jueves, 7 de mayo de 2015

HORACIO RIVERO EGÜEZ [15.893]


Horacio Rivero Egüez 

Horacio Rivero Egüez (Reyes, Bolivia 12/07/1905–Trinidad, 19/08/1973). Reyesano como Luis Asaad Simon, Adolfo Rodríguez Castedo y Ambrosio García Ribera, Rivero Egüez pertenece a la generación literaria del Chaco. 

Se tituló de maestro en La Paz e inmediatamente se fue al Chaco, a defender a la patria. Después de la derrota dio rienda suelta a su vocación de escritor. Periodista de inquietud política colaboró en periódicos de La Paz (El Norte, La Razón y El Diario) y de Trinidad (El Eco del Beni, La Patria y El Pueblo), estos últimos fundados y dirigidos por él.

Profesor de literatura en el Liceo Mario Saielli, dirigió el colegio 6 de Agosto, de Trinidad, donde además enseñó filosofía. Fue jefe de Distrito Escolar en Beni y Pando. En 1950 obtuvo el Gran Premio de los Juegos Florales Nacionales realizados en Trinidad y, en 1962, fue condecorado con la Orden de Gran Caballero por el Ministerio de Educación.

Silencioso y silenciado por antologías, crestomatías y enciclopedias. Rivero Egüez tampoco hacía nada por divulgar su poesía.

Esta circunstancia hizo que el tiempo arrollara su obra, dejándola rezagada ante la de otros poetas de su generación. Pienso en Otero Reiche o en Campero Echazú. En otras palabras, cuando su poesía se publicó en libro, parecía anacrónica. Eso sucedió cuando se imprimió tardíamente Hojas y cáscaras (La Paz, Municipalidad de La Paz, 1968), su único libro publicado hasta hoy.

La poesía de Rivero Egüez se sitúa entre las décadas de los 30 y los 40. En ese contexto debería ser valorada. Quienes iniciaron el rescate de la obra de este poeta beniano fueron el crítico César Chávez Taborga, en su indispensable Perfil de la poesía beniana (La Paz, Urquizo Ltda., 1974) y su biógrafo Joaquín Hurtado Chávez en Horacio Rivero Egüez. Esbozo biográfico (Trinidad, Extensión Universitaria, 1977).
Este hombre que vivía soñando –él mismo se definió así– cantó al amor ausente, a la heredad beniana (En elogio del Beni e Inundación) y reflexionó poéticamente sobre el tiempo (Vale más). Recordemos, por ejemplo, estos versos: 


El pasado es la muerte ya cumplida;  
el futuro, una muerte por cumplirse;  
el presente, una muerte en perspectiva;  
y la vida, un viajero que ha de irse.


Su biógrafo, el profesor Hurtado Chávez, resalta su simpatía y su sentido del humor, aunque hay varios poemas que demuestran lo contrario. Lo pintan orgulloso en su soledad, melancólico, a veces triste. Lo conocí en este trance, malhumorado y esquivo. Fue en Trinidad, a principio de los 60. Me acerqué para expresarle mi admiración, pero el poeta paró en seco mi entusiasmo soltándose en un monólogo destemplado contra la poesía de los jóvenes de entonces. Hoy considero que el poeta se quedó inmovilizado en los años 40 en una mezcla de modernismo, costumbrismo y telurismo. Pero su poesía se salva del olvido en un puñado de poemas memorables y magníficos.

Un colegio en Trinidad lleva su nombre. Al morir, Rivero Egüez dejó inéditos cuatro manuscritos ordenados por él mismo: Santos Noco (poemas), El Toco Rioja y otros ensayos (ensayos), Escorzos del historial mojeño (crónicas, leyendas y tradiciones) y Los géneros literarios, síntesis de un curso académico. Esos papeles están ahí, a la espera de que algún editor sagaz se anime a publicarlos. Sería un bonito y justo homenaje a don Horacio en el centenario de su nacimiento. // Riberalta, 08/07/2005.

Poeta, educador y periodista.

Estudió filosofía y letras en la Normal ‘Simón Bolívar’ (1930) de La Paz. Ejerció en colegios de Trinidad, Magdalena y Cobija. Ocupó distintos cargos administrativos. Diputado (1940). Premiado en los Juegos Florales de Trinidad (1950). Dirigió los diarios ‘La Patria’ y ‘El Pueblo’ de Trinidad.

A decir de Roger Becerra Casanovas -cit. Quintana-, el autor “Escribió al paisaje más bello que a Bolivia impuso la naturaleza: El Beni; y también al humilde campesino. Cantó al panorama de la selva beniana, al majestuoso Mamoré, y a la mujer amada…”.
Otra valoración pertenece a Pablo Dermizaky, quien anotó: “Fue el primero que en el Beni insufló sustancia a la poesía. 

Sus versos traían un mensaje nuevo: a la cadencia de la forma, cuajada de metáforas rotundas, agrega la profundidad del pensamiento que se desliza armoniosamente en las estrofas. Aunque él diga que no ha aportado nada a la poesía nueva, la suya es una recreación, en el sentido de que sus poemas abordan los problemas intrínsecos del hombre en conflicto con su propia sensibilidad. / Como cantor del Hombre del Beni y de su tierra, nadie lo ha superado en vigor de la expresión…”.

En términos de Pedro Shimose, “Pertenece a la generación del Chaco. Poeta de publicación tardía, su obra quedó congelada en la corriente modernista y vernácula. /…/ Cantó al amor ausente y a la heredad beniana. La presencia de la muerte, la fugacidad del tiempo y el desencanto de la vida obsesionaron al poeta en su madurez”.

Uno de esos versos dedicado a la gente de su tierra natal titula ‘En elogio del Beni’, que en un párrafo dice: 



“Oh, este hombre del Beni hecho de agua,  
de hamaca, de melaza y de torrente;  
oh, este hombre del Beni hecho de lodo,  
que es domador, delfín y siringuero;  
oh, este hombre del Beni hecho de luna  
que es cachafaz, caporal, poeta, 
ciñe en la frente sus diademas plumas 
si es en la fiesta corifeo y tontochi;  
chontiles dardos en la diestra ciñe  
si es en la tribu pecahuara o chama  
y atado en su corcel corta los vientos 
con la fayanca de su lazo de ocho  
para enredarla en el testuz del toro”.



También escribió sobre la muerte; uno de esos versos, inserto en Hojas y cáscaras, expresa: 

“Y cuando llegue mi hora,  
esta hora tan tremenda 
de la que no podemos eximirnos 
ni reyes ni villanos, ni asesinos… 

/…/ 

Me arrojaré, feroz, contra la muerte, 
la clavaré las uñas en los pómulos,  
le aferraré los dedos en el cuello,  
le arrancaré los dientes,  
la nariz,  
el cuero cabelludo;  
le sumiré los ojos, 
le dejaré dos huecos en la cara;  
la dejaré sin aliento y sin sentido,  
la dejaré bien muerta”.

LIBROS

Poesía: Hojas y cáscaras (1968).
Estudio: 30 años de inquietud (panorama de la literatura beniana, 1933).



Homenaje a Santa Cruz

A Santa Cruz de la Sierra

Te conocimos soldados
Cuando íbamos a la guerra 
Me enamoré de tus prados
Me enamoré de tu tierra

Yo conozco el Urubó
El Palometa, el Guendá
Las faldas del Amboró
Y Asención y Urubichá

Santa Cruz, tierra de llanos
De más allá de los andes
Entre los pueblos hermanos
Eres el pueblo más grande

La pleamar de algún lucero
Llegó a tu estrado sereno
Cuando cantó Raúl Otero
Y escribió René Moreno

Hay un enjambre de estrellas
Y un manojo de blasones
Donde mujeres tan bellas
Paren tan regios varones

Y en mis dos peregrinajes
Por San José y Buena Vista
Comprendí que tus paisajes
Son obras de algún artista








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