viernes, 10 de abril de 2015

FABIO IBARRA VALDIVIA [15.540] Poeta de Colombia


FABIO IBARRA VALDIVIA

Cali, Colombia, 1959. Estudió comunicación social en la Universidad Autónoma de Occidente.
En 1999 publicó Terceros habitantes (poemas).  En 2004 publicó En plena oscuridad alcé mi casa (poemas), libro editado por la Universidad del Valle dentro de la colección de poesía Escala de Jacob.

Obra suya aparece en Desde el umbral II – Poesía colombiana en transición (2009), Antología del Concurso Nacional Universitario de Poesía - Universidad Externado de Colombia (2005), Poéticas del desastre, aproximación crítica a la poesía del Valle del Cauca en el siglo XX (2001), 22 poetas colombianos – Golpe de dados (2001), La otra despedida (cuentos, 1998), Atlas Poético de Colombia (1993) y Poesía del Silencio (1990).

Ganó el Concurso Nacional e Internacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia en 1996, y ese mismo año obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores.

Cofundador de la revista Metáfora.




El paraíso en el jardín

Su paraíso germinaba sobre un hilo de luz
en el silencio del cedro.
O en el alfabeto de la oruga que leía,
casi hecha belleza, la ardua tarea del jazmín.
O en la nube que pasaba sobre la piel de la charca
sin agitar el agua ni perturbar las ranas.
Hoy, todo ello ha terminado mansamente.
Su cabellera encendida, casi tan roja
como el atardecer, cae blanda
en la quietud de la almohada.
Afuera, el mundo que apenas abrazó
sigue girando en su indolente torbellino.
Nada terreno habrá de atormentarla ya:
ni las miradas oblicuas de los hombres,
ni el estruendo de las máquinas que siegan el trigo
en el que ella descifró, tal vez, el parloteo de la brisa,
ni el coro del pueblo que susurra en las noches
su vestido blanco, su encierro, su aparente locura.
Acaso aún la toque, como una hebra de viento,
la voz de su madre llamándola entre la seda del ensueño…
¡Emily… Emily!
Su pie leve es apenas un recuerdo
en la canción del huerto,
hasta donde llegarán después que ella, puntuales,
la primavera, la nieve y el aroma del sendero.





Un párpado de sombra cae sobre Silvya

Cierra la puerta como un pesado párpado
que la viste de sombra.
No hay lumbre que arda en la cocina,
su último refugio, 
ni mano que apacigüe la tormenta.
El agua oscura de la noche
se vierte sobre ella
con su obstinada resonancia de cuchillos y delirios.
Crece un rumor temprano de amapolas
en la ceniza de su vientre, en el naufragio de su boca,
y la sacude el golpe tibio de la tierra
que cae ya sobre su pecho.
Sólo ella sabe que esta vez
ha pasado el cerrojo para siempre.
Aún revolotea por la casa
el aroma del pan que dejó como una ofrenda,
tibias de amor las manos,
mientras los niños respiran todavía
el aire limpio de su primavera.
El espíritu de Yeats la invita a tomar vino.
En algún recodo de sus lejanas alegrías
galopa el recuerdo de un caballo solitario en la nieve.
Y más allá, en las calles, borbotea el avaricioso cotilleo
de señoras con faldas de terciopelo y amantes
que se cuelan en sus sueños como príncipes,
y un solecito tibio refulge en las vitrinas
que alguna vez contempló con avaricia.
Un eco pertinaz retumba en su cabeza.
Muy adentro, la sombra de su padre se hace espesa, dolorosa,
y el amor de las abejas la hiere con su feroz ausencia.
Una cicatriz reciente se aferra como un hongo
a su frágil armadura, otro voz masculina que huye
de su cuerpo y de su lecho.
Y el cielo, el cielo que soñó con habitar,
es una hebra de nada que tambalea entre la escasa luz de invierno,
ahora que sella la puerta, para siempre,
como un pesado párpado que la viste de sombra.





Adiós con fondo de agua

Dime si el agua se llevó tu pena,
Virginia,
o si el coro de voces remontó
el camino de algas dulces
para seguir torturando tus sienes
con su metal de áspera campana.
Tal vez el murmullo del río te llamaba,
por entre la fronda de la noche,
como el canto de un pájaro en el sueño.
¿Fue la tentación del Ouse,
su promesa de un adiós sin retorno,
más seductora que la oscuridad
interrumpida en tu adolescencia?
¿Fue más apasionado este dejarse ir
como espuma, río abajo,
que remontar con brazadas vigorosas
el caudal de la vida?
No sé, pero imagino
la angustia de caer desde tu cima
de ideas delirantes,
después de galopar iluminados pensamientos,
hasta la abrumadora confusión que te cegaba.
Eso eras en la estancia del día:
una semilla fugaz que se apagaba de repente.
Espejo del lenguaje,
amiga del cincel que desnuda las palabras,
viajera de las más agrias cortezas,
que caías a menudo en las tinieblas de tu abismo interior,
¿qué monólogo te hería esa mañana
en que apenas despuntaba la primavera?
Ah, Virginia, hermana mía,
el peso de piedra en tu bolsillo
agobia todavía la levedad de mi alma…





SIN RASTRO ALGUNO

Imagina que en algún lugar
sus manos alimentan
la raíz de un písamo
mientras su sangre asciende
oscurecida
hasta el temblor de las hojas,
febriles hormigas
socavan sus orejas,
sus labios sueñan
un destino de lirio,
y sus piernas
se hacen polvo para el viento.

O imagina que sus ojos
han viajado por el río
anegados de sombra,
absortos en las formas de las nubes,
heridos por la lluvia,
y que los peces, las moscas y las aves
se han nutrido de su piel
en el festejo de la vida.

O bien, imagina que una mano amorosa
plancha todavía su camisa a cuadros
—la que usó la última tarde—
y alisa su cabello un poco más encanecido.

Imagina que se sienta a comer bajo otro cielo
y hace lumbre en otra cama.

Pide que su último rastro,
el que tú ya perdiste,
el que una mano oscura
ha querido borrar,
persista en llama viva,
en flor abierta,
aunque su destino
sea una incógnita eterna que te asedia
desde todas las orillas.





CANCIÓN DEL INQUILINO

Demasiados rincones desdibujan
la memoria de mi casa.
Colgado en este alambre
—o tal vez en aquel— 
brillaba como un ramo de amapolas
el único vestido que lucía
con decencia los domingos.

No logro saber
por cuál de tantas puertas
se marchó mi padre
ni desde qué ventana me asomé
al abismo de la calle,
a su promesa encantada.

¿En qué estancia de tiniebla
descubrí el horror de la soledad?

Retazos que han perdido su color
en el agua del tiempo.
Formas con que no logro edificar
una casa,
la única, donde pueda rastrear
la hondura de mis pasos,
el vuelo de mis manos. 

Jamás contaré, como hacen otros,
los milagros cotidianos
de la casa paterna.
No diré sus aromas.
No evocaré su amparo.

Con muchas paredes la construyo,
con muchos olvidos la rehago,
y jamás llega a ser mía
su exacta luz de infancia.








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