jueves, 15 de enero de 2015

ANGÉLICA PANES [14.498] Poeta de Chile



Angélica Panes Díaz 

(Santiago de Chile, 1986). Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile. El año 2010 obtiene la Beca de la Fundación Neruda. Ha publicado “Lud mía” (Plaquette, 2011) en co-autoría con el poeta Alexander Correa, y los poemarios “Barro (H)otel” (Cuadernos de Poesía, Biblioteca de Santiago, 2012) y Este pasar de cosas, 2015, es el segundo título de poesía de la colección Canción Callejera de Edicola Ediciones.





“Barro (H)otel” de Angélica Panes
(Cuadernos de Poesía, Biblioteca de Santiago, 2012)
Selección de poemas para Letras.s5


En el silencio de la casa tipo tres de la tarde, en verano sobre todo alguien presionaba unos botones, turbulencia de aspas al instante
y los trocitos de melón en pulpa plagaban el silencio de un aroma
estival y picoso en la punta de los labios. Una pepita adosada por descuido
en tu mejilla, otra en la ropa perdida, el aroma de un cuerpo a melón
resbaloso y fl orido. En el silencio de la casa tipo tres de la tarde
alguien restregaba un colador sobre un vaso, extracto desde la pulpa:
un jugo límpido y fragante como si de especias novedosas …
y unas cucharadas de azúcar tenue al silencio dulzón.



Y otras veces nos íbamos desenvolviendo por el parquet hasta la cocina en un puro gesto de otoño en pleno febrero, en un puro gesto de querer irnos arrobando en todo ese olor calentito, tostadas a media tarde un pan preparado con especial cuidado, derretida la mantequilla, el queso un tostador que azumagaba la estancia y parecía derretir incluso las manos que recorrían los movimientos en la cocina, un puro gesto de otoño, de poema o radio mal sintonizada, mientras las tostadas apunto de quemarse en el borde de los labios, crujían y migas por el piso.



Barro mío, insolencia mía y con letargo te devaneaba entre las colchas a la madrugada que quedaban como marca de sábana en la mejilla el cálido resplandor de una escena a interludios de proximidad
por donde Barro mío, insolencia mía como si las invenciones
del corazón hubieran sido el sendero polvoso que se impregnaba
en la punta de los dedos, en mitad de las piernas
volviéndose mugre que dibujaba fi suras como raíces
de alguna planta arrancada de cuajo, como raíces
que se enredaban a las escenas que acostumbrabas describir:
Vivir en el aire viciado de los hoteles.



Ternura, la que empezamos a leer, de improviso,
en la habitación una tarde a la venida del sol rojo, de improviso
el paisaje fue nuestro mejor aliado en la peregrinación
por habitaciones desvencijadas, casas que parecían una rogativa
una mujer cantando tan arrastrado como si de un bolero…
pero se trataba del paisaje que nos cobijaba en su rebozo
de días, las horas: calles con gatos en los pórticos
zaguánes y sabernos ese tufi llo de los hoteles, Ternura
cuando por las calles y por las plazas los guardias que rondan
la ciudad que en su bolero más yerto nos cobijaba.
Lo dicen las hojas solas. La hierba crecida, el rumor de viejos hoteles
donde esperábamos descifrarnos como a enigmas en la huida que fuimos.




En el recorte de la sombra alguien que nos ve
como si fuéramos dos niños jugando con juguetes
rotos jugando con tierra y barro y motitas de alguna fl or
hedionda, tiznadora. Que nos ve sucios, despeinados
queriéndonos en medio de las plantas, pasto, cardenales
que nos ve compartiendo un mismo dulce esparcido
por manos, boca el caramelo rojo, como si fuéramos
dos chiquillitos aupando al gato, sus patitas crispadas
enganchándose, nervio de rasguño en: manos, mejilla
antebrazo, las garritas sonando en tu chaqueta de cuero
al enredarse, rasmillón justo en el borde la mejilla
y una lluvia inesperada a mitad de mes que nos inventa
en el recuerdo de la fi gura en el recorte de la sombra
ese alguien todo preciso que nos recibe de la huida anterior
refugio entre las mantas su casita en una parte entre oculta…
perpleja ante esos niños que ríen y corretean por el patio
pisando las pozas que se forman, que hacen huir
al minino por entre las plantas donde se pierde a mudar
la pena de ser gato solo. Y nos quedamos llamándolo
cansados de tanto jugar, como si fuéramos…



Soñar con mariposa es enjambre de nebulosa a la madrugada
unas fl ores violetas que caen en enredadera por las paredes de tu dormitorio la estancia ajena, donde me invitas pasar el corazón, soñar con mariposa es olor, privado y poesía la ciudad afuera o en las sombras que se cuelan por el techo mientras descorres los postigos de tu ventana y me dices
-esta como viciado el aire- pero acá no es hotel, es centro de todo
y soñar con mariposa es estela o sierpe ambigua, el humo en las manos
que parecen caérsenos a pedacitos en el sueño con sangre, arrecife
tono extraño de las letras que plagan este encierro y la onírica sensación
de estarse enquistando en el centro de todo
este poema laberinto, párpado, mariposa…


El té de las seis que se demora porque al través de esa mirada torva se siente un miedo, una porcelana trizada. La ceremonia inconclusa. La vajilla sucia. La cocina en desorden, una tetera que no hierve más, sarro adosado al fondo. Tiznada. El abandono de las costumbres, de la cotidiana estancia.
Un despliegue de las escenas, como si todo esto fuera un degrade de plumas, alas de cisne negro cuando una canción habla de tazas y manteles, la miel.
Entonces una foto borrosa: una mujer de ojos pintados. Y otra foto: con lluvia uno de estos días recorrer el parque a la noche y las bastas mojadas. Y otra foto: parejas que juegan en las zonas más oscuras mientras una sombra entre los árboles algo mueve o se trama entre las manos. Y otra foto: niños jugando con barro y motitas de alguna fl or hedionda y tiznadora. Y otra foto:
salida al mar, escapados al bullicio de la mañana en la estación. Y otra:
playas enquistadas en los rompientes de un litoral informe, laderas de una
casa- poesía allí, tendidos. Y otra: dos chiquillitos aupando al gato, sus patitas crispadas enganchándose, nervio de rasguño en: manos, mejilla antebrazo, una lluvia inesperada. Y otra más: la ciudad afuera o en las sombras que se cuelan por el techo mientras descorres los postigos de tu ventana. Otra más:
De cara al sol, los ojos solemnemente cerrados. La última al fondo del cajón: sangre en el canto de la mano.




Insomnia la ciudad que purpura en los ventanales de un auto hasta el metro. La ciudad. Maroma de gente atosigada, olores. La ciudad. Una, mía, real. Sin alameda a la madrugada, sin las dunas o todo el desierto-estación.
Plaza Egaña. Plaza Nuñoa. Plaza de Armas. Parque de los Reyes. La ciudad.
Un día cansino y bochorno. Dos de la tarde. La ciudad que espera paciente.
Estación. Voy de paso por ésta. La ciudad. Un montón de niños viniendo hacia mí. Dejadlos. Luz roja. Un día y otro, las horas todo siempre previo, siempre antes. La ciudad. Voy de paso y me quiero volver.
Tomar un té, tomar una siesta, tomar unas piedras y tirarlas lejos. Hojas
rotas de un libro a la intemperie. Imágenes para no morir, imágenes para ser.
Imágenes para palparme que hay un rumbo, días, horas, noches. La ciudad.
Tomar un té en el salón, la ceremonia, mi sol rojo. La ciudad. Desde la ventana de un cuarto que era el centro de todo. Los gatos se lamen lento en un rincón, olvidados como si fueran ovillos de lana que se van desarmando. Esas cosas que perdí. San Pablo 1130. La ciudad.




Barro de Angélica Panes
Balmaceda Arte Joven, 2014
Por Raúl Hernández
Texto de presentación, 15 de noviembre de 2014, FILSA 2014

Es para mí un placer poder presentar esta segunda publicación de Angélica Panes, poeta con quien pudimos trabajar juntos en su primera publicación llamada Barro (H)otel que publicamos con los Cuadernos de Poesía de la Biblioteca de Santiago. De su primera publicación hasta hoy han pasado un par de años y es justo decir que su estilo y calidad literaria ya ha dejado de ser una promesa. Esto, pues es innegable el buen manejo de la pluma por parte de Angélica y la destreza admirable con la cual va dando forma a sus poemas, versos, imágenes. A partir de esta claridad escritural es que tengo la certeza de encontrarnos frente a una gran autora, y es ahí también donde radica el honor de poder estar aquí hoy presentando su nuevo libro: los poemas de Angélica, los cuales he tenido la fortuna de conocer siempre en sus primeras maquetas, ya son parte de un gusto personal en donde poco a poco me ido transformando en un seguidor de sus poemas y sus libros. Y es genial poder presentar a una autora que te deslumbra.

En esta ocasión, su nuevo libro Barro es el que sale a escena, libro que se publica al alero de Balmaceda Arte Joven Ediciones con la dirección del incansable Rodrigo Hidalgo. Este sello poco a poco ha ido dando ruta y señal en la obra de una camada de nuevas y nuevos poetas salidos de los talleres de Balmaceda Arte Joven, los cuales han ido armando un escenario poético vital en estos últimos años, inmiscuyéndose con seguridad y con el aire juvenil de los primeros libros de poesía.

Pues bien, entrar en el libro Barro de Angélica Panes, es entrar a los pasajes de la periferia citadina en los cuales se vivencia el día a día de la forma más esencial posible: viviéndola a concho y con el afán claro de la supervivencia. Es así como en estos poemas podemos ir de un lado para otro, recopilando lo maravilloso de lo simple, mientras vemos colillas sucias al borde del portón, como una síntesis de los detalles únicos de cada vida: junto a la familia, los vecinos, amigos y familiares. Esa vida que es la única que hay que vivir.

Y es entonces que nos encontramos con fotos de una ciudad mal escrita / en cuadernos de hojas no cuadriculadas, versos que parecieran señalar la precariedad en los días cotidianos, pero que no son ausentes de momentos esenciales y propios: la vida, el té, un pansito amasado, el pleno verano / sin más que hacer, quizás esperando que tus recuerdos / toquen la puerta o entren no más como Pedro por su casa. Y van apareciendo así, en estos poemas, los niños que corren por el patio. Niños y niñas, abuelas, personas del barrio que junto a un olor a pasto mojado constante, cercano siempre al barro, permanecen en las aceras y son parte de esta escritura que por un lado puede ser un acto biográfico o también un acto fotográfico, que además bordea los albores de nuestra propia identidad: sucesos que siempre son genuinos por que no se planifican: como niños que juegan y se mojan / delante de un grifo abierto a eso de las tres de la tarde / para pasar el hambre, el calor, dice Angélica Panes.

Fuentes de soda, canchas de futbol y un barcito de barrio, son el escenario que complementa todo este racconto de vivencias que podrían estar sucediendo hoy mismo y que se van repitiendo como en una máquina de diapositivas. Van sucediendo estos momentos al mismo tiempo que sobreviven al calor y se refrescan con el viento de la tarde, en donde un hombre duerme todo el día el turno de noche mientras a lo lejos se escucha una cumbia triste.

Las calles y sus árboles, la familia, una casa, las personas del barrio y las cervezas que se van desvaneciendo al pasar el día. Todo esto va dando forma a un entramado vital que se sitúa como un escenario preciso, geográfico y claro del momento que acontece: una vida en la ciudad de Santiago, en los barrios más reales, esos lugares en donde la vida se juega y se dispersa como un montón de bolitas de cristal que se caen de repente.

Angélica Panes logra con su libro Barro un álbum personal de la vida clara que nos toca vivir: la valoración de los constantes hechos que nos hacen ser parte de una historia, sin impostaciones y con la señal inequívoca de quien sabe abrir una cerveza en la plaza, a como de lugar.







(De Este pasar de cosas. Edicola, 2015)



LETANÌA

Se insiste en la hipótesis
del presentimiento basados
sobre todo en las últimas acciones
y declaraciones de la fallecida:
asegurar los víveres, devolver
algunas cosas, preguntar
por los hijos, nietos, bisnietos, insistir
en el pago de las cuentas, en el manejo
de las llaves, decidir el uso
de ciertas prendas de vestir
todo lo cual, hace presumir.

Y se declaran consternados
quienes la cuidaron el último
tiempo escuchando desde todos
los puntos de la casa el monólogo
casi como una letanía
que los situaba en el devenir
de sus noches, las horas y se declaran
consternados al sentir
que no supieron ver
la muerte tendida
a la puerta de la casa
cual perro ante el único reducto
de sol primavera.

Y el desfile de deudos
silenciosos interminables. Pausados
en su sorpresa, los vecinos
los familiares, las cuñadas
y sobrinas llegaban
y arrimándose bebían
un poco, lloraban un poco,
guardaban silencio
y reiteraban las frases

sosteniendo el votivo consuelo
de una buena muerte

acto minuciosamente organizado
y dirigido por el eximio
dramaturgo que ha planeado
desde el destino de las platitas guardadas
hasta el rol que nos tocará ocurrido

el deceso.

E iban observándose,
dolientes, contritos, leves
mientras el silencio
se esparcía, las plegarias al altocielo
se esparcían y todos paganos entonaban
las mismas frases: letanía
como devenir, se observaba

otra hipótesis sostenida
la sensación de primavera
cargada, densa. Cosa
de energías y feng shui

pero lo cierto es que la sensación era
más bien como un gran Midas propagando
la peste del oro a lo que tocara:

mustios, silenciosos
no creyentes y dudosos

aun cuando, lo cierto, es que iban
pegando imágenes en las paredes
verdaderos collages, estampitas
de la buena muerte, lanitas rojas
enrolladas a la cintura

para proteger, para espantar
la fractura donde ni el escepticismo
del que se vanagloriaban les servía.

Pura pobreza de espíritu

ahogo y verano y humo
que los iba poniendo mustios
y acrecentaba las ganas de huir;
al sur, al norte, a algún lugar. Huir
a alguna parte donde renovar

esa sensación de fin de mundo, dantescas
decían, las plagas decían, todo
el mito cristiano del castigo, decían.



BORRASCOSA

Quedarse ausente, febril.
Redención. Buscarla en las lecturas,
como quien se interna en un prado
verdoso y campestre para perderse días
horas las noches. Quedarse silente, inmóvil.
Pensar en las cosas que parecieran ir
desgajándose en su importancia mientras
plantas y animales van invadiendo.



LAS MEMORIAS

Entre Santiago y Lolol recalar en una cocinería cual bistro en medio de la campiña, sintiéndose intrigados por los tragos preciosamente servidos en jarras que una mujer revuelve con propiedad como si de atender a su padre se tratase mientras recibe y propone, mece y caemos en la sibarita tentación de los más enjundioso menús de toda la comarca.

Entre Santiago y Lolol una carretera cortando la campiña, sonriéndonos el trayecto, acariciándonos con su cordialidad primera como condición o posibilidad de tiempos vacíos, muertos, solos, una parada final.



A LA HORA DE LA CANÌCULA EL CUERPO UN ACOMODO ENTRE LA SIESTA

y el silencio de la casa en la planicie que suele acogerme
regalarme una estancia para sortear esta soledad que se me curte

En el patio fierros oxidándose al sol, perros
viejas ollas como platos de estos comensales que sortean las horas
días, sus noches

Y a la hora de la canícula dejar entrar el aire tibio a la casa, soportar
esta sentencia como un regalo también del estío y dormir

dormir en la planicie llenándome del polvo que se va colando
por los poros hasta hacerme una figura imprecisa, una figura

que desde el camino, para quien alce su vista, anuncie pruritos
de agradecimientos como un letrero estatal al cruzar la región.



EL VIAJE COMO UNA TISANA

Sentada a los pies de la cama tempranísimo
sus historias mañaneras entrecortadas por mis últimas somnolencias
preparar: leche para ella, café para mi, tostadas para ambas; lecturas
posteriores juegos de media mañana; orden de la casa, del cuerpo, silencio
tipo doce del día del living al comedor a la pieza; almuerzo; sobremesa
toda la tarde en su extensión hasta las últimas conversaciones

así los días, las horas, podríamos: intuiciones

algo que no tenga nada que ver con la idea del viaje
como turismo estival, turismo aspiracional o compensación de
infancia pobre (yendo a Cartagena por el día no más en un bus
repleto de vecinos: la organización de club social)

nada que tenga ver con esas ideas; mejor puros viajes clase B:
bajo presupuesto, sin fotos, sin souvenirs como si fuera una tisana
una larga cura de sueño con calor, con hambre, con tierra
por todo el lugar un blanco silencio de los días por venir, una marca
de sol atenuándose con el paso de las estaciones.

El vaho de una tisana recién preparada, reconocer
los sabores y caminos mezclados, esa propiedad:

no chocar con los muebles al contraluz.



CAUCE
(inédito)

I

La silueta de los gestos debe ser sobre el tapiz de los días,
sobre superficies que, libres, ofrezcan espacios que completar

así mesas, paredes mohosas, libros rayados
ropa manchada, vasos trisados, mándalas naturales

lápices astillados

paredes cuyos cauces son los trazados
de alguien que aprende recién a tomar el lápiz.

II

Él prolonga sus gestos cual planta silvestre que se propaga
por el jardín imperceptible, silencioso malvón, aquí y allá, de ramas
que parecieran entretejerse sin patrón, tan solo siguiendo el favor
que el viento ha dado a sus semillas

las que ahora se yerguen por entre la maleza.



Tironear la hilacha de los días: “Este pasar de cosas”, de Angélica Panes.

Por Nicolás Meneses
http://www.colera.cl/


Tejer y ver cómo se urde con paciencia la trama de los días. Este pasar de cosas, segundo libro de Angélica Panes, publicado por la editorial italo-chilena Edicola, se propone realizar esa tarea: tomar cada hebra que ofrece la rutina y montar un telar de “cosas”, sustantivo popular que engloba el cúmulo de acontecimientos diarios y objetos que la hablante reconoce como propios del entorno que habita.

Similar en estilo, este libro se puede leer como una continuación de  Barro  (Ediciones Balmaceda Arte Joven, 2014). En él nos encontramos con la misma hablante que mantiene el temple evocador, pero que se despega de la memoria infantil y espeta el territorio propio con dureza. Es el tono poco oficial de la población el que repercute en los poemas, la atmósfera que invade la presencia del cuerpo en la intemperie: “La helada/ desde la misma planta de los pies, tobillos/ pantorrillas, muslos, pelvis, torso, brazos, dolor/ en las coyunturas estarse amasando/ como un animal tendido en la puerta de la casa” (pág. 7). Al contrario de Barro, en este libro el clima pesa, clausurando toda posibilidad de juego y reencuentro. La inquietud de la niña es reemplazada por la necesidad de guarecerse del frío, capear la helada con una sopa, empanadas al paso o algún trago en un bar.

El movimiento en infinitivo que enuncia el título (este “pasar” de cosas), se enmarca en el tránsito que protagoniza la hablante, recorrido que pugna entre la inercia del arraigo y la necesidad del viaje, pero la precariedad solo alcanza para no endeudarse y salir del paso: “´SOLÍAMOS EMPEÑAR PARA VIVIR AL DÍA/ comer en restaurantes baratos, dormir/ la siesta en moteles viejos, ajados, el olor/ gamuza que se nos impregnaba, casi” (pág. 19). Así también la rutina asfixiante, lo recurrente que desaparece del camino convirtiéndose en obstáculos y golpes: “La sensación/ de que todo se está amoratando. Magullón/ en las piernas, los brazos. Golpes en el canto de los muebles/ mordidas a la madrugada, alguien pidiendo” (pág. 15).

La violencia no queda fuera del cuadro que Panes rastrilla en su libro. El alejamiento de los recuerdos infantiles marca el tono, aunque no impide recalar en la niñez de los vecinos muertos en su ley: “Las vecinas lo lloran porque mal/ que mal lo vieron crecer y acá todos los cabros se conocían/ fueron amigos, jugaron a la pelota, se bancaron las esquinas/ cayeron presos, salvaron de otras, no tuvieron futuro” (pág. 23). Un eco que persiste y resuena tanto fuera como dentro de la escritura, del libro, del poema: “El verso/ repercute como un disparo en las afueras de la casa/ barrio con sombras que se mueven a la noche/ ráfagas a lo lejos que parecen ser la música de fondo” (pág. 27).

El ansia carcome ante la imposibilidad de ningún porvenir. Las acciones maquinales y planificadas se suceden en ese bosquejo que intenta ser el calendario. De entre todas las cosas, la escritura aparece y se retoma como viejo álbum incompleto: “Escritura, entre horas y labores, se parece a un cajón forzado de/ tanto contener en desorden, sin criterio de selección y donde una/ apresurada hurga en los viejos poemas, las imágenes y no resuelve” (pág. 45). A ello se suma la importancia de aprovechar el tiempo, las horas y minutos que quedan entre el trabajo y los deberes, estabilizarse o echarse a correr: “SER VIENTO ME ESCRIBIÓ/ ser viento o pájaro entre estos árboles/ que suenan como olas, una golondrina/ cruzando de punta a cabo pero tengo miedo” (pág. 55).

Este pasar de cosas de Angélica Panes continúa un interesante recorrido ya iniciado en  Barro (H)otel (Cuadernos de Poesía, Biblioteca de Santiago, 2012) y continuado en  Barro  (Ediciones BAJ, 2014), un diaporama que ha retratado de manera fidedigna y amplia el barrio, aunque devengan “por la ciudad lluvias que apacientan/ en todas estas imágenes quedando manchitas// manchitas por todo el lugar. Manchitas que forman una visión distinta, un cariz ufano/ yerto como máscara oriental” (pág. 9). Para llevarnos después de tanto resquebrajo a intentar encontrar, a la manera de la contemplación, la comunión con el presente: “aprender a respetar/ el tiempo, la justa medida/ de todo aquello que es” (Pág. 61).






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