lunes, 27 de julio de 2015

LEANDRO LLULL [16.625] Poeta de Argentina


Leandro Llull 

Nació en Rosario, Argentina en 1983. Es egresado de la carrera de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario. Tocó el bajo en dos bandas de rock locales: Golem (donde también escribió casi todas las letras de un disco inédito, La balada del niño ritual) y Sánchez. Ha coordinado un ciclo de lecturas en un bar y dos talleres literarios. En 2010 participó en la residencia Estación Pringles. Publicó los libros de poesía: Disonancia del jardín (2009, Editorial Municipal de Rosario; primer premio en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana) Horas menores (2013, Buenos Aires, Huesos de jibia), A los pibes crudos (2015, Bahía Blanca, Vox; primer premio en el género poesía del Concurso de régimen de fomento del Fondo Nacional de las Artes).




EN EL CONFÍN un azul sin nubes
y tu pecho estremece
en pozo tan hondo.

Hay la espesura que le habla al alma
y el sol más lejos del día.

A las cosas,
                       ¿para qué mirar?

¿A qué abrir
abismos?

¿Por qué no
                       los ojos del cuis
cuando en dos patas se para
y hacia el cielo mira?





¿PUEDE EL GRITO DE LA TIJERETA
solitario cruzar el cielo
y tejer esta camisa en llamas
que arde en el pecho sin motivo?

Es tu corazón al acecho, los oídos de la liebre
que el paisaje te ha prestado,
la cacería del alma que lee
donde nunca nadie ha podido.





PENSAR QUE UN DÍA TODO ESTO ESTUVO EN OTRO LADO.
Entre dos manos
una alianza tramó el exterminio.

"Gran-Macá" le decían al hombre que defendió la tierra.
Murió enrollado como un tatú
por aguantar el palo.

Hubo un tiempo en que se acariciaban los pastos
como el primer pelo en la cabeza de un niño.

Pensarlo ahora.

Hacerse la imagen.






El parrillero

Con el humo velando los rostros
mi padre y yo preparamos el domingo.
Entre pitada y pitada su voz suma me indica el cómo.
Puedo y lo hago, cumplo el destino
del papel en la pira. Él hizo el fuego,
él hizo el viento y el parrillero.
Puesto el ternero de lado
el domingo come de la carne del hijo. Arde,
pierde su sangre,
gime el vapor en la boca del fuego.
Y el papel ardido vuela ominoso,
no quiere ser testigo.
Tampoco yo lo quise. Volé
como aquellos pájaros negros
que se hicieron del viento
y huyeron tras los muros.






El cigarrillo

Del parrillero tomó su punta el fuego
y arde. Atados con humo
en un nudo de humo, sólo la yesca,
la mano alzada, la chispa que traza
la ceniza, el silbo agudo
de la sombra en la niebla.
Con cada pitada
crepitan los días
igual que en mi pecho.
Deflagra mi padre
y fuma.





LA POLILLA Y EL FAROL

Nunca más vi un mar como aquel.
Era un hervidero en una olla de piedra,
una revulsión tan honda como la espuma
de una batida que no conoce su fondo.
Siempre me pregunté cómo llegué hasta ahí,
y sólo pude pensar en el vuelo de la polilla
hundido en la lisura ardiente de un farol
–todo su bullir de vida buscando
su equivalente afuera, en el centro de la luz–.
Desde la corona del morro, entre ramas y arañas,
la espiral del murmullo encendía mi corazón.
Una infusión azul de espesuras contra el empedrado
donde mi tristeza en lonjas de alga difundía
su color y chasqueaba los iris
de cada burbuja.






SENCILLEZ

Tanteo sin mirar el tarro y descubro
el camino dulce de las hormigas,
las bolitas de sus cuerpos contra mis dedos,
mínimos latidos sordos que me esquivan.
Un mensaje sube como un signo
por la antena hasta la cabeza y recibo
las patas sobre el paño de mis ideas.
La lección es cierta: simple es lo profundo,
hondo el telar negro que se abre
cuando se toca el fondo.




MAPACHES Y ELEFANTES

Hablamos con un amigo acerca de qué cosa es la belleza
y le cuento que una tarde, acompañado de una tía,
en la trastienda de un circo viejo,
tomé un puñado de césped del baldío
y lo acerqué temblando a la boca de un elefante.
Le juro que en ese fondo abierto entre la trompa y los colmillos
sentí el resplandor negro de todo lo perfecto.
Él me responde: “Eso es lo sublime, hermano”,
y en sus ojos oscuros y ojerosos como los de un mapache
yo veo un abismo brillante y sincero
al que mi corazón se arroja,
y pruebo de nuevo aquel bocado que mi mano obtuvo
al entregar diez pastos secos,
en un viaje lento, humedecido
por el aliento de lo bello.

  



EL LIMONERO

En invierno las ramas negras,
los frutos grises y las hojas secas
llenaban el viento con su queja.
Echada en la cama, tapada hasta el mentón,
con el gorro puesto y algún mechón al aire,
yo la acompañaba de costado,
teniéndole la mano, concentrados en la tele.
Afuera, la lluvia pegaba sus arañas contra el vidrio
y veíamos el derrape de las patas transparentes,
cuando la tarde sacudía su cabello sobre el árbol
y nos daba de probar una pizca del sabor
de aquella savia muerta.




EL TIEMPO HACE CON NOSOTROS LO QUE QUIERE

El tiempo hace con nosotros lo que quiere,
basta con mirar la rama:
verde cuando arrancó el verano,
negra al empezar septiembre.
O la mariposa que quedó atrapada
en la alacena y al otro día
no fue más que una mancha oscura
sobre la estera de colores.
Vos te creés indemne y cortás el viento.
Pero cuando mirás las piedras del cantero
partirse una a una sin que nadie les haga nada,
no me digas que no sentís por dentro
la sensación de que alguien tironea
en la entretela de tu carne y rompe
alguna cosa como si empezara
a rayarte con un vidrio
la sangre entera.




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