viernes, 15 de mayo de 2015

ALBERTO GUERRA TRIGUEROS [15.984]


Alberto Guerra Trigueros 

(1898-1950)
Poeta, ensayista y periodista nicaragüense, aunque hijo de madre salvadoreña y afincado durante toda su vida profesional en El Salvador. Nació en Rivas (Nicaragua) el 28 de febrero de 1898, y falleció en la capital salvadoreña el 22 de junio de 1950, víctima de una afección cardíaca.

La prematura muerte de su madre, acaecida tras dar a luz al futuro poeta, condicionó la crianza y educación itinerante del joven Alberto, quien realizó su formación académica en diferentes internados europeos sitos en Francia, Suiza e Inglaterra. Durante su estancia en Gran Bretaña recibió noticia del fallecimiento de su progenitor -de nacionalidad nicaragüense-, por lo que se vio forzado a interrumpir su periplo académico europeo para regresar a Centroamérica y hacerse cargo de su herencia.

A partir de 1923, Alberto Guerra Trigueros se instaló en El Salvador, donde, con breves intervalos de estancias en otros países, residió hasta el final de sus días. Pronto entró en contacto con los principales círculos literarios y periodísticos salvadoreños, y en 1925 adquirió el rotativo Patria, en cuya dirección continuó el legado periodístico dejado por el gran columnista Alberto Masferrer. Así, convertido en uno de los principales animadores culturales de la capital salvadoreña, concilió alrededor de su persona a un grupo notable de artistas, intelectuales y escritores que se asomaban con frecuencia a las páginas de Patria y se reunían con Alberto Guerra Trigueros en numerosas tertulias, cenáculos y demás convocatorias literarias. Entre estas figuras señeras de las Letras centroamericanas, sobresalían los poetas Salvador Efraín Salazar Arrué ("Salarrué"), Claudia Lars, y Serafín Quiteño. Su mecenazgo cultural, empero, no duró demasiado, ya que la grave dolencia cardíaca que arrastraba desde su juventud acabó con él cuando contaba poco más de cincuenta años de edad. Poco tiempo después de su muerte, los amigos poetas que se habían congregado en torno a Alberto Guerra le dedicaron un sentido recuerdo a través de una serie de escritos laudatorios que fueron inmediatamente recopilados y editados en un volumen titulado Homenaje (San Salvador, 1950).

En su condición de poeta, Alberto Guerra Trigueros irrumpió en el panorama literario salvadoreño con el volumen titulado Silencio (Santa Ana, 1920), opera prima que recibió una espléndida acogida por parte de la crítica y los lectores especializados. A este poemario le siguió El surtidos de estrellas (San José de Costa Rica, 1929), publicado entre las célebres ediciones del Repertorio americano costarricense, y reeditado al cabo de cuarenta años (1969) en la capital salvadoreña. Además, un año antes de su muerte dio a la imprenta un repertorio de prosas poéticas presentadas bajo el epígrafe de Minuto de silencio (San Salvador, 1951). Finalmente, en 1963 apareció en San Salvador el libro titulado Poema póstumo, donde sus amigos recopilaron los versos que había dejado inéditos el desaparecido poeta nicaragüense.

Como ensayista, Guerra Trigueros recogió los textos de las numerosas conferencias que había pronunciado en los volúmenes titulados Poesía versus arte (San Salvador, 1942) y El libro, el hombre y la cultura (San Salvador, 1948).




Prosa

Dulce prosa de mi vida diaria,
hecha verso por tu diaria vida:
frasco pobre, al que una esencia ida
nimba con un aura legendaria.

Lo que importa es Dios, no la plegaria;
es el sacrificio, no la herida.
Y, contigo, mi mediocre vida
ha sido una vida extraordinaria.

No es la vida lo que al fin importa,
policroma o gris, o larga o corta,
sino quién la vive, en qué la invierte.

No hay vida vulgar. Y toda vida
queda iluminada, ennoblecida
por la perspectiva de la muerte. 





Tal vez

Tal vez no seas tú la más hermosa,
ni yo el hombre mejor; pero te quiero.
Yo no soy santo ni bandido, pero
yo te quiero mujer, no "lis" ni "rosa".

Una mujer completa, un hombre entero.
Ni sílfide, ni ángel: una esposa.
Si antes te quise alada y nebulosa,
he aprendido a querer mi amor rastrero.

Un compasivo amor; un cotidiano
amor de carne y hueso, amor humano
de cama y de cocina, hogar y alero.

Ah, cuánto dice esta sencilla cosa:
sin duda no eres tú la mas hermosa,
ni yo el hombre mejor: pero te quiero. 





Seudo-Romance del Poeta Menos

Yo soy un Gran Poeta menos
que iba a ser un poeta más.
Un sueño más entre los sueños
que nunca se realizarán:
huella borrosa en el desierto,
fugaz estela sobre el mar.

Yo soy un burgués que hizo versos
para engañar su soledad
(y un burgués no tiene derecho
a pensar, sentir ni llorar) :
la soledad de un hombre bueno
que era un buen hombre y nada más;
solo con su sed, con su anhelo,
y solo con su soledad,
soledad de cada momento
y soledad de eternidad.

No. No soy siquiera un Perverso
de alma trágica como el mar: 
no soy mas que un poeta menos
que iba a ser un poeta más.
Un hombre soy, un hombre inquieto
en busca de serenidad;
un enfermo, un pobre hombre enfermo
en busca de salud y paz:
un hombre, mucho más que un perro;
un hombre, apenas más que un can.

Sí, yo soy un poeta menos
entre los poetas de más:
un "genio" que paro en un necio
de perfecta inutilidad;
uno que se quedó en proyecto
-como toda la humanidad-,
que no pasó de ser boceto
amasado en niebla fugaz,
y se quedó en su propio espectro
sonámbulo en el vendaval.

Pero saber siquiera, al menos,
que de mi paso, iba a quedar
el eco de un llanto, el recuerdo
del que sufrió y no sufre ya. . .

¡Quién pudiera dejar un verso
verdaderamente inmortal!
Un verso vivo, un verso lleno
hasta el borde, como un cristal,
de agua y sangre, de luz y cieno,
de la esencia del bien y el mal;
y que como el costado abierto
de Cristo en cruz, fuese capaz
de sanar al Longinos ciego
con su tragico manantial;
que su inagotable venero
colmase de un vital raudal,
a través de todos los tiempos,
los cauces de la Eternidad!

¡Mas no soy un Gran Hombre menos:
soy tan solo un pobre hombre más! 

Pero no haber vivido y muerto
-como toda la humanidad-,
sin dejar siquiera un destello
de este mi lívido fanal:
fuego fatuo de cementerio,
fuego tétrico y fantasmal,
para iluminar el sendero
de algún pobre hombre que vendrá.

¡Ah, Dios!. . . No haber vivido y muerto
-sombra en la sombra, y nada más-,
como estoy viviendo y muriendo,
sin haber podido expresar
en un hondo y triunfal lamento
desgarrador y pertinaz,
en un largo aullido de perro
quejumbroso en la inmensidad,
toda la angustia y el tormento
de los hombres que vivirán;
la conciencia del sufrimiento
y la conciencia de ignorar:
todo el dolor de Prometeo
bajo el duro pico voraz.

Vida o Muerte, ese Buitre eterno
que nos empieza a devorar
desde el instante en que nacemos
-vida mortal, muerte vivaz-,
misterio para el gran Misterio,
dolor para el Dolor final.
Tristes atletas que debemos,
muriendo cada día más,
adiestramos para el postrero
morir, seguros de acertar!

Pobres hombres. . . Niños enfermos
que no saben decir su mal:
tristes, mudos niñitos tiernos
que no saben más que llorar;
pero que saben -¡ah, sabemos!-
que algun día habrán de sanar,
¡sí, que algún día "curaremos"
con la última enfermedad! 

¡Ah, no haber sido un hombre menos,
sino ser un gran hombre más!. . . '
Haber dejado un grito enhiesto
frente a los siglos que vendrán,
un alto Grito en el silencio
como un faro encima del mar.
Un largo alarido tremendo
que parta en dos la eternidad,
y aullando en el aullar del viento,
llore por los que llorarán.
Alarido que hienda el cielo,
y que para siempre jamás,
agote de una vez el duelo
que nació con la humanidad:
¡agote para siempre el duelo,
y no vuelva nadie a llorar!

¡Ah, Dios! ¡No haber vivido y muerto
sin saber si soy inmortal!
No quedar para siempre quieto
dentro de la Quietud Total:
no quedar para siempre quieto,
sin haber logrado expresar
esta llama viva, este anhelo,
fuego tenaz, fuego voraz
que me abrasa el alma y el cuerpo,
y ha podido hacerme dudar
si no estaré ya en el infierno
y no seré yo Satanás.

Pobre romanticismo ingenuo
al estilo de un siglo atras. 
-No, señor. No es este el Infierno.
No, señor. No soy Satanás.
No. Ni soy un Gran Hombre menos,
ni tampoco un buen hombre más.

¡Quién pudiera dejar un verso
verdaderamente inmortal!
¡Quién pudiera dejar un verso
como un faro encima del mar!
Quién pudiera dejar un verso. . . 
Pero yo nada espero ya. 

Solo pido -la vida es sueño-
dormir bien mi sueño mortal,
sin los insomnios que yo "duermo",
en espera de un Despertar.

Y aún la Iglesia, para sus muertos,
solo pide tranquilidad,
solo pide un vasto Silencio,
pide Luz, y Descanso y Paz.

Ah, dulce sueño de mis sueños
en el regazo terrenal:
un sueño más, entre los sueños
que siempre se realizarán. . .

Ah, dulce sueño en que yo sueño
la última felicidad:
sueño consciente entre Tus Sueños,
Padre, Soñador Inmortal;
de quien somos los hombres sueños
Tus pesadillas, quizá. . . ?-,
confusos, nebulosos sueños
de Tu gran Sueño paternal.

Ah, dulce sueño de mis sueños
de silencio y de Eternidad.
¡Quién fuera al fin un hombre menos!
¡Quién fuera al fin un hombre más!
i Un efímero sueño menos,
y un infinito sueño más! 





La Virgen-Madre

Como mujer encinta que sonríe y llora,
-virgen que en su demencia padeció violencia-
humanidad siente en su carne la presencia
de un Dios que en ella vive, y cuyo sexo ignora.

Y va creciendo el sacro Peso de hora en hora;
nutre ella con su sangre a la divina Esencia,
y en los latidos trágicos de su conciencia
escucha el otro corazón que la devora.

Y vive así, la pobre loca, hasta el momento
inefable y terrible del Alumbramiento,
en que el dolor de dar a luz -de dar a sombra-

ha de mostrarle a su hijo: y en Su faz sagrada,
¡verá por fin, cual la Verónica, estampada
la grave Faz del Violador que no se nombra! 





El Arquero

Con la rodilla en tierra, en un ambiguo rito
de hierofante y de beluario,
tiendes, oh Arquero, ciego Arquero visionario,
tu arco de plata al infinito.

Hacia la noche, hacia la losa de granito
del gran Sepulcro milenario,
hacia el silencio, legendario Sagitario,
lanzas las flechas de tu grito. 

Hace cientos de siglos que hacia los trillones
de astros, arroja sus saetas-oraciones
el arco tenso de tu anhelo:

¡oh ciego, absurdo Cazador! iFlechas de plata
de tu propia Aljaba escarlata,
tiemblan, clavadas en el ébano del cielo!




Los Dos Hermanos

Tiritando en las rachas de la tormenta fría,
bajo el yugo aplastante, como una humilde yunta,
la Hermana de la Sombra sus alaridos junta
al dolor evangélico de su Hermano del Día.

Ambos son ciegos. Llevan en la frente sombría
el signo interrogante de la eterna Pregunta.
A veces gritan -¡Alba!- ¡Pero el alba que apunta
lleva en su frente rósea la formidable Estría!

Y a veces cree el Hermano que tan solo él existe
y que en el cirio rojo de nuestra carne triste
arde ya para siempre su inextinguible llama:

iy de pronto se enturbia su armonía interior,
porque oyó, como el bajo de un acorde menor,
el rugido profundo de la Materia en brama! 





Te Deum

Señor, yo te doy gracias de tener un nombre:
de ser un hombre, y no una cosa innominada;
gracias te doy de ser un hombre,
tan solo un hombre, y de saber que no sé nada.

Yo te doy gracias por tu cumbre y por mi abismo;
por el que no ha nacido, y por el que murió;
y por ti mismo, y por mi mismo:
porque era Tú, porque soy Yo.

Porque tú has dado a mis arterias su latido,
oh mi Señor; porque he sabido
lo que es nacer; ¡por el ayer y por el hoy,
gracias te doy, gracias te doy!
!Gracias te doy porque he vivido,
porque algún día he sido
y todavía soy!

Porque yo soy la Vida, y no materia inerte:
porque yo he de vivir hasta el postrer instante 
y no conoceré mi muerte,
¡gracias, oh Dios, mi semejante!

Gracias te doy por ser efímero y no eterno;
porque soy uno, y no soy dos:
¡por el Cielo, y por el Infierno,
gracias te doy de ser un Hombre, y no ser Dios! 




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