sábado, 14 de marzo de 2015

BRUNO SERRANO NAVARRO [15.205] Poeta de Chile


Bruno Serrano Navarro 

(Valdivia, Chile   1982). Es hijo de los poetas Bruno Serrano y Heddy Navarro.  Y como ellos: Poeta, con sus méritos y abismos propios. Y que ha dado con una escritura interesante, llamativa por esa capitalización poética que logra con un lenguaje pictórico-sexual. Por esa poética visualista en que confluyen los sentidos, sueños, colores e intuiciones, el amor y su ausencia , la calle, lo privado. Un poeta para leer y oír con atención, un poeta joven abriéndose paso con buenas artes.



Escena Cítrica II

Es lo que escuchas 
cuando esbozas el borde de tu ojo
el alba está podrida 
y los pezones erectos bajo el asfalto.
pero aún así esperas el gemido de luz 
y te desnudas en el vigilia
de una plegaria que te enseñe
por qué has de parir

Abres los párpados
un cuerpo se ensaña entre las sábanas

El jadeo te despierta

Hace ya mucho que  mi sangre es blanca
y aún así intuyes la arcilla

Abres los párpados

El jadeo te despierta

Te desgarras, 
hay un espejo donde no estás

te asecha
y lo imitas para mamar de la luz que te rasguña 
donde unen  los muslos
hasta bendecirte los labios en la ceniza 
de la que los antiguos forjaban piel para humillarnos, 
ritmos que aún dibujas en la arena

Abres los párpados
hay un espejo donde no estás

entonces el cuerpo,
que tú no reconoces, 
repta entre las sábanas
va a ti
y quieres morder el cielo

Quieres morder
pero el jadeo te despierta
y rápido jalas el pellejo hasta descubrir
cual lóbulo es el tuyo

Te prendes el aro

y en todo cuanto asechas 
es el beso como una cicatriz

Te prendes el aro

Luego 
es tu forma y la del pez





Xoon (retazos.)

I

Soy el xo on 
en mis grietas  anida el abismo,
mi sangre se disemina sobre las cuadernas 
para llamar a la hija de la ballena 
y al suicidio de su noche fetal

Entonces camino por el sueño
hasta penetrar el arco iris
para que se incendien las estrellas
allá, donde yo cierro los ojos 
a mis muertos.



III

Mientras el chasquido eléctrico 
del osario del Onaisin se pudre 
en los tímpanos muertos de los insomnes
y la niebla cala hasta el tufo del matadero/ 
a la intemperie de los neones 
los viejos suicidas lamen el último sorbo de la cacería,
mientras se recuerdan empotrados contra una sábana vacía,
y la  caña ya les chorrea la comisura

Sólo un sorbo más


IV

Los viejos suicidas te  intuyen
en el gemido de los goznes
luego tus párpados te queman 
y el piercing no deja entreabrir las puertas. 


V

Todas llevamos el olor del matadero bajo la piel
y así castigamos; 
porque ya no dibujamos signos innombrados en la arena
ni recordamos otra voz que no sea la nuestra
cuando ofrendamos el cuerpo contra los fierros.


IX 

Ya nadie puede tocarte 
solo queda emboscarse en lostejados 
y aguardar la percusión

de las maquinas al alba
donde amainaban  
las plumastras las que  los vigías 
escondían sus latidos 
para que el viento no les volara
los (rumores) de la boca.



Al crepúsculo  los velámenes
regresaban a fundirse con la herida del sol,          
las mascaras bullían porque poseían los rostros
y volvían a crear el mundo 
que otros llamaron espejo.


XII

Pero aún así  intuyes a Aikainik
Las sombras de los mascarones muertos 
rumiando en las azoteas
y luego las hordas erectas por el beso,
tu mejilla a ras del nombre que antes fue saliva 
los fieles reescribiendo las plegarias para otro dios  
y el mismo secreto. 



De Señuelo de luz

VI

Cada embestida habría de parirme
y yo, henchida de enjambres,
era sólo otra huella de semen en la arena, 
la cicatriz  que se humedece entre los gajos.



De Los Muchachos de Cítrico 

II

Adentro  todos ocupamos un mismo cuerpo
y así reptamos tras el párpado de agua 
por que queremos hendir el cielo
o al menos recordar si es un espejismo 
hirviendo entre dos copas 


III

Te cierro los ojos

Te cierro los ojos
y la saliva se siente negra 
como  la luz de  los senos 
henchidos por la cría.





De Libro de la Traición

Libro del veneno.

Se ensaya una caligrafía, una y otra vez hasta que el gesto percibe  
 la fisura en la gota de agua o la entrega de los náufragos cuando alucinan con el fuego mordiéndoles las lúnulas



Libro de la traición.

Péndulo, cifra, oído, parpado menguante. Silencio. No piel de la que vengarnos sólo venenos, puntos vélicos que colapsan por la vela henchida como un pecho y el gajo goteando las esquirlas.

Mi otra grafía enmascara el anverso, 
la pupila no eclosiona sino que aguarda, 
aguarda y luego se extingue.

Cósete mis labios. 




Libro del gemido.

Taño la cuerda y el vientre palpita. 
Miro más adentro del ombligo y la pradera se extiende.
Todo es amarillo. 
Las parteras aúllan en la azotea.





Libro amarillo.

Y no reptamos, 
ni tendemos el oído a tierra. 
Oscilan las volutas del humo y yo 
escribo el peor de tus nombres en el cigarro. 
Una plegaria por cada bocanada.




Libro de la despedida

¿a quien perteneció el cabello que desato de mi escroto?












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