domingo, 31 de mayo de 2015

MARIO ALBÁN CAMACHO [16.152]


Mario Albán Camacho

Nació en Heredia, Costa Rica, Centroamérica, en 1955. Inició su obra literaria en 1970. Durante los años de esa década su creación fue intermitente. Pero a partir de 1983 –cuando escribió El pájaro del Alba, poema en 22 secciones y, simultáneamente, otro en 17 estancias llamado Rapsodia para un amor– su obra es un vasto latido incesante, integrado hasta ahora por 42 libros.

La temática de su poesía es plural: desde la más delicada expresión amorosa hasta la más enconada erupción política, atravesando en épocas por entre la celebración de la naturaleza en un tono casi religioso o un existencialismo asfixiante, hasta el crudo emplazamiento místico.

Bibliografía

El pájaro del Alba (1983)
Ocho caminos de ingenuidad en el infierno (1982-1985)
Código de modales (1985)
El pájaro testigo (1985-1989)
Divertimientos (1986-1987)
Sello de clausura (1987)
Travesía (1987-1989)
El juego inmoderado (1988-1989)
Imágenes para que tal vez nos dejen cantar (1991-1992)
Ciclón (1992)
Señales (1994)
Río de haikus para un milenio que nos acecha (1998)
El pozo de los deseos (1997-1998)
Voz testigo (antología de su poesía, publicada en 1999 por el Ministerio de Cultura de Costa Rica)
Alquimia (1997-2001)
Canción de los devotos del sol  (1999-2001)
El revés mentiroso del derecho (2001)
Poemas del lícito ilusionista (2002)
Credo del amante (2002)
Definiciones y antidefiniciones (2002)
Muchacha (1998-2003)
También soy Job (2003)
Un loco toma la palabra entre millones de juiciosos que ya chiflaron al mundo (2003)
Resplandores (1983-2003)
Sueño de otros sueños (1985-2004)
Personajes (2004)
Habitaciones del corazón (2000-2005)
Plantas de poder (2007-2009)
Los haikus del milagro (2009)
Brasil patria de poesía (2009)
Canción del Amante Cósmico (2010)
Libro de las contradicciones (2011)
En busca del bosque perdido (2012)
En la ciudad de la utopía (2013)
Nuestro sitio de amar (2013)
Memorias de amor (2013-2014)

WEB DEL AUTOR: http://lamiradaincesante.blogspot.com.es/



POEMAS DE EL PÁJARO DEL ALBA

IX

Que no sea hora, estrategia, compromiso.
Que aun siendo del hombre, de la umbría
de su sangre y su mirada, sea
la cascada del sol entre el follaje.
Que sea bello como la luz y como el sexo.
Que aun humano, aun del combate
entre la bestia y el cerebro, sea
el pájaro volando adonde quiere.
Sí. Que el amor, aun bajo la piedra
y el fastidio, sea
la contienda entre el sol y el rocío.


XI

¿Es que puedo sentir
la paz del alba, el júbilo
de gallos y de pájaros, el latido
del sol derramado en el follaje?
¿Es que yo, opreso del tiempo
y de las calles, encallecido de trabajos
y de noches, atenazado de hambres y de guerra,
es que yo puedo, acaso, ser un hombre?
Si me rodea solo la piedra, la piedra
sonriendo en los periódicos, la piedra
exhibiendo sus vestidos, la piedra
gritando, discurriendo,
¿puede mi corazón ser
como el alba, iluminar
mis sueños y mi sangre?

Pobre cosa que preguntas,
¿a dónde está tu flor, a dónde el agua?



XIV

Se han acostumbrado a este cerco.
Han llegado a creer que esto es la vida:
Estos días engolfados en relojes y las noches
ahogadas por las calles. Estos seres
con duradera sed, trabajos y, a veces, sin la luz de una comida.
¿Qué se hace, en dónde queda, la sangre
fresca que se ríe en la cuna?
¿Qué se hizo, a dónde ha ido, el hombre
savia de los ríos y el viento, hermano de la flor
y del jilguero, espejo de los astros
y la tierra, habitante de la vida
y luz creciendo?



XVI

Ese pájaro que enciende la mañana, es la mañana
misma, es su frescura:
Es el parto del día que alza vuelo.
Ese pájaro no tiene calles sumergidas en su canto
y a su día no lo asuelan los relojes, lleva paisajes
en la luz de su mirada y el horizonte
muere bajo su vuelo.
No importa si ese pájaro es paloma,
o si es una golondrina o un jilguero. Ese pájaro es.
Y es como el viento.
El hombre, parece que llegó después del ave,
y sin embargo, fue señor y hermano de la tierra
y continente de la vida y del albor. Mas su corazón
cayó cautivo de su propio albedrío y sus abismos.
¿Por qué, animal amurallado, por qué
si aún llevas corazón, si eres el hombre,
no recobras el pájaro de libertad,
que es tu camino?



POEMAS DEL LIBRO "TRAVESÍA"


No podemos envejecer esperando las condiciones idóneas.  Tenemos que vivir y explorar la luz de cada instante.  Como el pájaro vuela en cualquier cielo y canta sobre cualquier sitio.


µ

Uno no solo debe acercarse estéticamente al hombre: dejaría por fuera a los desdentados, caras de rata, cuerpos de mono y arrastra pies.  Uno, sobre todo, debe acercarse al hombre como hombre: en esta animalidad compartida cualquier fealdad es pequeña y prevalece la sangre que en nuestra especie es capaz de crear justicia.


µ

Todas las mañanas, silenciosa, triste, contenida,  vende comestibles a los madrugadores del pueblo.  Pálida, ojerosa, prematuramente mustia, pero con una hermosa cabellera, prolijamente cuidada, intenta diluirse entre la diversa mercadería. Pero es atenta y detrás de su sonrisa temerosa palpita una sedienta ternura.  Vende víveres a chabacanos, adormilados, sufrientes, alegres, fugaces, tensos, enajenados.  Y ninguno percibe la cascada de su cabello ni la flor de su sonrisa.  Vende, vende, vende –sus hermanos, los dueños, entretanto duermen. Vende, vende, vende, y nadie ve que es una mujer, un jardín dispuesto al beso.  Como un fantasma deambula por los estrechos pasadizos, cubiertos solo de productos, de innúmeras marcas frías.  Cuándo llegará el amor que, atrevido, la haga deliciosamente humana...


µ

Por esta calle he pasado muchas veces, pero no esta vez; he vivido muchas noches, pero no esta noche; me han deslumbrado muchos plenilunios, pero nunca este; innúmeros grillos he escuchado, pero nunca estos; he sentido la serenidad posada en el follaje, pero no la que como un firmamento de silencio se extiende por la tierra, los árboles y el aire en la pacífica umbría de esta noche; de la lejanía, rasgando sombras, me han llegado en otras horas rompientes aullidos de perros y rítmicos cantos de gallos, pero nunca los entremezclados ladridos y cantos que surcan el suceder inmóvil de esta noche; he percibido en otras noches de verano vaga cercanía de lluvia, pero no la sutil presencia de invierno que palpita en el rocío de esta noche; he mirado en innombrables instantes las estrellas, pero nunca las he mirado este instante: todo incesantemente muere, incesantemente nace; mi cuerpo de este momento no es el mismo que hace poco veía la leve luz del cielo; la vida que sucede es –a un tiempo– brote, tiniebla, agua y yermo: existir es, por lo tanto, ser capaz de aprehender en la petrificada calle conocida, el novedoso, fértil e impredecible retoño del latido: huella latiente, verde –nunca callo–, de la vida que fue y, por no seguir anuarios, continúa inmarcesible, creadoramente siendo.



POEMAS DEL LIBRO "EL PÁJARO TESTIGO"


¿A DÓNDE?

Yo vengo de tiempos
adonde los niños podíamos jugar con papalotes
(cielos abiertos a los sueños, los pájaros, los vientos).
Por el latido de un cordel subíamos hasta el cielo,
conversábamos con nubes y azules
y el follaje nos aplaudía desde los árboles.
A veces golondrinas o yigüirros
cortejaban con sus juegos nuestro vuelo,
y la brisa, limpio mar de transparencia,
cundía de músicas la nave de polícromo papel donde soñábamos.
Éramos magos: resplandecientes duendecillos de campiñas.

Niños de hoy -prisioneros de calles y T.V.-,
a dónde irán ustedes
con cielos cautivos de azoteas,
pájaros que se degüellan en los cables
y vientos radiactivos sin follajes.

A dónde iremos todos sin la vida.


CUENTO A MUCHA DISTANCIA DE LAS HADAS

Hijos,
¿cómo decirles,
cómo contarles cómo eran las cigarras
-chicharras las llamaban en mi pueblo-?
A ver... ¿Con qué mostrarlas,
con cuál palabra,
cómo inventarlas hoy, que poco queda?
Eran verdes, sueños, amarillas,
eran el latido del follaje.
Sus alas eran como el agua,
cristalinos óvalos sustentados sobre encaje.
Posadas en un árbol eran hojas,
mínimos satélites de estío: he aquí
su altísima esencia de cigarras:
Eran pequeñas navecillas del verano,
comitiva de la luz derramándose, solar,
por frondas, montañas, espesuras.
Y cantaban, además cantaban;
en las verdes copas vegetales
su concierto era mejor que los chillidos
que hoy enriquecen a los divos del rock entre miserias.
Cantaban.  De crepúsculo a crepúsculo
su canto era la voz llameante,
la palabra vital de los veranos.
Y llovían.  Desde el cielo como un mar de fulgor y mediodías,
las cigarras llovían, eran llovizna
humedeciendo los sueños de niños y de plantas.
Ah, las cigarras,
tan capaces de habitar fulgor y aire,
tan dueñas de los árboles y el día,
las cigarras provenían de la tierra,
años enteros dormían en su germen,
junto al latido de la sombra y las raíces,
en la nutricia fuente de la vida,
sí, las cigarras brotaban de la tierra.
Yo, que fui niño como ustedes,
que fui animal libre como ustedes,
yo, hijos míos,
yo vi germinar a las cigarras,
flores desnudas hacia el sol,
desde diminutos huecos tan redondos
como las formas de la luna y las estrellas.
Yo, de la tierra vi emerger
a los músicos insectos del verano
y, en mis manos, por primigenia vez
al cielo se elevaron.
Mas hoy, como aquel piel roja,
que en su inocente unidad con las praderas,
no pudo comprender
por qué un tren valía más que infinitas manadas de bisontes,
yo, hijos míos,
no puedo tampoco hoy comprender
que las cigarras ya no escolten los veranos,
porque los mercaderes que envenenan el herbaje
exterminan también el terrestre vientre de los cantos.


TÚNELES

Todo: agua, aire, árbol, flor;
libres, deslumbrantes bellezas de los pájaros;
inabarcables latidos de los bosques;
azules, vivas, amplísimas recámaras del mar:
Todo, lo nombrado y lo no dicho, todo
está por perecer.  No lo quiere
la fundadora luz del sol,
ni las fértiles habitaciones de la tierra,
no lo quiere el ciervo copulando con su hembra,
ni lo quiere el anónimo polvo del desierto,
no lo quieren la hierba ni los astros:
No lo quiere la vida.  No lo quiere.  Lo busca
el hombre, sumergido en la impudicia del mercado;
el hombre, nunca dueño de sus íntimos fulgores,
más infeliz aun que una gaviota,
todavía más oscuro que la noche.  El hombre,
ese angustiado y gran desconocido,
se ha creído sin embargo dueño y sabio
de los valles, los ríos y las montañas,
del follaje, la luz y los océanos.
Y donde hubo bosques con sus nidos
ha edificado rascacielos y negocios.
Y donde hubo ríos y floración
manufactura venenos y desechos.
Y donde hubo cielos y albores
ha puesto torres, aviones, humaredas.
Sí, el hombre,
que no es dueño aun ni de su edad,
que no puede siquiera decidir
sobre la caprichosa disposición de sus arrugas,
sí, animal de tan confusas vocaciones, el hombre
ha decidido ser el amo y el juez de la existencia.
Y la vida, que incesante apunta hacia la luz,
él, laberíntico, la arroja hacia sus túneles.


LA LLUVIA

Lluvia, yo, cuando niño,
amaba mucho tus canciones,
tus tambores sonar entre las nubes,
tus trompetas vociferando sobre ríos,
tus flautas cadenciosas entre los arpegios de los pinos,
tus armonías danzando con los gorgoritos de las aves:
Todo el espacio y la luz y la espesura
y los charcos, las flores y las piedras
y el cielo, las cimas y las eras: todo latía,
rezumaba, la prolífica melodía de tus gotas.
Y yo niño, fecundo como tú,
amaba mucho  —lluvia—  el amor
que desplegabas por los campos.
Entonces, mi padre, casi roble, cedro, sauce,
sembrador de vida y de maíz,
inundado llegaba  —lluvia—  de tus aguas,
y era como si por la puerta penetrase
una mano de tu aguacero generoso.
Yo niño, casi un glóbulo
de tu líquida abundancia  —lluvia—,
amaba mucho la vida que fundabas.
Por eso hoy, cuando escucho
tus caballos en estampida por el cielo
y te miro correr por las aceras
y las paredes de macilentos edificios,
sucia, negra, confundidas tus nubes con smog,
tus innúmeros globos cuajados de ponzoña
—una herrumbrosa metáfora de vida—,
entonces lluvia, indoblegable lluvia,
admiro más tu indomable música creadora,
pues quemante y venenosa
como los industriales humanos te hemos hecho,
sigues cayendo, cayendo y empapando:
Estás en guerra
contra el desierto planetario que construimos.
Ah, hermana, madre y abuela de la vida,
antigua lluvia, elemento primordial,
¿seremos los hombres capaces algún día
de ser fecundo espejo de tu música...?




DE "OCHO EPISODIOS DE INGENUIDAD EN EL INFIERNO"

LOS CAMINOS                                  

Aquí hay dos caminos:

Drogas oficiales:

Éxito,
silencio,
aplaudir al grande,
domingos de misa,
fiestecitas pulcras,
ser un patriotero,
estar en el partido
que gana el poder,
ser un elegante,
seguir memorandos,
preservar el medio:
Vivir como un buey.
Si esas drogas usas
serás "buen muchacho",
"persona ejemplar",
y puedes ser ministro
o, al menos, su amigo.

Y al otro lado:

El campo prohibido:
Besar a la vida,
su rostro de fuego:

Ignorar los rangos,
censurar el hambre,
soñar con los astros,
amar como un niño,
oponerse a modas,
abrazarse a un pino,
no oír los discursos,
vomitar periódicos,
llorar cuando quieres,
detestar caretas,
gritar "libertad" enfrente de bestias,
mirar en los sapos un sueño de estrella:

Ser solo un vecino.
Pero de ojos firmes.
Si la vida aceptas:
Si su aire y su trino
tomas como emblema,
no serás ministro,
ni menos su amigo:
Solo serás libre,
es decir: un hombre.


UN CIUDADANO COMÚN

Yo trabajo, sufro, estoy atado.
He iniciado amores en un parque – ,
bajo la luna azul entre la fronda,
que han concluido simplemente en algún bar.
No tengo otra razón que los salarios,
que algún placer al filo de la sombra.
Soy nada. Apenas una cifra del sistema.
Mírenme aquí de piedra por las calles.



MI PAÍS

La democracia
                      es la corrupción
                              llevada
a categoría de dios
   y, como una Penélope hechicera,
                                      cortejada por nuestras aves de rapiña
                                      y sostenida por la desidia nacional.

Y es el pueril
               patrioterismo
de nuestros acomodaticios burócratas
que,
         a falta de gónadas
enarbolan en sus impotentes
                         y monocordes escritorios
y en la imbecilidad
                         de estadios y cantinas,
los símbolos idílicos
                         de una nación
                       de vida nada idílica,
                   cuyo decoro es lupanar
                                          de la prensa cortesana,
                                          los mastines políticos de turno
                                          y los dogos del emporio americano.
Nuestra democracia es un carnaval
donde se conmemora la ceguera colectiva,
                 en medio de un planeta
                                  desolado
                                       por mercaderes fratricidas
                                       y guerras azuzadas
                                       para mantener la capital del latrocinio
                                       en donde la cofradía del renacuajo
                                       planea la inundación universal.






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