domingo, 15 de marzo de 2015

MARÍA CRISTINA SANTIAGO [15.218] Poeta de Argentina


María Cristina Santiago

Nació en Buenos Aires, ciudad donde reside. Profesora en Letras (UBA), tiene un lugar destacado como poeta, narradora, traductora y editora. Miembro de la Fundación Nusud, del consejo de redacción de la revista “El desierto”, codirectora de Libros de Alejandria, colabora con los principales medios locales e internacionales.

Participó en la organización de la Antología Oral de la Poesía Argentina, en el Centro Cultural San Martín.

Entre sus múltiples publicaciones, destacamos los libros de poesía: Soy el lugar de las apariciones, Fuera del serrallo, Vidrieras de Ámsterdam, El libro de las aguas, Siempreviva. Además de la nouvelle Lucía, por mirar de reojo, obra pionera en su género que la hizo acreedora de elogiosos comentarios y estudios críticos.

Fue incluida en innumerables antologías locales y extranjeras. Obtuvo cuantiosos premios, entre ellos Fondo Nacional de las Artes 1995, jurado integrado por Joaquín O. Gianuzzi, Manuela Fingeret y Esteban Moore.



De su libro Siempreviva

4

Este es un cajón
donde cabe de todo.
Cuatrocientos kilos de piedras
le pusieron
para que no se moviera.
Veinte millones de cuerpos
hay adentro.
Veinte
y sus almitas
viajan a la intemperie.
A los tumbos
los barquitos pintados
llevándose a la muerta
como si el barco
ondeara
un carrito de cartones.



7

Era una sola
sombra larga y eran
doscientas las coronas,
aunque ahora que lo pienso
tal vez más de doscientas.
Tenían naranjas y en las manos
jarras de mate cocicdo.
Eran sombras de pelo desgreñado
el murmullo y los pañuelos
rezaban como si nunca
hubieran visto la noche
que se volvía mortal
a las veinte y veinticinco.
Esa noche
noche larga.



10

Ahora sólo soy espíritu
por fin pude arrojarme
al aire liberada
y soy también magnífica
energía que se desprende
del cadáver que besan
con unción, tocarlo quieren
y otros despedazarlo
para imprimir en cada miembro
las letras

de la palabra patria.





María Cristina Santiago: 
Vidrieras de Ámsterdam




Premiado en 1995 por el Fondo Nacional de las Artes, Vidrieras de Amsterdam fue publicado ese mismo año por Editorial Nusud. En 2011, Ediciones del Dock lo editó en su prestigiosa colección Pez náufrago. Ahora tenemos la oportunidad de encontrarlo en el formato e-book.

Imaginación, desafío y conciencia crítica

Estructurado en tres partes -Ropa de Entrecasa, Hoja de Ruta y Opus Magum-, Vidrieras de Amsterdam nos propone un viaje, un camino: desde el interior de la casa, el ámbito doméstico, cotidiano y conocido, el yo poético programa una travesía a mundos lejanos “Rumbo al Oriente” y un “Regreso de Damasco”, un ida y vuelta que no da respiro a la imaginación creadora y el pensamiento crítico.





Primero como una forma de insatisfacción ante el mundo que lo rodea, luego como reclamo por aquello que parece prohibido, lejano o inalcanzable, 

“Subido a una pompa de jabón,
inoportuno, el pensamiento se abre/de soslayo”. 


“Confieso: lo único que no es ficción
es el poema. Asunto de cuerpos nada más
lo del llamado a lo admirable.
Lo otro, la ilusión/una mosca incómoda”.

En el interior de la casa, el yo poético mira su realidad y, entre lavado de copas y platos, lustre de la platería, preparación de comida para los hijos, alterna la mirada sobre las cuestiones prácticas con la reflexión y el análisis de su situación y la de quienes pasan por lo mismo: 

“Sin prisa mas sin pausa
posponer el momento,
agujas de un reloj que acosa
a la conciencia.
Teme reconocerse sin reproches
en un deseo incompleto”. 


“La paciencia es fatal: engaña a la mujer
que cree estar viva sin ver que hasta la espuma
incontrolable muere en la canilla”.



Imagen en la tapa de la primera edición: Mujer saliendo del psicoanalista, óleo de Remedios Varo

Nos toman por asalto las imágenes de lo negado, del escritor encerrado y el lenguaje en el límite, de modo tal que cada palabra resulta una transgresión, cada verso una señal, cada poema un indicio. 


“Si intentas ser lo que el otro cree
resultas sometida a esa mirada”


“Entre la sensatez y la locura
no hay respiración ni línea divisoria.
Todo es cuestión de tiempo -le dice-
persistir hasta ubicar el centro”


“Hazaña de reconocimiento hacia el vacío
la tarea implica casi, lograr
el punto justo”. 


La autora articuló un lenguaje desdoblado que siembra pistas para que el lector encuentre tanto la historia como una poética. 


“Escribir no escribir
¿acaso importa?
Letra lamda. Frutillita del sur,
esa elegida para salvar el reino.
Qué ironía. La lira entre mis manos
y no saber tocar ni una sonata”.



Por este camino, con la travesía propuesta, se encuentra la poesía. En la escritura el sujeto hallará lo que falta, la ausencia, la propia voz. Es así que en el cierre, Opus Magnum, logra la síntesis de “inmóvil punto que gira” a la propia conciencia “de mi pasado cuenta solo / lo que escribo”. “Hay dos clases de poesía. La que sólo se oye, la que/además se ve”.
Vidrieras de Amsterdam restaura y restituye un lugar, un espacio donde es posible la palabra, la zona donde reside la escritura. Entre la verdad y la apariencia, entre la analogía y la metáfora, este viaje es un desplazamiento que permite descubrir al mirar. Ver tanto lo que se expone detrás de las vidrieras como lo que circula por el exterior, en las veredas. Dialéctica del exterior y de la intimidad, lo cerrado y lo abierto.
El yo poético cruzó el umbral y nos trae lo visto y lo oído: sin trampas ni espejismos. Con la memoria de ayer, de hoy y de mañana. La aventura para el lector es recoger el guante y animarse a seguir sus pasos.



LA SOMBRA

La invención del deseo no es otra
cosa que deseo y no tiene más
cara que el olvido.
Esa que fui soy y me persigue
por cocinas de barro donde
almacenamos los hartazgos
en tardes de domingo.

Pronombres de una pira
que se apagó en lo cotidiano.
Nadie espera que el muerto
resucite. La marmita ya derramó su contenido.
Perfecto no resultó
el brebaje. Comprendimos: nada
más iluso, mantener inmóviles
cuerpos entrelazados
con sedales rotos.
A pesar de ellos mismos
ya son tumbas
que los curiosos miran de través
al pasar las vidrieras de Amsterdam.




TAPICES

Para regresar de un viaje al sur
tomamos el camino de la Conquista.
Un vasto horizonte donde
la velocidad no está prohibida.
los perros atraviesan la ruta
y una se pregunta
de dónde vendrán los pobrecitos
buscando agua.

En un telar de dos metros de alto
se está inscribiendo
ese paisaje.
Acaso intuyes que toda trama
va a parar al infinito.

Frente al bastidor paso la lana,
los colores siempre los mismos
en la mezcla. Un sólo ademán y fijo
la línea recta que une el pasado y el presente.
En medio confluyen los matices.

Parada y ya sin posibilidades
de asombrarme, contemplo la obra. Hace
calor. Abro y cierro el abanico
acompasadamente. Con sedoso pelo
de una nutria, apoyo mi pincel
y dejo un punto en el centro justo
del paisaje.
Corazón deshabitado de la pampa.




TRÁFICO DE ORIENTE

He venido camino de Damasco
Clausuró sus ventanas
Y la aventura se desflora
en un cuarto tapiado.
Gesto de manos asimétricas
estrechan la dura sed de unir
cielo con tierra. Fatuidad,
es sed que no se apaga
al escanciar los labios
como si fuera agua.
Si no por el deseo nunca
hubiese doblado mis rodillas.
Aunque lo presentía, era
reverso del milagro:
al verano sucede estancamiento.
Se hace imperioso ahora, expiar
la temporada. El peligro surge
-dice Confucio- cuando uno siente
más confianza. Mercado del placer ata
mi lengua. En esa habitación
sobre este cuerpo el hombre
estrelló su cantimplora.
Caos y desorden reinan en camastro
ajeno. Helecho precoz de la maceta
no con vino crece. Succionar
de gusanos hasta malogran sus raíces.
Igual, mientras se instala un plenilunio
el noble se permite reposo.
Regreso de Damasco. Un desierto más vasto
que la muerte avanza traicionero.
Mientras aguardo el alba intento en vano
descifrar el presente
y mi destino. ¿Cuál es la ventura
de las que comerciamos con la seda?


“¿Ritos? Primero perder el tiempo, escandalosamente, (con todo lo que hay que hacer en la vida) mientras dejo que en algún lugar de mi cerebro o de mi corazón se acumule el musgo, las enredaderas tapen los muros, aparezcan arañas y hormigas hasta no dejarme casi respirar. En ese momento, cuando la vegetación me ahoga, escribo. Sin café de por medio, sin música, en cualquier lugar, como aferrada al último exhalar de un moribundo. Como si fuera a perder el último tren. No importa si hay música o si es un bar donde están mirando River-Boca. Puedo escribir parada o levantarme en medio de la noche a anotar algo que surgió entre sueños.

Libertad Demitrópulos decía que se escribe aún cuando no se está escribiendo. Y yo me justifico con eso. Sé que mientras va pasando el tiempo irrecuperable veo, oigo, huelo, en la confianza de que si algo me interesa de alguna manera va a aparecer en mi escritura.

Siempre hay un plan previo para mí. Un plan latente que en realidad es como un plan de vida. Develar el mundo, las cosas, el tiempo y el espacio y develarme. Cuando la idea surge y encaja en esa especie de armazón que voy construyendo ahí escribo.

Hay investigación acerca del tema que me desvela. Pareciera ser que en ese momento siempre aparece algo que tiene que ver con el asunto que me preocupa. Por supuesto lo leo, si es una película voy a verla, si es arte me informo y lo estudio.

Allí es cuando empiezo a creer que las casualidades no existen. Porque todo confluye para construir el poema, el libro.

Escribo compulsivamente, en papel, a partir de allí en un lapso que puede ser de 10 minutos o dos días lo único que me preocupa en la vida es lo que estoy escribiendo. Si bien el primer impulso es sobre papel, inmediatamente lo paso a computadora y voy imprimiendo obsesivamente cada una de las versiones hasta llegar a la que momentáneamente me convence o me parece más feliz. La guardo en una carpeta y me olvido de ella hasta que consigo enfrentarme nuevamente a esa versión “caliente” y corrijo con la mente más fría y como si fuera un cirujano extirpo los excesos, la vuelvo a mirar como si no fuera mía. Allí en realidad realizo una cirugía estética. En ese proceso muchas veces peco de “clásica” y prevalece la forma sobre el contenido. Puede parecer poco ético (igualmente, trato de no desdecirme) pero es como afirmar: “la musique avant toutes les choses”

La corrección es una instancia dentro de la escritura de un texto. Igual que el segundo tiempo del partido. Allí se define el final.

Aparece en forma de idea o pensamiento, puede ser un verso o un poema completo. A partir de allí, todo en la vida tiene que ver con esa primera pulsión.: la música, la pintura, los pensamientos filosóficos, la comida del gato o el timbre del teléfono. Todo ello confluye y a veces me tengo que correr, es decir como cerrar para que un mínimo poema no sea la enciclopedia universal del decir.

En el momento de la escritura se produce una gran tensión para sostener el poema – u otro texto- en equilibrio entre la estética y la ética”

Agradecemos a Mercedes Roffé por las fotografías.

Publicado en DC Carilo, junio 2014





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