viernes, 2 de octubre de 2015

CARLOS ENRIQUE URQUÍA [17.163] Poeta de Argentina


Carlos Enrique Urquía 

(1921 – 2003). Nació en Martínez, Argentina el 2 de octubre de 1921 y residió desde los 4 años en San Fernando. Estaba casado con Lydia Nápoli, con quien tuvo un hijo, Carlos Pedro. Fue maestro rural en Clorinda (Formosa) y en la Escuela Técnica N° 1 de la tercera sección (Paraná Miní) de islas de San Fernando. Trabajó como director de Cultura y Prensa de la Municipalidad de San Fernando, fue fundador y director junto a José Isaacson de la revista literiaria “Amistad” y fundador de la SADE delta bonaerense.

Carlos Enrique Urquía, fue una de las voces más firmes y originales que tuvo la lírica argentina hacia mediados del siglo pasado.

Desde la costa de esa localidad aprendió primero a avizorar y después a amar el Delta; con el correr de los años se habría de convertir, como ningún otro, en el cantor de esa zona tan cercana, tan hermosa y tan extraña. En algún momento, su invocación fue una y la misma cosa que los riachos, los pájaros y la pesca, la vegetación sombría y los ritos isleños, en buena medida entendidos como una extensión su San Fernando vecinal y portuario.

"Amistad en las islas", en 1957; "La cimbra", en 1961 y "Rama negra", en 1971, son sus libros esenciales dentro de esa temática y aquellos, además, que le dieron largo ascendiente en el panorama poético argentino. Nombraba ríos, lugares, costumbres, e inevitablemente pasó a ser el poeta del Delta, en una suerte de tardía floración romántica que llenaba un vacío sensible en el mapa de la referencias emotivas regionales.

Sin embargo su poesía, aunque ricamente descriptiva, no era realista y en muchos aspectos estaba influida por modas cosmopolitas en principio ajenas a esa delectación con lo inmediato; por otra parte, creía apasionadamente en lo formal de la palabra y de la entonación -lo que para entonces se llamaba "poesía pura"- y la suma de esos influjos dan, paradójicamente, a mucha de su producción un memorable matiz impresionista.

Había nacido en 1921 y desde los cuatro años vivió en San Fernando. Maestro, director de escuela y profesor secundario, en la década del 60 fue secretario de Cultura de la Comuna. Fundador y presidente de la SADE local, aun en sus obras de carácter más general no podía dejar de traer a cuento sus afecciones atadas a las cosas que lo rodeaban. En la "Historia natural de la manzana" -una colección de textos "adámicos"-, traza el esbozo de tres ciudades caras a su sentimiento: Buenos Aires, por cierto: Nueva York y ... San Fernando.



El Delta 

Óyeme
aquí te hablo
este puño amigo
la plata poesía que inaugura la herencia
una historia natural repartida en la estrella de la boca.

He crecido
el año que me instala
el que me mide
me puso tiempo
y subió mi existencia hasta el misterio.

Hombre
me citó hombre
y arregló como pudo la primera mañana en la cabeza
esta popa combada de la nuca.

Y me empujó hacia el viento
las líquidas ventanas de la infancia
la calle horizontal
inicial lógica
cuando los padres muertos no vigilan.

Desde aquí
mi asistencia enamorada.

No he llegado
he sido siempre la situación de amor
lo que transcurre
asombro y alegría
la orilla linde azul de tu paisaje
la ribera hacia adentro.

Algo como el tambor que tocan las estrellas
en la noche redonda de los grillos.

Delta del Paraná
vientre en el agua
tibio triángulo
pájaros y oxígeno.

Arenibarrijuncos de espadas verticales
como mi pecho.

Ranuras verdes
álamos y sauces.

El cardado equilibrio de los ceibos
la flor
un cardenal
un puntazo
se hirió la primavera.

Óyeme
aquí te hablo.

Desde el más cerca mismo del poema
desde su nacimiento admirativo
desde tus pies
oh Delta
y tus mojarras
ovalados relámpagos voraces.

Cuando mi brazo se arma para atender la cuota del hallazgo
las manos en cubeta
el agua curva y musculosa
y el feriado almanaque de las manzanas.

Los hombres me visitan y preguntan
es un continuo recibir
las cartas
un poco de pescado
la comida
serio acontecimiento hasta los hombros
ningún alivio para no tenerte
para salvar tu brazo de humedades
tu alfilerazo indígena
tu cielo de botella deshojada.

Óyeme
aquí te hablo Delta del Paraná
árboles árboles
plumivelocidades de pájaros lijados
corrientes
aguas altas
un hombre
una mujer
una familia.

El bote
escama azul al infinito
combado caballito de las islas.

El silencio también.

Golpea tu silencio en las puertas del aire
sólo un sistema de ángulos
silencios sostenidos
una relojería de silencios
tictaques átomos conque siembra el tiempo
diagramas del oxígeno pelado.

El silencio en la arteria de la noche
cuando la última lancha apaga su motor
y no existe una rama que cae en la masiega,

El silencio de las islas
hasta un zumbido ingenuo y se deshace
algo tocó su paño
la latamangangá desde los troncos
poroto alimetálico
ruido negro
centro que hierve
y se mueve el cuaderno y la memoria.

Desde este puño amigo
Delta del Paraná
para encontrarte
habrá de recitar toda la sangre
subir
bajar
tocarte en las mareas
y oprimir tus cinturas de humedades
tu ecuacional misterio
tu apogeo.





La marea

Ahí está el río
con sus pantorrillas
y sus manos aguadas
trepando por los troncos sorprendidos
ahogando las arañas
el río sin dibujo en el paisaje
de viento y ramas
ensayando el relieve hasta los pájaros

proclamando
su furia y su amenaza
haciendo una pulsera en cada árbol
una pulsera de agua.

El río
invade
y va
y distribuye
su cuerpo de culebra exagerada

visitando las tierras y los montes
actualizando zanjas
ha crecido
hasta el centro de las islas
y les moja la cara
trayendo su amistad hasta los pastos
muy cerca de las casas.

Y es la marea
un caracol gigante
ancho
lleno de patas
un ser nuevo en la boca del paisaje
un monstruo engrandecido
en el pulso de la ola y la resaca.

Los muelles se sumergen
las canoas se escapan
el sol deja en las costas su carrera
y el poeta la espera
y se descalza
y la toma del brazo
y se pasea
por la cintura azul de la mañana
y en la tarde de troncos y jilgueros
le deja su amistad azucarada.

Marea
las islas se hundirán con sus memorias
si tú no las asustas y las cantas
las islas que te esperan tras las lunas
necesitan sus nalgas inundadas
por tu voz de pescado y caracoles
y tu espada de barro y caminata.

Las islas
para ellas tu familia
de palos y de ramas
tu beso hecho de río
tu cicatriz mojada.

Marea
mariposa de agua
posada en las caderas de las islas
enamoradas
la amistad ha iniciado en tus canales
la invasión y la hazaña
y recorre la orilla con su grito
que es alegría y agua
como una fruta oscura
nacida en la raíz de las distancias
ofreces tus ciudades misteriosas
tus redes subterráneas
tu limón con su diámetro jugoso
tu barrosa casaca
e instalas
pisoteando entre los troncos
tu pie descalzo y húmedo en el alma
y yo te subo al canto
y te entrego las llaves de mi casa
porque te necesito
y porque quiero
que todo sea de agua.





Zamba del Delta 

Rancho de patas altas
rancho del delta
la intemperie se moja
en la madreselva
el aire es mariposa
rota y abierta.

El pescador la luna
anochece afuera
el anzuelo el ciruelo
La araña abuela
ha empezado la zamba
por tu silueta.

Agua argentina y besos
el poeta y la zamba
y el universo

Rancho de patas altas
canoa líquida
el monte blanco endulza
la fruta mística
El pájaro atraviesa
por tu sonrisa.

El pescador se teje
línea por línea
Hay una boga lámpara
y un bagre arcilla
El muelle es zamba y zamba

sobre las islas.





Rama negra 

Las lanchas llevan todavía pegado
el turismo del domingo.
Son insectos flotantes
los huesos de la mecánica
sus hebillas.
Con los dos cuerpos y una sola carne
sembramos la memoria.
Una biología velocísima
nos teje con su chispa.

La primavera salta el horizonte
y cae en las islas.
Para no estar ni más acá ni más allá
tiene su taller en el durazno
vecino de tu boca.
Y nunca se va del todo
Pues ya ha dejado su poema
entre el río y las estrellas.

Las islas suben
por las varas del sudeste.

Las tres de la tarde
es un insecto pulposo y transparente
que anda por los ceibos.
Un momento de luz
gruesa y pesada.
Por la camisa
la transpiración.
El cielo corto y alto
entre ramas.
El agua tostada e inmóvil
una herida en la zanja caliente.

Desde el este
el sol regresa a las islas.
Flota en el fondo del agua
como un salvavidas sin hombre.
Estira desde adentro
la luz de las ciruelas
Golpea con sus banderas abstractas
en la mecánica del viento.
Mueve y arrastra las horas sin consideración
empujándolas contra las casas.

Salimos a pescar.
El bote sube y baja
en un balanceo antiguo.
Carnada roja
carnada blanca.
Las líneas se hunden
en el agua.
Vamos a buscar los bogas de vidrio
el patí de grises azaleas húmedas
y el pejerrey de pantalón listado.

La araña lustra su plato aéreo
su trampa mundial
su red de oxígeno.
Ha salido la niebla
como una tenaza intelectual.
Nos quedamos absortos
viendo atar sus cuerdas
en los puños del anochecer.

La luciérnaga que ha salido de tu pelo
y que toca la pluma del álamo
es un satélite.
El río se oculta y se aleja
por un instante apaga su protagonismo.
Las islas toman sus árboles
y los sacan de escena.
Detrás de nosotros
el Delta navega su silencio
con las geografías endurecidas.
Los hombres del mundo
desde el Rama Negra
miran el satélite.
Mil novecientos
sesenta y siete.

Está doblado hacia la muerte
hacia abajo
como un gran pescado podrido.
La piel con tábanos y moscas
los ojos sin dibujos ni colores
las manos lejanas.
El ahogado se llama López.
Tiene el tiempo coagulado en las piernas
una flor de camalote en la boca
y un hijo en San Fernando.
Hace un minuto apenas
Armstrong camina por la luna.

La tarde pasa entre los árboles
en un viaje abstracto.
Se inclina hacia la costa
bebe en los grillos y sigue.
El isleño entra y sale de ella
con la seguridad de lo muchas veces ensayado.
Pero la tarde no gira
ni vuelve ni contesta.
Solamente muestra su andar sin ruido
su pisada sin huellas.

La vieja madera de la mesa
cena con nosotros.

Oh estas islas de altos cortinajes
Los extensos aguajes comienzan en mi pecho
como una vocación.
Hasta ellos he llegado
desde el interior de los hombres.
Un actor que interpreta su sangre
en la aclamación de las mareas.
Las islas de cuellos húmedos
que cambian las alturas de la piel.
Cuando el sol se escapa de las lluvias
y deja sus pulseras en la hierba.
Ellas tienen sus asambleas y sus mantas
donde yo llamo con la poesía
esta gran ceguera de las palabras.
A veces desaparecen
es cuando solamente las ve el pecho.
Cuando se alimentan
y vuelven a la vida.
Los viajeros de anteojos oscuros
recorren sus orillas sin verlas.
Muchos hombres de distintos nacimientos
las han andado con pisadas ausentes.
Ellas espían desde sus mapas silenciosos
desde los envases del humus.
Pero mi poema las extrae y las muestra
mi poema que nunca retrocede.


La islíada (Carlos Enrique Urquía / Ediciones en Danza 2015)


Merecido homenaje al escritor sanfernandino que decidió “encuardernar las islas”

Por Sabrina García




En la histórica Quinta El Ombú se realizó la presentación del libro ‘La islíada’, la obra reúne los cuatro tomos dedicados íntegramente a la isla del poeta sanfernandino Carlos Enrique Urquía.

En un recorrido por su vida y obra, la actual presidente de SADE Delta, Liliana Doyle dedicó unas sentidas palabras al escritor sanfernandino Carlos Enrique Urquía. La siguieron en el uso de la palabra los escritores Javier Cófreces y Marisa Negri, los responsables de volcar en esta edición la obra completa de Urquía dedicada a la isla.

Carlos Enrique Urquía nació en Martínez el 2 de octubre de 1921 y residió desde los 4 años en San Fernando. Casado con Lydia Nápoli, con quien tuvo un hijo, Carlos Pedro. Fue maestro rural en Clorinda (Formosa) y en la Escuela Técnica N° 1 de la tercera sección (Paraná Miní) de islas de San Fernando. Trabajó como director de Cultura y Prensa de la Municipalidad de San Fernando, fue fundador y director junto a José Isaacson de la revista literiaria “Amistad” y fundador de la SADE Delta bonaerense.

Dentro de su obra dedicó 4 libros a nuestras islas: Amistad en las islas (1957), La cimbra (1961), Rama Negra (1971) y Sintaxis del Ibicuy (2004).

A partir de su vinculación a las letras y la isla, los escritores Marisa Negri y Javie Cófreces realizaron una investigación sobre la obra de Urquía y decidieron “rendirle homenaje” publicando en el libro “La Islíada”, los cuatro tomos que el escritor sanfernandino le había dedicado al Delta.

En el prólogo Cófreces dice: “Lo curioso es que a pesar de semejante compromiso cn el Delta del Paraná, la región que frecuentó toda su vida, la obra de Carlos Enrique Urquía es muy poco conocida en la zona. Definitivamente, hasta el momento no cuenta con una relevancia acorde a sus méritos”, y agrega: “Aquello de que ‘nadie es profeta en su tierra’ una vez más se ratifica con el destrato al que fueron sumidos Carlos Enrique Urquía y su producción poética”.

Por su parte, la docente y escritora Marisa Negri en su prólogo dedica el libro a los alumnos del Delta: “Para los jóvenes isleños la belleza es tan cercana que a veces no se ve. La niebla significa un día sin clases, el agua baja es propicia para cortar junco y arreglar muelles y los mosquitos se ahuyentan con humo y una vara de sauce. Este libro viene a desplegar el abanico de la maravilla ante sus nuevos ojos… tal vez los anime a escribir sus propios versos”.

Su hijo Carlos Pedro Urquía, presente en el homenaje, reconoció que “fue el primero luego de su muerte” y lo recordó: “Mi padre siempre decía ‘el uso de la palabra por la palabra misma, no tengo que explicar un poema, tengo que presentarlo y si a la gente le gusta logré el objetivo’”.

Finalizada la presentación, el grupo La Templadera le puso música del río y de la tierra a las instalaciones de la histórica Quinta El Ombú.

La obra La Islíada con prólogos de Marisa Negri y Javier Cófreces, es de la editorial En Danza y reúne los cuatro libros del escritor Carlos Enrique Urquía.





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