viernes, 10 de julio de 2015

HERBERT HUNCKE [16.522]


Herbert Huncke

Nacido Herbert Edwin Huncke el 9 de enero 1915 en Greenfield, Massachusetts, Estados Unidos. Murió el 8 de agosto 1996 en (Manhattan, Nueva York, Estados Unidos

Movimiento literario: Generación Beat

Herbert Edwin Huncke (9 enero 1915 a 8 agosto 1996) fue un escritor y poeta, y participa activamente en una serie de nuevos movimientos culturales, sociales y estéticas del siglo 20 en América. Fue miembro de la Generación Beat y tiene fama de haber acuñado el término.




On Herbert Huncke and Peter Orlovsky

Peter

by Herbert Huncke

I just finished eating Peter and washed him down with beer—lager beer.  He was tender and juicy—succulent—sugar cured and lean.

I swallowed his heart whole.  Sucked his bones clean—leaving them in a pile—neatly stacked—marrowless.

Of his hair I’ll weave a silken jerkin—a scarf—to wrap around my throat and a sash.

Of his bones I’ll build a bed—spend hours lying upon it—dreaming—his skull a pillow for my head—the birds will come there and find me dead.

They will peck me tearing tiny morsels of flesh.  Some will fly away—dropping me into the sea—for fish.  The sun will dry me out and the wind scatter flakes of dust over the earth.

Slowly our bones will pulverize as we gradually become powdery—the rain blending us together—washed across the earth in tiny rivulets—seeping down to the roots of the trees—grass—flowers.

They will find our skulls—the last to go—clasped jaw to jaw—in caricature of a kiss.







Herbert Huncke, the ruffian who inspired the Beat Generation

CANCIÓN DEL YO

Por Herbert E. Huncke (1915-1996)

Mi nombre; se me conoce generalmente como Huncke y unos pocos me conocen como Herbert y en el pasado como Herbie. Rara vez se refieren a mí como el Sr. Huncke, y cuando se requiere una presentación formal es por lo general Herbert Huncke.

Menciono todo esto respecto a mi nombre simplemente porque hace poco que me viene disgustando, no porque mi nombre sea Herbert Huncke sino porque he llegado a un punto en que mi nombre (cualquier nombre que pudiera haber tenido) por su mera expresión crea una sensación casi agotadora y repugnante en mí. Cuando me lo digo a mí mismo -y con frecuencia me lo digo a mí mismo- me embarga de inmediato una sensación de asco, como si los sonidos que hago sean significativos no sólo en referencia a mi persona, sino a una  enfermedad nueva y extraña, y estoy seguro, por lo menos en ese instante, que al fin estoy cayendo  en una locura de la que no hay escapatoria.

Durante varios años tuve la confianza de que iba a caer en la locura, de hecho me he sentido siempre así hasta donde puedo recordar.

Una vez, cuando pensaba que iba a convertirme en un escritor (era muy joven - unos catorce años), realizaba intentos periódicos de escribir poesía, y en ese mismo momento me daba cuenta por completo del sentido de la locura. Fue poco después del amanecer cuando un enorme sol brillante subía el cielo azul delicado. Era el comienzo del verano y la gente estaba empezando a disfrutar de los brillantes colores del atuendo veraniego. Yo vivía en la calle Superior, al este de North State Street en Chicago en una antigua casa de madera que se había convertido en lo que se llaman apartamentos-estudio. La casa estaba muy bien construida y las habitaciones eran grandes, con techos altos y ventanas que llegaban hasta la altura de cada habitación.

Había pasado las pocas horas justo antes del amanecer bañado en la luz de la luna, mirando el cielo a través de una de mis ventanas (había dos en la habitación - grandes ventanales que alcanzaban una altura considerable, dejando entrar todo el sonido y el aroma del aire exterior, flanqueando cada lado de una chimenea con un manto blanco y dos grandes candelabros de bronce con altas velas verdes), permitiendo que mis pensamientos merodearan como lo hacían y reflexionara sobre mis problemas y la magnificencia de los días de descanso.

Había empleado mi cuota energética de minutos en el impulso central de recolectar cada alquiler en ese bloque de oscuridad, tirando de cada pliegue de luz para dar paso al gran poder: el sol.

Y ahora, mientras bajaba los escalones de la entrada al nivel de la calle, el sol se lanzaba en espiral a través de un gran espacio azulado. A un lado de la escalera había una cama de flores apenas repleta de junquillos amarillos, y le dediqué una mirada y luego hacia la acera para observar varias mujeres jóvenes que caminaban rápidamente más allá y hablaban de su trabajo y de algo divertido, y cuando casi habían llegado a la esquina comenzaron a reír. Sus trajes eran encantadores y una llevaba puesto algo con grandes dibujos de amapolas que me gustó.

Yo estaba un poco asustado y profundamente impresionado. Me quedé mucho tiempo pensando en ello, cada vez más convencido a cada instante de que estaba condenado .

Varias horas más tarde, cuando había terminado mi desayuno y volví al apartamento, traté de reflejar en un poema todo lo que había sentido y quedé bastante satisfecho con el resultado, aunque no puedo recordar nada de su contenido  y la escritura real está siempre fuera de lugar - junto con todo lo mío de aquel tiempo.

No mucho tiempo después empecé a viajar y dejé de considerar Chicago como mi hogar.


SONG OF SELF
By Herbert E. Huncke (1915-1996)
  
My name; although I'm known generally as Huncke and by a few as Herbert and in the past as Herbie. It is seldom I'm referred to as Mr. Huncke, and when formal introduction is requested it is usually--Herbert Huncke.

I mention all this concerning my name simply because recently I've grown to dislike my name--not because my name is Herbert Huncke but rather because I've reached a point where my name (any name I might have had) by its mere utterance creates an almost weary and loathsome feeling in me. When I say it to myself--and frequently I say it to myself--I am immediately aware of a sense of disgust as though the sounds I make are significant of not only me but of a new and strange disease and I am sure, for at least the instant, I am at last slipping into an insanity from which there is no escape.

For several years I've been confident I will become insane, in fact I've felt thusly almost as far back as I am able to recall.

Once, when I thought I would become a writer (I was quite young--fourteen at the time), I made periodic attempts to write poetry, and on this particular occasion I became aware fully of the sense of pending insanity. It was shortly after dawn and a huge glistening sun was ascending a delicate blue sky. It was early summer and people were beginning to enjoy the bright colors of summer attire. I was living on Superior Street just east of North State Street in Chicago in an old wood-frame house that had been converted into what is called studio apartments. The house was well constructed and the rooms were large with high ceilings and windows reaching the full height of each room.

I had spent the few hours just preceding daybreak bathed in moonlight, watching the sky thru one of my windows (there were two in this room--huge windows which could be flung up quite high, letting in all the outside sound and scent and air, on either side of a fireplace with a white mantel with two large brass candlesticks with tall green candles), allowing my thoughts to dwell as they would and pondering over my problems and the magnificence of day break.

I had sent my minute energy quota into the central urge aiding each rent in the block of darkness, tugging at each fold of light to make way for the one great power: the sun.

And now, as I descended the front steps to the street level--the sun was hurling and spiraling across a huge space of blue. To one side of the steps was a flower bed sparsely filled with yellow jonquils, and I glanced at them and then toward the sidewalk to observe several young women who were rapidly walking past and talking of their work and of something amusing, and when they had almost reached the corner they began laughing. Their costumes were charming and one wore something with large figures of poppy red which I liked.

I was rather frightened and deeply impressed. I stood a long time thinking about it, becoming more convinced each instant, I was doomed.

Several hours later when I had finished my breakfast and returned to my apartment, I tried putting into a poem all which I had felt and I was rather pleased with what I had written, although I can't remember any of it and the actual writing is long misplaced--along with everything of myself at that time.
It wasn't long after I began traveling and ceased considering Chicago as my home.


"Old timer survivor Herbert E. Huncke, Beat literary pioneer, early decades thief, who introduced Burroughs, Kerouac & me to floating population hustling & drug scene Times Square 1945. From '48 on he [--?] remarkable musings collected as autobiography vignettes, anecdotes & storyteller's tales in the classic The Evening Sun Turned Crimson (1970) and later Guilty of Everything. Here age 78 in basement backyard, his apartment East 7th. St. near Avenue D, New York, May 18, 1993." Text & Photo: Allen Ginsberg | "El eterno superviviente Herbert E. Huncke, pionero de la literatura Beat, ladrón en su juventud, quien nos presentó a Burroughs, Kerouac y a mí a la población marginal y drogadicta del Time Square de 1945. A partir del 48 sacó las musas y recopiló su autobiografía en forma de viñetas, anécdotas y cuentos para contadores de historias en los clásicos 'The Evening Sun Turned Crimson' (1970) y más tarde 'Guilty Of Everything'. En la foto a la edad de 78 en el patio del sótano, en su apartamento del 7 de la East St. cerca de la Avenida D, Nueva York, 18 de Mayo de 1993." Texto y foto: Allen Ginsberg

                                         Herbert Huncke. Foto: Magnus Reed


HERBERT HUNCKE: Culpable de todo

Por Lydia Lunch
  
Chapero de poca monta, ladronzuelo, artista convicto, delincuente fichado, sanguijuela, yonqui de por vida. El héroe ignorado de la literatura underground fue un esmerado contador de historias cuya colección de memorias, hermosamente vertidas, está repleta de desvíos desalentadores; vida detenida vivida al límite. Una vida gastada buscando la esencia de la libertad que es la derrota, una libertad cuya canción como un aguijón canta sobre la renuncia, la liberación, la utopía fraudulenta que desaparece rápidamente cuando el dominio de la adicción toma el mando.

Herbert Huncke era el BEAT original. Él inventó el jodido término... ese del que el trío de pecadores de Burroughs, Ginsberg & Kerouac se aprovecharían toda la vida. Adoptando todo tipo de alias en sus poco disimulados disfraces que le servían de retrato encubierto de YONQUI en el libro de mismo título (Burroughs), el Elmo Hasel de EN EL CAMINO (Kerouac), y Huck en VISIONS OF CODY (Kerouac). Incluso Aullido (Ginsberg) se sirvió de Huncke como referencia.

Nacido en 1915 en Greenfield, Massachusetts, y criado en lo que pronto sería el Chicago de Al Capone, Huncke se tiró a la carretera a la temprana edad de doce años, huyendo de una madre histérica, una abuela perjudicial y una padre castrador. Llegó hasta Génova (Nueva York) antes de que su estatus de forajido le hiciera desistir. Volvió a lo de su madre cuando un poli motorizado le encontró en la autopista haciendo auto-stop, y su primer paladeo de la libertad soltó a la bestia interior.

Cuando tenía catorce años, Huncke cayó en lo que sería la primera de una serie de redadas por drogas. Entonces era amigo de Elsie John, un hermafrodita que trabajaba en espectáculos ambulantes y trapicheaba con heroína para pagar lo que no podía cubrir con el salario de la vida circense. Les pillaron a ambos. Se retiraron los cargos contra Huncke. Todavía era menor de edad.

Empezó a hace chapas. Por algunas monedas. Pero no le sirvió de mucho una vez que llegó la Gran Depresión. Entonces se largó, esta vez al Este. Se coló en su primer tren de mercancías en Reno. Subsistiendo con calderilla en los bolsillos. Durante la próxima década  nuestro héroe, como vagabundo, zigzagueó por todo el país. Adonde los trenes le llevaran. Haciendo dedo cuando le apetecía. De vuelta a Chicago, pasando por Nueva Orleans, Memphis, Nashville, Detroit. Viviendo con lo puesto.

En el 39 llega a la Calle 42. Tenía 24 años. Hizo lo que pudo para sobrevivir. Se alquilaba a los ancianos. Tenía el hábito. Robaba para mantenerlo. Puesto todo el tiempo, nervioso, comenzó a buscar consuelo y descanso en los clubes de Jazz de la calle 52. Hizo migas con Billie Holiday, Charlie Parker. Compañeros de fatigas. Joder, incluso dando algún palo que otro con Dexter Gordon, consiguiendo abrigos de pieles para las prostitutas de Harlem y siempre tomando notas. Era un escritor intuitivo y sin reservas, apuntando sus cosas en cuadernos pulgosos.

El dinero te quema en el bolsillo. Sobre todo cuando no lo tienes. Y tienes el hábito de la heroína. La suerte se agota. Y no te queda nadie a quien sablear.

Huncke necesitaba un respiro y siguiendo el canto de las sirenas se hizo marinero durante la Segunda Guerra Mundial. Una pequeña huída, algo que había aprendido a hacer cuando las cosas se ponían feas. O la calle se ponía difícil. O sentía que algo iba a salir mal. Aunque siempre se las arreglaba para encontrar material -morfina, hierba, pastillas, lo que fuera- el que es yonqui, yonqui se queda.

Al final de los años 40s se movía por Times Square, siendo requerido por el doctor Alfred Kinsey, que le pagaba para conseguir historias del mundo de los chaperos, historias terribles que le servirían para su famoso estudio sobre el comportamiento sexual de los americanos. Incluso Burroughs participó de eso.

Huncke no se fiaba de Burroughs. Tenía sus razones. Demasiado correcto, educado, viviendo de una beca, vestido como un tipo del FBI. Se conocieron en el apartamento de Huncke cuando Burroughs quería conseguir un arma y morfina para su compañero de habitación. Las drogas y las armas consolidaron la amistad.

Burroughs se sirvió de Huncke como anfitrión de los bajos fondos, Huncke le consiguió su primer chute tras una discusión de los pros y contras de una realidad alterada en contraposición a gritar al vacío mientras se lucha contra los síntomas de la adicción. Burroughs compró. Pronto se unió a Huncke como adicto. Se unió a los pequeños hurtos. Con la ayuda de Huncke conseguía recetas para Dilaudid, morfina, benzedrina, fumar, esnifar, chutarse tanta mierda como consiguieran. Vendiendo las sobras en el mercado negro. Burroughs se marchó cuando la cosa se puso chunga con la autoridad. Se las arregló para que le suspendieran la condena. Burroughs se aisló en una granja en las afueras de New Waverly, Tejas, dondé pretendía llevar una plantación de marihuana en la que se gastó una pequeña fortuna. Invitó a un Huncke jodido por la adicción para que le ayudara, recién liberado éste de una temporada en el presidio del Bronx. Se suponía que debía llevar un cargamento de semillas para el cultivo. Huncke estaba tan chungo que las olvidó.

Pero se las arregló con Burroughs mangando opio, nembutales y benzedrinas de la farmacia local. Al final plantaron, pero se arruinó la cosa cuando olvidaron cuidarlas.

Pasaron un par de años y Huncke sufrió otra redada. Fue entonces cuando entra Allen Ginsberg en su historia, quien se apiadó del delirante vagabundo. Huncke estaba jodido, y robando para mantener su adicción. Usó el apartamento de Ginsberg como almacén para esconder mercancía robada. De nuevo le pillaron.

Durante la mayor parte de los 50s Huncke estuvo encerrado en Sing Sing, Dannemora, Riker's Island. casi una década de encarcelamiento sirvió para que sus colegas le olvidaran. Burroughs y Ginsberg usaron las desafortunadas historias de Huncke para ayudar a ilustrar su propia degeneración y que se les publicara. Huncke se desenganchó, pero no podía escribir en la cárcel. Y la mayoría de sus diarios se perdieron en una vida de un apartamento destartalado a otro. Pero incluso décadas de hábito drogadicto no anularon la memoria prodigiosa y el recuerdo detallado de Huncke y con la ayuda de Diane Di Prima publicó su primer diario en 1965.

La cárcel no erradicó completamente sus tendencias criminales. La droga velaba por eso. Pero la última estancia en prisión refinó sus métodos. Tenía más sensatez. Se ganó la vida como contador de historias. Soltando historias geniales de la América decadente durante las siguientes seis décadas. Viviendo de sofá en sofá. Trapicheando con poemas, prosa también, cambiando un párrafo de diario por un lugar donde dormir, comida, un chute, una dosis, algo de conversación decente. En ocasiones todo junto y hacia el siguiente evento. Se las arregló para mantenerse aprovechando su propia leyenda. Genio.

Huncke moría en 1996 a la edad de 81. Los Grateful Dead le pagaron la renta de sus últimos años en el Hotel Chelsea. Jóvenes hermosos le servían como correo para la heroína, el valium o los cócteles de cocaína. Aún escribía. Todavía reminiscente. Siempre exprimiendo la vida. Recordando más de lo que cualquiera de nosotros pueda vivir para olvidar. Nunca le conocí. Pero todavía me habla con amable desesperación y profunda compasión sobre la fragilidad de la condición humana, revelando generosamente los efluvios de su alma torturada, la cual a pesar de todos los desvelos se mostraba ansiosa por comunicar, escribir, simpatizar. Padrino de la Generación Beat, santo patrón de los desdichados, gitano bohemio, querido Herbert Huncke, espero que el éter en el que habitas ahora sirva como último colocón celestial.

Lydia Lunch, 7 de Julio de 1998.


                                            Herbert Huncke and Allen Ginsberg


HERBERT HUNCKE: Guilty of Everything
By Lydia Lunch

Short shrift hustler, petty thief, con artist, convicted felon, parasitic leech, life long junkie. The unsung hero of the literary underground was a mesmerizing storyteller whose collected memoirs, beautifully rendered, are infused with heartbreaking detours; detailing life lived to the extreme. A life spent endlessly searching for a freedom whose very essence is fleeting, a freedom whose song at first sting, sing of release, of liberation, of a fraudulent utopia which quickly fades as the stranglehold of addiction takes root.

Herbert Huncke was THE original Beat. He coined the damn phrase… which the Unholy Trio of Burroughs, Ginsberg & Kerouac would live to forever profit from. Employing aliases in their thinly disguised portraitures of him as “Junky.” from the book of the same name, “Elmo Hassel” from On the Road, and “Huck” in Visions of Cody. Even Howl used Hunke as a reference point.

Born in 1915 in Greenfield, Massachusetts and raised in what would soon become Al Capone’s Chicago, Huncke first hit the highway at the age of twelve, running away from a hysterical mother, doting granny and overbearing father. Got as far as Geneva, New York before his outsider status gave him away. Picked up and shipped back to mommy by a motorcycle cop, his first taste of freedom unleashed the beast within.

At fourteen, Huncke took his first, in what would be a series of numerous drug busts. He was then befriended by Elsie John, a hermaphrodite who worked the sideshow and peddled heroin to supplement kicks the circus’ salary couldn’t cover. They both got popped. Charges against Huncke were dropped. He was still a minor.

Began hustling down at the lakefront. Chump change. Which didn’t go far once the Great Depression hit. Took off, this time out West. Caught his first freight train in Reno. Nickel-and-diming it. The next decade finds our hero, as hobo, zigzagging across the country. Wherever the Rails went. Hitchhiking when he got the itch. Walking if he had to. Back up to Chicago, down to New Orleans, Memphis, Nashville, Detroit. Living hand-to-mouth, hooked on the underbelly.

In ’39 he hit 42nd Street. He was 24. Did what ever it took to survive. Sold his sex to lecherous old men. Had a habit. Stole to provide for it. Started to get strung out. Sought comfort & companionship in the smoky Jazz clubs on 52nd Street. Hung out with Billie Holiday. Charlie Parker. Fellow hopheads. Shit, even committing a string of burglaries with Dexter Gordon, boosting fur coats for hookers up in Harlem and always taking notes. He was a gutter scribe, scribbling riffs in dog-eared journals.

Money burns a hole in your pocket. Especially when you don’t have any. And you’re milking a heroin habit. Luck runs out. There’s no one left to mooch off.

Huncke needed a break and lured in by the song of the sirens shipped out to sea during World War II; a quick escape, which he learned to embrace whenever times got too tight. Or the street got too hot. Or he thought he needed to kick. And though he somehow always managed to score—Morphine, pot, pills, whatever—once a junkie, always a junkie.

The late 40′s found him banging it back around in Times Square, being solicited by Dr. Alfred Kinsey, who paid Huncke a deuce a pop to pull in other hustlers whose horror stories would help to illustrate his ground breaking studies on American sexual behavior. Even Burroughs was roped in on that con.

Huncke was suspicious of Burroughs. He had reason to be. Too damn straight, over-educated, living on a trust fund, dressed like the F.B.I. They met at Huncke’s when “Old Bill” tried to pawn a sawn-off shotgun and a gross of Morphine to his roommate. Drugs and the gun cemented a shaky relationship.

Burroughs used Huncke as intro to the underworld. Huncke gave Burroughs his first shot of dope after a lengthy discourse on the pros and cons of an altered reality versus screaming into the void while trying to kick at the invisible bitch of an addiction. Burroughs bought in. Soon following Huncke’s lead. Took to small time pick pocketing. With Huncke’s assist, passed scripts for Dilaudid, Morphine, Benzedrine, smoking, snorting, or shooting as much shit as they could get their hands on. Selling the scraps on the black market. Burroughs took the fall when the heat closed in. Managed to land a suspended sentence. Burroughs fled to an isolated farm outside of New Waverly, Texas, where he attempted to mastermind a small fortune in marijuana crops. Invited a junk sick Huncke down to kick, who had just been released from a stint in a Bronx jail. Supposed to bring a jar of seeds to cultivate. Huncke was so out of it, he forgot them.

Made it up to Burroughs by keeping the larder stocked with paregoric, Nembutals & Benzedrine pilfered from the local pharmacy. Tended the plants, but the crop was ruined when they forgot to cure it properly.

Not two years later and another bust for Huncke. Weaseled his way into Allen Ginsberg’s life, who took pity on the delirious vagabond. Huncke was strung out, and stealing to support his habit. Using Ginsberg’s pad as warehouse for stolen goods. Got busted for it.

Most of the 1950′s found Huncke locked down in Sing Sing, Dannemora, Riker’s Island. Almost ten years of hard time got him cut off from and ignored by his buddies on the outside. Burroughs & Ginsberg used Huncke’s hard luck stories to help further illustrate their own degeneracy and were getting published in the interim. Huncke cleaned up, but he couldn’t write in prison. And most of his journals were lost in late night scrambles from one crash pad to another. But even decades of drug use did nothing to dull Huncke’s memory or attention to detail and with the help of Diane di Prima published his first book Huncke’s Journal in 1965.

Prison couldn’t completely cure his criminal tendencies. Junk saw to that. But the last stint in The Big House taught him how to refine his hustle. Got by now more on his wits. Supported himself as master storyteller. Spinning glorious tales of decadent America, which spanned the last six decades. Drifting back and forth from couch to couch. Trading a poem, some prose, a journal entry for a place to sleep, something to eat, a shot, a fix, a decent conversation. Sometimes pausing just long enough to jot it all down, then on to the next gig. Managed to survive mainly on his notoriety. Genius.

Huncke died in 1996 at the age of 81. The Grateful Dead paid the rent for his last few years spent in glorious squalor at the Chelsea Hotel. Beautiful young men playing delivery boys kept the heroin, Valium and cocaine cocktails coming. He was still writing. Still reminiscing. Still vital. Remembering more than most of us will ever live to forget. I never met Huncke. But he still speaks to me in a voice of gentle desperation and compassionate understanding on the complexity & fragility of the human condition, generously revealing the stamina of his tortured soul, who in the face of all odds was still desperate to communicate, to write, to reach out. Godfather of Beat, patron saint of the wretched, bohemian gypsy, dear Herbert Huncke, I hope the ether you now inhabit is the ultimate heavenly high.

Lydia Lunch July 7, 1998







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