus cansados ojos!

Del sacerdote se oyen los acentos.
Que el Réquiem nó, sino el Te Deum entonan,
Y á la tierra, por fin, entre lamentos
Y sollozos, el féretro abandonan!

Un instante después se ha dispersado
El concurso, y ha lodo concluido!
En redor de la cruz sólo ha quedado
De mujeres un grupo enternecido.

El sol con sus magníficos reflejos
El vasto grupo de sepulcros baña,
Y en vívido carmín tiñe á lo lejos
Las praderas, al pie de la montaña.

El perfumado céfiro del cielo
Viene á besar la cruz serena y grave,
Y en el espacio azul tiende su vuelo
Con majestuosa lentitud el ave...

¡ Pero ellas nada ven! que su memoria
Se ocupa de evocar embebecida
La dulce imagen y la santa historia
De la que fué su compañera en vida.

Y de la tumba al fin, puestas de hinojos
En aquella mansión de luto y penas,
Están mirando desfilar sus ojos
En diverso lugar otras escenas.



II

Espectáculo triste y lastimero
Para el humano corazón presenta
La morada infeliz do el. prisionero
Sus largas horas de amargura cuenta.

En desorden se ven aglomerados,
Sin distinción de edades ni de nombres,
Los que fueron ayer afortunados
Y hoy son rebeldes y cautivos hombres.

Entre sus dos enflaquecidas manos
Ocultan unos la abatida frente,
Cansados de exhalar suspiros vanos,
O de clamar por la familia ausente.

De su suerte fatal muchos reniegan,
Con más ira quizá que desconsuelo,
Y otros con naipes y con dados juegan,
Y disputan y luchan en el suelo.

Y entre todos, los más desventurados,
Que lo indican así con sus sollozos,
Son aquellos del hambre atormentados
En sus fríos y oscuros calabozos,

Donde se oye con lástima el sonido
De sus débiles ayes sempiternos
Que á esa triste mansión han convertido
En imagen fatal de los infiernos!

Mas suspenden los presos su reyerta,
Se asegura la paz en un momento,
Al entreabrirse la pesada puerta
Y oírse afuera el conocido acento

De una mujer cuyo exterior no alarma
Ni al centinela que á su entrada mora,
Quien le presenta con respeto el arma,
Diciendo con placer :—“¡Entrad, señora!”

¡Oh! con cuánta alegría en ese instante
La ven de nuevo y la circundan todos!
Ilumina el placer cada semblante
Y lo demuestran de diversos modos 1

Lo que es, por cierto, inexplicable cosa,
Pues ante esa mujer pobre y sencilla
Que no es rica, ni es joven, ni es hermosa,
¿ Qué puede producir tal maravilla ?...

¿Y hacer que aquella endurecida gente
Que por nadie jamás tuvo respeto,
Doble á su paso la altanera frente ?...
De adivinarse es fácil el secreto.

Vedla pasar con aire enternecido
Del uno al otro en su piadoso anhelo,
Para dar esperanza al abatido
Y al desgraciado celestial consuelo

Para calmar con su mirada pura
El enojo de tántos turbulentos,
Mitigar de los unos la amargura,
Repartir á los otros alimentos!

Y ese pan que les da con alegría,
Que con hambre voraz han recibido,
El mismo fué que para sí tenía!
No le queda yá más...pero han comido!

¡ Qué le importa su propio sufrimiento,
Si puede disipar otras angustias
Y borrar un instante el descontento
De aquellas frentes pálidas y mustias!

La santa caridad cuya influencia
Doquiera lleva el corazón cristiano,
La acompaña, y consigue su presencia
Lo que ensaya el castigo siempre en vano;

Pues con sorpresa el carcelero escucha
Que las quejas se vuelven bendiciones,
Y que reemplaza á la pasada lucha
El rumor de fervientes oraciones.

Y ¿ quién es la mujer desconocida
Que del cautivo la aflicción remedia
Con tánta caridad ?...En ésta vida
Llevaba el nombre de Fernanda Heredia!



III

Desaparece la cárcel á la vista
De las que inclinan con amor la frente
Sobre la humilde fosa, y las contrista
Otra vez una escena diferente.

En un oscuro callejón estrecho
Que del sol esplendente nunca goza,
Arruinada se ve, casi sin techo,
Una pequeña y miserable choza.

Detenerse en la puerta nadie puede
Aun cuando abierta sin cesar la mira,
Pues aquel que lo intenta retrocede
Por el infecto olor que allí respira.

Al aposento claridad dudosa
Entra, y alumbra en el desnudo suelo
Un sér humano...una infeliz leprosa!
Aunque no abandonada y sin consuelo.

Sin consuelo no está; que ve delante
De un crucifijo los abiertos brazos
Al que implorar parece agonizante
Que rompa aprisa sus terrenos lazos!

Y manifiestan desgajadas flores
Y el aroma de incienso perfumado,
Que, hace poco, el Señor de los señores
En esa estancia miserable ha entrado!

Ni abandonada está con amargura,
Porque mira á su lado en ese día
Una mujer que limpia con ternura
De su frente el sudor de la agonía;

Que no se aparta del doliente lecho
Donde la ajena desventura llora,
Reclinándola allí contra su pecho
Con dulcísima voz consoladora.

“Ten paciencia (le dice en ese instante),
Que ya la muerte suspirada llega,
Y con ella tu Dios, tu Padre amante
Que nunca el cielo al desgraciado niega!

“i Oh! contémpla el madero sacrosanto
Donde murió por ti el divino esposo!
El que por ti sufrió duro quebranto!
El que por ti llamaron “ ¡el leproso!”

“Y que su nombre invoca con acento
Desfallecido el labio moribundo...
Alma ,cristiana, escucha el llamamiento
Que Él mismo te hace, y abandona el mundo!»

Yá después de ese grito fervoroso
Se restablece en derredor la calma:
Reina el silencio mudo y pavoroso
Mientras que juzga Jesucristo el alma!

Y la santa mujer, puesta de hinojos
Porque allí sabe que el Eterno baja,
Inundados de lágrimas los ojos
Con respeto al cadáver amortaja.

ElIa y sólo ella á la infeliz servía
En su vida mortal, con gran constancia,
Besando con amor su mano fría,
Venciendo, por Jesús, su repugnancia!

Y ella auxilió sus últimos momentos
Y preparó su corazón llagado
A recibir los santos Sacramentos
Y aposentar al Dios crucificado !...

¡ Oh! ¿ quién es la mujer que así convierte
En dicha celestial esa tragedia?
¿ Que transfigura y vence hasta la muerte?
Llevaba el nombre de Fernanda Heredia!



IV

Fernanda Heredia, sí! La imagen era
De santa caridad y de dulzura,
Como también amiga y compañera
De infancia y juventud y edad madura.

A cuántos pobres é ignorantes niños
Ella enseñó la religión sagrada,
Sin más premio y mejor que sus cariños,
Sin otra reprensión que una mirada!

De los cerros por la áspera pendiente
Cuántas veces subió, sin una queja,
Para llamar con expresión ferviente
Del humano redil alguna oveja

Descarriada; y con santo regocijo
(Queriendo minorar su desconsuelo)
Con una mano darle el crucifijo,
Mientras con otra le mostraba el cielo!

Con ojos bajos é inclinada frente
Cuántas veces la vimos dando ejemplo
De celo activo, de piedad ardiente,
De profunda humildad : llevando al templo

Bajo el manto pobrísimo y usado,
Ya candelabros de pesado bronce,
O ya el mantel con que al altar sagrado
Piadosamente engalanaba entonce!

Promoviendo de Dios el santo culto,
Socorriendo á los pobres donde quiera,
«Pasaba haciendo el bien,» mas siempre oculto;
Pues del ruido y la lengua lisonjera

Tan enemiga fué, que no ha quedado
Sino vaga memoria bendecida
De tánto bien; aunque estará grabado
En las fojas del libro de la Vida,

Cual justo galardón de su existencia,
De sus virtudes y cristiana suerte
De su austera y oculta penitencia,
De su apacible y meritoria muerte!



V

Fernanda, adiós! —Sobre la verde grama
Del cementerio silencioso y santo
Una lluvia monótona derrama
Desde hace rato su copioso llanto.

Se ha oscurecido el esplendente cielo:
No luce yá sobre los altos montes
El sol, y envueltos en espeso velo
A lo lejos se ven los horizontes.

El viento entre las bóvedas retumba,
Como haciendo compás al aguacero,
Y en tu ignorada y solitaria tumba
Sólo se oye su acento lastimero.

Te dejaron yá todos...Mas ¿qué importa,
Si tan sólo tu cuerpo está en el suelo?
Toda existencia terrenal es corta,
Pero tu alma inmortal está en el cielo!

Ruega allá por nosotros! Que alcancemos
También tu dulce y bendecida suerte;
Que sirvamos á Dios y que le amemos,
Y Él con tu vida nos dará tu muerte!



A LA ORILLA DEL RÍO.
(CARTAS DE UNA CAMPESINA).

I

Ya que quieres saber, amiga mía,
Lo que hago en esta hacienda,
Haz cuenta, pues, que ves en este día
Cuanto mí pluma describirte ansía,
Desde la vera de apartada senda:
Una tarde hermosísima y galana;
Un espléndido cielo
Recamado de nubes de oro y grana;
Una inmensa extensión de la Sabana
Satisfaciendo mi campestre anhelo.

Entre su manto azul, de niebla orlado,
Lejanos horizontes;
Por donde quiera florecido prado,
Donde miro pacer suelto el ganado,
Y en rededor los elevados montes.
Aquí mis pies el anchuroso río,
Como extendido espejo,
Rizado por las brisas del estío,
Siempre tranquilo, majestuoso y frío,
Del moribundo sol ante el reflejo.

Cada ola se tiñe silenciosa
Del color esplendente
Del zafiro, la púrpura y la rosa,
Mientras baja la balsa perezosa
Sobre la mansa faz de la corriente.
Vuelve al pueblo cercano la aldeana,
Satisfecha y sencilla.
«Mis señoras,»—nos dice,—«hasta mañana!»
Y la vemos saltar ágil y ufana
Desde la balsa á la arenosa orilla.

Y la siguen las otras compañeras
Con ruidoso contento,
Que hasta las anchas y distantes éras
De las verdes y rubias sementeras
Hace en sus alas resonar el viento.
Se oculta el sol bajo el oscuro velo
De una plomiza nube;
Y al levantarnos con pesar del suelo
Vemos que en fácil pero lento vuelo
Ave tras ave al firmamento sube.

En silencio miramos: yá sus huellas
Con la sombra confundo...
Yá se pierden ; y salen las estrellas,
Innumerables misteriosas, bellas,
Para brillar sobre el dormido mundo.

¡Oh tardes de Septiembre tan hermosas!
¡Oh majestuoso río!
Campos que adornan las agrestes rosas!
¡Cielo estrellado! ¡ noches luminosas
Del caluroso, incomparable estío!
¡Hechuras del Señor omnipotente
Presentadle mi anhelo;
Que cuanto el alma al contemplaros siente
Se lo ofrece, elevando reverente
Su corazón y su mirada al cielo.




COGIENDO MORAS

(CARTAS DE UNA CAMPESINA).

II

Haz cuenta que nos ves en otra tarde
De las que ostenta el ardoroso estío,
Mas no á la orilla del tranquilo río
Que tiñe el sol con esplendente alarde...

Vamos, en medio de apartada senda
Circundada de plantas cimbradoras,
A recoger las encendidas moras
Que han menester en la querida hacienda.

Adornados doquier de frutas rojas
Que miramos brillar como corales,
Los altos y espinosos matorrales
Cubren la cerca con sus verdes hojas

Dan sombra extensa al florecido suelo
Y entretelen con tintas de esmeralda
Trepadora y bellísima guirnalda,
O pintoresco y recamado velo.

¡ Silencio y soledad! ...sólo la brisa
Mece con dulce entonación las flores;
Sólo se oyen del campo los rumores;
Sólo se ve la sin igual sonrisa

Del cielo azul sobre el follaje enhiesto
Donde vuelan abejas zumbadoras,
Y de entre el cual las desgajadas moras
Cayendo van al anchuroso cesto.

—Encuentro pocas...—Por el otro lado
Mira un racimo que alcanzar pudieras!
—No me atrevo á cogerlo con tijeras...
—Sacude, pues. ..—Se me cayó al vallado!

—Y es el cuarto ó el quinto... ¡ no procuras
Coger ninguna !...—Porque pesa el cesto.
—Aquí hay unas grandísimas.—Protesto...
Que es preciso comerlas, por maduras!

—¿ Qué se hicieron ?—Están sobre la grama…
Tu parte es ésta y la mitad es mía.
Tienes razón...y lástima sería
No aprovechar tan suculenta rama!

Sobre un agreste y primitivo plato
Que fabricamos con enormes hojas,
Las moras negras de las moras rojas
Separamos.. .comemos. ..pasa el rato...

Volvemos á buscar otras mejores;
Y entre tanto los rayos inhumanos
Queman del sol, y punzan nuestras manos
Zarsas cubiertas de espinosas flores.

De ese jugo brillante están teñidas...
Nuestros dedos, de espinas lacerados...
Y llevamos á casa, de esos prados,
Pocas frutas! ¡ muchísimas heridas!

¡ Oh dichas de este mundo engañadoras!
¡ Breves placeres de mentido alarde!
¡ Cuán bien os parecéis de aquella tarde
A las vistosas y encendidas moras!

Desde lejos os vemos... ¡ Sois divinas,
Al parecer, y de color brillante...
Pero ¡ ay! vuestro sabor dura un instante,
Y después nos dejáis manchas y espinas!





LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

Circundado de inmensa muchedumbre
Que á su paso doquiera se agolpaba,
Jesús á sus discípulos hablaba
A orillas de la mar.

De un pescador sobre la humilde barca
Dirigiéndose al pueblo en la ribera,
Su vibradora voz, jamás austera,
Comenzó á resonar.

“La palabra de Dios es semejante,
Les dijo, á la semilla
Que, anhelando sacar fruto abundante,
Esparce el labrador con fe sencilla.
“Y regando los campos dondequiera,
Con generosa mano,
De la senda detiénese á la vera
Por contemplar el regalado grano.
“La primera cayó, mas al camino,
Y las aves del cielo
Bajaron en tropel ¡ duro destino!
Recogiéndola toda por el suelo.
“Es imagen de aquél que la palabra
No atiende ni la escucha,
Y su desgracia por sí mismo labra,
Pues ¿quién sin fuerzas vencerá en la lucha?
“Sobre piedras cayendo la segunda,
Nació muy débilmente;
Pero no estando su raíz profunda
La secó del estío el soplo ardiente.
“Como aquél que la entiende y que la sigue
Con fugaz alegría,
Mas desmaya si alguno le persigue,
Si le hiere la burla, la ironía.
“La tercera, entre espinas sofocada
Y punzantes malezas,
Pereció, como el alma devorada
Del cuidado del siglo y las riquezas!
“Yá tan sólo las últimas brotaron
Sobre fértil terreno;
Y madurando, al sembrador brindaron
Con opima cosecha y fruto bueno.
“Este es aquél que la palabra entiende
Y, siguiendo su anhelo,
Resueltamente y con valor emprende
El camino escarpado que va al Cielo.”

¡Oh! escuchemos Señor y Padre nuestro
Tu palabra sagrada,
Que con tal Conductor y tal Maestro,
No podremos errar en la jornada!








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