sábado, 14 de marzo de 2015

LEONARDO FONTANI [15.207] Poeta de Argentina


Leonardo Fontani 

Escritor argentino. Nacido en Salta, criado en Córdoba, actualmente residiendo en Buenos Aires. Ha salido en dos publicaciones cordobesas: Jueves, del grupo de poesía el Ático y Proceso ON/ON del taller Demolición Construcción. Publicó el libro de poemas Escamas Adentro (Editorial Babel, 2006) y con el que recibió el mismo año el Premio Cabeza de Vaca por el Centro Cultural España de Córdoba. Diseñador Gráfico, reparte su tiempo entre su quehacer cotidiano y la escritura, buscando  siempre buscando. Textos suyos pueden encontrarse en su blog: 
espacioletraespacio.blogspot.com. 


Aquí una breve muestra de adelanto de su “Ineditario” como lo llama prematuramente para letras.s5.com


0.1

Escribo en mi cabeza una y otra vez, renuevo cada palabra que pronuncia mi boca y borro todos los poemas escritos por volver el tiempo atrás. Del tiempo de las flores ya nada quedará, todo el fuego se llevo. Mi voz es un viento que a veces huracán rompe todo a su paso. Ni bien lo pienso, me detesto, ni bien lo pienso me revuelvo en mi, partido, quebrado, sabiendo la muerte cerca, depongo armas y desnudo rompo en llanto junto a los árboles de mi pasado. No he sido vil ni demente, no he jurado amor ni muerte. Todo lo que fui está escrito en un puñado de papeles.

La resina corroe mi abrazo de baobab, la resina inunda la poca tierra seca que queda en este muladar. He nacido para decir lo triste. Para repetir hasta el final la infinita holgura del dolor en tu vientre.  Una estirpe de lamento ha teñido nuestros cuerpos. Nuestras manos estallan en sangre al pensar, siquiera en la finura lánguida de tu pecho. Pocas palabras valen algo cuando el corazón es solo un eco de lo que alguna vez creció tan fuerte.

El tiempo nunca sabe donde guardar sus propias calles. Sus callejones llenos de humo viejo y gastado. Si pudieras verlo y decirle que no hay más armas que el amor en esta tarde. Que la luna es tu rostro cuando duermes. Que no es necesario untarse el cuerpo de llagas viejas y salir a hundir dagas. Porque el amor todo lo puede. Todo lo intenta y cuando nada más hay, solo queda tu amor, envolviéndote, como la primera vez, como la última vez.

Amante del drama te suplico que me perdones. Amo de la tristeza te ruego me consueles. Soy la turba agitada que se encuentra entre tus pantalones. Soy la madre de un niño perdido en una multitud de perdedores. ¿Cómo te explico tanto dolor, tanta vergüenza? Si no te alcanza mi desnudez golpeada, herida por la injusta palabra. Amo del silencio, te imploro me ahogues en tu infinita sabiduría. Soy la boca del pez, la desdicha más pura por donde germinan los males.

Despacio mi voz se va quedando a oscuras. Despacio voy poniendo letra tras letra, llenando mi poema de versos y silencios. Despacio entregue mis piernas a la tierra blanda y dibuje las plumas de mi espalda alada. ¿Dónde si no, puedo estar hoy? Dónde más pertenezco sino  al barullo mismo que atesora este frágil mundo, donde nadie nos ve partir.



0.2

Entre las alergias y la falta de aire, me pregunto donde deje mi último zapato y me puse a caminar desnudo entre el fuego de mil volcanes. Hace tiempo ya que no siento latir los ojos o que no me explota en la mano una granada de destellos y sorpresas. Me fijo en los rincones de casa, con pegamento me adoso a los bordes de la ventana, y rumeo las quejas de un corazón asolado por su propio deseo, su falso ego.

¿Estoy en el lugar que quiero estar? me retumbo la cabeza con esa pregunta una y otra vez y el estomago se retuerce, escupe un líquido verdoso como un eco: Me quiero ir. Me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir. Repite mi piel escaldada, mi pelo seco y muerto en el inodoro.

No me alejo pero sueño con hacerlo. Esconderme de las miradas oscuras, de los bordes filosos, de las falsas costumbres. No puedo con el beso seco, con el oído roto de escuchar lo mismo. Todas las palabras que aprendí, que repito continuamente y se afianzan en mi cabeza como una red que teje mi desconcierto, mi ida y vuelta a los pantanos.

Y me arden los momentos. los urdo en soledad con mi manto mágico arremolinándome con ellos en cualquier rincón de casa, mientras veo bailar a las moscas y mi instinto cobarde, asesino, se apresta para saltar sobre ellas, darle un zarpazo eléctrico y convertirme en un ogro salivante, jadeando en la mitad del cuarto. Desnudo de boca y mundo.



0.3 

Nunca me aprendí las canciones que escuchamos. Ni las voces, ni las melodías. Siempre fueron un eco de lo que sucedía entre nos. Escapados de tanta memoria, no supe nunca como se componen las letras, ni como se le canta al amor. Solo tengo un saxofón que nunca termine de pagar, enmalezándose en la herida de mi oído roto. No tuve ni siquiera la pinta ni la pilcha de un buen escritor y el poco humo que me llegó, duró lo que duran las madrugadas largas con una servilleta sobre la mesa y una bic tartamuda con la tinta seca. Soy un vicio del pasado, mientras miro la memoria colectiva que nos ungüenta a todos con el mismo barro de infelicidad. Soy una larga historia de cosas que nunca pasan. Ni la sonrisa de la costanera, ni el viaje en micro hasta tu pollera. Me recuerdan estas letras a esas oscuras películas de los treinta, que nunca vi, o solo vi mirando otras películas. Nunca supe leer entre líneas y los párrafos largos son una causa perdida, para mí, lector de tercera que no sabe cómo se escriben los versos que llegan.

Recuerdo aquella vez que corrí bajo la lluvia solo para darte la mano, y nadie ahora hace una película sobre la vez que corrí para darte la mano, bajo la lluvia corrí, como lo habrán hecho miles de enamorados. Pero yo fui, esa vez el que con el peso del agua y las heridas abiertas se metió en el bar donde estabas y mojando las mesas y las sillas, me senté y te pedí perdón y te di la mano, como tantos lo habrán hecho, pero fui yo a buscarte, porque lo que perdía era todo lo que valía para mi, aunque nadie hace películas de las cosas que me pasan, yo te quería y te quise tanto como para ser un pasaje cotidiano en la lectura de un diario y escape (me salve), de morir a los veintisiete años.

Entre las hojas del recuerdo guardo algunas hojas con mi nombre y ese pedazo de mimbre donde me sentaba a ordenar el silencio que poco a poco se volvía en mi mansa costumbre. Fui el eco y soy el eco del silencio y cuando vos hablas con tanta sangre y baba y te lloran los ojos y te lames las garras y te salen espinas de la lengua con la que hablas y me decís todo lo que hay que cambiar, lo que fuimos, lo que somos, lo que serán nuestros hijos cuando este mundo sea guerra y no tierra y yo esté muerto y nada pueda hacer ya más que lamentarme desde la eterna mecánica de la infinidad, yo soy el silencio. Más que nunca soy el espacio entre tus palabras, entre tu peludez de sombras arraigadas, soy el eco de un silencio que se extingue mientras me decís que somos hijos del amor y que hay que salir al centro a gritar a los cuatro vientos, yo sigo siendo el silencio, el oscuro momento cuando el escritor entra en coma y no sabe a donde están las letras, el cigarro cae de la boca y lo único que queda es abalanzarse sobre agujas y pedazos de goma.

Recuerdo porque no escribo, porque no entretengo con mis decires bonitos a media raza de alocados turistas de este tramo de la historia. Recuerdo la voz de un locutor amigo, relatando el fuego de los fusiles y el canto de los dormidos. Y no soy yo, quien tiene la palabra exacta ni la más mínima idea de cómo armar una revolución o como hacerte mirar para otro lado. Yo, miserable yo, que me escondo entre tus piernas y solo puedo hacer lo que mi cuerpo intuye como un acto de amor y descargar mis cartuchos sobre tu pecho desnudo y decirte, que te calles, que te mueras, que me muera, en ese momento que dura unos segundos, apagar de un golpe el mundo y dejar que la oscuridad nos inunde el cuerpo, que nos robe la memoria y seamos, solo seamos por un momento, la pura densidad del universo. 
Materia pura que gravita sobre el fuego. 
Un infierno quieto. 
Por un momento.




0.4

Ver un par de barcazas en las márgenes del rio, del dique, del monumento de agua ese que te dignas en in a visitar de vez en cuando, pensar que se merecen una foto, pensar que hay gente allá afuera que se merece esa foto,  pensas que te mereces que haya gente en esa foto.. Pero no hay gente, hay un par de barcazas solas en las márgenes de un rio, de un dique, de un montón de agua que se acumula hasta el borde de tus oídos y después te tapa y aceptas que te estás ahogando, que el mundo como lo conocías (en blanco y negro) no es una película y que la muerte (que se aproxima) puede venir en una barca numerada o en un montón de palabras, que al final no dicen nada. 
No abrís la puerta, no tiras la caña, no salís al mar con tu barco número 39 para ver qué pasa, me quedo en la orilla, escribiendo una fotografía de un fotógrafo amigo que me la alcanza y me dice que me merezco esta foto. 
Le escribís como le escribís a las medusas, a las mojarras que nadan bajo el agua. El agua que te moja los pies en este momento y que me empapa. Que huele a pantano y no es pantano, que huele a mueble viejo, a madera de barco, a perfume de degollado mirando fotografías. Mirando lo que pasa ahí afuera, con el borde blanco, o sin el borde. 




0.5 

Diariamente recurro con mi memoria a un pensamiento que no me es indiferente. La noción del tiempo laxo, de la flexitud del espacio en el que discurrimos como babosas lentas en el patio de casa. Voy camino a un geranio, verde y tierno, con mis antenas firmes y mi andar lento y de pronto tu pata gigante, tu suela de goma gastada llena de mugre me pisa y me levanta por los aires y todo mi paisaje cambia. Mis amigos quedaron ahora en el patio, mi familia cerca de los malvones y tú me has traído inconsciente a este frío espacio de azulejos blancos y pisos cerámicos.

En este devenir de botas y zapatos gigantes que se suceden a toda hora trato de esquivar la muerte a cada paso. Trato de entender el oscuro placer que te causa mi desventura. Pero la distancia ya fue vencida una vez, y lo será nuevamente. En mi frente late el recuerdo de aquel geranio, verde y tierno, doradas sus hojas por el sol, movidas por una brisa suave. Emprendo mi camino lentamente pero no sin dejar huella. Como los hilos que tejen el destino, dejo mi baba entorpecer tu perfección de cerámicos pálidos, dejo mi baba cubrir tu tierra con mi más dulce veneno.

Y sin embargo el patio esta siempre allí. La familia, los amigos, el geranio verde y rosado. El sol como una toronja gigante cubriendo las macetas, el asfalto blanco y el verde pasto. Mil babosas recorriendo todo el universo y yo, del otro lado de la puerta de alambre, quieto frente a un último paso, a un salto blanco hacia el vacío conocido, hacia la maceta de siempre y los abrazos y los afectos. Quieto frente al retorno hacia tus cerámicos rojos, hacia un frenesí de botas, zapatos y paredes altas y luces extrañas colgadas de los techos. Quieto frente a mil bocas de insectos dispuestos a devorarme, a jugar conmigo la danza de la muerte mientras mis hilos de baba les cubran los ojos y nadie esté allí para observarnos. Salvo vos, quizá con tu bota de goma gastada, esperando el momento para echarme encima un gramo de sal y verme desangrar hasta la última gota de baba.

La muerte como la memoria se desenmascara tempranamente. No me alcanza la gula de la aventura sin eco, de las batallas con escarabajos y cucarachas. He visto con mis propios ojos como el tiempo se comprime con cada paso que dan esas botas gigantes y comprendí frente a esta puerta de alambre que el sacrificio no es necesario, que la moneda rueda en los dos sentidos y que nada hay ya que no haya vivido. Salgo al patio libre de tus tormentos, libre de tu risa malvada escondida detrás de la ventana, con el salero en la mano. El sol me da en la cara, el geranio sigue allí, pienso en la noción del tiempo laxo, en la distancia que no es distancia. Siempre estuve aquí.



0.6 



Tiempo hace que los bosques no pertenecen a sus dueños. Tiempos llenos de voraces sonidos, gemidos de la espesura, llantos milenarios derramados sobre las piernas de mercurio. 
  
La furia del silencio me atormenta tanto que no puedo más que dormirme y esperar que todo pase.


II 

Me pretendo uno más, me pretendo asalariado en la puerta del tren, esperando despacio para abrazar mil desconocidos que son yo. Mil desconocidos que son el calor, la energía que mueve el tren que nos lleva, desconsoladamente nos lleva, hasta el final de la estación. 


III 
  
Me pretendo una coma sin espacio, solo una coma en un abultado texto. Palabras mayores, palabras justas. Grandes letras de grandes autores. Yo, una coma. Una coma que no es punto ni cierre, ni cosa de otro mundo. Una simple coma que todo lo que hace es dar aire para que el mundo siga resolviéndose a sí mismo en busca de ese dios que no es más que un simple espejo.


IV

Si quiero silencio, debo cerrar el mundo ante mí, apartar el cuerpo de mí y ser el mismo silencio. Si quiero Dios, debo cerrar el cielo ante mí, apartar mi espíritu y ser el mismo Dios. Nunca alcanzan las palabras para ser todo lo que se quiere ser. 
  
Hay que ser. Viento, mar, voz, llanto y excremento. Hay que serlo todo.



0.7

Dibuje mil rayos sobre mi espalda, que era de tierra, a veces seca, a veces húmeda, a veces yerba, a veces desierto. Mil rayos sobre un papel que fabrique con mis propios huesos de cuando me cortaron los dedos, a veces una pierna, a veces el pecho, a veces, solo a veces un pedazo de cráneo rallado para fabricar mis hojas donde dibujar mil rayos. Cada vez que miro, sale el sol y llueve en este largo y vasto entierro de cosas que se mueren, como a veces mueren los que queremos, o a veces lo que ni siquiera conocemos, o a veces se mueren las plantas y los geranios, aunque los geranios también son plantas. Entonces miro y llueve y sale el sol y cada día que pasa es una ciudad nueva que se alimenta de la misma gente que da a luz más gente, aunque a veces los nuevos nacen en la oscuridad de unos cuartos sin luz porque a veces pasa que esta gente viaja y reconstruye los viajes que hicieron otros, poniendo los pies en las mismas huellas que ahora son otras huellas, la de la gente nueva que viaja hacia lugares nuevos o viejos porque ya fueron recorridos por otras personas, pero a veces no es lo mismo, a veces es como ver llover y dejar de hablar.

¿No será que estoy cansado de pretender ser? intentar por todos los medios que una palabra tenga la fuerza de un corazón que late… Si, ya sé que es cursi eso, pero es lo que es, piénsalo bien un corazón que late, si lo pudieras ver, no el tuyo, ni siquiera el de la persona que amas, un corazón cualquiera, latiendo, un latido sin más razón que un latido, tiene infinitamente más fuerza que cualquiera de estas palabras, que cualquier composición a la vaca que yo pueda hacer y es verdad hay palabras que reconfortan, que enamoran, pero hasta ahora no he visto palabra alguna que reviva un corazón quieto, por así decirlo, aunque podría decir un corazón muerto, pero es más violento. En fin palabras más, palabras menos, prefiero siempre un corazón despierto que un poema sobre lo muerto. Aunque todos nos vamos yendo, y las palabras quedan y eso habría que pensarlo.



0.8

Serán las horas de mirar con otros ojos, con los ojos del alma, las cosas puras que la vida nos disponga. Tiempo hay de entretenerse con lo mundano en un día cualquiera. Pero hay que hacer del pecho una hoguera y salirse afuera del costal de humanidad que nos encierra, de las manos torrente de agua calma y entregarse a un viaje sin equipaje por la otra tierra. 
Yo me pregunto, lo que tal vez otros se preguntan y me miro desconcertado, porque realmente no hay en este mundo palabra que pueda responder a estas preguntas. Cada vez más esa sensación de no saber con la cabeza, pero saber al fin, de otra manera, de estar brotado de silencio para decir las cosas, de dejar al viento hablar antes que a mi propia sombra. Porque al final, cuando le pongo pensamiento a lo que fluye sin tiempo termino por ahogar un río eterno. Ahogar el río en el río mismo. Y la boca se me abre, cada vez más grande, más grande. Hasta darse vuelta los labios y comerme la nariz y los ojos, la frente y la cabeza, hasta ser solo una lengua colgada de mi cuello, dispuesta a decirlo todo, a dejar en palabras alguna respuesta. Entonces de mi mano brotará un corte limpio que acabara esa lengua siniestra de cuajo. Entonces el silencio: La brutalidad abrumadora del silencio, si se puede nombrar así, si es que le alcanza ese continente de letras, si en verdad puedo entender todo este magnífico infierno como el silencio. Este páramo de luz. Esta infinidad, a la que no alcanza ya ni el ritmo de mi respiración, ni la más libre meditación. Esta infinidad hacia ambos lados, y sin mirar, cruzar y sentirse expuesto, como una herida abierta al viento, a toda esa luz que no es luz, a todo ese silencio que no es silencio.

Hay detrás de todo esto una pelota de trapo a punto de explotar, con toda mi inocencia de barro y arena, para dejar atrás este plano-materia y hundirse suavemente en lo profundo.







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