lunes, 18 de mayo de 2015

BAUDILIO MONTOYA [16.009] Poeta de Colombia


Baudilio Montoya

Baudilio Montoya Botero (Rionegro, Antioquia, Colombia, 26 de mayo de 1903 - Calarcá, Quindío, Colombia 27 de septiembre de 1965), fue un poeta y escritor colombiano.

Tenía cuatro años cuando sus padres llegaron al Viejo Caldas en plena Colonización antioqueña, partieron desde Rionegro y llegaron a Calarcá cuando esta era sólo un pequeño caserío, a una vereda llamada La Bella.

Fue maestro de escuela y sus clases fueron centradas en la poesía. En 1938 escribió su primer libro: Lotos, los poemas que ya se conocían en el ámbito literario regional, en los tradicionales juegos florales y en la naciente radio regional. Posteriormente aparecerían Canciones al Viento (1945), Cenizas (1949), Niebla (1953), Antes de la Noche (1955) y Murales del Recuerdo, que constituyen la totalidad de su obra poética.

Fue cofundador del Círculo de Periodistas del Quindío e hizo parte de la cohorte de letrados cuyos aportes a la música regional son significativos, junto a Bernardo Pareja, Jairo Baena, Guillermo Sepúlveda, Bernardo Palacio Mejía, Alfonso Osorio Carvajal, entre otros.

Falleció en Calarcá el 27 de septiembre de 1965. Como homenaje póstumo, el Comité Departamental de Cafeteros del Quindío, editó una antología de su obra poética con el título: Baudilio Montoya: Rapsoda del Quindío.3

Obra

Obras principales

Lotos (1938)
Canciones al Viento (1948)
Cenizas (1949)
Niebla (1953)
Antes de la Noche (1955)
Murales del Recuerdo (1963)

Poemas

La Niña de Puerto Espejo
José Dolores Naranjo
Guardián
Poema Negro
Madre Antioquia
Cuando Quieras, Señor
Gitanos

Homenajes

En homenaje a todas sus obras e importancia de las mismas para la Cultura Poética Quindiana, la Institución Educativa Baudilio Montoya5 (Antes: Concentración Rural Agrícola Baudilio Montoya) y el Parque Monumento Baudilio Montoya Botero ambos ubicados en la Vereda La Bella de Calarcá llevan su nombre.






Estío

Encendiendo la cúpula suprema
de fino raso, con vigor intenso,
un sol de abril en el estuche inmenso
fulge como una majestuosa gema.

Finge el palmar exótica diadema
del llano azul en el piadoso lienzo,
y allá a lo lejos, va subiendo el denso
humo fugaz de la primera quema.

El río en la planada que se humilla
—cinta que exorna sus verdores— brilla
cual un haz de moriscas cimitarras,

y, como en un concierto de locura,
en el hondo sopor de la espesura
afanan su lujuria las cigarras.





Noche de campo

Noche lunar, en el ambiente flota
el alma de los húmedos pomares,
y el viento en los añosos encinares
su cantilena nocturnal embota.

En el boquete de una nube rota
luce un vivo lucero sus collares,
ladra un mastín, y abajo en los palmares
muere la voz de una canción remota.

Un concierto noctámbulo de grillos
ensaya rutinarios sonecillos
en el juncal que borda la laguna;

y sobre el agua que la brisa mece,
entre un halo clorótico, aparece
la cara mofletuda de la luna.





Prosapia

Tengo una sangre loca de cíngaro trovero
que reta indiferente su cábala fatal,
y el insondable orgullo del viejo romancero
donde exaltó mi raza su pecado mortal.

Tal vez por la elegancia suprema de mi acero
y el gesto de mi empeño romántico y sensual,
fui en épocas remotas un príncipe altanero
que tuvo un sonoroso castillo de cristal.

Lo afirma así la fiebre tenaz de la locura
que eleva la manera gentil de mi apostura,
y tantas cosas bellas que nutren mi emoción;

pues por razones hondas que ante la turba callo,
doscientas odaliscas que tuvo mi serrallo
no fueron suficientes para mi tentación.






MEMORIA

Era tan leve, tan sutil, tan mía, 
tan ingenua, tan diáfana y tan suave,
como el trino cordial que dice el ave
cuando comienza a parpadear el día.

Era toda blancor de Eucaristía,
emoción de llegada de la nave, 
y había en su ser, porque el amor lo sabe, 
como una placidez de lejanía.

Una voz queda en mí que la reclama, 
una voz dolorosa que la llama 
y que en mis horas sin cesar la nombra,

y que la busca tras su amargo ruego
inútilmente, como busca un ciego 
su luz perdida en medio de la sombra. 




ALTIVEZ

De nadie he recogido ni el porte ni la altura
que afirman para el tiempo mi lírico blasón, 
como logré la norma de exquisitez segura
estoy distante siempre de toda tradición. 

Si por razón de estética mi vida ha sido pura
y entre hijodalgos digo mi fiel admonición, 
también en el peligro de trágica locura
yo puedo con la Muerte jugar el corazón.

Porque gasté las horas siguiendo la armonía,
alguna voz extraña que me recuerde un día
exaltará la entrega que a la belleza di;

mas hoy que con la humana falacia no convengo
bien puedo ser altivo, porque en la sangre tengo
el señorial orgullo de parecerme a mí.



ZAIDE

Pesó lo que la lumbre sobre el viento, 
lo que un lirio en desmayo sobre el día,
lo que pesa un minuto de alegría
en el dominio azul del pensamiento.

Su talle fiel, el fino movimiento
de los juncos vernáculos tenía,
y con todo su encanto, parecía
la Princesa romántica de un cuento. 

La supe amar con el amor más fuerte, 
hasta el duro momento en que la Muerte
se la llevó en su fúnebre piragua;

y hoy pienso, que en mi vida que la nombra
fue tan leve y fugaz, como la sombra
que hace un pájaro en vuelo sobre el agua.



EGO

Sí, que tilden de torva mi hurañía;
por el pesar que en mi interior reclama, 
he de ser como un jugo de retama
que mate, cuando nazca, la alegría.

Yo pasaré con la tristeza mía
leve y fugaz como humildosa llama,
erguido ante el brumoso panorama
que hace mi espiritual melancolía.

Lívida sombra que a ninguno aterra
voy por los arenales de la tierra
que el gran dolor inexorable asiste;

llevando ante la humana indiferencia
como única razón de mi existencia
este bello pecado de ser triste.





BAUDILIO MONTOYA

Por: Carlos Alberto Villegas Uribe


El domingo por la tarde
llegando a Pueblotapao
cayó en Mitad del Camino

José Dolores Naranjo.

Sus padres, partícipes de esa epopeya de la esperanza que se denominó la colonización antioqueña, partieron con él desde Rionegro, cuando tenía cuatro años de vida y se radicaron en Calarcá, un incipiente caserío del antiguo Caldas, hoy convertida en la segunda ciudad del departamento del Quindío, a la cual siempre consideró como su tierra natal.

Allí creció bajo la sombra protectora de robles, cafetos y guaduales, se hizo maestro de escuela y empezó a cultivar la poesía como condición vital de su existencia. En 1938 recoge en su primer libro: Lotos, los poemas que ya se conocían en el ámbito literario regional, en los tradicionales juegos florales y en la naciente radio regional. Posteriormente aparecerían Canciones al Viento (1945), Cenizas (1949), Niebla (1953), Antes de la Noche (1955) y Murales del Recuerdo, que constituyen la totalidad de su corpus poético editado. Quedan algunos versos manuscritos, con correcciones del poeta, en poder de su familia que esperan ser publicados aún.


Con ancho lote de angustia
y bajo un cielo de invierno
va el corazón avanzando 
camino de Montenegro
Yo no se que es lo que siente
Pero le duele un recuerdo.


Luego de beberse todos los paisajes y de contar líricamente las historias, las angustias, alegrías y tristezas de los hombres y mujeres de su comarca quindiana, falleció en Calarcá el 27 de septiembre de 1965. Como homenaje póstumo, el Comité Departamental de Cafeteros del Quindío, editó una antología de su obra poética con el título: Baudilio Montoya: Rapsoda del Quindío. Con este nombre se quiso identificar el carácter social que caracteriza la voz de Baudilio Montoya. Una obra que en el sentir del escritor Lino Gil Jaramillo (1972): Transustanció en sus canciones las inquietudes sentimentales de la gente del agro y la aldea, de los campos y los caminos, por los cuales anduvo de pueblo, en pueblo y de mesón en mesón cantando y soñando, viviendo y muriendo, como los rapsodas antiguos o los trovadores medievales.


Ah, caminos de mi tierra
caminos hoy sin amparo
caminos ayer tan buenos
pero ahora tan amargos
caminos por los que viví 
y por los que ahora estoy llorando
Y donde tantos caerán 
al comenzar el ocaso
como cayó sin saberlo

José Dolores Naranjo


En Rapsodia del Quindío, el escritor y periodista Héctor Ocampo Marín afirma que la poesía de Baudilio Montoya es de corte romántica, concebida con notable dignidad; interpreta con sincero dramatismo la angustia del pueblo, los sentimientos de su gente, calidad que le da prestancia y prolonga la vigencia de esta poesía sencilla y trémula, pero autentica y honrada. Comprendida desde la perspectiva de la escuela romántica, trascendida por los poetas capitalinos de su tiempo, el crítico Jaime Mejía Duque vindica la producción poética de Baudilio Montoya: Con ostensible coherencia estética y moral siguió siendo romántico y braceando como tal por entre los desajustes y las fisuras de una modernidad que definía ya las avanzadas literarias de América Latina. Aseveración que permite validar y releer desde el contexto la obra producida por un autodidacto, que nació, creció y expresó sus vivencias en una Colombia que aún no iniciaba su transito definitivo de lo rural a lo urbano. No aparecen en la obra de Baudilio Montoya - no podrían aparecer sin sonar a impostación, a falsedad, a producción libresca, a ampulosa retórica - las angustias del hombre urbano, citadino, pero si una concepción metafísica que le permite acariciar desde la realidad vegetal que lo circunda una relación profunda con el cosmos.


Dame un árbol amada, cuando muera
que me acompañe en mi reposo eterno.
Un sauce fiel que se levante grave
señalando la paz de mi silencio.


(...)

Por su tronco, tatuado por los años,
todo cicatrizado por el tiempo
ascenderá mi espíritu anheloso
a contemplar la inmensidad del cielo.


El poeta y crítico literario Carlos Alberto Castrillón, autor de la antología poética: Quindío Vive en su Poesía (2000), señala respecto a la indagación metafísica de los versos de Baudilio: El solar es el espacio de sus versos, el ámbito de los recuerdos que alegran el dolor, el lugar de la cotidianidad. Es el sol, el campesino con su carreta, la mujer en su diaria labor, las estrellas que apenas se asoman y el crepúsculo como una 'opulenta catedral en llamas'. Pero es también el atardecer, no solo como el último aliento cromático de sol, sino como la puerta de entrada a los misterios nocturnos. Es el árbol que crece con la savia de los muertos, y desde el cual el alma puede asomarse de nuevo al mundo. Son las cosas en las que se hace perenne la memoria de los muertos. Es la intuición metafísica que ve la armonía del cosmos que se repite en la flor y en la semilla. Sin duda alguna su condición de poeta social, en el doble sentido de la palabra: aquel que participa de la vida cotidiana de un grupo humano, y aquel que da sentido a su obra denunciando atropellos y tropelías de los poderosos, es la que ha hecho perdurar su legado literario en el corazón de sus coterráneos sobre la obra de otros poetas, considerados por los académicos, de mayor proyección nacional. En su comentario sobre el Baudilio, Carlos Castrillón agrega: El magnetismo natural de su persona y la presencia en su obra del sentir conjunto de un pueblo, lo convirtieron en el poeta más popular entre nosotros. Ningún poeta quindiano ha sido tan conocido, admirado y leído, ni sus versos aprendidos por todos como los de Baudilio Montoya.

En el capítulo Poemas de la Gleba, del Rapsoda del Quindío, la voz de Baudilio se alza con su arsenal poético para denunciar el engaño social del mito navideño, se apoya en versos menores que reiteran la nadería de la costurera frente a quienes se lucran de su trabajo y recurre al soneto para realizar en un apunte rápido, que tiene el encanto de los bocetos, la inicua existencia del perro proletario condenado a la limpieza social, símbolo absoluto del desarraigo y la miseria. En Poema Negro, acude al barroquismo para pintar el fausto al que no será invitado el hijo de algún lejano y oculto sacrificio. El poema Guardián participa en su esencia de ese sentimiento cuando expresa la tristeza de la pérdida de uno de sus perros por culpa de un magnate engreído por el triste poder de su dinero. Y falta en la antología la inclusión de un poema que señala la farsa social de una religión que tiene como mandato la caridad, un poema dedicado a Pacheco El Carbonero, cuyos hijos no tuvieron suficiente dinero para pagar a los clérigos venales los gastos de su entierro.

Baudilio clama por su tierra, por su paisaje, por su gente, por una violencia secular que se ensaña con el más pobre, con ese José Dolores Naranjo, que también fue símbolo nacional en la caricatografía política de Hernando Turriago, Chapete, y de Hernán Merino, en un periodo de la historia colombiana que parece duplicarse en la actualidad con ese horror de los espejos que lamenta Borges. Un tiempo detenido en la barbarie que permite al poeta perpetuar su voz para reclamar hoy por sus pescadores, por sus carboneros, por sus costureras, por los miles y miles de desplazados, campesinos sencillos, sencillos como su campo, de esos que cantan y siembran y que rezan el rosario y a ninguno le hacen mal, porque detestan el daño, hombres buenos que no saben qué vientos los han arrancado de sus parcelas.

Hoy cien años después de su nacimiento regresa la voz del poeta para gritar de nuevo la premonición que ahora nos alcanza:



Pero será mañana. Ciego el mundo,
tras vivo paroxismo,
rodará en encendido cataclismo
al vórtice profundo
que ensancha la justicia que demora,
y en el medroso grito de la hora,
confundiendo mezquinos privilegios,
con hórridos afanes
dirá alegre sus bárbaros arpegios
un loco torbellino de huracanes.



 ANTOLOGÍA POÉTICA

Selección por Mayra Sarmiento A.



LA NIÑA DE "PUERTO ESPEJO"

Con ancho lote de angustia
y bajo un cielo de invierno,
va el corazón avanzando
camino de Montenegro.

Yo no sé qué es lo que dice
pero le duele un recuerdo.

El corazón va buscando 
una fonda de hace tiempos,
en donde José Pineda,
—hombre de pelos en pecho—,
vendía jarabe de tusa
y aguardiente pendenciero.

Allí paraban de tarde 
con su recua los arrieros,
y allí también, muchas veces,
por borracheras y celos 
enhiestaron sus machetes
Antonio Gil y Luis Cuervo,
que eran dos mandacallares
en esos lances tremendos.

La sangre teñía la grama
de los pastales resecos,
mientras las gentes miraban
apostando al más ligero.

Aquella fonda que digo
se llamaba “Puerto Espejo”,
y estaba cerca a la hacienda
de Constantino Botero.

En ella encontré a la niña
cuyo nombre a nadie dejo,
porque es reserva que queda
en mis escombros de sueños.

Tenía la piel de canela,
y unos ojazos tan negros
como el abismo medroso
que muestran los sacrilegios.

En el primor de sus labios
florecía siempre un anhelo,
y en cercanía de los hombros,
como tallados en cedro,
parecía que apuntaran
dos frutos de cocotero.

Nos entendimos de pronto,
casi en el mismo momento,
ella me daba suspiros
y yo le daba mis versos.

Y una vez se fue la niña,
se fue así como en un cuento,
nadie supo su motivo
y nadie debe saberlo,
pero desde que partió
fue el lugar languideciendo,
ya no peleaban como antes
Antonio Gil y Luis Cuervo,
ni volvieron a parar
los errabundos viajeros.

Pero queda una tonada
que dicen en “Puerto Espejo”:

Niñas así tan hermosas
como esa que ya está lejos,
no duran en las posadas
donde toldan los arrieros,
porque después de escuchar 
un bambuco de recuerdos,
se pueden ir fácilmente,
sin pesar ni abatimiento,
como las hojas que arranca
de los almendros el viento.




EL VELORIO

Gotean los velones de herrumbrosos candiles
sobre el féretro negro del humilde velorio,
y una luz mortecina que se enreda en perfiles
riega cárdenos tintes en el cuarto mortuorio.

Con voz atormentada se empieza el responsorio
por el alma del mozo que finó sus abriles,
recomienzan las quejas y al fulgor ilusorio
los semblantes parecen como viejos marfiles.

A la luna de otoño ladra un can vagabundo
que se eriza medroso bajo el cielo profundo;
se despiertan los gallos tempraneros del huerto;

y cuando grita un buho las notas de su agüero,
advierten que en la vuelta primera del sendero
se ve alzando la sombra del ánima del muerto.





JUNTO A LA CUNA

Y así para los dos, el hijo muerto 
que fué en nosotros la ilusión más bella,
tenía el hechizo rubio de una estrella
y la fragancia del pomar del huerto.

Pero ya el desespero del desierto
viene a aumentar la pávida querella,
cuando el oscuro desencanto sella
los apotegmas del destino incierto.

Ya no llores, Amada. Une tu pena
a mi trágica herida nazarena;
y mientras yo en la evocación me pierdo

y en tí se aviva del dolor la ola, 
mezamos otra vez la cuna sola
y verás que se duerme su recuerdo.





ESTA NOCHE...

Esta noche soy malo; bajo el pálido amianto
de mi túnica fuerte, los empeños sensuales
aúllan a manera de encelados chacales
entre las oquedades que sustentan mi llanto.

Cual un bandido-artista, dueño y señor del canto,
voluptuoso acaricio mis pecados mortales,
como si fueran siete luminosos puñales
teñidos en supremos abordajes de espanto.

Los senos de la sombra, fecundan el fastidio
que en torno de mis vértebras, como medroso ofidio
aprieta sus anillos con insolencia cruel;

y siento en la solemne locura que me ampara,
la infinita delicia conque yo estrangulara
en su lecho de pieles a una mujer infiel.








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