miércoles, 25 de marzo de 2015

ENRIQUE ÁLVAREZ HENAO [15.278]


ENRIQUE ÁLVAREZ HENAO

Poeta de Colombia
Nace en Bogotá, Colombia el 29 de noviembre de 1871 y muere en la misma ciudad el 20 de julio de 1914. El Filólogo crítico literario, historiador de la Literatura Española y Cervantista, Julio Cejador y Frauca le apodó como “el poeta del desengaño”, también dijo de él “escribe con soltura y donaire, con cierta sonrisa en los labios al contemplar la vanidad de todo, pues todo pasa”. Enrique publicó un libro de poesías en Barcelona e hizo parte de la llamada “Gruta Simbólica”. Algunas obras: Los tres ladrones, Gota de agua, La carcajada del diablo, la abeja, Arpegio (Dolorita), Ateísmo (Dolorita), etc.

Enrique Álvarez Henao tenía, según sus contemporáneos, un cuerpo asimétrico porque estaba compuesto de líneas curvas y rectas. Era de estatura regular, frente amplia, una nariz que buscaba ser aguileña, labios gruesos, ojos vivarachos que de muchacho bailaban sobre su rostro de color algo moreno. Se movía con ciertos movimientos nerviosos, muy peculiares en la cabeza, los brazos y el tronco. Los interlocutores quedaban sorprendidos cuando en medio de la conversación, Enrique Álvarez Henao giraba de modo rápido sobre su talón derecho.

Unos quince años antes de que terminara el siglo XIX, el futuro poeta asistía al Colegio del Rosario de la ciudad de Bogotá. Compartía la misma banca con Luis Antonio Mora en la clase de Historia Antigua. La amistad que nacía entre los dos, permitió que Álvarez se atreviera a leerle a su compañero de escolaridad algunos de sus poemas. Gustaba del poeta de moda que por entonces era Gustavo Adolfo Bécquer y del estilo imitado del romántico español nacían más poemas. Era extraño su forma de declamar. Entonaba con una voz desalentada, de queja y con las manos realizaba una mímica que lograba confundir al interlocutor.

La vida despreocupada tenía para Álvarez Henao una mayor atracción, aunque, de modo paradójico, había decidido matricularse en una de las carreras académicas que le exigía mayor responsabilidad, la Escuela de Medicina. Lo recuerdan como un estudiante ocasional que asistía a la conferencias cuando no tenía otra actividad que realizar. El padre José A. Núñez dice del poeta que había nacido en Bogotá el 29 de noviembre de 1871, que "su fina sensibilidad temperamental se estrelló contra la dureza de la suerte. Llevó una vida de bohemio. Brotó como fruto natural de su inspiración la tristeza, el desengaño, la amargura, conjugados con anhelos místicos y nobleza de ideas". En su época y muchos años después, sus lectores recordaron de memoria su poema "La abeja": "Miniatura del bosque soberano,/ y consentida del vergel y el viento,/ los campos cruza en busca del sustento,/ sin perder el colmenar lejano.// De aquí a la cumbre, de la cumbre al llano,/ siempre en ágil, continuo movimiento,/ va y torna, como lo hace el pensamiento,/ en la colmena del cerebro humano.// Lo que saca del cáliz de las flores/ lo conduce a su celda reducida,/ y sigue sin descanso sus labores,// sin saber, ay! que en el vaivén incierto/ lleva la miel para la amarga vida/ y el blanco cirio para el pobre muerto¡"

Su vida disipada lo alejó de sus estudios de medicina. Al morir sus padres y hermanos mayores asumió la responsabilidad de su hermana María Josefa, que lo aventajaba en algunos años. Se convierte en músico para llevar algún dinero a su casa. En el café La Gran Vía, carrera Séptima con calle Diecisiete, lugar de sus afectos bohemios, sacaba de su bolsillo una dulzaina e interpretaba canciones con las que alegraba a los contertulios.

Era pobre Álvarez Henao, aunque los que lo conocieron dijeron que mantenía siempre arreglados y limpios sus vestidos. Murió de un cáncer en la garganta en la ciudad de Bogotá, el 19 de julio de 1914. 





ATEÍSMO
(Dolorita)

Le pusiste tan raros pareceres
A nuestro mutuo amor, que, según veo,
De tus labios me he vuelto tan ateo
Que si acaso me juras que aún me quieres,
Juro que, aunque me quieras, no te creo.




LA ABEJA

Miniatura del bosque soberano,
Y consentida del vergel y el viento,
Los campos cruza en busca del sustento,
Sin perder nunca el colmenar lejano.

De aquí a la cumbre, de la cumbre al llano,
Siempre en ágil, continuo movimiento,
Va y torna, como lo hace el pensamiento
En la colmena del cerebro humano.

Lo que saca del cáliz de las flores,
Lo conduce a su celda reducida,
Y sigue sin descanso sus labores,

Sin saber, ¡ah! Que en su vaivén incierto
Lleva la miel para la amarga vida
Y el blanco cirio para el pobre muerto.





Gota de agua

Penetra el viejo sabio al gabinete
a recordar su ciencia micrográfica,
y sobre el transparente porta-objeto
coloca una brillante gota de agua.

La somete al examen microscópico
y la escudriña con febril mirada,
y torna a ver lo que en antiguos tiempos:
monstruos enormes de figuras raras.

Y remira esa hambrienta turbamulta
de infusorios de formas tan fantásticas,
y ve que unos a otros se devoran
como en los mares de la especie humana.

Abandona de pronto el microsopio
y murmura, calándose las gafas:
¡ cuántos monstruos se irán también matando
ocultos en el fondo de una lágrima!




La carcajada del Diablo

I

¿Contento está el Diablo?... Contento está el Diablo.
Prestadme mi lira que voy a cantar.
Con Dios no me entiendo, con hombres no hablo;
Que vengan mis almas, mis almas; ¡Ja, Ja!

II 

Que el trueno refuerce mi ronco rugido;
Que vibre mi pecho que roto no está
Que no me enternezca del rayo el ronquido,
Que el eco lejano repita: ¡Ja, Ja!

III 

Luzbel me llamaba; conservo las huellas,
De aquella imponente figura real;
Mis ojos brillaban con lumbre de estrellas,
Hoy dicen que hieren mis ojos... ¡Ja, Ja!

IV

Festejo mis bodas con ecos extraños,
Hoy hace un minuto me echaron de allá;
Hoy hace mil siglos que vivo mil años;
Hoy hace mil años de siglos... ¡Ja, Ja!

V

Ayer esperanzas, recuerdos, delirios;
Hoy sólo memorias, ya muertas quizá;
Hoy sólo mis ojos parecen dos cirios
Que velan mi propio cadáver... ¡Ja, Ja!

VI

¿Te acuerdas, oh Diablo, cuando eras implume?
¿Te acuerdas, demonio, cómo eras allá?
Tu voz un arrullo, tu aliento un perfume.
¿Te acuerdas de aquello? te acuerdas... ¡Ja, Ja!

VII

Romped con la mente, del cielo los tules,
Dos puros luceros lejanos soñad;
Así eran mis ojos, mis azules;
¡Dos puras lejanas estrellas! ¡Ja, Ja!

VIII

Mi faz irradiaba la luces del día;
Mis labios se hicieron de rosa coral;
Blancura de mármol, mi cuello tenía,
¡Blancura de mármol. mis alas!... ¡Ja, Ja!

IX

Hubiéranme visto cubierto de galas
Llegar hasta el trono del mismo Jehová
Hubiéranme visto rasgar con mis alas
¡Los puros espacios del cielo!... Ja, Ja!

X

Hubiéranme visto cuando era querube
Mi diáfano undoso ropaje llevar
De aurora que llega, de cándida nube,
De noche de bodas, ¿te acuerdas?... ¡Ja, Ja!

XI

Hubiéranme visto, hubiéranme visto,
Más bello que el ángel del huerto quizá,
Allá cuando a solas llevárale a Cristo
¡La copa sin fondo y amarga! ¡Ja, Ja!

XII

Mi frente era altiva, mi aspecto era grave,
Severas mis formas, grandioso mi andar,
Mi pecho guardaba los trinos de ave,
¡Hoy guarda rugidos mi pecho! Ja, Ja!

XIII

De todos los seres fui el mas atrevido,
Yo nunca soñaba tan pronto bajar:
Yo nunca pesaba que fuera el olvido
¡Tan hondo, tan hondo, tan hondo!... ¡Ja, Ja!

XIV

Yo mando, le dije; y El dijo yo mando,
Yo mando en mis Cielos, afuera Satán,
De entonces no he vuelto, ni vuelvo, ni hay cuando
Reciba su eterna caricia. ¡Ja, Ja!

XV

Por tanto a su trono tornar nunca pienso;
No puedo ya nunca su altura escalar;
Ni en forma de nube, ni en forma de incienso,
Ni en forma de niebla, ¡de nada!... ¡Ja, Ja!

XVI

Ja, ja, de las almas que buscan un Cielo
Y llevan un áspid para ellas fatal;
Ja, ja de las aves que lanzan su vuelo
Sin playas, ni oasis, ni espacio, ¡Ja, Ja!

XVII

En medio del alma lo llevo grabado,
Su imagen serena no puedo arrancar;
Y nunca pretendo volver a su lado,
¡Y un tiempo lo quise, lo amaba!... ¡Ja, Ja!

XVIII

El sér que a mí llega, por El siempre sufre;
Comprende que nunca lo vuelve a encontrar,
No hay tales calderas, ni plomo, ni azufre;
No hay tales crujidos de dientes. ¡Ja, Ja!

XIX

Tan sólo en la ausencia mi infierno está urdido;
Querer mucho y siempre, sin nunca olvidar,
Querer mucho y siempre al Sér más querido
¡Sin verlo hace tiempo, ni nunca! ¡Ja, Ja!

XX

La ausencia es mi tema, la ausencia es mi trama,
Con ese castigo soy duro y tenaz;
Con ese castigo yo alejo al que ama,
De todos los seres queridos. ¡Ja, Ja!

XXI

Mi reino es la ausencia sin tregua ni calma,
No hay sapos, culebras ni ardiente metal;
Mi reino es la ausencia de la luz en el alma,
¡Mi ausencia es la ausencia del alma!... ¡Ja, Ja!

XXII

Al diablo con esos amores malditos,
Exclaman aquellos que van a olvidar:
La ausencia, la ausencia sin llantos ni gritos
¡Es sólo el castigo que guardo! ¡Ja, Ja!

XXIII

Siniestra es mi danza, siniestra es mi danza:
Yo sólo comprendo lo que es el jamás
Y el irse por siempre la muerta esperanza
¡Como alma que llevan los diablos! ¡Ja, Ja!

XXIV

El diablo está herido, el diablo está herido,
¡Herido en el alma, no puede olvidar!
Qué triste es la ausencia del Sér más querido.
¡Romped esa lira que quiero llorar!




Los tres ladrones

Época fue de grandes redenciones:
El mundo de dolor estaba henchido
y en Gólgota, en sombras convertido,
se hallaban en sus cruces tres ladrones.

A un lado, en espantosas contorsiones,
se encontraba un ratero empedernido;
en el otro, un ladrón arrepentido,
y en medio el robador de corazones.

De luto se cubrió la vasta esfera;
Gestas, el malo, se retuerce y gime;
Dimas, el bueno, su dolor espera.

Y el otro, el de la luenga cabellera,
que sufre, que perdona y que redime,
se robó al fin la humanidad entera.







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