jueves, 16 de abril de 2015

CRISTÓBAL JOANNON [15.633]


CRISTÓBAL JOANNON LJUBETIC

Santiago de Chile, 1974.
Licenciado en Filosofía de la Ponticifia Universidad Católica de Chile (1999)
Licenciado en Periodismo (Ponticifia Universidad Católica de Chile (1999)

Ha publicado La bicicleta y la pipa (Santiago de Chile, Express, 1996), Cuaderno (Santiago de Chile, Kalumet, 1988), Tábula Rasa (Santiago de Chile, Tácitas, 2005)


De Cuaderno, 1998


Figura humana

Como un rostro a punto de hablar
sus ojos están abiertos contra el cielo,
dilatados en el vaivén de la ahorcadura.
Mira cómo se reflejan sus pies helados
aún goteantes en el charco súbito.
Cuando vengan por él y lo desnuden
y le registren los bolsillos y lo acuesten
diles que sus manos apretaron el nudo
y que temblaron dulcemente en la caída
para repartir el pan entre los muertos.




Dos poemas de Sumario 

NOTA NECROLÓGICA

Dijiste: no merezco esto. Tuvimos que responderte:
nadie merece nada; si el señorito quiere pegarse un tiro
que lo haga ahora o bien se calle. Crispan el ánimo
tus sombrías obviedades, reclamos de publicista regalón.

Considera al menos que nos ahorramos algunos issues:
no consiguieron deprimirnos los burros de Navarra,
el golden pair y sus ladrillos de inquina tempestuosa,
los chantajes neotomistas que justificaron la barbarie.

Tu cerebro aún trabaja; podrías conseguirte una yegua
y observar el resultado: la ternura misma de un nuevo ser
abrirá sus ojos para enseñarte la curvatura del mundo,
vistas satelitales de nubes girando hacia una luz polar.

Protagonizar un confuso incidente quizás tome su tiempo,
lo más efectivo sería sentarse mal en un balcón a eso de las seis.
Déjanos algunos cheques para agilizar las gestiones fúnebres
y hazlo bien, sin la urgencia de los que ya no aguantan más.




EMBAJADAS

Esos inmuebles de la era industrial, cuya tristeza
sólo se disputan nuestros complejos turísticos
donde mandos medios emergentes practican su derecho
al sano esparcimiento –pues la clase obrera
ya obtuvo el premio superlativo de un Don Francisco
cada sábado en la tarde familiar–, esos inmuebles,
bien digo, son el bastión que Chile entero necesita.

Sus jardines: de un verdor esmaltado propio de estilistas.
Nos señalan que ahí el árbol de la vida se despliega,
imperceptible, mientras centauros, efebos y ágiles pastores
perpetran rondas al son de la vihuela. Enternece el corazón
observar la marcha blanca de los plátanos orientales
cuando la primavera ha decidido quedarse entre nosotros.

e diría que cisnes y faisanes establecieron aquí
su reino ingrávido, lejos de los clavecines de la lluvia
que las estaciones frías reparten con descuido.

Algo así merece este país aún en la edad del hierro,
exprimido, con todo respeto, por una sarta de moscas muertas
adiestradas afortunadamente en la anulación de los instintos.
Consideremos sus predios forestales quemados por la sal
o aquellos peladeros donde sólo Dios madruga. El cariño
del público nunca ha estado a la altura de las circunstancias.
Algún día el come y calla de nuestra situación insular
será discutido en sesiones plenarias sobre la autoestima.

Pasemos. Quienes hayan visitado Londinium Britannia
perdiéndose en la vida privada de sus blurred labyrinths
sabrán apreciar el gusto riguroso de los dueños; la luz,
como una oveja recién lavada, cae sobre bustos y retratos.
Este es Richard Porson, el de allá es Bernard Grenfell,
instruidos caballeros a la espera de su monumento ecuestre.
Hasta en el solemne Pireo hubiesen envidiado estas reliquias,
pruebas fidedignas de que no somos tan mal hechos.

Numerosos desarreglos políticos aquí fueron encauzados;
el juicio de la historia lo recordará al repartir sus galardones.
Para no ir más lejos, en esta mesa se resolvió en quince minutos
la situación de Haití. Hubo un llamado urgente a la cordura.
Jueces de reconocida trayectoria levantaron la voz, molestos,
y los cascos azules impusieron un orden duradero: rescataron
a los niños y a las viudas, repartieron insumos desde el aire.
Sobre la manera en que los cuerpos de paz barrieron la isla
mejor no entremos en detalles –para qué amargarse ahora.

Antes de retirarnos de los salones y sus respectivas ansiedades
admiremos en las ventanas el movimiento espontáneo de las nubes.
En algunas horas ellas serán agua o viento que se aleja,
hacia otros valles, hacia otras costas cercadas por el mar.





[Dúo de libros. Sobre tabula rasa y Sumario de Cristóbal Joannon]. Por Felipe Poblete

Considero bastante común que un poeta reniegue de sus publicaciones. En una ocasión escuché a alguno referirse a su primer libro como "mi hijo no reconocido" y a otro exclamar "¡no, ese no vale!" o bien, al recordarle a otro algún poema o verso de un libro publicado tiempo atrás, confesar un "pero esos son tiempos pasados", con una voz lenta y ceremoniosa. O el clásico "mi mejor libro es el último", tan decisivo y tan poco duradero a un tiempo.

Resulta entendible, entonces (aunque no necesariamente compartible), que los dos últimos libros de poesía de Cristóbal Joannon (Santiago, 1974), ambos publicados bajo el sello Ediciones Tácitas, estén no sólo en discontinuidad con la poética de sus publicaciones anteriores, sino que además, ni siquiera las consigne, como suele ser común, en una de las solapas, junto al manojo de pistas de la biografía del autor. Bueno, ni lo uno ni lo otro. En la solapa de tabula rasa (2005) sólo se anuncian los datos de la imagen de la portada y en Sumario (2011), nada de nada, únicamente el blanco del material, la portada no exhibe siquiera un pequeño dibujo, como es usual en el diseño de esa editorial.

Investigando un poco, aunque sin mayor profundidad ni ahínco, me encontré con la antología Diecinueve (J.C. Saez editor, 2006), gracias a la cual tuve noticia de dos publicaciones previas de este autor. La primera se titula La bicicleta y la pipa (Express, 1996), seguida de Cuaderno (Kalumet, 1998). Pero si en el libro siguiente, publicado siete años más tarde, no se consignan los trabajos que lo preceden, y ya el título establece una radical abolición de toda su obra previa (cuando no del "todo anterior", tal como promovieron los dadaístas hace un siglo), bueno, entonces convengamos con esa ilusión y comencemos de cero. Un narrador coetáneo a Joannon, dice por ahí en su libro de ensayos "vivir es hacer continuamente tabula rasa". Tal vez algo de esa hipótesis resuena aún en el origen de estos dos libros recientes.




Sobre tabula rasa no es difícil notar el tono, dar con el timbre, el ritmo, que bien gana el epíteto de prosaico, aunque muchas veces esté camuflado en una estructura de cuartetos pero que, en términos métricos, están distantes del acento interno que ese tamaño de verso demanda. Sin embargo, varios de los poemas del libro están cargados de una vitalidad inmensa, apasionada, desgarradora en ciertas zonas y en otras muy helada, casi cruel. Un libro lleno de seriedad y al mismo tiempo de pasión. El primer verso del libro se revela avasallador: "Donde dice casa debe decir ruinas," ("Duelo"). Desde el inicio la destrucción, pero también la poesía alimentada por tierras correspondientes al ámbito propio del libro: la estructura de las famosas fe de erratas (que alguien más venga a hablar de meta-literatura). El libro entero está atravesado por la desolación. Poemas breves como "Trotes en el cementerio" y "Alaska" así lo confirman.

Tomando aquel poema, "Alaska", nuevamente la violencia y la catástrofe se hacen presentes. El contenido del poema lleva la debacle interna y sentimental a las proporciones de un terremoto, como el de la portada de La Nueva Novela de Juan Luis Martínez, cuya primer publicación póstuma estuvo al cuidado del propio Joannon, Poemas del otro (Ediciones UDP, 2003). La conexión que se establece mediante el título entre una ruptura amorosa y una ruptura telúrica es deudora de una pasión exacerbada y al mismo tiempo fría, mesurada, con una voz interior que aconseja: "Borra el nombre de todas esas cartas", "Olvida cada palabra que te dijo al oído". Por lo demás, se supone que la portada del libro-objeto del poeta viñamarino corresponde a un terremoto acaecido, precisamente, en Alaska. He ahí la conexión, palpitando renuente, veladamente, como mirada en un espejo de humo.

Otro poema, "Puedes dejarte barba", articula una ácida denuncia a la hipocresía y arribismo chilenos con irónico ingenio y precisa elección de palabras: un lirismo mesurado, que trabaja en pos del contenido. En otro registro, "Cama de soltero", modula el tópico de la soledad en una melancolía más bien macerada, sin ese fervor brillante que encandila, pues el tono es reflexivo y lento, el de un solitario calmo que en lugar de ceder a la angustia destructiva, se modera meditando críticamente, o bien acarreando una "angustia perfectamente controlada" ("Abogados"), con aquel tono lleno de aciertos, e inmovible, dudosamente limpio, que a veces recuerda la aguda y reflexiva "Elegía para antes de levantarse" del poeta Sergio Madrid (1967).

Breve libro, de apenas veinte poemas, en tabula rasa domina un habla culta, muy ordenada. Sus temas convierten al libro en una fotografía de la vida urbana actual (urbana y metropolitana), muy atento al sujeto contemporáneo y a sus lineamientos psicológicos. Una fotografía de interior, en todo caso, algo así como una toma parcial pero reveladora. Debido a esto, no es raro hallar elementos como la fluoxetina, la farmacia, los psiquiatras y los psicólogos, pero también las clases media y alta, las ambulancias, la lámpara del velador, las pantallas, los ansiolíticos, los bautizos, en pocas palabras, el mundo cotidiano contemporáneo de la casa (o el departamento) especialmente, o el trabajo, y por contraparte, unos poemas que por personaje central tienen a Lesbia ("El oro y las piedras" y "Descenso"), o cuyos títulos aluden a un lejano clasicismo "Musa", "Jornadas espartanas", los cuales, pienso, se oponen al espíritu del libro.



Algo más para agregar: el poema "Los buenos modales", en cuyo interior se teje el propio trabajo de la escritura de un poema, de un soneto en este caso, narra la penosa situación mental de quien se disponía a escribirlo. Tal mecanismo es, siento, muy válido y su funcionamiento es eficaz. El gemelo de ese poema es, en Sumario, el poema "Queltehues", de título por lo menos raro, ¿qué hacen exactamente los queltehues entremedio de todo esto? Pero el poema se esculpe a sí mismo como una crítica del propio proceso de escritura: un poema que habla de las falencias de un poema que está siendo escrito en el mismo poema. Por lo demás, se mantiene el tono coloquial que el autor sostuvo durante el libro precedente, dice ahora: "En suma 'Queltehues' simplemente no volaba". Un poema-taller, o un poema sobre el cadáver de otro: "Las voluntariosas insistencias del autor / no consiguieron salvar este poema", dice al comenzar, luego va intercalando versos de aquel poema entre comillas o con cursivas. Un llamativo y sorprendente poema, aunque situado en el paroxismo de la artesanía verbal.

La cantidad de poemas en este libro es considerablemente mayor, el número aumenta de veinte a treintaidós. A su vez, el formato del libro es algo más grande, pero igualmente ingrato, mudo más bien, a la hora de dar noticia de la biografía de su autor.

Joannon modula en Sumario una voz que es muchas voces. Algo de eso hay, es cierto, en tabula rasa solo que ahora es aquello que constituye la plataforma de despegue (¿o pista de aterrizaje?) de los poemas. A ratos, pareciera que incluso la autoría de los poemas corresponde a más de un escritor, ¿será esto una posible respuesta a la utopía de que la poesía sea escrita por todos? La verdad, por el momento poco importa.

Observando un poema breve, duro y punzante, "Villa quieta", se vuelve complicada la tarea de emparentarlo con "Juvenilia" o "Cráter de Protágoras", ambos extensos y con reminiscencias arcaicas. "Villa quieta", en cambio, es radicalmente contemporáneo, de una crudeza feroz, bien potente, quizás el mejor logrado de todo el libro. Lo cito íntegro:

Soluciones habitacionales llegando a Lampa, 
pollos alimentados bajo luz ultravioleta.

En otros, ese golpe tan certero, tan directo, no está sino diseminado, suavizado entonces. Quizás no sea la mejor manera de comparar, pero aquello que sentenció Cortázar de que la novela ganaba por puntos y en cambio el cuento por nocaut, ilustra lo que quiero decir respecto a este poema breve y los otros, que no lo son, sino alargados, con versos de una alta cantidad de sílabas, muchas veces cercanos al sistema de tejido de la prosa. Contar pequeños relatos, relatos encomendados a la tarea de nombrar estados de ánimo, estados emocionales y/o mentales.

Algo nuevo constituye el injerto del idioma inglés entre ciertos versos: lo premium, los issues, my friend, el bad boy, la voz en off, el show, etcétera. No olvidemos aquí que Joannon, junto a un grupo de poetas, recientemente, publicaron su traducción del volumen de poemas de Philip Larkin, Decepciones (Ediciones Universidad de Valparaíso, 2013).

Noto en estos dos libros de Joannon una fuerte intención, una voluntad, de aproximar habla y escritura, cuestión que más allá de lo problemático de la distinción, indica ese desfase, en el poeta, entre la manera en que se habla y las formas que se utilizan al escribir. En este sentido, darle al blanco del "estresante hormigueo de lo real" ("Primeras instrucciones") es lo que consigue Joannon en estos libros.

Notemos, además, como una pista en la interpretación de este libro, que la palabra "sumario" posee una definición en el ámbito del derecho (actividad a la que el autor se dedica). El sumario, así, conforma una especie de expediente que preparará un juicio, juicio criminal por cierto. La vinculación con la criminalidad, en el libro, es sensual y es también directa, siempre sospechosa, una criminalidad desenvuelta en el cotidiano vivir: "deben ser los años", "le da lo mismo la incertidumbre generalizada" ("Comer para vivir"). Por otro lado, el sumario es también aquello que La Nueva Novela tiene en vez de índice.

Otra veta, mínima, de versos, está inserta en la confesión por los deleites textuales: Los sea harrier, Melancolía artificial y Rodas, en un largo pero cadencioso poema titulado "Primeras instrucciones", uno de los más notables del libro. También al griego Constantino Kavafis (1863-1933), en "Departamento de riego", una especie de simulada autobiografía versificada, un poema muy logrado. Sabemos que la precisión total es inalcanzable, pero si su simulación y si su efecto, este poema de largo aliento, irónico y bien bancado, constituye una mirada al panorama, al mundillo literario: "Miente quien diga no importarle", dice. Un poema desbocado en su correcta argumentación, en su lógica, va orgánicamente abriéndose página abajo, modulando las velocidades, casi confiriendo entonaciones a las palabras impresas (¿y cómo?). Hacia el final, anuncia "A riesgo de cansarte, con esto termino". Notable.

Nadando en un mismo flujo, este dúo de libros se abre hacia diversos escenarios del laberinto mental que tenemos dentro, algo así como un mar personal. El segundo explorando mucho más allá de la intensidad amoroso-sentimental, que en la mayoría de los casos cae abruptamente en la melancolía. Pero en fin, tal vez para ir aprendiendo a cruzarla sin juntar demasiadas heridas, para aproximarnos a estar "en verde en el semáforo de la vida" ("Elevator report").


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