viernes, 19 de diciembre de 2014

MARIANA RUIZ ROMERO [14.269] Poeta de Bolivia


Mariana Ruiz Romero 

Nació en Tarija-Bolivia, en 1982.
Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad Católica de Cochabamba, Bolivia. Magister en Relaciones Internacionales por el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Ha cursado gastronomía en Azafrán y escrito un libro culinario-poético: 
Los Secretos de Rosalía (Editorial Nuevo Milenio, 2006) y el libro infantil Uma y el círculo Mágico (Editorial La Hoguera, 2009, http://venenolundico.blogspot.com/2009/06/uma-y-el-circulo-magico-el-nuevo-libro.html). 
Es parte de la antología joven poesía boliviana "Cambio Climático" (Espacio Simón I. Patiño, 2009). 
Ganadora del Concurso de Cuento Breve “AXS” 2007       (http://venenolundico.blogspot.com/2007/08/mariana-ruz-romero-gana-concurso-de.html). 
Ha colaborado en diversos suplementos literarios en su país, actualmente escribe para Fondo Negro en la Prensa. Asimismo publica sin regularidad en su bitácora http://mardesierto.blogspot.com/. 

En este enlace pueden acceder a una reciente entrevista que la hicieron: http://educamposv.lacoctelera.net/post/2009/08/30/mariana-ruiz-romero-la-lectura-es-pasion. Su obra en poesía permanece inédita.




Cinco poemas en prosa de esta autora, extraídos todos de Cambio Climático.



Cualquier apetitoso contenido

Una redonda gota de materia se desliza en mi interior, pequeña y metálica. Las cavidades rugosas de mi ser la dejan pasar, balanceándola gentilmente de un extremo a otro de mi cuerpo. No hay nada más. Ella sola rueda a través del silencio, resonándolo. La imagino sin brillo, quizás porque su recorrido se me representa en tonos apagados: gira alrededor de murmullos rojos como la madera antigua, atraviesa huecos cálidos, oscuros como las sombras de la tarde. Duda entre un rumbo y los otros. Sin esa gota, esa dureza ajena a mi cuerpo, yo apenas soy una vulva vacía. Una torpe envoltura hueca, carente de cualquier apetitoso contenido.




En el jardín

Tiniebla, entre velo de sangre y otros tonos del sueño. Tocan a mi puerta y estoy dormida, no atino a responder. Envuelta en amarillo tibio, en rosado y gris, espero, detenida. ¿Tocan a mi puerta? Inmersa en mi cuerpo, dada vuelta, mis párpados en el fondo de mí misma, no puedo abrirlos. Mis pies cuelgan dentro, levantarme es algo que no puedo. Respiro líquido, mi boca ha olvidado el roce anaranjado de tu boca.
Tocan, rozan con los dedos la madera de mi puerta, y yo, doblada entre penumbras, no puedo ofrecer mi piel a la tibieza de esas manos que insisten a mi vera. Cesan, y el ruido de esa ausencia deviene insoportable. Cuando despierto, ojos abiertos atravesando esferas, agua corriendo derramando puentes, vidrios de luz, ya no están al otro lado. Exploto al respirar. En el jardín, otro capullo cae abierto.




Suspendida

Dentro de mí no puedo respirar. Algo se me envuelve y atraganta entre el vientre y el estómago. Gira, pesado, me fatiga el habla y la respiración, me hace lenta. A veces intenta salir todo de golpe, como un mareo, otras, parece aposentarse, decidido, en el fondo del estómago. Al final, regurgito una hebra fina, delicada, por la comisura de mi boca: está hecha de palabras. Con ella tejo mis mañanas, y equilibro, cuidadosa, cada uno de mis puentes, ésos que me conducen de un sueño a otro, sin caer, sin retenerme. Como Clarice, la otra araña, construyo, urdo mi tela. Concibo cada una de sus frases. Sus perladas esquinas. Sus estructuras sólidas. Camino, así, sobre mí misma, falta de aire, en los ocho ojos todo comprendido. Como Lispector, la otra que teje, suspendida.




Mariposas

Me mira, los ojos le brillan como si ya me tuvieran dentro. Me quedo quieta, como cazada, sin atreverme a corresponder ni moverme, de súbito envuelta en la cristalina pared de esa mirada; como una criatura frágil o alborotada, detenida de pronto. Mi mundo confinado al cerrado entorno de ese instante, sólo me resta observar: quién sabe por cuanto tiempo mi alma sabrá mantener su pausa, yo-sobre-grava-sobre-verde, antes de desesperar y agitarme toda, reaccionando ante ésa, la soberana percepción de quien me embarga. La temporada ha empezado.




Recuerdos incluidos

Tengo que irme. No estoy donde debería estar y la urgencia de partir me remueve entera. Escribo, porque-no-queda-más-que-escribir, porque-no-sabría-hacer-otra-cosa, antes de mandarme a mudar, de hacerme aire, de huir con mi nombre y mi piel a cuestas. Es tan lindo estar en otra parte, ser una desconocida de pelo negro y ojos distraídos. Sonreír y pensar, ah, nadie sabe a quién me parezco cuando sonrío, ni quienes son mis padres. Nadie sospecha con quien duermo abrazada, ni se lo inventa si no sabe. A nadie, y este es el alivio más profundo, le afecta mi soledad, mis cambios de humor, mis desalientos. Puedo, sin chistar ni ofrecer explicaciones, desnudarme en una plaza, besar las esquinas de sombra, bailar al son de música en balcones. Puedo atracarme de galletas, no comer una semana, beber sólo agua y no doblar mis pantalones por la línea del medio. Puedo puedo puedo. Y este sol, y cielo azul, y ésta cerveza fría, no alcanzan a convencerme de lo contrario. Todos ellos, diferentes, se pueden hallar en otras partes, los dioses saben que lo particular es universal, sólo que está en un lugar distinto al anterior. Así, disfrazada, parto pronto. Las faldas recogidas, los senos escondidos, temprano una mañana. Aunque mi pasado me persiga, da lo mismo. Toda forastera lleva a cuestas lo suyo. Recuerdos incluidos. 




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