lunes, 13 de abril de 2015

MARIANA RODRÍGUEZ [15.567]


Mariana Rodríguez

Nací en San Vicente, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1973. Desde pequeña amé la literatura, leyendo con voracidad y llenando cuadernitos con mis poemas tristes. Ese amor me llevó a estudiar Letras y en ese amor trabajo, como profesora de Lengua y Literatura, en escuelas públicas de Vicente López, mi ciudad actual. 



I

Sábado de noche carnosa
linda noche
para tener todos los dientes
o  para salivar almohadas
bajo el peso de alguien

pero si no es el caso
entonces camuflarse
y pasear las esquinas como un perro
y fingir que no importa
que da igual
con disimulo de maniquí
en el local cerrado al público
y comprarse una parcela de cine
(tan cactus en esa penumbra fría)

y calcular
mientras se sientan los murmullos
cuánto hace que la dupla vecina
se mira con escarchas en los ojos
o peor aún
cuántos besos les quedan a esos dos
que insisten en deslenguarse
a puro aleteo rabioso

y salir dos horas más tarde
sacudiendo los restos de papas fritas
y las espinas del vestido
más triste que antes de entrar
más triste
que esos corpiños despreciados
en la orgía de las rebajas

y volver a fingir que no importa
que da igual
como la mano del nene del subte
que nadie quiere tocar
para no mancharse de pobreza

y entonces   regresar a casa
tan sábado abriéndose de piernas
desvestirse despacio
salir a fumar al patio
tirarle el humo en la cara a la luna
y sin llorar
pero ya sin simulacros
acribillar el silencio con un poema torpe
llena de plumas en la boca.




II

Que no te engañen mis dientes
desplegados para fiesta:
parece que me río.
Que no te engañen mis ojos mudos
plumereando la superficie:
parece que no miraran.
Que no te engañe mi voz sin pelusas
mi buenos días aséptico
mi adiós sin bordes filosos.

Si vieras detrás de la máscara.

Que no te engañe el gesto de mis manos:
parecen tintinear en el bolsillo
entre llaves y monedas.
Si vieras el gesto verdadero
las palmas vueltas hacia arriba 
pidiéndote .
   
Parece que no
pero estoy de rodillas.




III

Como casi todas las mañanas
llora mi ojo derecho:
sólo el derecho

no sé si esos pétalos líquidos
pétalos rancios
lloran la noche rota
lloran la noche
astillada de insomnio

no sé si sólo el derecho
añora lo perdido
no sé por qué llora rengo

si pudiera explicarme
por qué esa vocación madrugadora
de borronear espejo y desayuno

no sé si ponerme más triste
apenas lo justo 
lo justo para emparejar
el llanto






Había que perderlo todo:
había que perder la certeza
el manotazo ciego al otro lado de la cama
el beso agrio con saliva de sueños
la panza desinflada
los vellos indiferentes     desprolijos
de los días iguales
postes días
de luz en la ruta

había que perder la risa
escupir hasta el último diente
verlos caer con vergüenza de encías
verlos saltar como peces rabiosos
descamarse a coletazos en el fondo turbio
en el caldo mezquino
del inodoro

había que perder las manos
las yemas que sabían sin ovillos tramposos
la espiral exacta que llevaba al estío
las manos que juntaban del suelo las pestañas
las plumas los trocitos
en esas noches hachas
en que la muerte bífida
nos sacaba  la lengua

había que deshabitarnos de hábitos
de cacerolas y tés y monosílabos
acogotar el cuervo del silencio
mirarlo agonizar entre graznidos
contemplarlo sangrar morado en celos
amarillo en nostalgia
hasta hallar nuestros ojos
vacíos de miradas
tan vacíos

había que perderlo todo
cubrir las hendiduras de cenizas
vomitarnos los nombres
lastimarnos
con hambre con cuchillos con palabras
despellejar el alma hasta el carozo
hasta la desnudez más honda        pornográfica
del desconsuelo
de la ausencia


había que perderlo todo
para salvarnos mutuamente

para salvarnos



--




Hoy la angustia me puso un collar 
y me sacó a pasear por la playa.
No descubrí nada nuevo:
constaté que a veces no hay sol,
arena, ni mar
que alcancen a disipar la neblina
que se lleva adentro.
Una suerte que el amor a veces la disuelva,
una pena
que siempre no.



--




Y si te dejo ir después de todo
después del relámpago por ejemplo
después de nuestra modesta tempestad
si guardo mis palabras lentejuela
en la caja del fondo de la lengua
y digo avenida y no colibrí o pétalo
si dejo que te pudras simplemente 
que la fruta se oxide en su intemperie
si  tomo la moneda de la fuente
y deshago el deseo que chorrea
si no te toco más   si no te toco
si  dejo que un musgo suave me trepe por el cuerpo
y asumo mis escarchas
de una vez por todas 
si hago papel picado con tu imagen
con todas las que tengo
y lo tiro del piso veintinueve

si dejo que te vayas
si dejo que me olvides
si voy a menos
ojalá puedas ver que esta renuncia
también tiene que ver con el amor.







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