domingo, 15 de marzo de 2015

PERLA ROTZAIT [15.217] Poeta de Argentina



Perla Rotzait 

(Buenos Aires, 1920) nació un 12 de febrero, día de Carnaval. Dato éste que siempre la perturbó; por aquello de las máscaras / personas, seguramente.

Ediciones Bajo la luna ha publicado su obra reunida que incluye trece libros: entre 1962 y 2006. Son dos libros muy bien encuadernados que además se presentan en una cajita.

Perla Rotzait lleva publicados trece libros de poemas, en Argentina y en España: Cuando las sombras(Losada, 1961; Pre-textos, España, 2007), con un poema de Rafael Alberti a modo de prólogo; El temerario (Losada, 1965); La postergación (Losada, 1966); El otro río (Ediciones Testigo, 1970); La seducción (Ediciones Dead Weight); Quieras que no (Ediciones Dead Weight, 1978); Antología poética (Grupo Editor Latinoamericano, 1988); Es un largo camino(Grupo Editor Latinoamericano, 1991); Puertas que se abren (Grupo Editor Latinoamericano, 1996); Tu cabello de ceniza Sulamita (Grupo Editor Latinoamericano, 1999); Dos poemas inexorables, largos y con argumento (Tsé-Tsé, 2001); Todo se ha dicho (Tsé-Tsé, 2002); Alguien leía mis poemas (Random House Mondadori, España, 2002 ) y El cuerpo (Alción Editora, 2007). ella ríe sin embargo incluye las obras inéditas: y tendrá tus ojos y Siete veces cero siete veces noche.

Recibió premios de la Sade, del Fondo Nacional de Poesía, del Centro Cultural de España y el Premio Municipal.

Compartió su amistad con María Teresa León y Rafael Alberti, Aurora Bernárdez, Miguel Ángel Asturias, Chichita e Italo Calvino, Olga Orozco, Arnaldo Orfila Reynal, Alejandra Pizarnik, Elizabeth Azcona Cranwell, Jorgelina Loubet, Alberto Girri, Miguel Roig, Ernesto Schoo, Lorenzo Varela, Susana y William Shand, Juan Batlle Planas, María Granata y otros.




Algunos poemas

El rey sabía que el condenado a muerte era inocente.
y no tenía atribuciones ante el Tribunal de la 
ocupación.
recordó una vieja ley de la sustitución de los
cuerpos.
y exigió ser ajusticiado en el lugar del condenado.
el rey sabía que un pueblo que odia es un pueblo 
condenado y que un acto ejemplar puede salvarlo.

(de Poemas con destino y prosa)





Llevo puesto un impermeable largo y abro mi paraguas lleno de
flores. El paraguas y el impermeable son de color naranja. El 
color naranja y las ventanas son imprescindibles: la habitación se 
llena de pájaros que vuelan en silencio alrededor de la lámpara. La
magia dura sólo un instante: se acerca un grito. Cada vez más y más cerca
y persistente. Los pájaros se pelean, luchan, destrozan los objetos de la 
habitación, me destrozan.


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No bastaba matarlos. Primero debían degradarlos, convertir al 
hombre en una cosa, hueso y piel, en un esclavo, en un oso al 
que se le hace bailar desnudo, besarles las botas, correr hasta
que los perros furiosos lo destrozaban. Porque esos hombres no 
merecían vivir porque no eran hombres. Así, denigrados, quitándoles 
su existencia, su propia estima – su condición de seres humanos-, cerraban
el círculo de sus creencias: no eran hombres. El resto, ya se sabe, lo hicieron
las cámaras de gas.

No puedo imaginar
No puedo entender

(de Tu cabello de ceniza sulamita)







(...)

Manejas el espacio con la geometría.
Manejas el tiempo con el tic tac del corazón.
Manejas tus silencios, manejas tu dolor.
¿Quién maneja lo que manejas?

(...)

Estás muy bien estructurado. Contra los vientos.
Contra las contrariedades. Contra la risa.
        Contra la felicidad.
¿De qué, de quién te defiendes?
¿Quién te ataca?

Los latidos del corazón.

Fragmentos de Es un largo camino




XVI

PORQUE TE PESA
como un crimen oculto
buscar y decidir
Porque la vida
se acerca
y te descubre
Tienes la mirada lucida
el gesto de espera
la sonrisa inquieta
de quien sabe



XXXVII

ROGASTE QUE TE VIERAN
y te enquistaste en tí

Tanto pudor sientes
de estar viva



VII

BORRARAN TUS PALABRAS
y nada quedara
de lo acercado al alma
hablando quedo

Y un vuelo de tigre
y una negación temerosa
borrarán tus palabras
y nada quedara



XVI

TAN CALMO COMO PUEDE ESTAR
el corazón del hombre
—juntando el último
pequeño pedazo de tiempo—
descorrí el pasado

Y nada fue sol
como ayudarte a vivir



III

ANTES DE CONOCERTE,
conocí ya
la intranquilidad
de transitar el día
nublado,
buscando
veredas nuevas
para el desasosiego.

Antes de saber
que no te vería ya,
antes de que lo supieses,
pues me acerco
y me voy cuando resuelvo,
supe ya
la intranquilidad
de habitar mis ángeles
con vuelos.
No es par tí que sufro.
No es par tí que temo.

Es por mí,
mensajera
del absoluto roto.
Caminante
de vida en el ensueño.
Jirones de tiempo.
Jirones de tiempo.
Que tan poco cubren
la culpa ancestral
de algún llamado.



A. miraba entre el humo de la pipa y la alta
ventana, el jacarandá florecido.
Se le acercó su hijo M. y le dijo,

—me duele la tristeza, pensó A.
—cuando la impaciente ira
cambia el nombre de los hombres
frente al mismo orden de las cosas,
es cuando llegan los años.
Intuyó un orden distinto.
Pero no alcamezó a ver al hijo de su hijo.



Había llegado al fondo de la locura,
por eso salió indemne.
Y cada día inició la reconquista,
—he aquí la calma—
y como ya nada pudo dolerle,
fue claro en su juicio.
Y cuando supo que el único
enemigo temible es el odio,
dejo de odiar a su enemigo.
Y su corazón admitió también
la maldad, pero nunca
el resentimiento,
—he aquí la calma—
y finalmente eligió
el deber antes que el placer,
pues supo que el día del juicio
debería responder por lo que no hizo,
por no haber ejercitado las notas
que le fueron dadas,
habiendo podido.




DE DONDE TODO EL TIEMPO
ES NADA PARA LA PAZ

Quise decirte olvido, simplemente,
—los actos olvidados—
y te dije: el tiempo es un aliado,
aguarda que cubra la memoria.

Quise decirte tiempo-memoria-olvido
simplemente, y te dije:
la espera es sangre de un rojo insoportable.



5

El dolor es el hueco donde alguna vez sucedió.
Es la niebla que olvida el contorno,
que olvida la transparencia donde alguna vez
sucedieron tu rostro, el color y la calma.



46

El lenguaje es la columna vertebral.
No la quiebro.
A veces el silencio inventa
una estructura
una pared
un patio
un espacio donde tu ingenio
jugó tantas veces.



50

Pero mira:
la palabra es tan incierta
que nombra y para nombrar
se aleja de la palabra
y crea la metáfora
y las referencias a metáforas
antiguas
y si no sabes, si no estás inmerso
en los siglos,
la palabra es puro sonido
que no te contiene.



Arrodillado. Los rezos son confesión.
Una a una sus carencias.
Pero y sobre todo, el miedo.
Alejamiento, elección: el no puede competir.
Único. Único es su reino, único es su yo.
Se extiende en todo, y sobre todo el miedo.
No sabe competir.
No sabe repartir.
Todo y único. El mundo entero para él.
De otra forma, no existe.
La visión múltiple lo entristece.
Sólo cuando están muertos, acepta esa visión:
vivos, no sabe competir, no sabe compartir.
El universo es él.
Negárselo es proyectar sombras en la oscuridad,
imagen del aire en el espejo.
La imagen del aire traspasando el espejo.
Es así, sufre pero no puede.

Delgado sufrimiento, y sobre todo miedo.




Roxana Artal, Perla Rotzait


[ Entrevista ]

Perla Rotzait
Ella ríe sin embargo
por Damián Blas Vives y Roxana Artal





Evaristo Cultural: Me gustaría empezar por una pregunta amplia pero insoslayable: ¿qué es para vos la poesía?

Perla Rotzait: No lo sé.



EC: ¿Siempre escribiste poesía?

PR: Sí, aún cuando los textos han tenido forma de prosa, como El otro río. La gente me dice que eso es prosa y yo me sorprendo porque para mí es una especie de nouvelle poética; para mí sigue siendo poesía...



EC: ¿Cómo han sido tus comienzos en la escritura?

PR: Yo recuerdo haber escrito siempre, lamento haber roto cosas, porque por curiosidad me hubiera gustado tener esos textos. Yo no guardo los originales; sé que todo el mundo los guarda y sé incluso que eso tiene un valor bibliográfico —si no queremos hablar del económico...—. A mí los que me dieron la pauta de que a lo mejor algo de lo que escribía podía tener un cierto valor fueron los Alberti —Rafael y María Teresa León—, que un buen día me pidieron las cosas y se mostraron muy interesados en que publicara y siguiera escribiendo. Eso fue de una gran generosidad de parte de ellos, que fueron amigos míos a quienes recuerdo con mucho amor. Yo, aunque empecé a publicar muy grande, vengo de una generación en la que éramos todos muy críticos. No es por compararme con nadie, pero hace unos días escuché una maravillosa entrevista que le hicieron a Julio Cortázar y él decía justamente esto: que nuestra generación era terriblemente exigente, si no era Shakespeare era una porquería.



EC: Sí, y eso se nota no sólo en la escritura lírica sino en los trabajos de crítica literaria, tenían una ilustración que no ha sobrevivido a las últimas tres o cuatro décadas...

PR: Pero es que nada sobrevivió, todo se pauperizó. La sensación de milagro que tenía mi generación con relación al arte ha desaparecido. En la actualidad hay cosas muy distintas a aquello —no es que yo esté en contra del arte que se muestra y luego se tira a la basura porque la intención fue simplemente mostrarlo en un determinado lugar—. Yo creo que está bien que cada uno haga lo que quiera —no quiero imponer leyes a la necesidad del ser humano de crear— pero la gente de mi generación tenía un respeto muy reverencial al hecho de la creación, y por eso yo cuando escribí el primer libro dije "Bueno, es una porquería, pero es lo que yo sé hacer y basta", y me lo quería sacar de encima porque sabía que si no lo publicaba iba a estar siempre girando alrededor de ese mismo libro y que no iba a poder seguir adelante... Y es así.



EC: En estos dos tomos está todo lo que publicaste, pero se observa una brecha del 78 al 91. ¿Qué sucedió en esos más de diez años?

PR: En ese momento era muy importante para mí ese punto: si no es Shakespeare, no es nada; y cuando escribía lo hacía por necesidad. El hecho de que yo lo guardara en un cajón no significaba que no escribiera...



EC: ¿Mucho permaneció guardado?

PR: Yo rompí muchas cosas, y lo lamento.



EC: ¿Considerabas que no tenía valor literario?

PR: No sé, yo no juzgaba demasiado mis textos; es muy difícil crear y juzgar. Hace poco me pasó algo muy curioso con una muchacha que tenía interés en mi obra... Había un libro que yo no sabía si incluirlo o no en la Obra reunida porque no veía que fuera muy propio, no me veía reflejada allí. Resulta que esta muchacha me vino a ver y lo primero que me dijo fue que ese libro había sido el que más le había impactado. Ahí me di cuenta de que uno nunca sabe...



EC: Vos abrís tu Obra reunida con una dedicatoria al lector. ¿Cómo concebís la idea de la recepción? ¿Pensás en un lector cuando escribís?

PR: No, por eso cuando uno publica es como si el libro dejara de pertenecerle, ya no es mío, es como si el libro hubiera desaparecido. Yo recuerdo una vez que un amigo me contó que estando en no sé qué plaza había un señor leyendo mi libro; yo no le creí para nada, le agradecí pues era una caricia enorme para mi ego, pero no le creí nada. A lo mejor era cierto que algún muchacho, pobrecito, estaba leyendo mi libro...



EC: La tuya es una poesía escrita muy desde una interioridad y, siendo parte de la generación a la que pertenecés, sos una de las pocas voces que mantiene su obra al margen del mundo de la política...

PR: Es verdad, la realidad política para mí va por otro lado. No es que yo sea indiferente ni que no tenga tomada una postura en relación a la política; sería disparatado pues vivo en este mundo. Pero nunca entendí lo que se llamó la poesía comprometida, porque en todo eso hay una intencionalidad y lo que no está conmigo es eso. Yo no escribo ni siquiera queriendo ser poeta, yo escribo porque lo necesito; todo lo demás va por otro camino; y yo no necesito hablar de política en mi poesía. Aparte, yo no sé mucho de política, tengo mis inclinaciones y sé en qué vereda estoy, pero sólo eso.



EC: Suele hablarse mucho de la figura del escritor comprometido, de la ética del escritor... ¿Vos entonces pensás que el comprometido es el hombre, más allá del escritor...?

PR: Exactamente, yo tengo esa sensación; la ética pertenece al ser humano. Es una de las cosas con las que yo combino muy bien. Te diré que más que con la estética —salvo que sean lo mismo, no lo sé—, yo combino muy bien con la ética. Creo que realmente uno es en el momento de la muerte. Vos no sabés bien quién sos hasta el momento de tu muerte, si yo —que por ahora no maté a nadie— un año antes de morirme, por los motivos que fuere, le quito la vida a alguien, eso va a marcarme... Yo no sé que trayectoria va a seguir mi vida... ¿Qué puedo decir? No lo sé.



EC: La figura del miedo, la de "las catedrales del miedo" tiene una presencia muy fuerte en tu poética: "Aparecerá la oscura búsqueda / en otro / la oscura insatisfacción del miedo"; "El miedo tiene el rostro mutable / El miedo tiene el rostro de todos los silencios". ¿Qué es el miedo ese que se instala en tu poética? ¿Miedo a qué? ¿Es posible combatirlo? ¿Cómo? ¿Qué lugar ocupa en tu relación con la poesía?

PR: Bueno, cuando vos llegás a tener la conciencia de la precariedad —pues cuando sos joven creés que todo lo que a vos te importa es para siempre, incluso el amor—, cuando empezás a sentir que todo es precario y que ni siquiera el amor es para siempre, te da esa sensación de estar como en el aire, que es muy parecida al miedo.



EC: ¿Hay algo en el acto poético que permita ir contra eso?

PR: Yo pienso que no hay para qué luchar; yo no tengo paradigmas. Si el miedo forma parte de la vida y de mi vida, ahí está, lo veo y trato de entenderlo. Si vos entendés dónde está, el miedo te resulta familiar. Es lo que yo creo, pero nada de lo que digo lo tomen como si fuera la Biblia.



EC: Dice uno de tus poemas: "Hace un año, le recordó L. a N., dijiste: / —Dios está en nosotros, el milagro es encontrarnos. / Quién era ese ser cuya audacia remontaba / las definiciones?, pensó N. Y dijo: // —Soy la sombra de Dios en mi oscuridad". En tus textos aparecen con naturalidad dioses, justos y pecadores, condenados, ángeles, servidores, culpas y salvaciones... ¿Sos un ser religioso?

PR: No, soy un ser místico, o por lo menos quiero serlo. Digo que religiosa no soy en el sentido de que no adhiero a normas. No es que yo esté en contra de la religión, respeto cualquier creencia, porque en definitiva son concreciones de las necesidades del ser humano. No es casual que inventemos religiones; evidentemente las necesitamos. Pero yo me considero más que nada un ser místico; la misma naturaleza me llena de fervor, el hecho de ver una planta me llena de asombro, la caída del sol me parece una maravilla... Yo recuerdo cuando era adolescente, una vez que estaba en la quinta de una prima mía recostada sobre la hierba mirando el cielo y de pronto eso fue para mí una revelación, pensé "Dios existe", pues era tal la belleza que tenía que tratarse de algo superior. Ese "Dios existe" no quería decir literalmente que yo creyera en un Dios, pero sí en algo superior. Me resultaba extraordinaria esa belleza y también el hecho de sentir que yo la estaba captando... Porque, ¿cómo sabía yo que eso era bello? Eso también me resultó extraordinario.



EC: ¿Viviste siempre en el país?

PR: Yo no estuve exiliada, siempre viví en el país, y las únicas persecuciones que he tenido han sido las de mi propio miedo. Hubo temporadas en las que he tenido mucho miedo, incluso respecto de gobiernos argentinos. Yo salía de mi casa y pensaba "Ojalá vuelva". No porque yo estuviera comprometida en política, pero era una temporada en que una bala perdida te podía caer muy fácilmente. Fueron temporadas bravas las que hemos pasado en este país.



EC: ¿Cómo fue tu vida durante esas temporadas?

PR: Yo he tenido una vida muy linda. Por empezar, gracias a haber conocido a mi marido. Yo era una burguesita —no lo digo peyorativamente—, no tenía grandes problemas... Cierto tipo de realidad la empecé a comprender a través de mi marido. Creo que con él me hice más persona.



EC: ¿Viviste de la escritura?

PR: No, yo viví primero porque tuve un padre en buena posición económica, y segundo porque tuve un marido que me dio todas las comodidades del mundo. Independientemente de eso, nunca nada de lo que fuera literario me dio un centavo. Pero aparte yo era abogada y podía, gracias a tener ese apoyo, ejercer con libertad, podía elegir. La vida es así, uno se maneja de acuerdo a sus circunstancias, y la realidad es que yo estuve protegida.



EC: Y como abogada, ¿qué especialidad te interesaba más?

PR: A mí me interesaba el Derecho Penal, pero no me atreví a ejercerlo. Cuando ví que cuando uno toma un tema penal lo primero que hay que hacer es pagar coimas; supe que eso no era para mí. Más allá de eso, el Derecho Penal es de lo más lindo que hay cuando uno estudia. Es como si leyeras una novela de Dickens... Es precioso, una maravilla...



EC: Leamos otro de tus poemas: "—Pasó años persiguiendo El Personaje que encarna / el acto ejemplar para imitarlo, dijo. / —Tardó en descubrir que no existe el acto ejemplar, / contestó. / —Pero también supo que en una u otra forma todos / persiguen por años encarnar El Personaje, dijo. / —Luego cada uno, termina por inventar audazmente su / personaje, contestó. / —No es audacia, dijo, es la soledad". ¿Cómo definirías al personaje que has encarnado a lo largo de tu vida? ¿Y a lo que queda por fuera de él? ¿En qué lugar se ubica, en esa relación, la poesía?

PR: El Personaje es el ideal que tenemos todos de lo que debería ser el ser humano y nuestra propia realidad. Ahora, ¿cómo lo encarné yo? Linda pregunta... ¡Yo qué sé! El personaje es el ideal, y en el fondo uno sabe que es imposible responder a ese ideal. Lo que sucede es que el ser humano es un invento extraordinario, a pesar de todo. Lo digo, pues al mismo tiempo que mata hace la novena sinfonía de Beethoven.



EC: ¿Y cuál es tu ideal?

PR: A mí me interesa ser buena persona y que los demás lo sean, todo lo demás va por añadidura. Partiendo de esa base, si a eso le agregás el talento, el genio, la belleza, etc... maravilloso. Pero lo importante es ser una buena persona.



EC: No para todos significa lo mismo ser buena persona...

PR: Seguramente. Pero hay ciertas cosas del decálogo que son indiscutibles. Si vos leés "no matarás", te parece que una buena persona debería no matar. Yo pienso que todos tenemos el instinto de matar, pero llegás a ser una buena persona cuando podés dominar eso. Ahora, el que no lo puede dominar, no sé hasta qué punto es responsable pues en su naturaleza está no poder dominarlo. Todo es muy complejo en ese sentido. Yo creo que no hay posibilidad de estar muy orgullosos de nada, porque todo nos es regalado; si tenés talento es una cosa que te viene, y si tenés bondad, lo mismo. Yo le tengo mucha simpatía a Caín, porque ¿qué culpa tuvo él? Él no lo eligió, fueron los roles. Abel es un santo y el otro a su manera también, o más bien es la negación de esa santidad.



EC: O la afirmación de la humanidad...

PR: Es eso, sí.



EC: "Dijo el ángel de la nostalgia: / el destino preservado se asemeja / a la vergüenza". También la presencia del destino ronda tu obra. ¿Cuál es tu concepción acerca del destino?

PR: El destino es lo que uno va haciendo y lo que termina siendo en el momento de su muerte, es toda su trayectoria, cómo vas creciendo. En ese crecimiento hay tantas cosas que te ayudan o te perjudican... No es lo mismo la posibilidad que tuve yo, viniendo de una casa acomodada, al destino que puede tener un obrero, o su hijo...



EC: A mí me da la sensación que en la última década y media empezaron a cristalizarse más las clases sociales en Latinoamérica...

PR: No, mi sensación es otra. Como no se da esa especie de aristocracia que se da en Europa, por ejemplo, son otras; acá las clases van subiendo a medida que tienen poder, y ese poder puede no venir de los ancestros sino que puede venir por otras fuentes, ya sea la política, el fútbol. Fijate el poder económico que representa el fútbol hoy día...



EC: Al comienzo de "Alguien leía mis poemas" escribís en una nota al lector: "El poeta escribe el poema, pero ignora". ¿Te has descubierto en o sorprendido de lo escrito muchas veces?

PR: Todos los días me pregunto ¿de dónde salió esto? La contrapartida es que hay una aceptación de mi parte y no hay vergüenza, lo cual me confirma que eso era lo que yo necesitaba. Puede parecer vanidad pero es lo que a mí me pasa y lo tengo que decir: no hay vez que yo lea un poema y sienta rechazo, siempre siento que era lo que yo quería y necesitaba decir.



EC: Las causas que te han llevado a escribir ¿han sido coincidentes a lo largo de tu vida?

PR: La causa que me lleva a escribir es, primero de todo, la necesidad y, segundo, la vida. Con independencia del resultado, el hecho de escribir es una maravilla, uno puede no conocer bien el valor de lo que escribe, pero la sensación de la escritura, el hecho de poder decir, de poder verte ahí, del otro lado, como si fueras vos, es una maravilla... Yo escribo por necesidad; nunca pensé en hacer una carrera poética. Se nota mucho cuando la gente escribe porque quiere ser poeta o quiere tener un lugar en la poesía, y con muchos poetas a mí me ha pasado eso, eso de decir "está haciendo poesía", que no es lo mismo que decir "es un poeta".



EC: ¿Y tenés registro, a lo largo de tu vida, de momentos o lugares comunes en vos en los que esa necesidad de escribir se manifestara con particular fuerza?

PR: La verdad es que tengo muy mala memoria, no recuerdo demasiado. Pero sí me ha pasado de desesperarme y levantarme de la cama. Una vez me desperté con una cantinela "árboles lloran por lluvias"... y dale con eso, y dale con eso... Tuve que levantarme y escribir algo con eso porque sino no iba a poder dormir...



EC: ¿Sos de corregir mucho?

PR: No, es como una cosa interior, como una fruta que cae, va por adentro. Si vos me preguntaras si hay una especie de situación mental o corporal antes de escribir el poema, te digo que sí, pero en el momento en que me pongo a escribir es como si por dentro se hubiera resuelto.



EC: ¿Escribís a mano?

PR: Sí, todavía.



EC: ¿Cuáles son los autores que más te han marcado?

PR: No sabría qué contestarte... Puedo decir que hay autores que me han sido vitales como los que integran el Existencialismo ateo —no sé si existe esa definición, sí se que existe un existencialismo religioso y por eso lo diferencio—. Me refiero a Camus, a Sartre... Pero la verdad es que me gustan muchas cosas de muchas épocas y de muchos autores...



EC: "Somos una isla (...) encerrado en un círculo no puedes dar ni recibir". La soledad —"esa que ofende a los fantasmas", "ese camino poblado de silencio"— es también una presencia importante en tu poética. ¿Te resulta algo inherente a la figura del poeta? ¿Cómo te llevás con ella?

PR: Yo creo que es inherente al hombre... Y la acaricio de vez en cuando. En la medida en que uno lo puede ver deja de angustiarte. Lo mismo me pasa con la muerte, yo soy una persona muy grande, me queda poco tiempo, si es que tengo suerte, apenas unos años... Hay un poema en el que yo digo que a la muerte la llevo de la mano hasta volverla tenue... Y es así, cuando uno se da cuenta de que esta maravilla de vida que nos fue dada tiene un comienzo y un fin, es como todo un camino, no es que el momento de la muerte es el momento de la muerte, es el momento del fin, porque ese camino lo fuiste vivenciando. A mí la muerte no me angustia. Tengo miedo de que en ese momento me pase otra cosa, pero por ahora no. Yo sé que es parte de lo que me fue dado.



EC: Hay uno de tus primeros poemas que me resulta de una potencia fatal: "Modeló una máscara / a su imagen y semejanza / Cuidadosamente / la clavó sobre mi rostro // Y nunca supo de mí". Años más tarde, escribiste: "Porque mis voces interiores / se hacían trofeos, / justos designios / y expuesta a otros ojos / que extraen mis atributos / —reduciéndome o sumándome— / modificaban el alma / en intentos vanos de verdad, // y me apartaban de mí". Aparece en todo esto la configuración de lo propio, el peligro de la pérdida de lo propio a partir de la presencia o prefiguración de lo otro, del otro. ¿Es la poesía una vía de acceso al propio ser? ¿Es, por lo tanto, un camino hacia la verdad?

PR: La poesía no es otra cosa que eso. Ése es el poema dedicado a Ofelia. Y todo está en lo que dice Hamlet: "Si el hombre va hacia esta agua y se ahoga / quieras que no / el caso es que va / fíjate en eso". Es extraordinario. Lo importante para mí no es tanto que se ahoga sino que va a ahogarse. Y es así.



EC: En tu poesía, las palabras borran ("Las palabras borraban / la inercia / el vacío presente"), las palabras dicen ("Poder decir / es como si ya se suavizara / el miedo"), las palabras hacen sufrir ("tú sufres frente a las palabras / como un amante desesperado"). Pero también, por y para nombrar, se alejan y te alejan de lo nombrado... ¿Cómo convive el poeta con todas estas contradicciones y misterios del lenguaje?

PR: Yo no lo había pensado nunca, pero supongo que de alguna manera inconciente —se llame inspiración o como fuere—, en el momento de la creación no hay contradicciones respecto al lenguaje. En ese momento, el lenguaje es el arma del poeta y es su deber dominarla sino, a la primera de cambio, te ponen un estilete y te matan. Pero ¡ojo!, yo hablo por aproximación, por lo que creo, pienso y siento.



EC: "Despojado, dijo. / No es así como atestiguan las palabras. / Despojado de pasiones, agregó". ¿De qué forma atestiguan las palabras, cómo testimonian?

PR: Se me ocurre ponerte como ejemplo el jusques de Zola. Yo creo que las palabras, metafóricamente, hasta pueden llegar a matar. A veces alguien te dice algo y eso puede ser la muerte de algo tuyo, y uno sigue viviendo con esa parte muerta dentro. Las palabras son terribles. Son una maravilla y al mismo tiempo son terribles.



EC: ¿Cómo ves el panorama de la poesía nacional actual?

PR: La verdad es que no conozco mucho, soy una lectora muy desordenada.



EC: ¿Cómo te relacionás con los poetas de tu generación?

PR: No sé cuáles son los poetas de mi generación. Yo escribo en un momento en que parecería que fuera mi generación, pero es gente mucho más joven que yo. Yo he sido muy amiga de Olga Orozco, de Alejandra Pizarnik... Ésa era gente de mi generación...



EC: ¿A Susana Thénon la conociste?

PR: Muy de pasada, y me dio mucha pena su muerte, tan joven...



EC: ¿Y cómo fue tu relación con Pizarnik?

PR: Muy buena. Lo que pasa es que Alejandra era una criatura muy extraña. Yo me llevaba muy bien con ella... Siempre cuento la misma anécdota: en mi dormitorio, el teléfono estaba del lado de mi marido. Por las noches, en general, no llamaba nadie, porque... ¿quién te puede llamar a las tres de la mañana? Alejandra. Entonces Enrique, en su voluntad protectora, oficiaba un poco de intermediario, y la conversación se daba con él. Ella le contaba con todo detalle por qué la vecina la perseguía, y la vecina estaba en otro departamento... Era un personaje muy fuera de lo común.



EC: ¿Qué sentiste cuando Bajo la luna te propuso sacar esta edición tan bonita?

PR: Lo primero que pensé fue "Pero si yo no tengo obra, ¿qué van a reunir?". Y cuando vi que eran dos tomos me quise morir. Dije: "¿y esto de dónde salió?". Lo que siento ahora es que es una edición extraordinaria; le tengo mucha bronca porque el 99% de la gente que me habla de la edición no me dice que le interesaron mucho mis poemas o esas cosas que se dicen, me habla de lo preciosa que es la edición (risas).



EC: ¿Sentís que tu escritura cambió, evolucionó, progresó en algún sentido a lo largo de los años? ¿Percibís la continuidad en tu obra?

PR: No lo sé, yo no soy buena crítica, ni de mi obra ni de la de los demás. Yo cuando leo sé si me gusta o no, pero no puedo objetivar y hacer una crítica; me gusta o no por tales y tales motivos. Lo que te puedo decir es que, por ejemplo, yo leo Cuando la sombras —que es mi primer libro— y te diría Cuando el asombro. Realmente me asombra de dónde salió todo eso. No tengo para nada una sensación de ruptura, me reconozco absolutamente allí.



EC: ¿Por qué Ella ríe sin embargo?

PR: Porque ese "sin embargo" resume mucho mi vida.



EC: Sin embargo, al comienzo dijiste que has tenido una vida muy linda...

PR: Tuve una vida muy linda, sin embargo.




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