martes, 9 de junio de 2015

SARA JORDÁN [16.220] Poeta de Chile


Sara Jordán 

Nació en Santiago de Chile en 1982, reside en la actualidad en el barrio viñamarino de Reñaca. El año 2007 publicó su poemario Media estación y, el 2010, aparece en la recopilación Poesía amorosa actual, de Ernesto González Barnert y Ángel Valdebenito Verdugo. Licenciada en Literatura por la Universidad Adolfo Ibáñez, residió en Londres en 1990 y en 2001. Actualmente finaliza su Magíster en Literatura en la Universidad de Chile. En 2014, publica "Entre escombros", antología de poesía política de Armando Uribe. Notas, selección y prólogo de Sara Jordán.


De Media Estación
Altazor Ediciones,  2007

El Alma en la Espalda

He escuchado versos funestos, funerales,
y elegías llorando la muerte
o a un amor no correspondido
mientras tu mano me busca insegura.

Decir adiós no es tan difícil
cuando aún no hemos probado un bocado de los frutos
del árbol centenario que nos vio descansar
mientras las vides se abrían paso junto a la hiedra,
palpando su corteza como a un lugar propicio.

No es tan difícil salir del parque,
olvidar el desconsuelo del Galope Muerto nerudiano,
pero sí lo es dejar de recordar la fatídica voz de T.S. Eliot
cuando me pregunto “Should I dare disturb the universe?”
ahora, cuando el camino se bifurca
para adentrarme en un laberinto solitario.

Lo cierto es que los poetas nunca supimos ser razonables
sino tan sólo frágiles muros
en cuyos cimientos terremotean las memorias,
invitándonos a la desesperación.

La sensibilidad es un bien preciado 
o un presidio si la fortaleza se derrumba.
Por eso mismo me he echado el alma a la espalda,
cargando esta maleta llena de libros amargos, 
por tener el maldito oficio melancólico de recordarte.



Gata

Esta casa está colmada de gatos
todo es bodrio, excepto la pata de la gata
que se adelanta y enrolla su cola en mis canillas
hasta dejarme desgajada, muda,
para coger del habla el verbo menos malo,
aunque me pida otros ejercicios, carnales,
de enrollar la lengua a otra lengua
desde el primer peldaño del pórtico
voy cayendo escalonada
derrapando el cemento, hacia abajo,
camino a cuatro patas negras
engrifándome al amanecer.



El alma en la espalda
Una lectura a "Media Estación" de Sara Jordán (Altazor, Valparaíso, 2007)

Por Diego Alfaro Palma


Aunque el tiempo haya pasado no podemos desacreditar la vieja teoría de las "Correspondencias" tentada por Baudelaire y, menos aún, si pensamos en un día frío, tras largas cuadras, buscando un lugar donde cobijarse e improvisar una conversación. Aquél día Sara me iba a pasar su libro recién publicado; bebimos café y charlamos por más de una hora, pero al momento de hacer las elecciones propias que exige una carta, ella se decidió por una copa de café helado y yo por un mínimo ristretto, un café italiano altamente concentrado. No sé si este hecho da para un análisis de los caracteres psicológicos de ambos, pero sí nos puede servir para graficar distintos tipos de esgrimir una escritura.

Situar "Media Estación" puede parecer un contrasentido. La "statio" latina refería a una especie de quietud, de inmovilidad, un sentido que pronto se desvanece al revisar un diccionario moderno de nuestra lengua y evidenciar su significado inherente de transitoriedad. Si pensamos un momento en las cualidades de esta palabra, inmediatamente la podemos ligar a los cuatro periodos en los que se divide el año o a aquellos lugares donde esperamos la llegada de un tren. Así, toda estación es un fragmento del tiempo y, por lo tanto, del espacio, una morada que devela lo que realmente somos: un estar a medias, un proyecto inconcluso.

El sujeto que se exhibe en cada verso es el de este ser en mediación, que no se termina ni se encuentra, que constantemente se pregunta por "the thought of what my life would be", por "un instante que siempre dejar de ser". Un despliegue de palabras a través de fragmentos, que bien se nos muestra en la figura del girasol puesto en un jarrón, "alzado hasta el cielo y sin raíces", perdiendo sus pétalos, siguiendo los movimientos del sol, pero siempre deseante de un lugar al que cree pertenecer.

No sería en vano indicar el verso de T.S. Eliot de los "Cuatro Cuartetos" que dice "la primavera en pleno invierno es su propia estación", aquel intermedio extraño en el que se diluyen las certezas, en que no sabemos no sólo con qué abrigo salir, sino que extrapolado a los ámbitos del alma, lo vinculamos a lo expectante, a lo claroscuro, al interdicto que se pasea por todo el libro de Sara Jordán. Y es Eliot una de las figuras más nítidas que de "Butacas" a la acera vagabundea en "Media Estación". No por nada una de las acepciones de la palabra "estación" -y que la Real Academia señala como en "desuso"- es la de un lugar o tienda pública en la que se vendían y se estudiaban libros. Los pasajes que se abren en esta Tierra Baldía personal -y no menos común a todos- reúne a distintos personajes, melancólicos, que aman, que odian lo que odian y rabian como rabian. Uribe está y muy bien. Ezra Pound como patrono protector de la "usura de verbos". Armando Roa, seguramente asomado al mar con un apretado cigarrillo en la boca, como también el galope muerto de Neruda, el Prufrock de Eliot, los clásicos y una hermosa despedida a la manera de Rilke:

(…) Mientras recortas el camino con tu silueta
Te apresuras y arrancas la última amarra de la embarcación, 
tú, que has salido ya camino al puerto,
prométeme tan sólo algo primero: 
que en aquel bosque hay un árbol
donde crecen pámpanos, escalando su corteza
y a sus pies sólo habrá rosas…

Habrá congoja, la habrá, ya lo sé,
Pero al menos prométeme que cumpliré aquel sueño
Y, aunque me despida siempre de ti,
Después de tu partida, además de eso, me restará encontrarlo.

("La Despedida")

Es extraño pensar que aquella "primavera en pleno invierno" es el tiempo en que Sara decidió publicar su libro y, que el día que nos reunimos y en el que caminamos, estaba impregnado de esa indistinta cualidad en la que nos imbuye la naturaleza. El caminar, por otra parte, es un aspecto fundamental de estos versos. Más allá de que a ratos tengamos la seguridad de trasladarnos a un lugar cerrado, a una pieza a media luz, lo cierto es que esa trampa de los límites está cercada por las palabras. Su poesía no es puramente imagen o fotografía, es un paseo con el peso de las palabras a las que el poeta está sometido:

La sensibilidad es un bien preciado
o un presidio si la fortaleza se derrumba. 
Por eso mismo me he echado el alma a la espalda, 
cargando esta maleta llena de libros amargos, 
        por tener el madito oficio melancólico de recordarte.

("El alma en la espalda")

Las tres partes en las que se divide el libro "El camino", "Ciudades" y "En el nombre del padre", están intermitentemente cruzadas por senderos donde quien nos habla se va poblando de escombros y en donde reconoce, posando una frase de Juan Emar, "el tiempo fragmentado por los objetos". Fracción que es también de la del idioma, donde los poemas se bifurcan hacia el inglés, que sirve tanto como una máscara, como para imitar una enredadera, enrevesando el sentido, callando de otra forma lo que se dice, en "una economía del sentimiento" insinuar y hasta topar en una pieza como "Butacas" temas oscuramente políticos e históricos.

Hacia el final la obra roza la infancia y la nada. Entre un paseo dominical de la mano del padre en " Mis raíces" (como una remembranza del girasol) a "La muerte de Apolo", vemos entrecruzadas esas visiones casi láricas que nos recuerdan a Jorge Teillier y que en el otro extremo se deslizan a tientas como "Los pasos lejanos" de Vallejo, donde una compañía se vuelve apacible únicamente en el sueño, donde el lienzo del amor (que "no es un ciego inmaculado") y las nostalgias se rasgan en tres para afirmar finalmente: "Tú has muerto dentro de mí".

"Puedo prescindir de estas notas" nos dice Sara Jordán hacia sus últimas páginas, en ese estadio quejumbroso del poeta reconocido en la insuficiencia de las palabras, en los nones, la fisura del silencio y el anacronismo de su oficio. El libro queda abierto con la confidencia de las alas de su portada: alguien nace entre las ruinas. Lo demás queda al lector. Lo cierto, es que "Media Estación" es un primer paso: quedamos al menos con la promesa de una autora inconclusa. Siendo perfeccionistas desearíamos que la obra fuera más acotada, en momentos más pulida, trabajadas algunas asperezas. Pero eso, por otro lado, no puede sino traducirse en la esperanza de descubrir a un poeta construyéndose en palabras. Un primer libro es una primera estación -aunque para algunos haya sido el sino o la ventura de su biografía-, pero creo al decir que su escritura no es una estancia, al contrario, "un no sé qué del viandante, un rumor a polvo,/ una resonancia que golpea y se agita".



- Selección -


INSTANTÁNEA DE UNA MALDICIÓN

Pasas por las orillas de mi corazón,
con tus parabienes, tus palabras, y mis desperdicios;
río caudaloso de desembocadura incierta,
irrumpiendo incansablemente al anochecer, 
golpeando las orillas de mi corazón, tentándome,

pero tu dedo dorado es un veneno visible
y me he vuelto arena por desearte.



LLAVES

Fuiste el único rostro en mi vida, el aliento 
el sopor, el pudor, los paños blanquecinos, 
una sábana al ser colgada al amanecer,
contra la muralla expuesto, haciéndome señas 

y ahora yaces replegado en el clóset
de una habitación cuyas llaves perdí por la mañana.



CAMINANTE 
          (CFR. A. ROA V. EN HOTEL CELINE)

Un no sé qué del viandante, un rumor a polvo,
una resonancia que golpea y se agita,
imposibilita el camino de noche…

"Vivir es como errar en la espesura" 
o perturbar al universo con un eco sordo, 
ser sin rumbo cierto y un abismo siempre a punto de ser, 
sintiendo cómo caes cuando crees estar en la cima,
caer hondo y alzarte a trechos, divisar el horizonte,
levantarte otra vez, dar la otra mejilla
y saber al dedillo que volverás a sucumbir.


BAHÍA

En el oleaje y sus despojos,
al roce del instante incierto,
las aguas agitadas por los peces
mojan nuestros pies en la orilla.

Cada instante, ese tiempo perdido 
convoca nuestras manos caídas, inermes
con cada vacilación. Es vasto
el universo que aguarda en la profundidad oceánica, 
el deambular impreciso de algas al roce
fundido con tu pureza implacable
de pies limpios en la rompiente que nos desafía.

Zambullirnos en el mar, olvidar el momento, 
prevalecer allí, donde todo desemboca...
Es un quizá, un querer, un recorrido 
incierto, arrastrando a nadadores
con la promesa de renovar el aire y roer
el buque encallado que no ha llegado a su destino.



LA MUERTE DE APOLO

No seguiré viviendo esta ficción
ni esta fricción entre cuerpos
que se repelen entre sí, desbordando tedio, 
cayendo dentro de un frasco 
como la harina de las sangrías del fardel
en el Lazarillo de Tormes. Es simple 
el territorio que divide nuestras voces,
simple, la caricia cuan miel de panal 
y nunca llega
la sonrisa, el aire de infancia
se desvanece en el rictus de la boca
y se golpea la botella de vino contra el parqué
y se la revienta con ira contra todo deseo
de ser la que soy

y no te encuentro en las figuras de la sala
y no hay cosa que mitigue esta fatiga
y no hay broma que te robe un sonreír.

El amor no es un ciego inmaculado,
sino un pobre tuerto torpe,
un misérrimo mendicante por un vacío
reiterado, un silencio roto en cuatro partes,
un lienzo famoso rasgado en tres
y sin la última parte no habrá Uno.

Permanece a solas en el silencio de la sala, 
deja que el mosquito se canse de aletear en tu tímpano,
que se pudran los frutos de los árboles,
que el tedio me fustigue, 
que me odien tanto, que me abandonen, 
pero no pidas explicaciones a quien no tiene dios.

Tú has muerto dentro de mí.




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