viernes, 6 de febrero de 2015

WILLIAM AGUDELO [14.729] Poeta de Colombia


William Agudelo 

(Colombia)
1943. Músico, escultor y poeta, se radicó en Nicaragua en 1966. Allí colaboró con Ernesto Cardenal en la fundación de la comunidad religiosa de Solentiname. Trabajó como director de artes visuales del Ministerio de Cultura de Nicaragua. Publicó el libro-diario Nuestro lecho es de flores, traducido al alemán y al inglés, dos libros sobre la Revolución Nicaragüense y numerosos poemas en revistas y diarios. 

Su diario Nuestro lecho es de flores, fue publicado por Joaquín Mortiz en la década del 60 (una nueva reedición aparecerá próximamente en la Editorial de la Universidad de Antioquia). Estuvo muy cercano al movimiento nadaísta en Colombia sin pertenecer a él. Por el periodo de un año realizó estudios en el Seminario Nacional Cristo Sacerdote (La Ceja, Antioquia). Acompañó a Ernesto Cardenal en la fundación de la comunidad religiosa de Solentiname (Nicaragua). 



Las bodas de oro del P. Rivera

«Usted debiera escribir un poema para las Bodas de Oro del P. Rivera 
ya que acogen sus poemas y hasta le pagan por ellos
podría sugerirle imágenes tan bellas como ésta:
cada día sobre su cabeza blanqueada por la nieve de los años
aparece Cristo en la hostia como un sol
fíjese bien: como el sol cuando sale tras las montañas cubiertas de nieve
hable también de sus cincuenta años de sacrificio continuo en su labor sacerdotal
y de su integridad personal y las otras buenas cualidades que lo adornan
es un tema muy bello y usted debe aprovecharlo.»

Yo no pienso hacer ese poema que me piden P. Rivera
porque lo conozco poco a Usted
de Usted sólo sé que:
era un profesor de religión bobalicón
al que los muchachos hacían trampa en los exámenes
Carlitos Vieira lo recibía alborozado en su almacén de Sopetrán
y mandaba por dos tazas de tinto y se ponía a platicar con Usted
(hasta que lo mataron de un tiro en el camino de la finca)
lo mismo Marcos Velásquez en su kiosquito
y Teresita Londoño en su tienda de telas
y en Sucre (el poblacho infeliz
a donde lo confinó Mons. Builes) Usted puede
sentarse con el solecito a leer su periódico
en un taburete de cualquiera de las tiendas
el esclarecido clero barrigón de la diócesis
le compadece con sinceridad
me es muy simpática su figura flacuchenta
su sotana remendada
el pitillo plateado en el que mete los cigarrillos
su breviario gastado como un zapato viejo
su sonrisa amorosa de dientes postizos
y sus destempladas misas cantadas.

*

Réquiem por el caballo
por su olor siempre amigo y el ambiente
impregnado a guarapo de sus meadas
por su paso de cascos bondadosos
como los dedos de los carpinteros
réquiem por la negrura de sus crines
peinadas en las tardes de la lluvia
por su cola de domingo de ramos
por su trote ramplón y sus traspiés
tirando el carretón en suelo falso
réquiem por su galope corto
por sus ancas curvadas y lustrosas
por el tubo del bajo de los órganos
femenino y festivo en su garganta
réquiem por su pelaje
de terciopelo vivo por sus belfos
de ternura de ubre
por su recta testuz y por su cruz
por el blanco del pánico en sus ojos
y por la calma de mascar la hierba
y réquiem por el gozo (éste, mi gozo)
de correr y saltar petrificado
en las praderas agrias de la muerte




Concierto de jazz

A Juanra Sanín

Las manos de Charlie como tarántulas
tejiéndole en la guitarra la trama a su mujer
que —zapatos transparentes de alto tacón— dale
con los vibrattos y voces rajadas mientras
el negro abrazado al contrabajo como a
una negra haciéndole ton ton con el dedo
blanquea los ojos saca la lengua como un
ahorcado rechina los dientes secretea
obscenidades tierno lijar de la escobilla
manos sobre parches murciélagos aleteantes
el cara-de-mono sobre su corcel de nogal
y cromo y de pronto la locura pedazos
de bronce cueros desgarrados el dios
y sus ocho brazos empalillados los pies
en los pedales con furia leviatánica
revoloteándolo el estómago nos tiembla
como ijares de potro asustado y Charlie
dale con las progresiones raras como los peces
de las fosas marinas un queso kraft
la calva a la luz del coliseo el negro
que se agacha sudando hasta las notas agudas
y da un salto ansioso y seguro agarrando
las graves junto a los clavijones obsesionado
en el repetir variado hasta que Charlie mete
cuñas de acordes entre ton y son y vuelven
los palillos con su ratratarata matemáticamente
atropellado mientras la muchacha de al lado ruidosa
suspira y se ajusta la cinta de su brazo qué carajo
«...si tiene que preguntarlo nunca lo va a saber.»




Ante la ventanilla

Las manos de la muchacha del Banco de
América bajo las rejillas de neón sin
sangre manos-de-muerto las uñas
gotas de sangre coagulada los billetes
girando como las aspas de un abanico
eléctrico certero el índice en las teclas
de la sumadora (el pico de la gallina
en los granos de maíz) el dedo
lengua de perro tomando agua de
la esponjilla la yema sombreada de
tinta o mugre qué sé yo el fajo
golpeado de canto contra el mármol mientras
el cara-de-doverman del revólver
te mira despacio desde
tus sandalias hasta la colita
de tu desteñida boina azul




*Poemas del libro inédito Alemania por tren


Uno

En Alemania el sol
está echado en las jarras
de cerveza. Sol suave
de verano que sale
a las dos de la mañana
pero se oculta a las diez
de la noche y me obliga
a dormir con antiparras.
Sol amigo que me muestra
a las muchachas
en vestidos volátiles,
sin sostenes ni cinchas,
con pezones que la frescura
del aire hace punzantes,
desaliñadas a propósito
las divinas que prefieren
lo flojo y lo cómodo
aunque les siente mal.




Dos

Cegado por la melena de Ulrike.
Qué lacios, largos, rojos, vivos
cabellos los suyos,
cercan su cara de grano
fino (pulpa de manzana
enmascarada por la cáscara).
¿Irascible y voluble la Ulrike
de la sangrienta mata?
¿Quién podrá saberlo ahora
cuando ya nunca lo supe?
A la luz de las velas ese cobre
barnizado de bobina, y sus ojos:
ventanas de miel cristalizada.



Cinco

El sol retoza vivo
entre las jarras de cerveza
cuyo dorado profundo
(el de un campo
de cebada madura)
me hace guiños.
Desde las mesas callejeras,
su luz con peso de miel
me invita al sosegado interior
donde las muchachas hablan
reposadas, dando vueltas
otra vez a sus asuntos
 mientras
pasas sus yemas rosadas
por las amables aristas
o por el borde del vaso
en cuyo interior dormita
espesa y misteriosa,
surcada por diminutos
cohetes ascendentes,
la cerveza.




Seis

Siempre estoy en el pasillo
—si voy de Wuppertal
a Frankfurt— por ver la peña
de Lorelei y ese violento
recodo de las aguas allí
e imaginar los barcos
haciéndose astillas contra
la roca donde se peina
la llorosa muchacha
rubia. ¿La que veo ahora
en el último viaje reflejada
en el cristal hecho espejo
contra el peñasco oscuro?
Perfecta y helada Lorelei.
El pelo pesado en arroyos
de manso aceite sobre
los hombros, echado ahí
como un animal que podría
espantarse de repente.
Como de hielo esa cara
de Venus en serie, con el marco
de las delgadas trenzas
que parten sus sienes y,
atadas atrás, mantienen
su rostro libre del asedio
del pelo. Sus ojos, prendidos
de un lugar contemplado
a través del peñasco, con la luz
y el color de las uvas sin madurar.
Mi Lorelei de ese instante,
llamándome ausente
desde detrás del vidrio
que puede degollarme,
desde el borde filoso
a cuya base hacen, eterna,
su curva de inmensa fuerza
las aguas del Padrote Rin.




Siete

Viajo en tren alemán, donde
no es frecuente que se encuentren
las miradas. Algo tensa el aire:
el miedo a lo diferente o el soberbio
vecino para quien no existes.
Una joven muerde una manzana
y el chasquido me corta
la impresión de que besa
la mejilla de otra muchacha.
Vamos a mitad del viaje y dos
ancianos enfrente, hasta ahora
inmersos en sus lecturas, sacan
de prácticos maletines
sus emparedados envueltos
con método en servilletas.
Queso maduro y jamón cortados
en finas rebanadas y pan oscuro
y pesado que impone
un movimiento ansioso a
sus mandíbulas (un patinar
de quijadas) o una apacible
rumia con muelas de caucho.
Es otoño y ya ellos abren
la calefacción casi al máximo.
Los jóvenes al frente
sudan como caballos
al final de la carrera.
A veces afables, de esta clase
son los viejos que riñen
a los niños porque no juegan
más alejados de sus ventanas.




Ocho

Hay pasarelas en el zoo berlinés
para Andrea y la venada. Parecidas
en los ojos grandes separados,
en los belfos satinados tras
la caricia breve de la lengua,
en el apacible balance de la cabeza
sobre el cuello largo y grácil,
en el taconeo seco y en la
seguridad no-vidente con que
se asienta, leve, el casco.
La corta cola se agita, nerviosa,
más alta que la cruz (se posa,
rendida, la mirada en donde
Andrea debería tener
el mismo rabo blanco).
Tras el corto desfile,
viran la cabeza hacia ti
mientras te muestran,
indiferentes, la grupa
de pan recién horneado.




Doce

De Frankfurt a Wuppertal
con tortícolis. Alucinados
mis ojos por el seno
que descubría el botón
suelto (no le importó, o no
se dio cuenta), cuña de fuego
en mi memoria. Como de durazno
la piel, y como lino el color,
blanco como el papel del libro
que leía. Y el rosa mexicano
del pezón aún arde
en su aireada grieta.
Con las sacudidas del vagón
era como si tan pequeño
odre de dulzura…



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