miércoles, 6 de mayo de 2015

LEÓN MOLINA [15.875]


León Molina 

León Molina Pantiga nació en San José de las Lajas (La Habana, Cuba) en 1959, pero se trasladó muy pronto a Albacete, donde reside actualmente. Estudió Filosofía en Murcia y, antes de comenzar a ganarse la vida como consultor de dirección de empresas, desempeñó los más variados oficios. Ha ejercido el columnismo y la crítica musical en diversos periódicos y revistas y ha publicado los libros de poemas Señales en los puentes (1994) y El son acordado (2004), Llegar (Ed. La siesta del lobo, 2010), además de Breviario variable (edición no venal, 1997); libros que, a día de hoy, son ya prácticamente inencontrables. Muchos de sus poemas han visto la luz en diversas antologías y en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Nueva Estafeta Literaria, Barcarola o La Siesta del Lobo. 

Los libros de León Molina en su web:                     https://leonmolina.wordpress.com/



El viento

        
El viento me envejece
y sin embargo
me siento como un niño
cuando llega a este monte
y me revuelve la melena.
Clava sus dardos en mi piel
mientras en el valle se aquieta
el tiempo que me ignora.
Por eso vengo aquí;
En el gélido abrazo soy de nuevo
vigorosamente mortal
y entrego mi pasión
al viento que me va desmoronando.
En estos montes solitarios
comprendo que acabarse
es también una forma de estar vivo.

De su libro

Llegar
2010.

                                                        

Sentado a la puerta de casa

Sentado a la puerta de casa
convertido en espejo
el otoño me observa
vehemente en la paz,
empapado en la luz que nace
en las brasas de la memoria.





de: El son acordado (2004)


VIGOR DE LA AURORA

Tiene la mirada que sale de la noche una disponibilidad pura y entera,
pues que no hay en ella sombra de avidez.
(MARIA ZAMBRANO)


Era primavera y, en el mar azafranado,
el día naciente respiraba con tierno sentir
los fríos que muerden.
El aura delgada había precedido al tiro
de la Aurora.
(AUSONIO)


Salí al reclamo de la madrugada
en el denso bosque de pinos.
Una espesa niebla enturbiaba
la luz de luna llena
y acolchaba los primeros rayos
de un sol joven y vencido.
Eran tan nítidos los verdes,
ocres y grises
velados por aquella trama blanca,
olía de un modo tan real,
tan primigenio y atávico.

Abandoné a mis hijos
que en sus sacos dormían
cual crisálidas colosales
para adentrarme aún más
en el bosque embriagado.
Casi pude tomar el aire
blanco entre mis manos
y notarlo como un denso caudal
por mi interior viajando manso
hasta inundarme.

Descalzo caminé
sobre las hojas muertas
siguiendo como un faro
el ulular del búho.
Me desnudé aterido
y oriné con suprema libertad
de un modo nuevo y animal.

Abrazado a la tosca piel del pino
sentí que mi propia divinidad
se mostraba a mi corazón;
nada deseaba y fui dios.

El dios
que nunca me habían contado.


LA NAVE

Aún la luz empuja
a la espléndida nave.
Surcan las sierras
la memoria del día
alargando las sombras
como un lamento.
Varado en esta costa
añoro la partida,
el viaje repetido
en busca del silencio,
llegar hasta la noche
como al puerto olvidado
que dejamos un día
y ser con estos campos
una pérdida eterna, pura melancolía.


SOL DE ABRIL

Donde el ingrávido sentir asciende
desde el vaso antiguo de las formas.
Donde su hálito se abisma
tras la pantalla azul
del insondable cosmos.

En el etéreo derramadero.
Allí
pasa la inteligencia
ardiendo como un cometa.
Apuntándome.
Comienza desde allí
su dardo a traspasarme.

Sobre la hierba fresca yazgo herido
y todo lo que siento
lo entiendo.


EN LOS OJOS LUZ

Desde mis ojos llegan
pájaros carpinteros
y contemplo la savia de los pinos
y sus cristales prometidos.
Veo el aire manso
tironeando las orejas
del matorral inquieto.
Y aún me quedan ojos
para ver lo invisible;
veo el carácter que las formas
imprimen en el rostro de las cosas.
Veo la pena que fluye en el agua.
Veo el riesgo de creer importantes
las ideas dormidas
bajo el frescor de la apariencia.
Veo como nunca he visto,
soy un ojo que presto al mundo
para que a sí mismo se vea.


LLUEVO

La paz es una opción de la inteligencia
y la obscura nube de tormenta
que observo anclada en la montaña
es la materia íntima del pensamiento.
Lenta y rumorosamente lluevo
sobre la tierra amada.


ESPEJO

Donde el río esclarece
el color de los pinos
y en su lecho empedrado
los cantos pule,
veo mi rostro
temblando en el agua.
El agua que se va
ya sin mi rostro.


LA CASA EN OBRAS

Avanzo por la carretera
como el agua por el torrente.
Ana se mece
flotando en mí
como una hoja de otoño
y cada curva es un anzuelo
lanzado entre recuerdos.

Aquel vetusto coche
que, en primera y con paciencia,
ganaba la cuesta de El Berro
para nuestro júbilo candoroso.
Aquellas noches de verano
tajantes y tan quietas
en que la aurora entraba
como un marcador en los libros.
Aquellas soledades embriagadas
en inesperados senderos
que el sentimiento ofrece al caminante.
Aquella paz que tuvimos un día
y que aún hoy tenemos
remontando el curso del tiempo.

Por fin llegamos a la casa
para vigilar la reforma.
Todo marcha bien; encontramos
ya tabicados y enlucidos
aquellos antiguos deseos.

Y distraído el albañil pregunta
qué ha de hacer con nuestros nombres
que encontró
palpitando entre las piedras.


MÚSICA ENTRE LOS PINOS

Suena un oboe
entre los pinos
y los pífanos del arroyo
interpretan la melodía
que dibuja el atardecer.
Se incendian en mi corazón
los viejos violines del mundo
y bailo un vals arrebatado
en el transido bosque
como un loco
solo y perdido.
No temo que alguien me vea,
al contrario,
desearía que me vieran
todos cuantos conozco
y acabar con la leyenda
de mi nombre y apellidos,
desaparecer en la niebla
bailando como un loco
y que de mí no quede
ni memoria
en el pecho de un amigo,
sólo la música
sonando sola.



NATURALEZA

El camino secreto va hacia dentro
(NOVALIS)

Contengo lo grande elemental en mí
(JUAN RAMON JIMENEZ)


Pesa tanto del mundo el artificio
que la olvidada vibración del aire
en las agujas de los pinos basta
para que se derrumbe todo en mi corazón
y un instante de pureza,
una ilusión de libertad
me colme de su gozo.

A veces sucede que lo infinito
al pasar me hace un guiño,
se detiene y revuelve las melenas
que hace ya algunos años tuve.

El tiempo y la emoción son instrumentos
para ver lo invisible,
para ver aquello que es
siempre lo mismo.


VEO TU DESNUDA AUSENCIA

Recuerdo aquella montaña
en la que, jóvenes aún,
te desnudaste para mí
sobre un peñasco
y abriste los brazos al viento
y me miraste de aquel modo.

Esta montaña que contemplo
ahora, se parece a la de entonces.

Y permaneces tú
a pesar de los años,
quedándote ahora en casa
cuando subo montañas.

En verdad creo
que los montes se parecían.

Quiero que se parezcan.

Y que sigas ahí
aunque no hayas venido.

Aunque ya casi nunca vengas.


UNA CASA CON JARDÍN

Una casa
para esta parte de mi vida.
Un jardín
para mi voz hallada.
Algo pequeño y mío.
Serenidad. Reposo.
Emprender la última senda.
Y el mundo tan distante
que yo resulte

estar ya escrito


OUT SIDE

Ya perdí el pudor aquel
de mi pasada juventud.
Y digo que soy un romántico
y digo que soy un místico
y otras cosas que no se estilan.

Me he puesto gordo
y ser ateo
me parece una pérdida de tiempo.
He recortado mi melena
y mis convencimientos.
Siempre que puedo
vengo a la sierra,
paseo solo
o con mis hijos
y de ellos me sorprendo.

Ya perdí el pudor aquel
y voy aprendiendo en paz
a ser lo que soy.

Rodeado por la belleza
de estos montes
con alivio comprendo
que por fin

estoy pasado de moda.




Un hombre sentado en una piedra. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2016.


UN HOMBRE SENTADO EN UNA PIEDRA

Hace mucho que no soy joven
pero todavía no soy un viejo.
Sigo en el camino y todas las piedras
me llaman para sentarme a mirar.
Todo me interesa menos aquello
que pudiera llegar a ser noticia.
Sigo a mi modo en el camino.
Soy un hombre sentado en una piedra.


POLILLA

Una de las primeras
polillas de la temporada
revoloteaba junto al flexo.
Después se ha posado en mi mano.
Es bonita, pequeña, gris.
Muevo la mano para que se marche
pero ella no se va.
Agito mis dedos y no se va.
La acerco a la luz y la miro
contemplo los detalles
las líneas en sus alas
los ojos, las antenas
sus patas tan finas como cabellos.
Me parece de pronto
un prodigio, un dardo
agudo de belleza.
Mantengo mi mano inmóvil
para verla mejor.
Y es entonces cuando se va.


CUANDO LLEGAS

Te he amado largamente
como agua que entra en el molino
como el sol que fabrica
con su larga mirada
las dulces pasas del recuerdo
como el viento ondulado
que extrae música del monte
como la nieve que se abraza
a los campos sedientos.
Y así te amo aún
cuando estás cuando llegas
y de nuevo sacudes
mi corazón elemental.


AQUELLA JUVENTUD

Fuer hermosa nuestra juventud
derramando el tiempo en las tabernas
borrachos, seduciéndonos.
Fue divertido leer con tanta saña
y a nuestros salones llevar
a los músicos más grandes.
Y aquella última chulería
apurando sin prisa las copas
mientras el tableteo de los años
se adueñaba del aire.



UN NOMBRE

Tomo un libro que ha estado
décadas en la estantería.
En la primera página
veo una nota manuscrita:
“Recuérdame”, seguida
de un nombre de mujer.
Pero no la recuerdo.
Y me aflijo pensando.
No en ella
                    sino en mí.



PERRO AL SOL

El amor de las parejas antiguas
es indolente, perezoso
y pacífico como un perro
tumbado al sol de la mañana.
Un perro que ha perdido su obsesión
por parecer un perro.
Un perro que solo es un perro.
Y que sabe muy bien dónde está el sol.


REGRESO A GRANADA

Te muestro esta ciudad
porque ya es hora de que sepas quién soy.
Recorre estas calles sin decir nada
mira la luz brillar
en los rincones silenciosos.
Observa los viejos comercios
de cristales pulidos por el tiempo.
Contempla este palacio
mira sus calles
que me olvidaron hace tiempo;
yo soy todo lo que no puedes ver.



DIJISTE

Dijiste que quizá
fuera mejor
no seguir juntos.
Y me quedé mirándote
fascinado
igual que una liebre delante
de los faros de un coche.


PARA QUE YO ME LLAME

Para que yo me llame León Molina
ha sido necesario que otro
antes que yo se llame
Ángel González.
Esto que veis en mí
en buena medida no es más
que el eco de la fuerza
enloquecida de su desaliento.


NI LLUVIA NI RECUERDOS NI PARÍS

Ni lluvia ni recuerdos ni París,
César, y mira que he leído
tantas veces tu foto
aquella con sombrero
y gabán de sintaxis
triste y descoyuntada.
Una muerte sencilla, César,
el día que yo quiera
una muerte iletrada
un detenerse de la sangre
en sus cavernas y ya está
adiós gracias por todo.
La soledad, la lluvia, los caminos
de tu último verso
fueron cayendo sobre mí
a través de los años
mostrándome la diferencia
entre morirse de verdad
o hacerlo en un poema.
Después de todo este tiempo
he perdido la gracia
oscura de tu voz.
Ya solo soy un hombre.



LAS CASAS QUE HABITÉ

Todas las casas que habité
estaban en el mundo real
un barrio que me pilla lejos
de mi lunático trabajo.
Fueron casas deshabitadas
habitaciones que me vieron
pasar fugaz como un fantasma.
Escribir versos es oficio
que desluce cualquier hogar.






EL TALLER DEL ARQUERO
LEÓN MOLINA
La Garúa, Barcelona, 2014

La escritura de León Molina (San José de las Lajas, Cuba, 1959) ha ido alejándose de la urbe en la misma medida que se alejaba del barroquismo. Los títulos de sus libros ilustran la tendencia: Señales en los puentes (1994), El son acordado (2004) y Llegar (2010) que expresaba literalmente el establecimiento físico, espiritual y literario en la sierra del Segura, en una aldea de Nerpio llamada Yetas.

En esta nueva entrega, Molina encarna, más que un personaje, un oficio, el de arquero, que se mueve entre la fronda y la fauna plenamente integrado en el ecosistema, disfrutándolo. El arquero tiene que ver con la mirada y las emociones más que con el arco y las flechas. Fotógrafo de pájaros y cazador furtivo de pequeños prodigios, se ha dedicado a registrar sus hallazgos: los sonidos en la casa en el campo, una puerta desvencijada, la celada de la mantis, el amanecer de las montañas… Como reseña en sus versos, “la mirada va añadiendo capas de transparencia / sobre la realidad. Ver es querer ver”. No hay reglas, las reglas están implícitas y forman parte del descubrimiento mismo: “La emoción encuentra un niño en nuestro interior”. Como no podía ser de otro modo, el libro es una mixtura, colonizada por la hiedra de la libertad, donde se reúnen cuadernos de haikus, poemas y prosas, cuyos originales se han manchado en la vegetación y se han reblandecido con la humedad del rocío y de la lluvia: “Suena la lluvia. / Suena también el fuego. / Todo es silencio.” Abrir este libro por cualquier página es volver a pisar los lugares y redescubrirlos, con todos los sentidos.


Lanzo mis flechas al tronco del viejo nogal.
Camino lentamente hasta él
para recuperarlas.
Les concedo tiempo.
La puntería del arquero
no procede únicamente
de la firmeza de su pulso
y el acero de su mirada.
También debe la flecha
conocer el vértigo de su vuelo
y el aroma que fluye
del rigor de su herida.







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