domingo, 7 de diciembre de 2014

EDELMA ZAPATA PÉREZ [14.194] Poeta de Colombia


Edelma Zapata Pérez

Falleció, a los 56 años en noviembre de 2010 .
Nació en La Paz, Cesar, Colombia. Sus primeros poemas datan de los años setenta, con una clara intención de justicia social e identidad étnica. Realizó estudios de antropología, literatura y lingüística.
Trabajó el tema de la cultura popular y la tradición oral, para la Fundación Colombiana de Investigaciones Folclóricas. Dirigió los programas Identidad Colombiana y Afrocolombia, a través de la Radiodifusora Nacional de Colombia.

Posteriormente, en el año 1999, publica un corto libro de poemas:
Ritual con mi sombra, en cuyo prólogo, escrito por la poetisa colombiana Meira del Mar, leemos: «Las primeras palabras de Edelma anuncian el tono de su obra: vengo de miedos ancestrales, símbolos metálicos me aprisionan. Con ello explica su viva vocación poética, alimentada desde siempre por sus ancestros».

Ha tenido la oportunidad de publicar algunas reflexiones poéticas de orden étnico, y algunos de sus poemas, en revistas como Parlara, Afro-Hiaspanic Review, en el ámbito universitario norteamericano, y en América Negra, publicación de la Universidad Javeriana de Bogotá. Igualmente en La palabra poética del afrocolombiano, libro publicado por la profesora de la Universidad de Popayán, Hortensia Alaix de Valencia.

Ha colaborado en algunas investigaciones y documentales sobre la obra y vida de su padre, el escritor Manuel Zapata Olivella. Tiene dos obras inéditas: La otra cara de la Luna y Rumores de melancolía.
Actualmente, debido a una artritis reumatoide, enfermedad que padece desde los catorce años, la cual ha dejado en su vida una huella indeleble, se dedica a trabajos esporádicos y a la literatura.


Afrocolombianidad

Murió la poeta Edelma Zapata Pérez, hija de Manuel Zapata Olivella. 
Sentido adiós

Falleció, a los 56 años, este viernes en Valledupar. Luchó 41 años contra una enfermedad crónica. “Una mujer de instintos guerreros”, fue el último reportaje sobre ella, en Vanguardia de Valledupar, el 29 de agosto. Lo publicamos como un primer homenaje. A comienzos de este año, publicamos aquí su testimonio “Mientras agonizo”.


Edelma Zapata Pérez, una mujer de instintos guerreros

Por MARÍA RUTH MOSQUERA



“Vengo de miedos ancestrales
símbolos metálicos me aprisionan
en la vasta soledad de ensoñaciones
escucho la voz de los tambores
dialogando con el vuelo de los muertos

Os convoco
Dioses
Tótems
Al mundo visible e invisible
Todos venid con vuestros rayos fulminantes a libertar mi tribu”.
Ritual con mi sombra (Editorial El Astillero – 1999)



Sentada en una de las mecedoras del pasillo la sorprendió la lluvia de la tarde. En silencio vio caer las gotas sobre las palmeras y el pino del jardín que llenan el patio y contempló un rato las piedras coralinas mojadas.

Evocó años remotos en que ella corría por las calles del pueblo… Eran épocas en las que su anatomía era libre y podía ir de aquí a allá sin limitaciones.

Ahí la encontró una amiga que desde Valledupar fue a visitarla y se regocijó porque la vio mejorada. “Ve, Edelma, pero si tú estás es gorda”, le dijo al momento de fundirse en un abrazo de paisanas que se reencuentran y tratan, en unos minutos, de ‘ponerse al día’ con los acontecimientos de los años.

“Ayer me gocé el día, la pasé bien… hoy sí ya han vuelto esos dolores”, expresó Edelma Za-pata, una guerrera de 56 años, que cuando se asomó a la edad de quince años fue asaltada por una artritis reumatoidea que viró el rumbo de su vida, dejándole marcas indelebles que se evidencian en su físico y le contristan el alma.

Una brisa fría y tímida se metió en todas las casas de La Paz, acentuando el color gris que toda la tarde cubrió el cielo del Cesar.

Apoyada en los brazos de su madre y de su amiga, Edelma atravesó el patio y llegó al kiosco; ahí se sentó en una poltrona y habló de sus poemas, de su infancia, de literatura, de su padre Manuel Zapata Olivella, de sus hijos y sus dolores.

La suya ha sido una vida llena de transformaciones, pues a sus siete años su entorno cálido y pueblerino en La Paz fue mudado en uno frío y citadino en la capital del país.

Cambiaron entonces los cuidados de su madre: María Pérez de Canales, nativa de La Paz, por los de una española: Rosa María Bosch, que la cuidó a ella y a su hermana Harlym como hijas propias.

Creció con calor de hogar, con un padre: Manuel Zapata Olivella, que lo daba todo por sus hijas, del que por cuestión de genes Edelma heredó el amor por la lectura y el arte de la creación literaria, inspirada en las escenas cotidianas que veían en su entorno.

Esa tarde en el kiosco rememoró los episodios de infancia cuando debían llamarla una y otra vez para que soltara por un momento los libros y se sentara a la mesa a cenar. “Me gustaba leer cuentos; recuerdo que Manuel y María me premiaban, cuando hacía algo muy bien, llevándome a una librería para que escogiera los libros que quisiera”.

En su adolescencia escribía pensamientos en cuadernos, a modo de diario, que se traspapelaron en algún recoveco del tiempo y que aparecieron hace poco, después de la muerte de su padre (2004). Rosa, su madrastra, los había guardado. Fue bonito leerlos, recordar y sorprenderse con su la inspiración pueril.

Al evocar esos momentos, el rostro de Edelma adquiere un brillo especial, sus poros ‘hablan’ de felicidad, de tiempos hermosos, con sueños y libertad.

De pronto el fulgor se va desvaneciendo y en el teatro de los recuerdos entran a escena los inicios de la enfermedad que le robó la autonomía física y hace que hoy no tenga potestad sobre su cuerpo, el cual ha sufrido muchas transformaciones, porque su padecimiento es degenerativo y se hizo presente desde cuando ella tenía sólo quince años.

“No había mucha consciencia de parte mía, todavía era una adolescente; me casé joven, a los 21 años. Cuando nació mi primer hijo se desarrolló la enfermedad, bajaron las defensas y empezaron las deformaciones, los dolores casi todo el tiempo”. De cierta época hacia acá nunca más la abandonaron los dolores.

Algunos días son llevaderos, “como ayer”. Cuando tenía esos días, hace años, Edelma aprovechaba para salir y hasta bailar. Con una sonrisa cuenta que a veces, cuando no podía moverse bien “me soltaba con dos aguardientes y se me olvidaba el dolor”.

“Tengo muchas cirugías encima, cosas con prótesis que ya no han podido volver a funcionar y una enfermedad muy destructiva, muy dolorosa”.

De regreso a la literatura como tópico central regresa también la expresión de regocijo en el rostro de Edelma, que habla de su obra ‘Ritual con mi sombra, poemas inspirados en el dolor de sus ancestros esclavos, en la correspondencia entre la vida y la muerte, entre el ser y la naturaleza.

Habla también de dos obras inéditas: ‘La otra cara de la luna’, en la que invita a imaginar, a crear, a viajar al interior, a esa parte que no se ve, que está detrás y en la que se captan muchos rasgos de ella misma; y ‘Rumores de melancolía’ que contiene un ciclo de poemas a los secuestrados y habla de temas sociales que de alguna manera la ‘tocan’.

“Hace rato que no escribo”, dice y se lamenta de que por primera vez la enfermedad la ha separado de la creación.

Ya es bien entrada la noche y de nuevo Edelma regresa a la mecedora del pasillo, apoyada en su madre, quien le acaricia las mejillas y le dice: “ya, mi amor”.

“MIENTRAS AGONIZO”

“Huyéndole al dolor y después de haber bañado de lágrimas la almohada, me he levantado. He prendido la com-putadora y aquí estoy: los que vamos a morir pedimos nuestro derecho a hablar y a ser escuchados”.

Fue una madrugada de febrero pasado. Edelma estaba agotada y adolorida, no sólo en su cuerpo sino en su esencia de ser humano al que se le vulneran sus derechos, que experimentan la sensación de estar sentenciados a desaparecer. 

Hizo un escrito que tituló ‘Mientras agonizo’, en el cual habló acerca de sus luchas como paciente (de la Nueva EPS) para acceder a los medicamentos, en tiempos tan cruciales como estos, de reformas a la salud y de ‘paseos de la muerte’.

Debido a la reforma, durante el segundo semestre del año pasado no recibió los medicamentos esenciales para sobrellevar sus padecimientos “y este año todavía estoy en la tarea de conseguir una cita… Mi estado físico y emocional se ha deteriorado rápidamente por esta abstinencia de droga obligatoria”, escribió.

A este panorama gris se suma la fría atención médica. “El médico dedica a cada paciente cinco minutos y apenas tiene el tiempo de escribir como un autómata la fórmula, mientras de vez en cuando, alza sus ojos cansados y te echa una miradita por sobre la computadora; no pone un dedo encima del paciente, no hay tiempo”.

ORGULLOSA DE SU PADRE

“Yo sí me siento verdaderamente orgullosa de mi padre”. El orgullo se le nota y no es para menos, pues el nombre de Manuel Zapata Olivella está escrito en la historia del país como uno de los grandes pioneros de la cultura popular y de la identidad.

En 1975, Edelma acompañó a su padre en una investigación sobre tradición oral, en la que recogieron abundante información oral sobre leyendas, cuentos, tradiciones; “un archivo como de unas mil horas de grabación sobre tradición oral en analfabetos e iletrados mayores de 80 años. En el año 72, un archivo de una importancia porque todos esos ancianos se mueren y su conocimiento se va con ellos”, dice Edelma.

Durante casi 20 años Edelma Zapata se dedicó a la investigación de la cultura popular y la tradición oral; tuvo dos programas en la radio nacional, el cual alimentaba con la información que había recopilado con su padre.

“Venimos de una raza guerrera”, dice, mientras recuerda la sentencia de su padre: pronto van a salir los grandes guerreros negros, van a estar en las más altas cumbres de las áreas disciplinarias “y fíjate que a cinco años de su muerte eso es una realidad”.

Manuel Zapata Olivella nació en Lorica, Córdoba, en 1920 y murió en Bogotá en el 2004.
  
9 cirugías le han practicado a Edelma, entre las que se cuentan reemplazo de caderas, columna, rodillas, cervicales y dedos de los pies en forma de gatillo. Aún le faltan cinco, entre estas: manos, pies y de nuevo la columna… “”pero yo creo que hasta aquí me trajo el río porque también la vida de los hospitales es muy triste”.

2 hijos tiene Edelma Zapata: Karib (abogado), nombre con el que su abuelo quiso rendir homenaje al Caribe, lo que materializó con una ceremonia simbólica de un bautismo africano; y Manuela del Mar (socióloga), cuyo nombre rinde homenaje a su abuelo y a una relación misteriosa con el mar.

¿Sabía usted que…

pese al padecimiento crítico que viven los pa-cientes con artritis reumatoidea, ésta no es considerada una enfermedad catastrófica?

Esta mujer es una guerrera que por 41 años ha luchado no sólo contra una enfermedad crónica, sino con las dificultades para acceder a la atención médica y a los medicamentos.

Hace ya varios meses, Edelma dejó el frío capitalino y se sumergió en el entorno de su infancia, en los cuidados de su madre María Pérez de Canales, en la casona de amplios pasillos y un hermoso jardín, en La Paz, Cesar.





Viento salino

Un demonio de máscaras
burlonas me hace trampas.
Sudado rosario de desgracias
memoriza mi cuerpo.

Días y noches de un mismo amanecer.

Hay una sola y triste tarde,
sentada en un banquillo.
Desde aquella huidiza tarde
en que otras tardes
prodigaron su olvido.

Hoy, he guiado sus ojos ciegos,
su noche oscura, entre pinos y ramas
de garras gigantes.

Aprisiona mi brazo taciturno su cintura.
Tiembla su cuerpo, y tiembla mi miedo.
Tarde querida, ya te alejas
entre las grietas del crepúsculo.

Como cae en ti el ocaso, cae en mí la pena.





Plaza

Sobre la plaza un rayo de sol
camina tenue el ala de un sombrero,
lánguido acaricia la piel de una niña,
y cae como pluma en su boca.

Desde la sombra, en los tendidos,
de emociones urden los corazones.
De vino caliente, de boñiga y corrales.

La tarde repite los espejos.

Como un dios que irrumpe con su trueno
el toro cimarrón de feroz instinto.

¡Gloria da al rito!

El torero tenso en la piel de luz,
suspendido el aliento, desafía la muerte.
Y en el ruedo su cuerpo de asombro
y de deseo estremece los senos.

Lo sacro, lo profano;
un suspiro de vida, de muerte,
cierne grave sobre la bestia,
que crece y decrece en conmociones.

¡Gime la ansiedad atesorada en las espadas!




Tierra

Entro vacilante en la manigua verde,
por entre manglares de oscuras aguas,
bajo tu cielo de estrellas, ¡patria te invoco!
Coqueteas conmigo en las alas del viento,
en esta brisa loca que enreda mi falda
desde la cintura hasta mis tiernas bragas.

Sobre la playa se arrastra la verdolaga,
entre el agua y la tierra crece la flor morada.
Antes de que la tumben, cantaré mi canción.

Lentos amaneceres retrasan tu luz
propicios al rito y al amor.

Ondeante movimiento de unas caderas negras.





Dolor viviente

Siguen estos vientos álgidos y sombríos.
Llevando dolosos años, fantasmas invisibles,
a la sombra de una noche alterna.

Tierra polvorienta nutrida de sangre,
de viudas gimientes, de niños huérfanos.

Los abuelos y los padres de ellos,
generaciones y siglos sentados a tu vera.

Amor querido
que cicatrice tu cuerpo, no cese tu canto,
ni calle tu eco.

Disuelta la bruma deje ver la luz.
Mi preciosa estrella en el firmamento.






Frida

Pincelada de sangre en la nieve.

Los ríos de la vida siempre regresan,
secreto de vida, paloma, secreto de muerte.

He leído muchas veces
en noches pálidas de luna, el libro de tus días:

tu mágico viaje, tus momentos ciegos, tu útero vacío.
Cuenta la historia, la pena ya borrada.

Tu coja pata que sostuvo el mundo, tu parto de luces,
momentos de tu vida que trenzo en la oscuridad,
en el sabor amargo y húmedo de cárcel.

Arenas movedizas, tus noches y las mías.

Todas ellas de sed y de locura.

Los últimos escarceos me dejan rota
el cuerpo fragmentado, la mente huidiza.

Asunto del montón:

un corazón que late calladamente la pena
ruidosamente el dolor, se abre a la vida.

xocolat

Mi noche espera, mi noche tiene nombre:
Frida.

¡Qué vainas tiene la vida!

Cuando la muerte te alcanzaba,
yo nacía. Horror claro del día, horror sagrado.

Para mí, la lanza destinada.

Hoy te daré mi canto y la alegría,
no hablaremos de tu noche ni la mía.

Bordaremos un vestido en honor a Coatlicue:

le pondrás clavos de tu corazón de luna,
yo derramaré al viento una lluvia de plumas.

Miraremos volar su falda en los jardines.

Frágil hija de corazón fuerte,
tú que alguna vez dijiste:

todo me duele, todo me penetra,
el alba está siempre demasiado lejos.

Déjame mirar tu espejo, en ese otro espejo
que es mi vida.

Déjame prender con fuego las cadenas del cuerpo.
Préstame tus dientes para roer la sal de la carne.

Su presa soy y en mi destino, presa rebelde,
pero presa sin duda.

Aguda amiga mía, de espinas, de hierro forjado,
vas en mi corazón clavada. Óyeme decir contigo:

Pies para que los quiero si tengo alas para volar,
espero alegre la salida y espero no volver jamás.





Canción de esperanza

Ahora, alma mía,
recoge en esta canción de amor
las lágrimas del amanecer,
la algarabía de los pájaros.

¿Y por quién
esa canción purificada?

Por los pobres del mundo,
desnudos de todas las cosas
menos del alma…

Que en el tumulto de los años duros,
ahogan la fe, la esperanza.

¡Oráculos de bocas ciegas!
Su espíritu sagrado
perece en tenebrosas aguas.

Un corazón alguna vez tierno, se derrite.

¡Desechables! Anuncia el clarín público
la disolución de un hombre.

Nuestro amor que desconoce el frío,
en su pecho permanece en silencio.






Somos raíz

Los que pasan, los que vendrán.

Polvo de esta tierra. Savia de esta tierra.

Sudor, ramas, fibras, semilla.

Tiempos de guerra, a su vez,
sueños de esperanza.

En sangre derramamos la vida,
las gargantas abiertas beben el sol.

Saludamos el alba con los ojos callados.

El impulso llega con los guerreros,
no los detiene el abandono,
los lentos, ni los cobardes.

No tiene voz la indiferencia.

De regreso,
una nación abre el camino.

Al amanecer arrastrará la oscuridad.

Vendrán los besos que perduren en ella.

Cicatrices viejas, promesas nuevas
Afro América, las tantas caras de África.

Alma a alma para cientos de almas.

El poema va, en tonos altos y ecos bajos.





Cicatrices viejas y promesas frescas.

No cabe duda. Los soles mancillaron
las púrpuras espaldas
que a látigo maduraron los frutos.

Los días, los años, los siglos.

Es tu océano, mi océano que
suavemente llega.

A algunos les conviene nos miremos
de orilla a orilla, fácil así confundirnos.

No te conozco, tampoco me conoces.

Si, tu piel es opuesta a la mía,
en la diferencia el encuentro.
Suficiente el gesto,
la transparencia que invita.

Un corazón abriendo brechas.





Una rosa se abre

El alma,
cuando un dolor la apena
se abandona.

Una persiana que al pasar los días
permanece cerrada.
Pero,

cuando al pasar
otra alma su pena alcanza,
al tocarla la ternura, florece.

La alborada anuncia la mañana,
en los confines amanece
la plenitud, un alma.

Detrás de la ventana
una rosa esparce la fragancia,
desde la tierra sube al cielo
un suave olor a primavera.

Todo es quietud ahora.

La lluvia disipa la tormenta.

En el árbol, por la dicha contagiada,
una luciérnaga titila.





Habla el cautivo:

Solos el carcelero y yo.

Las sombras del crepúsculo,
conocen quién es él y quién soy yo.

Yo, el que silencia su voz para no enlutar
de blasfemias el aire.

Él, quien sienta su rifle para la libertad
sobre el altar de la mía.

A veces conversamos él y yo.

A la conversación se unen los sapos.

Dos sapos croando bajo la luna llena.

Tan cerca, tan cerca,
que su aliento calienta mi aliento.

Los latidos pulsan la sangre,
y al mezclarse los alientos solitarios
son un solo aliento, un solo pulso lento…

No me confundo cuando, vencido,
lo siento vulnerable.

Juntos desafiamos las trampas del tiempo.
El abandono y el cansancio.

Él tiene la atención del animal que acecha,
yo, la paciencia de la presa.

Rumores de melancolía.





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