martes, 18 de noviembre de 2014

JORGE LUIS MEDEROS BETANCOURT [14.057] Poeta de Cuba


Jorge Luis Mederos Betancourt, (Veleta)

Poeta y crítico de Santa Clara, Villa Clara. Nacido en 1963 Santa Clara, Villa Clara.

Publicaciones

Romanza del malo (Poesía), Ediciones Universidad Central de las Villas, 1987 El tonto de la chaqueta negra (Poesía) Editorial Capiro, 1993 Otro nombre del mar (Décima) Editorial Capiro, 1993 El libro de otros (Poesía) Editorial Capiro, 2008.

Aparece en las antologías Un grupo avanza silencioso (México), Jugando juegos prohibidos, Rapsodia al Che, 2005 y 2007 (Editorial Capiro), El poeta eres tu (Editorial Letras Cubanas, 1998).

Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones cubanas, así como Nicaragua, México, Venezuela y España.

Premios obtenidos

Ha obtenido los premios Nacional de Talleres Literarios, 1986; «Abel Santamaría» de la Universidad Central de Las Villas, 1987; Mención Caimán Barbudo, 1989, Premio Nacional de artículo en el Primer Encuentro de Suplementos Culturales, 1990, premio de la I Bienal de la Décima, Premio Ciudad del Che de poesía, 1998.




NAOH, VEINTE AÑOS DESPUÉS

Se te pudrió en las manos
la vieja maza que partiera el colmillo al de los dientes-de-sable
pero no adviertes que la llanura te está quedando larga.
Son pocos los que recuerdan una historia que tú mismo olvidaste:
corrías por la sabana tras el alma del fuego
eras fuerte y corrías entre el devorador y el devorado
olisqueando carbones rastros límites
hace veinte años corrías veinte noches sin perder el aliento
tus ojos podían entonces con la luz.. 
Pero Gau se ha marchado de la horda,
Nam engordó muchísimo,
y sólo Gamla, hermosa como la paz del junco,
permanece a tus pies junto a la roca donde te oyen gritar
“Los Devoradores-de-Hombres, que vienen los devoradores de hombres…”.
Todos saben que los devoradores no tendrán que venir,
y no es su hambre
sino la nuestra quien tirita en las noches junto a un fuego inservible
tan rojo como el aullido de los muertos.

No comprendes, no quieres comprender las conversaciones del fuego
cuando vuelven los jóvenes desorejados, sin una pierna de antílope.
Terminarán odiando esa llamita que un día les trajo la felicidad
o romperán la piedra con la piedra.
.Ahora no se te ocurra soñar que has descubierto el fuego,
toda la ceniza del mundo puede negarte, toda la evolución de las especies,
todos los relámpagos.

Ahora no se te ocurra soñar que otros no saben darle vida a la hoguera
cuando los tuyos mascan hojas crudas,
cadáveres putrefactos, mariposas…
hartos solo del grito interminable de
“Los Devoradores-de-Hombres, los Devoradores-De-Hombres,
¡que vienen los devoradores de hombres!”





La Verdad se me acercó y me dijo:

“Miente por mí, que  yo me encargaré del resto”.
Primero comenzaron a visitarme las parejas largamente,
felizmente casadas.
Y también los políticos honestos y algún militar condecorado.
No vinieron los niños ni las prostitutas: hijos de una Verdad
más tenue, menos asustadiza.
El desfile de exitosos médicos  y padres responsables,
de profetas cansados y cansadísimos huevos de gallina.
El desfile de condenados inocentes se volvió interminable.
Vinieron  los asesinos para encontrar su verdad pero este no era el sitio.
Llegaron  intelectuales de vanguardia convertidos en guardias.
Y llegó la policía, si señor;
llegó la policía y tuvo que marcharse  con cierta rabia en el cuerpo.
Prosperaba el negocio.
Invertir en la Verdad de Mentira fue una industria perfecta.
Cierta noche llegaron el secretario del Papa y el confesor del Presidente
y la Verdad me dijo: “Subástame desnuda”
y se marcharon entristecidos, nocturnos como vinieron
con la promesas de cerrar el negocio pero en otro verano.
Por fin  llegó la Gente Normal, normal con zapato y todo.
Intentaba decirles que tampoco era el sitio,
que guardaran en el banco sus ahorros y se ahorrarían el pánico.
Pero la gente normal imita a las parejas felizmente casadas,
imita a los padres responsables y a los hombres de éxito.
A la gente normal le gustaría muchísimo
imitar al Presidente con zapatos y todo.
Y dijo la Verdad de la Verdad de Mentiras: “No hagas trato con la gente
                        normal o vamos a la quiebra
porque los sueños  de la  gente normal tienen poderes,
riesgos con tanta luz que ciega y mata”
Y continuó diciendo la Verdad de la Verdad de Mentiras:
“Toda gente normal es un capricho,
¿de qué les vale mentir si no prosperan?
Cierra negocios con las personas cultas
y si es posible con el  extranjero.”
Y continuó diciendo la Verdad:
“Las Personas Normales son eternas
cuídate mucho ellas y del hombre de bronce
de la estatua de bronce con timbales de bronce que habita en Santa Clara.
Si se te acercan, huye,
 escapa por la escalera de incendio y no regreses nunca,
siempre habrá otro lugar para el negocio.
Porque si una Verdad  a medias vale mucho,
cuánto no valdría entonces una auténtica,
una  legítima Verdad de Mentira”.




Décimas 

Las cosas que nunca tuve
son tan sencillas como irlas a buscar.
Pablo Milanés


El planeta habitable en que tú habitas
no es el mismo terruño en que me ahogo
ni tu elegante firma enuncia el logo
donde yo me desplomo y tú levitas.
¿Acaso porque me sueñas o me invitas
a no morir se invierten los papeles?
Al cabo, ¿no son los mismos decibeles
que me rompen el tímpano inconverso
si te figuras que con un solo verso
se invierten por un minuto los papeles?




Y el muerto que no he matado, saludable
de la miseria individual que habito
(el mismo que cada noche resucito
para aceptarme solo y desechable)
menos que un hombre, es una incurable
especie de soñador en bancarrota
empecinado en dar la última nota
de su buena salud. Y a nadie engaño
si al final de la historia no es extraño
ser el príncipe azul de la derrota.




Una mujer espera, siempre alerta
por mi cansado aparentar que existo
mientras filtrea con Dios o Jesucristo
semioculta en el vano de la puerta.
Nada le ofrezco, como no sea estar muerta
cinco minutos después de lo que escribo.
Nada le ofrezco, como no sea estar vivo
cada domingo que me ofrezca el día.
Nada le ofrezco, tengo todavía
un corazón cerrado por derribo.






Resumen de noticias

En mi país se mueren los caballos.
Yo los he visto espuma y corazón desde el asfalto heridos
y los he visto muertos masticando el látigo
como quien ruega al cielo la clemencia que Dios no puede darle.

A golpes los veo morir;
tienen los ojos tristes de color como a pradera en el alma
y no gritan, no juzgan, no maldicen.
A palos los veo morir
ignorantes de tanto poderío; mansos
y venturosos de inocencia.

Lo más triste no es
el golpazo ni el látigo;
lo más triste es que mueren los caballos y nadie lo quiere ver.
Caballos y caballeros marchan juntos, criaturas del polvo:
unos ponen el casco y la paciencia,
otros ponen el fierro y el chasquido de dientes,
unos cuelgan monedas al pescante de su alma,
otros tiemblan debajo del machete.
Unos alcohol y negras.
Otros lomo y silencio.
Ambos ignoran mucho de vivir y todos sufren.

Por eso es que en mi país
en cualquier callejuela de la tarde se revienta un caballo
y deja su poca suerte desmembrada bajo plena canícula.
Desamparo y Caballo son la misma resurrecta miseria,
condominio del hambre y el país en la mejilla menos perdonada.

Y con el paso triste de los reyes enfermos veo pasar los caballos
tan limpios como Jesús de todo mal de conciencia.
Cuando han muerto setenta veces siete no precisan del odio,
no reniegan del cielo que no ven ni sueñan el pasto simple;
su desaliento es viejo como su hambre,
su cansancio es azul.
Y como llevamos dentro la cicatriz del caballo
esquivamos los ojos y apretamos el paso.

En mi país se mueren. Se están muriendo todos los caballos
y nadie lo quiere ver.

Yo estoy aquí para decir “lo siento”






El día que se avecina
conoce el hambre de ayer
y una punta de mujer
muestra su oreja asesina.
Qué falsa estela ambarina
precede su trasnochada
reticencia (desfocada
luz-sombra, luz-espejismo)
devorándose a sí mismo
viene con hambre atrasada.

Miles de buitres callados
que hieren como amenazas
abren mi puerta: tenazas,
dolores bien trasnochados…
Asombros agazapados
(un viejo susto en acecho)
castran la mujer del lecho
y al fin se queda con una
amarga canción de cuna
tatuada con sangre al pecho
Y luego, desdobladiza,
como quien se sabe pobre
mi mujer abraza el cobre
de lo que fue una sonrisa.
Masacrada la ceniza
del hambre que compartimos,
del odio y de los racimos
(aderezados los muertos)
pasan, con ojos desiertos,
los hijos que no tuvimos.






La calle, regurgitándose en la nada
bajo el andamio ronco y el desplome.
Y el loco de cada día. Y la mujer que come
del borracho los sueños…Y la espada
pendiente de una ciudad harto embrujada
con su herida despierta en cada arteria.
Hablo de la caída y de la histeria
del andamiaje adusto. Y la testuz
de la ciudad doblada por su cruz
al paso entre la pobreza y la miseria.

Hablo de un corazón enfermo y redivivo,
de una improbable culpa toda máscara.
El andamiaje es túnica y es cáscara
de otra herida más vieja. Hablo cautivo
de una ciudad que a duras apenas vivo
apuntalando sueños desplomados;
interiores andamios que me fueron dados
en la magra parodia de un invierno
donde dos legionarios del infierno
apuestan la vieja túnica a los dados




EL MARINO BORRACHO

Rotundo, el ojo amanece
detrás de la última copa
y escapo donde galopa
la esperanza que me ofrece.
Ardiendo la copa crece
por el ojo hasta un lejano
galope. Dudoso el piano
delante de la mirada
queda roto. Ensangrentada
llega la tarde a mi mano.

La copa vuelve. Confundo
la copa con el reflejo
de un mal puerto. En el espejo
de la copa hay un segundo
reflejo: donde me hundo
tal vez, o tal vez me espanta.
Apenas la tarde imanta
su paso en la copa por
el tiempo; y con su amargor
me vigila y se adelanta.

Y cae la tarde. Y te nombra
cual si cayera una flecha;
aquí no estás, ya estás hecha
copas de mi propia sombra.
Tu voz. Tu voz no me asombra
tanto como en el recuerdo.
Y a mi propia sombra muerdo
con vaga desesperanza:
perdida tú en lontananza,
yo, que no sé si me pierdo.




ABUELA QUIÉN NOS DIRÍA

de tanto soñar el pozo
que ante tus ojos un trozo 
de cielo se quebraría.
Lejano, tu avemaría
cayó, como ahora la tierra
herida de luz se aferra
del cristal; y en su caída
deja, mordida a mordida,
su testamento de guerra.

Tu paciencia: lo primero
grande que hubo en mi casa,
un caballito que pasa
ciego rumbo al aguacero.
La muerte: un lejano agüero
o un susto más, esa espuela
que el tiempo clava en la estela
de lo vivido. La espuma
del tiempo es como la bruma
desvanecida que riela.

Ya no vuelves. Y si acaso
queda algún oro escondido,
será esa paz, ese olvido
melancólico que paso
a paso lleva del brazo
nuestra inocencia que fragua.
Vuelves; qué lenta tatagua
regresa, lenta y atroz,
como las nupcias de dos
espejismos sobre el agua.





OTRAS DÉCIMAS

ESTUDIOS PARA SOFTWARE (I)

I

Heredad de cualquier modo 
a mi propia cruz presunta 
(hija de vecino, adjunta) 
cargo mi cruz por el lodo. 
Cargo mi cruz como todo 
legado infértil. Camino, 
camino (siempre camino) 
si más temprano que tarde 
con mi cruz (la del cobarde) 
no hay ruta, solo destino.



EJERCICIOS

1

Cargo mi cruz como todo 
(hija de vecino adjunta 
de mi propia cruz, presunta 
heredad) de cualquier modo 
cargo mi cruz por el lodo 
(legado infértil). Camino, 
camino… siempre camino. 
si más temprano que tarde 
con mi cruz (la del cobarde) 
no hay rutas: sólo destino. 


2

No hay rutas, sólo destino, 
si más temprano que tarde 
con mi cruz, la del cobarde 
(legado infértil), camino. 
Camino (siempre camino).
Cargo mi cruz como todo.
Cargo mi cruz por el lodo
(hija de vecino, adjunta
a mi propia cruz) presunta
heredad de cualquier modo.


3

Camino, siempre camino,
si más temprano que tarde
con mi cruz, la del cobarde
(legado infértil) camino.
No hay rutas, solo destino;
cargo mi cruz por el lodo.
Cargo mi cruz como todo
(hija de vecino, adjunta
a mi propia cruz). Presunta
heredad de cualquier modo.



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