jueves, 11 de junio de 2015

MARTA ROYO [16.244] Poeta de Costa Rica


Marta Royo 

(Costa Rica)
Nació en San José el 2 de julio de 1942. Su vida ha transcurrido en Curridabat. Se graduó de Filología Española y Estudios Clásicos en la Universidad de Costa Rica. Por un largo período fue profesora de lengua española en el Liceo Rodrigo Facio. Su primer libro de poesía fue Recobrando la vos, 1992, formó parte de la antología de Opera Prima (Madrid, España, 1997). Publicó Frutos Dormidos, con el cual ganó el Premio Nacional de Poesía Aquileo Echeverría. También ha publicado Espejos para Safo, 2004 y Tras el manto, 2008.



Soledad
Me aturde el abandono
de la canción que golpea las celosías
mientras tú duermes.
Me siento impenetrable
bajo el vestido de tatuajes
con que me cubrieron tus caricias.
Laten con una tristeza en celo y sin aliento
como la de las mujeres solas en la guerra.
Las mujeres que cuando hablan
dejan coágulos de un rocío vivo en las vidrieras.




Silueta
El pájaro no sabe que eres de papel
y te pica y te rodea en su vuelo.
El pájaro te siente lo más deshabitado,
una mancha de abandono que cruje con el viento.
En alguna forma
está el vacío de tus ojos,
tu silencio ocultando que las fresas enrojecen.





Tarde innombrada

¿Será que esta tarde se llama 
Emma o Desideria o Elisa? 
¡Ah! Quiero llamar a esta tarde 
que me desviste y me lleva 
hasta un pozo sin golondrinas. 
Estoy yéndome en un galpón andante 
en el que los nombres se desmenuzan 
antes de hacerme señales de despedida. 
Tengo un espejo íntimo 
porque la soledad me derrama susurros 
yéndose a deambular a oscuras. 
Ella me pide que guarde su muerte 
que la preceda en la tarde innombrada 
tan liviana desde aquí sobre la yerba 
como un inconsciente suave.

Quisiera oír repicar campanas 
para escucharlas bañándome en el líquido 
inescrutable del pozo.

¿Cómo ponerle entonces nombre a esta tarde 
que lo aborda todo? 
Si hubiera remolinos de hojas repasando Evangelios 
podría llamarse Fermina. 
Desde el galpón hundido avistaría los sueños.





Con Penélope

Algunas veces estoy con Penélope 
que ahora tiene los ojos con colinas azules. 
Me gusta estar con alguien que haya esperado tanto 
hasta que la lengua se le escondiera 
como un valle seco. 
Tiene las manos hinchadas 
y los pies arqueados entre espumas. 
El corazón se le hizo una madeja 
del único color de la angustia.

Hay días en que nos sentamos 
al lado de una mujer como ésta 
que se quedó en el mundo sola con su nombre 
y con una cabellera larga 
de hilos cortados y unidos 
que se extienden por el aire.

A las mujeres 
se nos van herrumbrando los cabellos 
como a las embarcaciones 
aunque no nos vayamos al mar. 
Sólo nos quedan las mejillas agridulces 
la cercanía de las palabras con nuestros labios 
y el roce del viento más antiguo 
atravesándonos los ojos.





Para irme

Ayúdame a escapar. 
Se llenaron mis sitios como de muerte 
y quiero hallar una puerta hacia la isla ajena 
que anoche soñé. 
Me persigue mi propia sombra 
que no quiere repetirse en este pueblo. 
Me estoy volviendo misteriosa 
y mi sangre se empoza 
en la punta de mis dedos.

Por eso debo irme 
a caminar 
a conversarle a los hombres 
con aromas de manzanas en la boca.




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