viernes, 30 de octubre de 2015

MARCELO HENRÍQUEZ LEÓN [17.305] Poeta de Chile


Marcelo Henríquez León  

(Antofagasta, Chile 1978). Poeta y artista visual. Licenciado en Artes, de la Universidad Mayor. Participó en el taller de pintura La Silla, a cargo del profesor Pedro Rodríguez Fischer; y sus inicios en la escritura fueron en el taller de poesía Pedro Marambio, ambos realizados en la ciudad de Iquique. Ha realizado diversas exposiciones colectivas e individuales. Actualmente es miembro del taller literario de Mauricio Redolés. “Calamina” es su primer libro publicado.


CALAMINA
(Demo Libros, 2012)

Marcelo Henríquez León




Nadie sabe más de soledades 
que los palopostes 
Privado de pasos 
alumbrando tenuemente el mismo lugar 
Destinados a no poder dormir jamás 
una sola noche.



La batea naufraga en el patio 
El tambor de agua está sediento 
El triciclo oxidado en el techo 
mira hacia los cerros 
Los cerros miran el patio 
Los lagartos ya no vienen 
La carretilla tiene lumbago 
El ripio se desmorona 
El sol quema la manguera 
La sal se come los muros 
La tarde es eterna 
En el rostro de la pala 
Los documentos se olvidan 
en las cajas de cartón 
Los perros enterrados 
no resucitaron 
El tiempo es el esqueleto 
de la araña de rincón



El viento corre en el pasaje 
La tierra se levanta 
Todos se refugian en sus casas 
El almacén cierra sus puertas 
Los perros se enroscan 
Comienza la solitaria batalla 
de la calamina contra el viento



En la tele gana el SI 
En la radio gana el NO



La mirada se quema 
en este horizonte de cerros 
Mientras alguien avisa que 
hay que encerrar a los perros 
que los están envenenando



A la hora del té 
nadie dice nada 
A nadie le gusta Pinochet 
Pero hay que quedarse calladito 
Dicen que viene el Papa



En la última calle del pueblo 
los escombros 
pronuncian sus últimas palabras 
Olor a perro muerto 
y piedras de azufre en la línea 
Largos caminos de tierra 
donde gastamos nuestra infancia 
Amigos que a lo lejos 
aparecen como espejismos 
como imágenes onduladas de calor



Se cae la pelota al barranco 
y va a dar a los regimientos 
Alguien mira al Cerro de la Cruz 
Pero nuestras cruces son los estanques 
y los caminos de tierra 
donde el vagabundo se acuesta entre cartones 
en donde se escucha el agua 
pasar por las vertientes 
dándonos un hilito de vida



Los palopostes tienen sueño 
pero no pueden dormir 
Tienen por sobre todo prohibido el sueño 
Tampoco pueden postular a otros trabajos 
Con esa mirada cansada nadie los contrataría 
Los palopostes tienen sueños 
pero no pueden dormir



SITIO ERIAZO
“CALAMINA”

Por Jonathan Guillén Cofré

Los objetos nos hablan en la medida en que nos alejamos de la infancia. El lenguaje secreto de las cosas se encarga de recordarnos lo complejo de la niñez y la contemplación de la tarde, que ni siquiera acaba con el sol anaranjado sonriendo a las caras sucias, a las manos negras, al almacén que cierra sus puertas así como nosotros poco a poco apagamos la memoria. Un pacto consigo mismo que se va diluyendo a lo largo de los años y del material del desierto. La calamina agujereada. La soledad oxidada que avanza como tren de carbón sobre las casas del norte chileno, confundiéndose con la luz del alumbrado público que nos brilla en los ojos: 

“Nadie sabe más de soledades 
que los palopostes
privados de pasos
alumbrando tenuemente el mismo lugar
destinados a no poder dormir jamás
una sola noche”. 


Entonces jugamos con la contemplación y el recuerdo, las vemos pasar como cuando cambiamos láminas del México 86’, la tengo y no la tengo, la tengo y no la tengo; porque necesitamos un testimonio externo y cruel, un tercer espacio entre uno y el paisaje.

Son las últimas calles de una población que se desprenden levemente hacia el mar, que caminan con las manos en los bolsillos, alejándose del cuerpo que es una ciudad que aplasta sobre el pavimento, que abandona a sus mascotas y a sus niños, mientras los lejanos horizontes son testigos del secreto, del pacto y la seriedad de los niños que se juegan el orgullo en una cancha de tierra, de las madres abnegadas y los adornos navideños. El autor nos convoca a escuchar los objetos que parecen mudos, pero que en el fondo quieren gritar, entregarnos su testimonio, pues ellos, son los guardianes del tiempo y todo lo conocen: 


“La calamina tiene buena memoria
pero nadie le pregunta nada
tiene el oro del sol en su rostro 
lleva en su superficie los días grabados 
la calamina es un reloj sin horas
nos dice mudamente que somos pasajeros
que el tiempo se lleva todo…”


Existe también la idea de la fragmentación. El objeto que no puede sostener la idea. Son pequeñas cosas las que se añoran y no los cuerpos totalitarios. 


Todos miramos al supermercado 
queriendo ver el almacén
todos miramos la cerámica
queriendo ver el jardín. 


Pero existe, además, el juego; no todo se volatiliza en evocaciones que si bien aparecen bellamente descritas, a veces demasiado inmóviles, mantienen la efervescencia de las tardes de fútbol. Los ídolos pueblan (como el Ligua) las páginas y los cánticos de las barras se dejan oír mientras todos esperan el gol. Es una vuelta confundida a la democracia, porque en las poblaciones descritas, en los objetos perdidos o abandonados, en los infantes de este libro, la democracia es extraña y desconocida, pero abollada por los adultos que inútilmente intentan restituir algo que nunca se ha ido. Aquí todos son un solo cuerpo y por más que se atente contra éste, se fragmenta en silencio como las arañas de rincón.

Marcelo nos inquieta al ponernos de adultos como extraños de un universo que se construyó con nosotros, pero que ahora nos arroja a un lado, barranco abajo por la Coviefi de Antofagasta. Aunque nos situáramos en nuestra génesis seríamos extraños intentando reconstruir un pasado bello y feroz: 


Me paro frente a la casa de mi infancia 
alguien me observa como pensando
que soy un ladrón
entra y al rato sale para mirarme nuevamente 
esta vez para disimular
abre la llave del medidor 
la misma llave que reparé
una tarde de verano.


Encontramos un texto construido a la manera de la pintura informal, que utiliza elementos tradicionales como los objetos desechados y que se ensambla en una estructura simbólica que atañe al espíritu, al sentimiento y a la pureza. Una frontera entre la materia y el tiempo, una alegoría al mundo interior, una mixtura efímera pero que se graba con fuerza en los que recorren estos poemas y la ciudad, que se confunden con el atardecer, donde el sol se suspende sobre el mar y no termina nunca de caer.

Buenos Aires, octubre 2015.







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