miércoles, 18 de febrero de 2015

JAVIER ALAS [14.955] Poeta de El Salvador


Javier Alas 

(El Salvador, 1964). Piezas literarias suyas han aparecido en periódicos y revistas de México, Estados Unidos y España. Fundó, y coordinó de 1996 a 1997, el suplemento cultural Astrolabio, del rotativo salvadoreño Diario El Mundo. Había sido subcoordinador del suplemento cultural 3000, de Diario CoLatino, unos años antes. Su primer opúsculo data de 1988, y en 1993 y 1995 publicó dos libros de versos, que considera trabajos de juventud, y una antología de la poesía joven salvadoreña. Roque Dalton: el turno del poeta, publicado a finales de 1999, constituye un estudio de aproximación a la figura de este poeta salvadoreño, de gran estima nacional. Entre sus poemarios figuran: Abisal y Quimeras, ambos publicados en 2004. Aparece en la antología bilingüe Poésie salvadorienne du XX e siècle (Suiza, 2002), elaborada por la Dra. Maria Poumier.

Alas fue participante en el Primer Diplomado de Escritores del Sudeste y Centroamérica, celebrado en Bacalar, Quintana Roo, México, en 1992; en el Foro Joven: Literatura y compromiso, desarrollado en Mollina, Málaga, España, en 1993, y conferenciante en el III Congreso de Escritores Jóvenes, en Alcalá de Henares, Madrid, España, en 1995. Ha asistido, como expositor, a las ediciones de 1993 y 1994 de la Feria Internacional del Libro, Guadalajara, México. En 1997 dio un recital en la Casa de la Cultura El Salvador en Los Ángeles, California, EE.UU., en un viaje como parte de un premio literario. Su obra poética y narrativa ha merecido varios reconocimientos, entre los que figuran la Mención de honor Revista La Puerta de los Poetas, 40 Concurso Poesía, París, Francia, en 1994, y media docena de primeros premios de poesía a nivel nacional.

Sobre un poema suyo, y otros de Walt Whitman y Ángel Silesius, el músico contemporáneo Daniel Kessner (Estados Unidos, 1946), ha compuesto una cantata, «En el centro», estrenada en el marco de un festival de música espiritual en Kromeriez, República Checa, en junio de 2000, y contenida en el disco compacto «In the Center: Daniel Kessner at Forfest» (Capstone Records, NY, 2002).

Alas también es un reconocido pintor, representado por Galería 1-2-3. Sus exposiciones individuales: Deshoras (Rincón Cultural, Hotel El Salvador), Seres y haceres (Centro Cultural de México, El Salvador), ambas en 1998, Horizonte líquido (Galería 1-2-3, El Salvador, 2000), Visiones más allá del mar (Galería 1-2-3, El Salvador, 2003). Entre sus exposiciones colectivas figuran: Lo irracional en el arte (homenaje a Marcel Duchamp), Intercambios Culturales, El Salvador, (1997), IX Bienal Internacional de Pintura y Escultura, Galería 1-2-3, El Salvador, 1999. En 2000 participa en una subasta en Galería 10/10, México. D. F., y en la Subasta de Arte Latinoamericano Juannio, Museo de Arte Moderno, Guatemala; en esta última participa de nuevo en la edición de 2002, y en un subasta benéfica en la madrileña Casa de Subastas Durán, España. Obra suya también ha participado en Sumarte, subasta en del Museo de Arte de El Salvador.




Cenote

Garganta que, azul, bebes el grito de los sacrificios,
las vestiduras de las vírgenes: pétalos blancos
destinados a un vientre de olvido,
a un sueño envuelto por algas.
Pozo cuya lengua es el misterio:
¿cómo puedes permanecer sereno ante la muerte?
Yo sé: la diosa de las aguas
nos mira a través de ti. Sus ojos de abismo intacto eres,
aun bajo las lágrimas del cielo
que se quiebran sin penetrarte.
Pero soy yo quien llora,
y mis lágrimas no esconden su calor
nacido de humano corazón
y no del corazón del cielo —frío aliento,
rocío que las estrellas desprenden.
Mortal de mí, que he visto hoy al sacerdote
precipitar a la más bella de las jóvenes.
Veo tu serena majestad, y me maravillo
de cómo pudiste conservarla
cuando entró su cabellera en tu beso. 






El pulso de tu sangre

Cuando el manto de la noche
nos llena de estrellas los ojos, siento
la dulce bestia de tu corazón,
golpeando apenas mi hombro.
Con dedos furtivos, como viento, aparto tu collar de jade oscuro,
tu cabellera lenta como un río negro,
y en esa oscuridad dorada
quisiera encender, para ti, palabras cual brasas,
en esas lenguas extrañas del Sur.
Amo el pulso de tu sangre
bajo mi temblor.
En la ebriedad de los sentidos
somos dos animales desordenando el rocío. 






A la intemperie del relámpago

Estación violenta que escupes al polvo:
cava tus cerreras andanzas en nuestras huellas,
bébete el mar,
mézcanlo tus huracanes,
inunda esa erosión que no cree en tus derrumbes.
Nos hemos pasado la década ardiendo, tanto,
que orinaremos a quien nos llame hijos del crepitar:
racimos de un pétalo rojo —lanzado por Tlaloc
desde la alta montaña— somos.

Algún corazón de escarcha
debe pernoctar al fondo de toda esa niebla,
alguna rabia sedienta entre tanta lluvia.
Poseedores del secreto del relámpago, de su vértigo,
estrujamos todos los caminos que comuniquen al horizonte,
a esa gran luna naranja que nos delata contra el cielo.

Girasoles, el invierno está echado:
ninguna muerte puede matarnos,
por más huesos que traiga para soplar en la guitarra;
ningún signo lúteo va a pestañear en nuestra frente.

Por eso tú, poderosa estación del trueno,
arranca del aire las ciegas pavesas,
siembra, en él, aves
que no teman tu beso aguacerado,
abríguelas tu dulce ala de humedad.
Después lánzate a nuestro pecho
para caminar siempre en tu alfombra de lluvia.





Póstumo

Guerra, próspero cementerio,
cieno de la razón sin razón:
ciudades dispersas en el negro polen del humo,
catedrales y puentes de ceniza, ya escombros
de un rompecabezas imposible de desarmar.
Golfos ardiendo por el petróleo,
islas derramadas en azúcar y sangre,
istmos desgarrados entre la selva,
guerras de independencia como lluvias,
guerras de invasión, guerras del mundo
dejando rastros de pólvora en la nieve,
imponiendo columnas imperiales o estandartes,
conquistando mares y horizonte.
Guerra, flor sangrienta, como el hambre,
desechos del hombre devorado por su propio lobo. 






Desvelo

¡Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado!
 (¡Ya dormiré mañana con el párpado abierto!)
 Rubén Martínez Villena



La ceniza, hasta la ceniza
sería una amable brasa
a esta hora en que resulta imposible ocultar
nuestra blanca quemadura de frío.
Otro muerto infecundo —sopla un viento bienherido—
que venga y cruja en la fila de suicidios graciosos,
una lágrima negra más
por la copa de sangre que bebo solo,
otra hembra astuta por mi pasado azoro.
(¿Quién pidió una gota de calor,
como el venido de un océano de hielo
que ha imaginado por primera vez la llama?)
Hace demasiado frío. El sueño
es un hongo moribundo exigiendo sombra. 






II

La respiración
me despertó sobresaltado. De nuevo
es esa oculta cicatriz.
La mariposa de la luz cae ahora en los párpados
cual bendición del sol contra el color del sueño.
La ciudad, sucio ajedrez, de siluetas cual rudos alfiles,
me acepta como a un residuo más
en un vientre de asfalto molido por el humo.
Ninguno de vosotros quiso palparse el corazón, ninguno
detúvose junto a mi pregunta —congelada pregunta, sí—
a inquirir también por el hermano roto,
anoche que mortalmente deseé el sueño
y con fingir que oíais lo arreglábais todo. 





III

El corazón
es mi más caro
opio. 




IV

Noches de rascar el sueño con un palillo esterilizado, de conciliar el desvelo,
extensamente vivo. De gotizar, en los poros, la neblina que nos crece, interior,
sabedores que a veces las lágrimas no sólo son bellas sino necesarias, sin tener que
soportar el escupitajo del sol cayendo en forma de ceniza ultravioleta, como un
zopilote soberbio vomitando en nuestra moral. Y lo peor de todo es que no paramos
de reír. De reñir, digo. ¡Hasta el invierno es leve en esta parte de la hecatombe y el
veneno tiembla ante el polen abierto (y húmedo) del tulipán! 




V

Una lenta cicatriz abierta,
un pequeño acantilado para hundir el rostro,
espejo negro es este país-desgarradura.
Domingo: mes
del polvo. Nuevamente quedarse roto en esas mudas habitaciones
donde no podría dormir ni envenenado
(torpe de la hora, de mí, del súbito siglo
en que lloré al saber de los extraños muertos
y sus duros dominios de niebla y humus,
¡ellos, inocentes de haber tropezado con mi cara!).
¿Curarse de este país, usando sus esquirlas
como antídoto?





VI

El sueño. La hora de hollar
los lirios mojados por su sombra, ha llegado.
Leer a Pessoa a esta altura del amanecer
es ya suicida, ya inútil.
Como interrogarse atléticamente en el espejo,
lleno de gracia, bendito como una Guerra Santa.
Ciego de mí, que extravié mi pequeño fulgor
—el que habíaseme encomendado—
entre las piedras heladísimas,
que descubrí, para mi azoro, 
en la delgada luz del amanecer,
las marcas rotundas que en mí dejaran las pezuñas
de las lentas bestias nocturnas.
Lo que pasa es que eres ornitorrinco de púas,
y yo estoy casi dormido en esta plaza ya.
«La moral sólo existe en la mente de los inmorales»:
ello implica que un hombre podría perder el tren,
y sólo caminar hasta la estrella inmediata.
Pero el problema no es la astronáutica,
sino la aberranáutica.
A propósito, ¿alguno de ustedes sabe
por qué todos se peinan al lado derecho?
«Cervezas tibias y mujeres frías», lamentaría Baretta.
El corazón me percute en la sien, como nunca.
Su golpe llega hasta estos dedos
que a todos quisieran dar una sábana limpia,
una prolongación de sus venas.
Ya habrá sitio en otro siglo para las lágrimas.
Mi abrigo
es nuevamente el corazón. 





VII

Otra soledad enciende sus cenizas,
otro horizonte nulo se me precipita en el corazón,
y dice que la única gran noche
es la de tocar, con dedos ciegos, la poesía,
mientras los astrónomos acarician el oropel de las nebulosas
y los locos sueñan que la piel de Dios cubre sus heridas. 






Invierno adentro

Toda la niebla se agolpa en este bosque olvidado,
donde pájaros de escarcha se estrujan sin sonido.
Vuelvo al tiempo circular, a los pétalos de la nieve,
al cierzo que es lluvia y de nuevo cierzo,
a la ausencia de conocidos y presentidos labios.
Vuelvo a este arroyo que contempla su quietud,
pues hasta los peces
rehúsan quebrar los negros vidrios del agua.
Respiro la ebriedad del musgo, y sangro:
tengo el invierno en el rostro, ninguna tibieza
puede ya traspasar los temblores.
Vuelvo al lado oscuro del sol, al reverso del mundo:
hasta el aire sabe aquí a lápida.
La noche se teje a sí misma, y un disperso fulgor
chorrea aún en las ventanas.
He vuelto al cieno.
Calla, sangre; duerme. 






Historia al borde

Helo aquí, el crepúsculo de los imperios,
la última ciudad de historia y de tiempo.
Ahí las exquisitas catedrales,
allá los palacios y museos como oropel sobre la hierba.
Demasiado bello para verlo solo.
Demasiado solo para verlo bello.

(De Abisal, 2004) 






La amapola de morfeo

Sueño
una manada de caballos blancos
golpeando como un sismo a los prados,
una avalancha de galopes destrozando la hierba.
El mar resplandece como un espejo de titanio.
La estampida salta arriba de mi rostro:
en mis ojos queda como sangre
la imagen de un súbito casco.
La estampida se convierte en un oleaje de fuego
y a su paso hace crujir la arena
antes de hundirse en el mar.
Un humo blanco cubre las olas y la playa
y no veo ya más que la ceguera. 






II

La hoguera sugiere las ondulaciones de la música.
Oscilo en un vértigo de vino, cubierto por la noche de ónice y profunda.
La ofrenda de las danzantes golpea las pupilas de los sedientos,
sus aromados cuerpos embriagan la sien
y la veloz plata de su sudor quiebra las copas.
Una cabellera roja estalla como un látigo en mi rostro.
Abro los ojos al áspero remolino que mancha de arena al espejismo.
Una ola de fuego se desliza desde el horizonte, animada por el viento lunar.
La luz parte ya las siluetas cuando un temblor nos arroja en pedazos. 





III

Una lluvia de estrellas se desprende
iluminando el campo donde los guerreros
reposan como estatuas.
El sol vuelve a descender sobre los pétreos filos.
En la pupila del guerrero se dibuja el último haz
como una cabellera rojiza rozando el metal.
La marea del crepúsculo se apaga.
La espada ya no corta ni su propia quietud,
refleja la nube dorada suspendida un instante,
y sólo los lirios despiertan entre las cenizas. 







Ángeles

Estación de la humedad.
Yo tenía un sueño que tenía tus ojos,
y cada vez te llevaba un corazón.
Tu imagen, creciendo sobre las vías del tren,
era el delirio.
Luego era la noche, el cementerio
cuya soledad sólo era interrumpida por tu mirada.
Y se hacía la lluvia.
Dentro de alguna cripta,
acompañando en su paz al morador,
tu lacia cabellera eclipsaba a mis manos.
Tu perfil se desdibujaba con la prisa de los relámpagos,
para volver a la sombra de mi abrazo.
Pero hasta la lluvia pasaba, dejando su incolora saliva
en los cenotafios y en los árboles.
Ah, tu silueta entre las cruces
y los nítidos suspiros de la noche fosfórica,
tu miedo frente al pozo, como si los borrados muertos
llegaran a beber a su garganta de limo.
Fuera, una danza de luciérnagas sacudía el prado,
y tus labios sonreían un adiós.
Bajo las insuficientes luces de la calle
contemplaba en perspectiva el retorno de tu ausencia.
Quedaban en mí —arrancados el aire, la noche—
sólo la estatua viviente, el mendigo de tus horas.
Eras la felicidad. Yo,
el egoísta. 






Ahora ni el horizonte

Testigos del estertor,
vigías escrutando nocturnos territorios,
cronistas de tantas lunas de luto
hemos sido.

Esta danza del fuego significa —lo sé—
el ritual último de la guerra,
el implorado final
del humeante mapa de ceniza
que ha sido la patria.

Quedan los valles incendiados
cercando la respiración,
se presiente al animal
lanzando sus bellos músculos
en la huida.

Ahora ni el horizonte
podrá olvidarnos. 






Amanece

Azotado por la patria y el oleaje mortal,
por las eléctricas lameduras del frío asediado,
froto mi sangre como un animal
bufando a la intemperie,
cuento un minuto de la década
acribillado por el vértigo.

Palpo las cicatrices de los niños,
su corazón sólo al amparo de la crueldad.

Busco los ojos de los que amé,
alguna huella
humeante de sus pasos.
Y con los ojos levemente heridos de rocío
me pregunto cómo
sobrevivió
la vida.

(De Quimeras, 2004) 






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