lunes, 16 de febrero de 2015

DIEGO FERNANDO GALVIS [14.901] Poeta de Colombia


DIEGO FERNANDO GALVIS

(Colombia, 1990)
Nació en El Socorro, Santander. Estudia Literatura en la Universidad Industrial de Santander. Participante y colaborador en: Antología poética El vacío como llenura,; revista virtual La chueca (Colombia) y Registro (México); libro virtual: Erotismo, sexualidad, estética y belleza amerindia- Recuperación del patrimonio indígena (Colombia,
2012) editorial El libro total; y en El fanzine Etcétera -Arte, letras y otras hierbas. Ganador a los Estímulos Creativos de Santander 2013. 




MI HERENCIA

I

De mi boca salen los gritos del mundo,
los cantos que nadie recuerda.
Con mi mano derecha comandé a los hunos
y con la izquierda firmé Chanchón en una piedra.
Se despeina mi cabello Guane.
Arquitectura de la vida.
En mí reposan las lanzas
que no fueron a la guerra.
Los huesos que me faltan
están sembrados en Europa,
en las catacumbas de Roma,
laberintos y niveles con mi memoria, 
escondites necesarios
para aferrar mis raíces.
Los que me quedan
los encontré en una tumba
que bautizaron del guerrero
en el cañón del Chicamocha.
Tengo la bendición de Guanentá.
Puedo subir a la cima de las montañas
a recibir el día para entregarlo a quien yo quiera.
Bajo con la velocidad de las nubes a besar la hierba,
a abrazar la tierra mientras el sol me lame la espalda.
Llego a las riveras
y mi cuerpo se disuelve,
me entrego por completo
convertido en río.
Soy la holística viviente,
el quinto elemento
que posee los cuatro anteriores:
la combinación exacta
para disolverme entre la niebla.
Porciones del mundo.
Todo me compone:
mi boca sabe al fruto del edén,
a guarapo con arepa de maíz pelado
(Sentarme en un piqueteadero
y esperar leyendo a Lewis Carroll
Sumerjo una yuca en salsa napolitana
y juego con eso)
Mi corazón
tiene la forma del departamento de Santander
ubicado en el pecho de Colombia
(país estrella)
Mi columna los Andes
Estoy sentado junto a un cactus
Esa águila viene por mí,
me tomará para llevarme
a la amalgama celestial 
Abro los ojos y me limpio la tierra
de la cara,
del cuerpo.
Crezco con el tiempo del roble.
Acobijo con mi sombra
a quien se acerca.
Saco mis pies del cultivo y avanzo
Tengo un machete, lo uso para darme camino
entre la espesura verde.
Bautizo los terrenos
En mí, el calor del sol
Recibo la noche,
el saludo de las estrellas.
Duermo.




II

Camino en donde los pies de otra época
han caminado
(con sed, hambrientos de justicia)
Estoy pisando los sueños
que alguien derramó en estas piedras
Estoy viendo fluir la sangre,
roja por las ganas de vivir
como único método de esperanza
(tuvo que romper
el cauce de sus venas
para que pudiera sentarme
a mirar una nube)
Rojo el arcabuz
Rojo el pasto y la piedra
Rojo el cielo que escuchó
una guerra de acentos
y las chambaras entre machetes,
mosquetes y espadas
Acá,
en esta carretera de herradura
en donde aún el cemento no esconde las raíces,
puedo escuchar los gritos rupestres grabados en el camino.
Una sombra que cuando pasa deja un aroma
y mis huesos lo sienten.
Los gritos de mis ancestros
que llegan como eco hasta donde estoy.




III

La primera acta de independencia
se firmó en el Socorro.
Un pergamino escrito con sangre.
La ordenanza de un grito rebelde.
Ocho mil almas reunidas en la plaza principal
esperaron el amanecer para el nuevo día
de todos sus días.
Una comunidad
Comunes
Los Comuneros
enardecidos gritaron
que estaban cansados
de la falsa palabra profesada.
Ir hasta al convento de los capuchinos
y desdoblar el tiempo,
sentir la furia de un pueblo.
Un desgarro de garganta
como respuesta al plomo arrojado
sobre sus cabezas Hombres que empuñaron una piedra
y estaban apretando el mundo,
exprimirla con fuerza y obtener el jugo
para calmar la sed de libertad.
Oprimidos.
Silencio.
Obediencia.
(La cabeza abajo 
porque entonces un disparo
y regar la sangre sobre su tierra,
una tierra disputada
y negociada a miles de leguas
en otros idiomas,
en monedas desconocidas.)
-¿Por qué golpean al hombre que cosecha su tabaco?-
En la plaza,
un dieciséis de marzo
de mil setecientos ochenta y uno,
ya se había dado un grito de insatisfacción
que quedó rebotando como eco eterno
en las calles, casas, árboles y cultivos. 



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