jueves, 27 de agosto de 2015

JENARO CARDONA [16.914]


Jenaro Cardona

(1863-1930).
Poeta y narrador costarricense, nacido en San José en 1863 y fallecido en su ciudad natal en 1930. Autor de una brillante producción literaria que le sitúa entre las voces más destacadas del panorama narrativo hispanoamericano de los primeros años del siglo XX, en compañía de otros prosistas como Joaquín García Monge y Claudio González Rucavado está considerado como uno de los fundadores del género novelístico en las Letras costarricenses.

En virtud de sus ideas políticas y sus postulados estéticos, Jenaro Cardona quedó encuadrado también dentro de esa fecunda y bulliciosa generación de escritores que forjaron los primeros peldaños de la literatura nacional de Costa Rica, en un período histórico (el comprendido entre los últimos años del siglo XIX y los primeros de la centuria siguiente) caracterizado por el proceso de consolidación de la identidad nacional costarriqueña. Dentro de esa búsqueda de las propias señas que deberían identificar a los naturales de la joven nación, Cardona y sus compañeros de andadura literaria (entre los que se contaban el poeta Aquileo J. Echeverría y su primo, el narrador costumbrista Manuel González Zeledón, junto a otros autores tan relevantes como José María Alfaro Cooper, Carlos Gagini y Ricardo Fernández Guardia) se preocuparon por indagar en los rasgos culturales comunes que vendrían a subrayar esa buscada identidad nacional. Así las cosas, en una sociedad inmersa en el conflicto entre el poder de la ancestral oligarquía cafetalera y el nacimiento de nuevas formas de capitalismo agrario que venían a imponer no sólo unas técnicas de trabajo y administración muy diferentes a las tradicionales, sino también nuevos valores sociales y morales, la obra de Jenaro Cardona y de la mayor parte de los autores recién citados oscila entre dos polos cuya oposición extrema es un buen exponente de las dudas y los vaivenes propios de ese estado de indefinición: por un lado, el escritor de San José exalta las innovaciones que son índice de ese proceso de modernización del país, innovaciones que auguran también un avance cultural y económico; pero, al mismo tiempo, Cardona y sus compañeros de generación temen que ese cúmulo de cambios, introducidos en un momento en el que aún no se ha consolidado el Estado Nacional ni el sentimiento pleno de costarriqueñidad entre sus ciudadanos, traiga consigo una grave crisis de identidad, al disolver de golpe unos factores unitarios como la moral tradicional y los usos y costumbres compartidos por todos desde hace muchas generaciones.

En la resolución de este conflicto, Jenaro Cardona opta en su obra de creación literaria por defender una postura liberal que arremete contra el talante reaccionario de los poderes fácticos, y muy señaladamente el de la Iglesia católica, a cuyos dogmas caducos achaca el escritor de San José una serie de lacras que no son sino factores desencadenantes de la desestabilización social y espiritual. Estos postulados ideológicos quedan bien patentes en su novela titulada La esfinge del sendero (Buenos Aires: Imprenta Tragont, 1916), un espléndido relato de corte naturalista, galardonado con el segundo premio del certamen de narrativa convocado por el Ateneo de Buenos Aires, en el que el liberalismo de Jenaro Cardona supera ampliamente las directrices progresistas apuntadas ya en su primera narración extensa, publicada once años antes bajo el título de El primo (San José: Tipografía Nacional, 1905).

Además de estas dos novelas, Jenaro Cardona publicó al final de su vida un volumen de relatos en el que recopiló todas las narraciones extensas que había ido dejando estampadas en periódicos y revistas a lo largo de su trayectoria literaria. Se trata del libro titulado Del calor hogareño (San José: Imprenta Sauter y Arias, 1929), obra de naturaleza variada en la que tienen cabida numerosos cuentos que, por haber sido compuestos en fechas muy distintas, obedecen a criterios temáticos y estilísticos muy heterogéneos.



LA QUEMA 

El sol de marzo, con ardientes rayos, 
los altos montes y collados baña; 
bajo el bochorno tropical, el bosque 
parece dormitar en honda calma. 

Nada turba el silencio 
de aquellas serranías escarpadas, 
sólo el eco a intervalos multiplica 
el mugido de alguna res lejana, 
como enorme bostezo de fastidio 
que a los aires lanzara, 
en la pradera solitaria y yerma 
por el sol caldeada. 

Allá en el bosque, surge, del follaje, 
monótono chirrido de cigarras, 
mientras las aves van hacia las frondas 
al batir perezoso de sus alas. 
Los prados están mustios, 
por todas partes seca está la grama, 
los tallos amarillos, sus mil uñas, 
sobre la tierra polvorienta clavan. 

Allí duerme la vida; 
a las primeras lluvias, rica savia 
surgirá reviviendo aquellos tallos 
en risueñas campiñas de esmeralda. 

Y más allá el rastrojo, 
que produjo la mies rica y sobrada 
para nutrir la prole 
del rudo labrador que allí batalla 
en la perenne brega, 
que empieza con el alba, 
y que concluye cuando el sol declina 
envuelto en su arrebol, tras las montañas. 

Es Juan el propietario, 
de aquellas tierras que sus puños labran, 
atleta formidable del arado, 
del machete y la pala. 
Conserva su heredad ha muchos años 
y es feliz en su vida solitaria, 
con fe en el porvenir, ama los suyos, 
y por su bien trabaja. 

El sabe de los besos de la aurora 
vestida de celajes y escarlata, 
y del fecundo riego de su frente, 
cuando el sol recalienta sus espaldas. 

Más allá del rastrojo, 
que hacia la izquierda avanza, 
abrupta y majestuosa 
hasta el confin se extiende la montaña. 

Cabe el sendero que a la diestra se abre, 
cual penachos altivos, se levantan, 
mecidas por la brisa de la tarde, 
las hojas del cañal siempre lozanas. 

Y allí cerca, muy cerca, como un nido, 
que entre la agreste soledad levanta 

los himnos del amor y del trabajo, 
está de Juan la rústica morada. 
Es un bohío fuerte que ha triunfado, 
cual peña solitaria, 
del embate del viento y de las lluvias 
que azotó con furor sus viejas pajas. 
Se miran sobre el techo, 
verdes manchones que dejó la lama, 
como si fuese un viejo monumento 
que ostenta rica pátina. 

Habita Juan allí, con su familia, 
y en la apacible soledad selvática, 
se escuchan de los chicos las querellas, 
y las alegres chacharas, 
mientras devoran la ración de fréjoles 
que a su apetito basta, 
con sabrosas arepas 
sobre la lumbre con amor asadas. 

Es María la digna compañera 
del esforzado atleta de la pala, 
amante y hacendosa, 
como la hormiga sin cesar trabaja. 
Cuatro retoños a su esposo ha dado, 
y sonriente y feliz lleva la carga 
de los rudos quehaceres 
a que atiende solícita y ufana. 

El menor de los hijos, una niña, 
de pocos meses, todavía Jacta, 
muñeca coquetona de ojos verdes 
graciosa y vivaracha. 

¡Oh, venturoso hogar, donde no llega 
de la ciudad la pestilente miasma, 
ni ambiciones, ni envidias, ni bajezas, 
con su hálito infernal queman tus pajas! 

— Hoy vamos al rastrojo, 
ya es tiempo de la quema, 
dijo Juan a sus hijos, los mayores, 
que le prestan su ayuda en la faena. 

Las lluvias ya no tardan, 
y es necesario preparar la siembra, 
antes que algún chubasco 
nos empape la tierra. 

Concluidas las fatigas de la tarde, 
después de la merienda, 
baja Juan al rastrojo, con sus hijos, 
para empezar la quema. 

Son dos zagales que en el campo luchan 
con el valor de sus escasas fuerzas; 
cuatro lustros no suman los dos juntos, 
y ya la tierra endurecida y seca 
ha bebido el rocío de sus frentes, 
como valiosa ofrenda 
derramada en el ara del trabajo 
que al hombre dignifica y regenera. 

Al verlos, afanosos, 
aquel buen padre con orgullo piensa: 
«Cuando descanse yo, bajo la tumba, 
no habrá en la casa ni hambre ni miseria.» 

Y aquellos dos zagales, 
que encorvan sus espaldas en las eras, 
hércules infantiles, 
futuros vencedores de las selvas, 
viven felices bajo el sol brillante 
que madura las yemas, 
y tienen un regazo cariñoso 
en el pobre rincón de su vivienda. 

Muy pronto aquel rastrojo, 
de tostadas malezas, 
que al fuego ofrecen excelente pábulo, 
arde enseguida con voraz presteza. 

El fuego va dejando 
reguero de ascuas, de ceniza y yesca, 
en tanto que a los aires se levanta 
asfixiante humareda. 

Ya el sol traspuso los cercanos montes: 
de la lejana iglesia 
el Ángelus llevó sus notas tristes 
al agreste rincón de aquella selva; 
Juan y sus hijos, al fulgor siniestro 
de la flamante hoguera, 
descubren reverentes las hirsutas 
sudorosas cabezas, 
y musitan los tres una plegaria 
llena de unción sincera. 

La noche se avecina; en sus negruras, 
el incendio clarea, 
ilumina el confín de la montaña 
que parece dormir en su grandeza. 

Sigue el fuego extendiendo sus mil flamas, 
subiendo la ladera, 
consumiendo enseguida cuanto toca 
con infernal presteza... 
Mas de pronto, la brisa que ha dormido, 
en el regazo agreste de la selva, 
despierta juguetona y se columpia 
en las tupidas copas de las ceibas; 
y baja luego al llano, 
y arremolina la espantosa hoguera, 
que sus flamas extiende prepotentes 
y hasta el cielo con furia las eleva. 

Aquello es un volcán, un torbellino; 
del fuego las mil lenguas, 
se retuercen, se agitan, se agigantan 
en confusión siniestra; 
y entre los altos espirales de humo, 
que ennegrecen la esfera, 
en raudas explosiones pavorosas 
¡un averno chispea! 

Juan y sus hijos miran espantados, 
con el alma suspensa, 
cómo sube el incendio, cómo avanza 
hasta las propias lindes de la selva... 

¡Oh, fuego, sacro fuego, que adorado 
fuiste siempre, desde la edad primera, 
por las tribus heroicas del palenque, 
como deidad suprema! 
¡Oh, fuego, sacro fuego, 
que brillas en la cera 
de místicos altares, 

y en los blandones de las madres muertas: 
que animas los hogares y confortas, 
que eres paz y alegría en las viviendas, 
que eres vida, eres fuerza y movimiento 
y el ¡eterno sostén de este planeta...! 

Y ahora, ¡oh, Dios!, con qué implacable saña, 
con qué furia perversa, 
van tus cuadrigas con tonante estruendo 
desolando, al pasar, las sementeras, 
que antes fueran la dicha y regocijo 
del bravo luchador de aquellas selvas... 

¡Nada detiene el ímpetu salvaje 
del fuego asolador en su carrera 
de monstruo apocalíptico, que ruge, 
entre humeantes escombros y pavesas! 

¡Arde el cañal!... El bosque de penachos 
se retuerce y crepita, 
al recibir el hálito candente 
que le invade por fin, y le aniquila. 
En crispaciones de dolor, primero, 
sus hojas se retuercen encendidas, 
y alzan después brillantes floraciones 
que el viento barre en huracán de chispas. 

Vulcano está de fiesta, 
borracho de alegría, 
al ver a Flegetonte desbordado 
asolar la campiña... 

Juan y sus hijos, con denuedo heroico, 
insensibles al miedo y la fatiga, 
desafiando el peligro 
que les cerca traidor, y les atisba, 
trabajan, y el fuego les chamusca 
y pesada humareda les asfixia... 
« — ¡Afuera, afuera! — grita Juan mirando 
el incendio que crece y se aproxima — ; 
no es posible luchar... ¡pronto, a las rondas, 
y salvemos la vida!» 

Y sudorosos, casi sin alientos, 
cubiertos de ceniza, 
de la hoguera escaparon 
moribundos de horror y de fatiga. 

Y mira Juan, con ojos extraviados, 
de las enhiestas cañas encendidas, 
los altos varejones 
en que la savia con dolor crepita, 
y corre, como sangre, 
que mana de una herida. 

Y el voraz huracán, todo lo envuelve, 
y lo destruye con tonantes iras, 
y camina espantoso, siempre avanza, 
en diabólica orgía... 

Un grito de dolor, y de honda angustia, 
más bien rugido de una bestia herida, 
¡rasgó los aires con vibrantes notas 
de pesadumbre y rabia confundidas! 

Era el bohío fuerte, la vivienda 
de Juan y su familia, 
que envuelto en crepitante llamarada 
súbitamente ardía. 

— ¡Infeliz labrador, tu choza humilde, 
será pronto en pavesas convertida; 
¡nido y altar del fervoroso culto 
que el amor y el trabajo allí tenían! 

Quedó Juan, de terror paralizado, 
con el alma suspensa, enloquecida, 
como el que ignora, si es que está despierto, 
o si sufre espantosa pesadilla... 

Del sopor que eclipsó sus facultades, 
de aquel espanto que nubló su vida, 
vino a sacarle el doloroso grito 
de su fiel compañera, de María, 
que del cercano arroyo, con un niño, 
regresa jadeante: 

« — ¡Mi hija, mi hija!» 
Y Juan se estremsció, y en el instante, 
quiso lanzarse a la tremenda pira, 
a rescatar, valiente, de las llamas, 
a su pobre adorada chiquitína, 
que allí quedara en apacible sueño 
bajo el ala de amor dulce y tranquila. 

« — ¡No, tú no vas!» gritó desesperada 
la pobre madre; y lucha decidida 
conteniendo a su esposo; 

« — déjame a mí; si tú te sacrificas, 
¡qué será de nosotros en el mundo!» 
Mientras luchan los dos, ¡noble porfía!, 
el galardón de su amorosa empresa, 
frente al incendio que el hogar fulmina, 
el mayor de los chicos, como un héro3, 
que corre de la gloria a la conquista, 
se lanza entre las llamas... 
¡Qué terribles momentos de agonías, 
cuánta angustia se vive en un instante, 
cuando naufraga el alma enloquecida! 

Aparece por fin el valeroso, 
con su trofeo en brazos, con la niña, 
en el momento trágico 
en que la choza sin piedad se hundía. 
Y el incendio voraz, abrasa el bosque, 
en formidables bocanadas de ira, 
y el tupido follaje se contrae, 
en espirales de humo retorcidas, 
y se oye el crepitar de la hojarasca 
como descarga de fusilería... 

A veces por los robles centenarios, 
cual columna del bosque, siempre erguidas, 
que las secas marañas de los liqúenes, 
con una red tapizan, 
sube el fuego en extraña piroctenia, 
en una ardiente floración de chispas. 
Canta el incendio su canción de triunfo, 
ciego, arrasando la pujante vida, 
y el cielo majestuoso, indiferente, 
¡con fulgores siniestros se ilumina! 

Allí, en un grupo, cabe los escombros, 
de la pobre cabana, hecha cenizas, 
el desgraciado labrador contempla 
tanta desolación y tanta ruina: 

« — ¡Señor! Amparo, ¿dónde encontraremos? 
— desolada en sollozos repetía 
la pobre esposa, que anegada en llanto, 
cubre de besos a su tierna niña. 

Y Juan, erguido, del trabajo el símbolo, 
como atleta que airado desafía: 
«Aquí — rugió — bajo mis fuertes puños», 
y los blandió como una enseña, arriba. 










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