martes, 10 de febrero de 2015

JUAN RAPACIOLI [14.799] Poeta de Argentina


Juan Rapacioli 

(Buenos Aires, Argentina, 1987) cursó sus estudios primarios y secundarios en Mar del Plata, donde empezó a escribir. En 2006 se fue a vivir a La Plata, donde pasó por la carrera de Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes. En 2009 publicó el libro de cuentos “La estratagema de la libélula”, donde figura el relato policial que le da nombre al libro. Es autor, además, de cuatro libros de poesía y uno de cuentos cortos sin editar. Desde 2010 trabaja en la sección Cultura de la Agencia Télam, donde ha realizado entrevistas a muchos escritores y artistas de la Argentina y del exterior. Participó en los talleres literarios de los escritores Dalmiro Sáenz y Alberto Laiseca. Escribe en el blog: El impostor inverosímil (elombligopermanente.blogspot.com.ar).  



en un tren de París a Lyon

veo entre los pasajeros 
a una madre y su hijo 
ambos de origen africano

ella 
con el pelo teñido de rojo 
y pañuelo en la cabeza 
se pinta los ojos 
reflejándose con el celular 
en modo selfie

el niño 
sentado contra la ventana 
juega un partido de fútbol 
con un dispositivo electrónico

en un momento 
la mujer se levanta 
de su asiento 
y se dirige al pasillo 
el niño 
enojado 
la toma de su pierna 
no la deja ir 
ella le explica algo 
con pocas palabras 
y se va

veo al niño quedarse mirando 
en dirección a donde fue su madre 
sus ojos se aumentan en un blanco 
que contrasta con la oscuridad del rostro 
su expresión contiene un llanto de bronca 
que no calma el partido de fútbol

esa espera 
normal para mis ojos de extranjero 
es crucial para el niño que ya no ve 
su única forma concreta de seguridad 
y entendimiento del mundo

ese mundo va a cambiar 
el niño 
como todos 
no podrá retener lo inevitable 
de la continuidad

el niño será joven y será hombre 
ya no será la madre 
el único cable a tierra 
para comprender 
su ubicación en el mundo

habrá mujeres 
amigos 
decepciones 
y desafíos

pero el miedo de perder 
lo que hacer ser 
en un tiempo y lugar 
determinado 
se volverá voces que dirán 
no 
hasta ahí 
cuidado

dedos que señalarán caminos 
y juzgarán actitudes 
clasificaciones para adaptarse 
a un sistema de premios y castigos 
que se volverá asfixiante 
y engordará con la culpa occidental 
dosificada en deberes 
faltas y obligaciones

y el niño-hombre correrá 
amará 
perderá 
se meterá en el ruido de la noche 
la música 
las pieles 
y las sustancias que lo ayuden 
a olvidar 
su participación en el cuadro que muta 
y no termina y no entiende

y en un momento 
la serenidad de un río 
en Lyon, Shanghai o Neuquén 
lo hará vislumbrar 
por un segundo 
la extraña convivencia 
de patos 
árboles 
guerras 
deseos 
miserias 
leyes 
belleza 
y crueldad

todo junto 
bajo una esfera de fuego 
viva 
que sigue alimentando 
a una lejana especie 
que flota en el mar 



el miedo viene después  

el miedo viene después 
empieza con un relieve 
un giro en el mapa 
una inversión en la superficie

antes 
en la edad previa 
la no sucesión 
el cuadro está desordenado 
las piezas no son un espacio 
útil 
constituido 
configurado 
para usar con cautela 
prudencia o coraje

no hay movimiento intrépido 
en la niñez 
no hay valentía 
porque no hay miedo

el miedo viene después

llega de algún modo 
representado en formas y maneras 
también en personas 
alguien 
determinado y determinante 
es la cara del miedo

la casa que no se puede visitar 
el pariente que nunca aparece en la foto 
el conocimiento 
silencioso 
de que no habrá nadie esperando 
del otro lado de la puerta

eso que no queremos que pase 
nos espera con una mueca siniestra 
detrás de la sonrisa amable 



Extrañas memorias de una noche en Berlín

¿Qué hizo la guerra con las ciudades?

No deja de sorprenderme la convivencia, histórica, entre el horror y la diversión.

Hay una estética de la tragedia. Una herida que se vuelve goce.

Estoy en un bar. Hay ruido de fondo, hay chicas y chicos alemanes tomando cerveza. Hay caras iluminadas por celulares. Hay charlas que no se oyen pero que se entienden. Aproximaciones, miradas y susurros. Todo bajo el efecto narcótico de la música electrónica. El barman me atiende, me compara con un futbolista griego, se ríe y me da una cerveza. Miro a las mujeres. Rubias en su mayoría. Esbeltas, rasgos marcados, cierta virtualidad en la mirada atrae y congela. Son las chicas rapadas de la nueva revolución industrial. Muñecas fatales que te pintan la cara con aerosol.

Graffiti de sangre en la capital del mundo.  

Más tarde. Estoy re loco en una habitación de hotel. Me hundo en una cama que no para de crecer. La veo llegar desde el baño, a lo lejos. Alta, blanca y pelo rojo. Pienso en Ziggy. Me excito con la idea de cogerme a una estrella de rock. Desnuda, afeitada y goteando anfetaminas con la mirada en blanco. Me pega, me muerde y la sangre brota. Después, se abandona. Me deja hacer. Se abre. Meto un dedo, la mano, el brazo. Busco entre sus gritos. Se contrae y explota. Me mancho. Sudor, saliva, semen y, otra vez, la sangre sube.  

Afuera. Camino por Kreuzberg. Bordeo el East Side Gallery. Me detengo en Checkpoint Charlie. Miro al cielo, amanece. Se viene la tormenta. Corro hacia el tren. Algunos sudafricanos me ofrecen weed, hash, coca, mdma. Fumo lo último que tengo antes de llegar a la estación. Empiezo mi viaje. Me duermo mientras Lou Reed habla de los hombres de buena fortuna y de los que no tienen nada. Me despierto, el tren se detiene. Me bajo en el Tiergarten. El parque, irregular, invita a perderse. Y me pierdo.

Escucho la voz a lo lejos, pero me doy cuenta: hermosa. Rubia, hippie, guitarra. Canta con fragilidad, se para con firmeza. Todo en ella brilla, saca luz. Canta folk suave con algo de protesta. Habla de la energía. Sonríe con seriedad y viste de verde. A su alrededor hay todo tipo de pasados. Gente en el piso, borracha. Chicas y chicos drogándose en la estación de tren. Un poco más atrás, en la autopista, un accidente. No dejan de llegar patrulleros de la policía. Hay ruido de gente, sirenas y autos. Ella canta. Tiene su grupo de apoyo. Unos hippies amables que fuman porro y bailan sus temas. Le canta al amor, por supuesto. Pasa un rapero y le grita. Se le corta la voz, deja de tocar, le contesta y sigue cantando. Se la banca, pienso. Pasa otro tipo, se le acerca y le quiere dar un beso. Ella le corre la cara, le grita, vuelve a cantar. Está agotada, pero no pierde belleza. Cada vez hay más policías, un camión de bomberos, gente con celulares. Un hombre se le aproxima lentamente, la mira con ojos desorbitados. No dice nada, pero es demasiado. Ella se saca. Sólo quiere tocar, grita. Canta más fuerte. Canta sobre la soledad, sobre lo que perdió, sobre lo que busca. 
Canta sobre la libertad. 
Pero no es ninguno de esos quemados quien la calla definitivamente. 
Es una señora. 
Una señora que la encara y le explica, con gestos, que no es momento para cantar. 
Hubo un accidente. 



Separación

Logré dejar de llamarla, 
de enviarle mensajes de texto 
y finalmente de buscarla en el chat.

Logré eso, 
sencillo para convención del amor sano, 
pero fue un ejercicio con desgarro implícito.

Una digestión de vidrio que hizo del silencio mi peor enemigo.

El impulso al contacto, 
el deseo de comunicar 
y la necesidad de compartir son cosas originarias, 
nuestra herencia como especie, 
me decía, todo el tiempo, 
para relativizar el vidrio bajando por el estómago.

Pero el tiempo es un problema, 
quizás el único, 
ya que mientras más pasaba sin verla, 
sin escucharla y sin sentir su presencia, 
podía vislumbrar un nebuloso alivio que venía hacia mi dirección 
y que trataba de esquivar con artificios que no daban resultado.

Prefería el proceso del intento y rechazo, 
hasta el desgaste, 
antes que una ligera calma solitaria.

Pero no. 
No hay decisión. 
La voluntad no alcanza. 
Tampoco la vanidad del dolor.

El tiempo se pierde, 
después se busca o se olvida, 
y se cambia de rostro para mirar lo mismo, 
sucesivamente, 
con cinismo o compasión, 
atravesado por la certidumbre de lo que no será.

No volverá a pasar eso que pasó, 
pero todo se repite.

No hay originalidad en la tragedia de la separación. 
No hay vivencia alejada del resto. 
Es un tormento compartido. 
Abusado por los siglos.

Una misma arcilla, incontables moldes.

Los deseos y las voluntades son ecos solitarios de un relato mayor. 
Una música que no nos pertenece pero que podemos escuchar por un rato.

Eso que se construye se destruye, 
tan rápido, 
que sólo queda la risa de lo que no sabemos.

La risa de lo desconocido. 
El regreso deforme de lo que nos sacamos de encima. 
Lo que alguna vez fue deseo ahora es olvido.

Pero vuelve con otra cara.

En el rostro, irreconocible, la risa. 
En la risa, nerviosa, el recuerdo de lo que no es.

La memoria, trampa perfecta, dibuja su realidad 
y crea un nuevo refugio al que siempre queremos volver. 



veo un pájaro volando

veo un pájaro volando 
y por un momento 
recuerdo que no entiendo 
no puedo entender 
la realidad

el pájaro está quieto 
sobre una roca 
mirando a su alrededor 
y de pronto echa vuelo 
toma lento impulso 
gira sobre sí mismo 
y se aleja 
en círculos

el pájaro no pide ser mirado 
pero ofrece un espectáculo impecable 
una experiencia estética 
apunta con el pico en bajada 
hacia su izquierda 
y traza una curva perfecta 
para extender sus alas 
hacia la derecha 
y perderse por un costado 
del lago que cruza el parque

ver el pájaro 
ver su vuelo 
es ver también 
una representación 
del tiempo

el pájaro vuela hace siglos 
el vuelo es prehistórico 
a su manera desafía al futuro 
estimulando a la humanidad 
a construir grandes máquinas 
que transportan gente por el cielo 
reafirmando el peso que esa palabra 
vuelo 
tiene para el mundo 
o simplemente volando 
cumpliendo su función animal 
viviendo para y por su especie 
ajeno a metáforas y clasificaciones 
que no encuentran más que ruido 
en un mundo que no habitamos 
pero que nos habita

el vuelo del pájaro hace 
en un momento 
un quiebre en la percepción 
hace incomprensible esta simultaneidad 
de experiencias que nombramos realidad 
hace imposible la convivencia 
de tantas fuerzas 
en un orden mundial

el vuelo viene a recordarnos 
que este planeta sigue moviéndose 
extrañamente 
y que el pájaro seguirá despegando 
del suelo 
en acto mágico 
para conocer el futuro

el vuelo del pájaro 
es como la risa o el río 
nos hace saber 
que no sabemos nada









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