lunes, 9 de febrero de 2015

CLAUDIO GAETE BRIONES [14.784] Poeta de Chile


Claudio Gaete Briones

(Valdivia, Chile 1978)
Autor de Mink’a (Ediciones Ripio, 2012) y El cementerio de los disidentes (Ediciones del Temple, 2005. Premio municipal de literatura). Editor y coautor de la introducción de Ennio Moltedo. Obra poética (Ediciones del Chivato, 2005). En traducción ha publicado Relaciones, 9 poetas del Caribe y África (Ediciones Perro de Puerto, 2012), Salomé, de Oscar Wilde (NihilObstat, 2011) y Relations, situation des poétiques au Chili, 1990-2009 (13 autores, Po&sie, nº 131-132, París, 2010).
Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías y revistas en Chile, Bolivia, Argentina, México y España; algunos han sido traducidos al francés (Sur/Sud, Ediciones Plagio, París, 2008). Forma parte de la revista plurilingüe de creación, traducción y crítica Escriaturas (Santiago/Madrid/ París). Psicólogo por la Universidad de la Frontera, ha impartido talleres psicoeducativos junto a jóvenes con problemas familiares y sociales, y con grupos mixtos en la cárcel de Victoria. Ha hecho una licenciatura y una maestría en literaturas comparadas en la Universidad París viii y ha trabajado como profesor de literatura en la Universidad de Viña del Mar.






Comienzo de siglo (fragmentos)

Haré una poesía sobre absolutamente nada:
no tratará de mí ni de otra gente;
no tratará de amor ni de juventud,
ni de otra cosa,
ha sido compuesta mientras dormía
sobre un caballo.
Guillermo de Aquitania



De un tiempo a esta parte de los ríos neblinosos
las ciudades han pasado y algunos pequeños
asentamientos.
Firme creció la numismática –una cajita de metal–
a un ritmo distinto al de los nombres. Firme
como un banco de plaza donde ahorrar a mis parientes
los treinta y ocho grados de calor de mi regreso. Un derrame
de buganvilias en el frontis de un edificio de gobierno:
eso lo confirma, el diario de vida se atrasó enormemente
—es la ventaja de los botes: los ríos no retienen las estelas.
Ahora puedo hablar de las palomas
de esas duras migajas que las palomas confunden con el
alquitrán
y sobre todo, hablar de sus estómagos
 magos negros del desperdicio.






Una vez elegido el tema los entusiasmos tropiezan con
signos por quebrar:
hojas, más migajas, polvillo de vidrios, y aromos.
Diríase un tema de conversación:
a un jovencito lo bajaron de la patrulla z 956
poco antes que un amigo medio muerto se apareciera.
Sí, de un tiempo a esta parte como de todo como paloma.
Partido he
los tiempos de conjugación de una ciudad que solía llamar
natal
y guardaré las monedas del vuelto aunque ya todos los
 nombres sean míos
y no haya trampa, a lo sumo ingenuidad.
Alguien sacará de mi boca la última moneda, espero
la espera diaria de las enormes vidas no transcritas.





Una poética del merodeo, pensé
como si lo mejor de nuestra película ocurriera durante los
comerciales:
Pedro Villarroel tocando el acordeón a las 2 de la
 mañana
cuando no somos dos precisamente.
Así pues, todo animal busca en su guarida
lo que una charla de bufidos en tu corazón.
Lárgate si lo deseas, pero no olvides llevar la piedra de la
mentira
como quien dice jamás veré porno infantil o un snuff
y al fin se anima, confiando que más tarde alargará el
 cubrecama
hacia la izquierda, hacia el mar medicinal de lo
 incomunicable:
Pedro nos habló sobre ser un río y yo no vi nada al interior
de su tango
aún no estaba borracho tal vez
 aún no estabas tú.





El merodeo, cómo no. El comienzo de un siglo
para fundar religiones:
que dios bendiga tus manos, muchacho
dijo el anciano de lentes gruesos desde la barra.
Asturias de Albéniz, se entiende
en la memoria de unas manos más veloces que la cámara.
Eso ya es una historia. El dinero que se agota, por ejemplo
justo en el momento que la música abre la puerta:
nuestra amiga imaginaria entre los pastizales
—o cervezas— emblanquecida por el viento
—o el humo de las mesas— que devuelve el sol a nuestros
bolsillos:
memoria, como objeto.






Las huellas digitales descubiertas por el talco de los
investigadores
todavía renuentes a aceptar que dios es un crimen perfecto.
Que sea él quien te las bendiga, eso dijo
tus manos, muchacho; tus músicas, se entiende.
El tema del bar fue Comienzo de Siglo. Rarísima
descomposición de Cage
o Takemura —alguno de esos hombres que murieron pasado
mañana:
siempre es hermoso, en verdad, abrir un ventanal frente a
la lluvia
entonces, un queltehue basta para echar por tierra la
armonía
o como sea que nos llamemos en el agujero de una
 canción de amor
imprevisible, inaudible, no sé cuál de estas palabras le va.
Comienzo de Siglo, escuchándolo al salir del bar
pero esto es lo importante:
 siempre al salir.






Cada uno lo escuchó después, por cuenta propia y
todavía más
un día que se bebe a solas en el cuenco de las manos
si las manos fuesen la realidad. Nadie quiso hablar de
 ello
y sospecho que no lo haremos en varios siglos. Ahora
puedo hablar de las palomas, frotando en mis dedos
el polvo encarnado de los arrayanes que crecen dentro del
río
cuando estoy de pie sobre Santiago y el tráfico inviste de sal
mis oídos, algún sitio que tal vez he dibujado
en la última página de mi cuaderno
o que golpeo con la brasa del cigarrillo
como a una puerta más larga que un faro
a las 4 de la madrugada
 volviendo a casa.





Comienzo de siglo VI, no por los dos mil y tantos sino porque
–déjame ver:
una familia entera se iba en auto hacia la playa
mientras a un jovencito lo subían a la patrulla z 956
y yo dale con que la soledad del hombre
no es armoniosa ni es más breve que las olas
y así otras cosas, pues todo es ejemplo para las escrituras.
La numismática, en cambio
es mi arte de las excepciones:
de un tiempo a esta parte
partida en otros tantos tiempos
un solo resplandor del río Calle Calle.





Por eso puedo hablar de las palomas, ahora que la
distancia
ha crecido a un ritmo superior al de los nombres
y tú eres una moneda que yo imagino inscrita
con estas cuatro líneas severas:
Al despedirnos y voltear
hay un gesto en mi rostro
el más sencillo de todos
que yo nunca te podré dar.
El merodeo, pensé entonces. Uno por cara y otro por
 sello.
El comienzo de un siglo para fundar religiones
–las palomas
cómo no.

(De El cementerio de los disidentes)



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