martes, 30 de junio de 2015

AARÓN ZEITLIN [16.412]


Aarón Zeitlin

Fecha de nacimiento: 1898, Uvarovici, Bielorrusia
Fecha de la muerte: 1973, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos

Primogénito del famoso escritor y pensador religioso Hilel Tzeitlin. En 1907 se radica con su familia en Varsovia. Poeta, ensayista, periodista, utilizó al ídish como movimiento expresionista, publica a partir de 1930 una revista literaria, “Globus”, interesada en profundizar problemas de poética.
En 1940 se instala en los Estados Unidos donde aparece en 1967 y en 1970, reunida en dos
grandes volúmenes, toda su obra poética. 

Fue un gran amigo del Premio Nobel de 1978, Isaac Bashevis Singer, entre otros destacados intelectuales de los círculos culturales judíos neoyorquinos, y co-autor junto a Sholom Secunda de una de las más famosas canciones del repertorio en ídish, Dona Dona. Este poeta nos acerca a su filosofía vital, con una breve composición que, tal como indica su título, tiene exactamente seis líneas.



Cuando la gris madrugada
disuelve los sueños

La banda toca con todos.
La banda toca y los bailarines mueven las piernas.
De pronto pega el silencio un papirotazo;
los músicos se vuelven: —¿Qué sucede?

La gris madrugada disuelve los sueños.
Se burla en la sobria ventana:
—Tontos musiqueros, vuestra paga está kaput;
esqueletos no pagan.

Para cadáveres fue el concierto
y los difuntos volvieron a sus fosas.
Del baile, vuelta al gusano.

—Madrugada, ¿de que te burlas, gris y fría?
¿Ni paga ni bailarines? ¿Y que hay con eso?
Lo importante fue el juego.



Desde el profundo desconocido

Yo vivía hondamente en mí,
no donde me encuentro.
El estar, el encontrarse,
eran para mi solo intuición. 

Me enviaban mensajes
desde el profundo desconocido.
Largos años me esforcé
por descubrir al barquero.
Largos años me esforcé
y ya estoy cansado
de adivinar e interpretar.

¡Oh, amada mía, te quiero;
estoy totalmente pendiente de tu labio;
tiemblo por tu pequeña mano!
Pero también tu, también tú
eres instruida por mí,
intuida solamente.




Una lluviecita

Ángeles que no crecen ni mueren;
planetas cansados que rotan sin fin
alrededor de sus propios ejes;
seres de lejanas galaxias cósmicas,
envidian a una lluviecita que salpica
mezclada con sol, rápida, luminosa;
que, como la vida, llora un poquito, ríe un poquito
y desaparece,
y por toda herencia deja sobre la tierra
un retoño verde.




Respecto de mí

Soy metafísico y periodista:
busco la rima
entre eternidad y desperdicio.

Soy la necesidad de Dios del ateo
y la melancolía del humorista.

Soy un bufón:
mis realidades
se burlan de vuestras realidades.

Hay en mí un muerto
que observa
como yo, el viviente, vivo. 

Soy un sectario
que no pertenece a secta alguna

Mi ojo pretende ver el mirar.
Mi oído quiere escuchar el oír.

Porque a la muchedumbre le resulta sospechoso todo sí,
tomo venganza sin los sabios no.

También sobre la palabra y sus sentidos
quiero encender un nuevo ojo;
como una estrella, un tercer ojo;
el tercer ojo del ciego.

1931




Ustedes dicen…

Ustedes dicen: —¿Qué nos importuna
Con realidades diferentes a esta
Que conocemos por nuestros sentidos?
Con los dos pies estamos parados aquí
Sólida, segura y concretamente.
También a la luna hemos de acostumbrarla
a los pasos del hombre
Hemos de instaurar nuestra realidad
sobre las estrellas
y ellas han de volverse mundos
iguales al nuestro.
Allí también, sobre aquellas tierras,
hemos de erguirnos sobre ambos pies,
sólida, segura y concretamente.

Pero tontos, ¿es que acaso están parados en vuestros pies?
¿Está la tierra detenida acaso?
Por lo contrario,
la tierra es solo una porción de cielo.
Junto con ella viaja
un hombre; junto con ella, sus pies.
Solo esto es seguro y concreto:
todo es espíritu y esta en el espíritu;
todo esta en los cielos, y es cielo. 




Yo soy más

Yo soy yo, más
un libro que leo,
más años que van y vienen,
más todas las mascaras que llevo de día,
más lugares por donde ambulo
de noche en sueños,
más todo lo que quiero y espero,
más todos los todos, sin límite no termino.




Ardiente exterior

¿Si pudieras oír!
Las estrellas ríen
carcajadas de fuego
cuando las paredes,
esos oscuros guardianes,
guardan tus sueños.

Tú crees que duermes.
Las paredes creen que cuidan.
En el afuera cósmico,
ardiente de estrellas,
ven que tu giras
como gira tu planeta.
Tu fin esta entre mundos,
y tu cama, en el cielo.




Ser judío

Ser judío significa correr hacia Dios siempre
aun siendo alguien que huye de él;
es esperar escuchar cualquier día
—aun siendo ateo—
la trompeta del Mesías.

Ser judío significa no poder dejar a Dios
aun queriendo hacerlo;
significa no poder dejar de orarle
aun de vuelta de todas las plegarias,
aun de vuelta de todos los aúnes. 




Canto al sabra
(fragmento)

¡Compréndelo!
Aunque en la crónica de las generaciones
yo sea apenas un punto sin envergadura,
lo que digo te es dicho
en nombre de una bimilenaria angustia;
en nombre de una santidad torturada
que es tu herencia.
Constituyes, lo que quieras o no, el heredero.
Debes corregir las lágrimas
que generaciones vertieron
por la destrucción de Jerusalém.
Debes darle sentido a la sangre
que corriera dos mil años
y, lo que resulta seis millones de veces más difícil,
darle sentido a Maidanek, darle sentido a Treblinka.
Generaciones te alcanzaron un vino de vinos,
un oscuro brebaje de penas judías;
no vuelvas el rostro, ¡bebe!

Dos mil años recordamos Jerusalém
hasta que te sangramos
la nueva.
Ahora vamos a tener que recordar Maidanek.
Si olvidas, profanas un juramento
y el Estado judío sólo será un episodio.
En cada una de sus fiestas, en tu mayor alegría,
no has de olvidar la endecha,
ni las lamentaciones.
Si te olvidaste, Maidanek, que se seque mi diestra;
que mi lengua se pegue al paladar, si no te recordase. 




El fondo

¿Ser o no ser? Esta es la pregunta.
Sentido o sinsentido, quiero saber.
Tal vez desde hace mucho, el balance divino
haya hecho pedazos nuestras humanas cuentas.

El balance justo es redondo:
luna clara sobre valles ensangrentados.
Pero las unidades lloran
como niños torturados.
¿Ser o no ser? No es la pregunta.

Sentido o sinsentido, quiero saber
Quiero una rendición de cuentas no—divina
por las lagrimas que los no—divinos debemos verter.

1936




¿Quién tiene la culpa?

¡Quien tiene la culpa de que sucumbamos,
de que no sepamos qué hacer con nuestras vidas!
Dentro de centenares de años, un ojo
se atragantará de sol, y de niños resonará la risa.

Y aún surgirán manos piadosas
en lugar de las que alzan bayonetas;
Y florecerán poetas bucólicos
cuya grandeza consista en que nada recuerdan,

Quien sucumbe es culpable. Desolación es culpa;
y la culpa es castigo, y el castigo no ha de omitirnos
porque se rebasaron las medidas
y lo que una mano siembra, ha de cosecharlo.

Gases han de asfixiarnos. Hemos de yacer bajo cenizas
y el verdor heredará las parcelas muertas;
y una joven lluvia lavará la vieja tierra
y las cosas hablarán una lengua nueva
y Dios descenderá y resonará la risa de los niños.

Varsovia, 1933 




Janusz Korczak

Y aquel día Dios mismo
se volvió un callado hereje.
¿Para qué –se preguntó— habré creado el mundo
y las generaciones?
Ni el ministro de las risas celestiales
logró ahuyentar la tristeza del todopoderoso.

(A menudo solía leerle tonterías
que un filosofo filosofaba respecto de Él
y cosa por el estilo). Pero ahora había perdido la fe
hasta en su propia existencia.
(Si yo existo, ¿cómo puede existir
una inmundicia tal como el nazismo?) Alrededor suyo
brotó una muda oscuridad.

Pero entonces llegó a los cielos cierto doctor,
niños detrás suyo marchando en fila
encendiendo el firmamento con una canción.
Observa: los tremendos sucesos se evaporan
y desaparecen.
Mientras viajaban en el vagón de la muerte
cantaban esta canción;
con la misma canción
ascendieron traídos por el humo
y continúan cantándola aquí arriba.

Es una marcha para ir de paseo: “¡Un, dos, tres, vamos
a la tierra de la libertad y la frescura,
a la tierra del verano;
un, dos, tres, a la tierra del sol marchamos, marchamos.
Nuestro andar es grato y ligero, un, dos, tres,
a la tierra del sol, a la tierra del verano!”

El doctor marcha delante, un poco encorvado;
tras los anteojos sonríen sus pequeños ojos bondadosos;
siguiendo el ritmo se sacude su rubia barbita cana.
Y también él, el hombre mayor, el doctor, con ellos canta:
“¡Un, dos, tres y nada preocuparnos! Vivimos
y a la tierra del sol nos llevan nuestros pasos”

Y el Creador les tomó prestada la alegría, y dijo:
—Ahora compruebo que realmente existo. 




Antología de la poesía
ídish del siglo XX
Selección y versión de
ELIAHU TOKER 






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