martes, 18 de noviembre de 2014

CAMILO VENEGAS YERO [14.052]

                                                                                © Maglio Pérez


Camilo Venegas Yero 

(Paradero de Camarones, CUBA 1967) es escritor y comunicador. Estudió teatro en la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán, en La Habana. En Cuba, fue editor de las revistas El Caimán Barbudo y La Gaceta de Cuba. Luego dirigió el Fondo Editorial Casa, de Casa de las Américas.
Desde el año 2000 reside en Santo Domingo, República Dominicana, donde ha sido editor y colaborador de periódicos y revistas (El Caribe, Pasiones, Hoy, Diario Libre, Estilos y Listín Diario). Además, ha laborado en compañías y agencias internacionales como consultor en comunicaciones estratégicas.
En 2002, uno de los números de Pasiones, la revista cultural de la cual era editor en el diario El Caribe, recibió el Award of Excellence que otorga la Society for News Design, de Estados Unidos. Como editor, ha coordinado la publicación de anuarios y volúmenes conmemorativos de importantes instituciones y corporaciones.
Entre sus libros publicados se encuentran Las canciones se olvidan (1992), Los trenes no vuelven (1994), Itinerario (2003), Irlanda está después del puente (premio Internacional Casa de Teatro 2004), Afuera (2007) y ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? (2012).
Su libro La vuelta a Cuba (2013), sobre el viaje de regreso a su país después de 10 años, se encuentra en preparación por Capital Books.
  


POEMAS



ORDEN DE VÍA

Siempre me gustó leer lo que decían las hojas de papel carbón. Mi abuelo era jefe de estación y sobre la mesa del telegrafista había muchas de varios tamaños. Si una de aquellas hojas negras o azules se ponía a contraluz,  quedaban al descubierto órdenes para los trenes, envíos a lejanos destinatarios, nombres de viajeros y lugares que yo desconocía.
Seguir escribiendo poesía es, de alguna manera, tratar de leer lo que dice un pliego muy usado de papel carbón. En algún momento, de la forma que sea, ya casi todo se dijo, ya casi todo se volvió a repetir. A estas alturas no sólo es difícil saber cuáles son las copias, también los originales están en duda.
Ya no podría contar los calcos que hay en esta antología, donde se reúnen, cuaderno por cuaderno, poemas escritos entre 1984 y 2010. No se sigue un orden cronológico y casi ningún texto aparece en su versión original. Los más lejanos, incluso, han sido reconstruidos de memoria, después de haberlos dejado perder a propósito, para tratar de disimular sus errores y sus horrores.
Dice José Emilio Pacheco que Paul Valéry dijo que “reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”. Estas versiones, como las órdenes de vía que mi abuelo le daba a los trenes, anulan todas las anteriores. Quedan las primeras como un work in progress, como un ejercicio que tampoco se acaba aquí. Dejo las correcciones por venir a cuenta y riesgo del que lea.




BYE AND BYE

Ésta es la primera línea de nuestras vidas. El mundo acaba de fundarse de este lado del Paso de los Vientos. Trazado el margen, puesta la fecha al pie, todo comenzará a partir de este renglón. El día es radiante, casi perfecto, y el ocaso está por empezar con un cielo despejado y henchido de estrellas. Éstas son las palabras preliminares, las que hablarán de lo que somos ahora, de esa extraña caducidad que nos acompaña a todas partes y que responde por nosotros cada vez que alguien se acerca y pregunta. Manicaragua, Hanabanilla, Marianao, Cruces y Santa Clara tienen ahora otro significado, son términos que sólo sirven para decir lo que fuimos o lo que ya no podremos seguir siendo.
Ahora, cuando quiero oír un aguacero, lo sintonizo en la radio. Es estúpido, pero la tierra huele como si en verdad estuviera húmeda y un escalofrío atraviesa mi cuerpo. No importa lo ficticio, lo que cuenta es el aproximado, esa increíble similitud con aquellas tormentas que cruzaban el Paradero de Camarones de este a oeste, llevándose consigo todo lo que teníamos y lo que pensábamos tener cuando llegara el mediodía en el anhelado tren de las once.
Encima de nuestras cabezas gira un ventilador chino. Bob Dylan, vestido de tahúr, acaba de componer “Bye And Bye” y en las bocinas aún se escucha “You were my first love and you will be my last”. Una tap tap* llena de flores pasa a toda velocidad sobre un brazalete rojo y negro del Frente Norte de Las Villas. Combatientes del Ejército Rebelde, alzados, milicianos y clandestinos cuelgan por las ventanillas con una expresión de júbilo en las manos. Ese viaje es todo lo que nos queda del país que miramos en los retratos de familia. Su ida es nuestro regreso, por eso desciende junto a la tarde en que corrimos desnudos por las guardarrayas de La Flora.
Aunque las noticias que nos llegan tienen apenas un día de retraso, nunca logramos saber a ciencia cierta cuál es su verdadera vinculación con la realidad, qué hubo de cierto en ese pasado al que se refieren. Como de este lado todo es circunstancia, de nada sirve el haberse aprendido los mapas de memoria, menos aún tratar de actualizarlos con un lápiz bicolor. En su lugar ahora desplegamos las cartas de la familia y de algunos pocos allegados. Nunca dicen nada nuevo, jamás responden lo que preguntamos, pero gracias a ellas sabe mejor este café que Lérida hizo después de sus lágrimas.
Vivir en otra parte es no volver a tener paz con uno mismo. En cualquier momento empezará a llover y la tarde impoluta caerá sobre esta faz de la tierra. Otros, en nuestra situación, se han declarado prisioneros de guerra, lisiados, eximidos o cualquier cosa que valga para justificar su aversión, ese postrer silencio que nunca les permite llegar hasta el fin de la hoja, dar borrón y cuenta nueva. Pero nosotros no haremos nada, no nos moveremos del lugar. El sueño, tal como lo dijo en su manual un poeta, es lo que nos hace invulnerables. Sentados aquí, a la sombra de este jardín que ya hemos plantado flor a flor, palabra a palabra, dejaremos que nos coja la noche.
(2000)
* Autobús haitiano. La silueta en latón de las tap tap es una de las artesanías más populares en los mercados de Puerto Príncipe. (N. del A.)




BANDA MUNICIPAL

En el medio del parque desolado,
en la mitad del día sin ruido,
en el centro del pueblo vacío.
La banda municipal toca
lo que ya nadie recuerda,
ese mundo que se termina
en el hoyo negro
de una tuba,
en el estruendo abisal
de todos los tambores juntos.
(1991)




EL TREN QUE PASA

Nunca haré un gran poema.
No tengo paciencia para escribir
esos ríos de versos
que transcurren en la memoria.
Las obras rotundas
me producen alergia.
Jamás lograría encontrar
la medida unitaria
de las cosas que trascienden.

El tren que pasa es mi único testimonio,
lo único que quisiera contar
de todo lo que está sucediendo.
(1987)




LUGARES COMUNES

El parque de Ranchuelo es un verso
del mejor poeta de tu generación.
La iglesia de Manicaragua
es el capítulo final de una historia
donde no se distinguen
los buenos de los malos.
El cine de Cienfuegos
es una selva tropical
donde Sandokan vence,
uno por uno,
a todos los villanos de tu infancia.

No dejes que se te olviden
los nombres de esos lugares
que perderás de vista
cuando alguien apague
la luz impredecible del sueño.
(1987)




SO IN LOVE

Por la tarde de lluvia, en espera del viento
y las cosas que trae esa onda tropical
que han dibujado en el mapa,
Caetano Veloso hilvana violines
de Cole Porter
y tú,
ya sin una gota de paciencia,
abres el balcón y le dices al agua
todas las cosas que te habías tragado,
esa crispación que produce
lo que se ha perdido,
lo que ya nadie podrá redimir.
(2010)




LUJO

Ya no voy a ser todas las cosas que quise de niño.
No se me ocurrirán palabras
ni sueños
ni nada
que otros no hayan dicho antes
con mayor elegancia, con increíble soltura.
Pocas nociones cambiarán a mí alrededor.
No zanjaré ni siquiera aquellos malentendidos
que me figuraba simples,
casi resueltos.
Cuando creí ver un río crecido, era una nube
que alguien describió como un narval
hundido en el océano del horizonte.
Ese error de cálculo es la suma de muchos otros.
Por eso creo que sería demasiado dichoso
si consigo llegar a la vejez
lúcido y solvente,
con lo indispensable para no ser una carga.

Siempre he sido el trueno de lejanos relámpagos,
el eco de las voces que lo definieron todo,
el inquilino adeudado
que esperaba por el niño que quiso ser
el hombre que no soy,
el impostor que se da el lujo de envejecer en mi ausencia.
(2010)




MI GRAN PASIÓN

(Tocado por Gonzalo Rubalcaba)

Cualquier noche de este país cabe en un solo de piano.

He visto las manos del pianista
cuando doblan los bordes del mar
para dividirlo en partes iguales;
las he visto retroceder hasta el filo del blanco,
hasta ese punto donde empiezan y se acaban los círculos del baile.
Un país es también ese abrir y cerrar de ojos,
esas palabras que estuvimos buscando
en el reverso de los vidrios,
en el fondo de un mapa donde nadie ve al océano.

Los viejos amigos, aquellos que bailaban a nuestro alrededor, 
se fueron sin hacer ruido, sin dar la espalda.
Apenas hay luz y va a empezar a llover,
esta ciudad ahora tendrá los nombres del verano;
pero nosotros no queremos cruzar el agua,
preferimos alumbrarnos con el silencio,
dibujar una larga extensión de tierra firme
entre los bordes del mar y el filo del blanco,
un sitio donde se pueda volver a bailar
esta larga simetría,
este vacío que nos han dejado en la palma de la mano del pianista.
(1995)




ANTIGÜEDADES

La poesía es el pasado, una flor seca, un animal que pastó por aquí alguna vez.
Las palabras rimadas son un invento en desuso,
como lo eran ya, desde hace algún tiempo, el telégrafo,
la ópera, los sellos de correo, 
o el sonido de los cencerros
mientras los mulos sorteaban en nombre de Dios las fajas del mundo.
La poesía es un náufrago,
una mujer vieja y sucia que se desnuda en la multitud.
Nadie ha visto a la poesía en los últimos tiempos,
no se le oye,
acabó por convertirse en una costumbre:
como los golpes que daba el pico sobre la tierra,
cuando Aurelio tumbaba los árboles de aroma
para sembrar el arroz que comeríamos durante el año.
(1998)



PEQUEÑO INVENTARIO DE COSAS 
QUE NUNCA EXISTIERON

El tranvía que iba a pasar por las afueras de mi pueblo en 1930.
Sólo quedaron las altas columnas donde las nubes se ofrecen
y seis o siete viajeros que miran al horizonte sin aliento,
tapándose el sol con los cuerpos en forma de cruz.

La muchacha que se encerraba conmigo todas las noches
para besarnos y decir palabras que nadie más conocía,
versos que duraran hasta el amanecer.
Tenía los senos más hermosos que he visto
pero nunca pude hallarle las piernas,
la revista era muy vieja y le faltaban algunos pedazos.

El pozo artesiano que divide los jardines en la Parroquia del Vedado.
Noches enteras estuvieron perforando sin encontrar agua.
Después de abandonado sólo sirve a las parejas
que buscan un lugar oscuro donde desnudarse.

La Paloma que alguna vez nos prometió Picasso.
El pintor la crió en una buhardilla de París
hasta que aprendió a valerse por sí sola.
Entonces ya era demasiado tarde,
un pájaro de esa índole,
no se acostumbraría jamás a volar en el trópico
y mucho menos en una ciudad cercada por la sal y el estío.

La jirafa del Zoológico de El Vedado.
Todo el mundo jura haberla visto,
incluso yo guardo una foto donde mi hija le da de comer.
Todavía no entiendo cómo una jaula pudo equivocarse tanto,
como hicieron para que le viéramos
en un sitio donde sólo había algunos leones, dos o tres ciervos
y un cóndor que ya no sabe volar.

La fortuna de mi madre,
esa luz que le negaron para que su hermosa mirada
se pusiera triste y densa con el paso de los años.
La aparición de aquel comandante que voló como Matías,
pero en una avioneta que aun parece invulnerable.
Los diez millones de la Zafra del 70.
Los trenes subterráneos de La Habana.
El puente que cruzaría sobre lo más oscuro del Golfo
para unir una costa con la otra,
las puntas de ese duro color donde siempre nos detenemos.
Aquel país que alguien pasó prometiendo.
Aquella Isla que nos hizo abrir los brazos
al dejarnos en las manos el ascenso de sus playas,
el fervor de sus árboles al mediodía;
para después írsenos como la arena, entre los dedos.
(1995)




SEXTETO NACIONAL

1. ORIENTE

En Moa el sol es lo primero que se pierde.
Pero antes, hay que soportar una lluvia con sabor a vinagre
y una tarde donde sucumben hasta las flores más resistentes.
Siempre he querido volver a Moa.
Siempre he deseado caminar otra vez por aquellas lagunas de tierra oxidada
y hundir los pies descalzos en el polvo que ya no será níquel
(que ningún barco de aspas internas cargará por las planicies de Kazajstán,
para de ahí levantarlo con el fuego efímero de una Soyuz).

Aquel río que se despeña entre enero y marzo de1987,
aún desemboca en una mina donde los fantasmas dicen ser de Lousiana.
Heráclito no fue del todo exacto,
ese cauce sigue siendo el mismo, sus aguas no cambian,
su corriente no varía entre los diluvios y la seca,
permanece intacta;
como la hermosa bailarina que se levantó el vestido para mí
mientras hundía las piernas en la bahía de Nipe.

Siempre he querido volver a Moa,
pero ya no lo encuentro en los mapas;
se ha podrido en mis recuerdos,
como los brazos de aquella muchacha que decía ser Ochún
y se untaba la miel de la marea entre sus pechos desnudos.

2. CAMAGÜEY

Tuve una novia que vivía en Florida.
Cada vez que contaba algo de su pueblo
parecía referirse a un lugar inmenso con las calles llenas de luces.
Jamás habló de tener hijos.
En una libreta llevaba apuntados los personajes que iba a representar
y el nombre de los países por los que viajaría
(la lista incluía horarios de trenes, el punto exacto para los trasbordos
y los lugares donde podría pernotar sin riesgo alguno).
Cuando lloraba citaba textos de Tennessee Williams,
solía reírse entre versos de Moliere.
Siempre nos vimos en La Habana,
nos besábamos en las más oscuras posadas y en las humedades del Country Club.
Cuando por fin pasé por Florida ella se había ido para Daytona Beach.
La ciudad estaba sin luz y en uno de sus bares, sentados alrededor de una mecha,
dos borrachos contaban esta historia con una ranchera de fondo:
“Ella vende ropa de uso en un trailer abandonado”.
“Lo que estudió aquí no sirve para levantar cabeza”.
“El marido maneja una rastra y en uno de esos viajes se perdió”.
“Los padres dicen que ya no les manda nada”.
“Tiene cinco hijos y cuatro intentos suicidas”.

3. LAS VILLAS

El primer amor es una mentira necesaria.
Es una mercancía
con la que tendremos que lucrar por el resto de nuestras vidas.
Ni siquiera precisa de nombre,
no hace falta decir cuándo y dónde se acabó el misterio.
Lo que importa son las circunstancias en las que sucedieron las cosas,
el sabor de su saliva,
el olor que tuvo su cuerpo cuando empezó a sudar,
el color de su piel entera y desnuda,
el tormento, toda la lujuria.

Por eso Juana, Nancy, Matilde, Mercedes y Betsy,
perdonen lo que se ha inventado,
absuelvan ese entresijo donde ustedes siempre salen a relucir.

4. MATANZAS

Este poema se perdió a finales de agosto.
Llegamos a Matanzas en el último tren de la noche
y nadie nos esperaba.
En la calle Medio,
José Jacinto repetía de memoria un par de estrofas de Gastón
(quien a su vez tarareaba
cancioncillas de los tiempos de Shakespeare).

La luna llena nos siguió por el filo de los muros de piedra húmeda
y se perdió en ellos cuando ya no hizo falta.
Creo que en el poema
se veían pasar estos peces que ahora pongo a pelear en tu regazo.
Murieron mientras el gallo de Gastón cantaba debajo del agua,
atado de una pata al báculo de José Jacinto.

He buscado este poema por todas partes y no aparece,
se perdió como el último tren de la noche.
Sus vagones llenos de luz ahora sólo pasan por la palma de tus manos,
mientras repaso en un itinerario nuestro viaje de bodas:
la soledad de la primera noche.

5. LA HABANA

No tengo recuerdos claros de La Habana,
a fin de cuentas fue muy poco el tiempo que pasé allí.

Una mujer, un par de calles oscuras,
una bicicleta china cuesta arriba
y una casa con ventanas a los vidrios de otras ventanas
que daban a los vidrios de la mía.

La Habana,
como ese pájaro que rompe frutas en la mañana,
es un ave de paso,
algo que puede desaparecer de vista con facilidad.

La Habana es un viaje que jamás se llevó a cabo,
un punto inexplicable en un mapa que apareció dentro de una botella.
La Habana nunca existió: invéntala tú cuando vuelvas, niña mía.

6. PINAR DEL RÍO

Cada noche que atravesamos el arrozal, camino del rancho de tu abuela,
nos acompañaba la sombra de un árbol que de día nunca vimos.
Entonces el porvenir era una palabra que no nos hacía falta.
Por lo regular,
era suficiente con leer a Faulkner y dormir la siesta en la casa de tabaco.
Estuvimos allí cerca de un mes.
A la luz de las chismosas nos contaron las historias de las crecidas del río,
de la mambisa que pasaba al galope por la neblina
y del ciclón que un día de noviembre cambió las cosas de lugar.
Con los dedos llenos de saliva medimos la dirección del viento
y averiguamos el camino a seguir por una bandada de pájaros.

Siempre nos bastó con el sustento de aquellas personas.
Una vega en el fin de Isabel Rubio
era el lugar más lejano del mundo que queríamos conocer.
Ni siquiera el mar nos hacía falta.
(2000)




YURI GAGARIN QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Y dijo el maestro:
«En el cielo del Paradero de Camarones se acabaron los ángeles,
ya no hay modo de que aparezca Dios entre sus celajes.
Allá arriba sólo suceden eclipses, equinoccios, ciclones y mangas de viento.
Toda luz que sea vista de ahora en adelante,
por muy rara que parezca, será asociada con la física o la química,
un fenómeno al que los científicos en Moscú le hallarán explicación en cuestión de días.
No hay arcángeles, ni espíritus, ni caballos alados y muchos menos Paraíso o Infierno.
El futuro pertenece por entero a la materia, la cual no se crea ni se destruye».

Luego, haciendo una gran nube de polvo,
borró todo lo que había escrito en la pizarra durante 45 minutos de Astronomía.
Era el 12 de abril de 1971 y en el mural pusieron un retrato de Yuri Gagarin.
El cosmonauta sonreía, atado con un hilo de yute,
colgando entre la silueta de Gómez y el alazán en dos patas de Maceo.
Diez años después de que el primer hombre subiera al espacio,
el maestro celebró semejante hazaña levantando en silencio sus brazos.
Aunque después tuviera que cruzar los dedos y persignarse,
de frente a la pared, cuando creyó que ninguno de nosotros le veía.
(1998)




ALMENDRA

Son de almendra, guayaba no.
Condenadas a bailar su perfecta letanía,
estas bellas cubanas mantienen el compás desde tiempos remotos.
Cada vez que ponemos el disco,
ellas se levantan de sus sillas de tijera
y pasan de medio lado,
para que el tiempo se lea en sus espaldas semidesnudas.

Son de almendra, guayaba no.
Pero nunca hemos podido probarlas,
su sabor es cerrado, abstracto y su olor el de cosas guardadas.
Condenadas a bailar su eterna letanía
y a moverse en cámara lenta,
dan la vuelta otra vez y abren sus brazos.
Sólo entonces podemos deducirlas mejor,
entre el polvo de la república y el scratch del acetato.
(1996)




ITINERARIO

Salí de Cuba el 30 de noviembre de 2000.
Estaba nublado y apenas distinguí el primer trecho de costa norte.
Intuyo que una mancha azul Prusia
–estancada por un rato en el borde del ala izquierda–
era la bahía de Cienfuegos.
Los contornos de la isla se veían grises
y pronto se perdieron entre el océano y la nubosidad.

Ya sobre Haití todo se aclaró.
Pasamos justo por encima de La Citadelle
y poco después las continuas aldeas eran perfectamente visibles.
Un grupo de hombres ínfimos decía adiós sin moverse,
sus brazos extendidos semejaban el muñón de Mackandal.
Es muy probable que entre todos aullaran sus conjuros desconocidos
(con alas, con agallas, galopando o reptando).

Pondré aquí la fecha del regreso.
Aunque lleguemos debajo de un aguacero torrencial
y en el aire de Camarones
esté flotando el arcaico olor de la caña quemada,
seré estricto:
el día, el mes, el año
y el ruido monótono del mar que me sale al paso por todas partes.
(2001)




LOS POETAS TAMBIÉN TRAICIONAN

Ya nada nos protege contra el agua
y la noche
HEBERTO PADILLA

Todos los poetas escriben un primer verso para celebrarse y cantarse a sí mismos;
es la única manera que tienen de hablar de los demás,
de contarle al futuro los días y las noches que sucedieron a su alrededor.
Todos aprenden a escribir diciendo que son vagabundos o desvalidos,
herejes, errantes o marinos de la peor calaña.

«¿Qué es la hierba?» ¬Preguntó un niño con las manos hundidas en lo verde.
El poeta tampoco lo sabía y prefirió no responderle,
por eso dio la espalda y subió a lo más seco del campo para limpiarse los zapatos.
Los poetas siempre saben lo que es la épica
y conocen al dedillo los tiempos en que se libraron horrendas batallas,
pero algo tan sencillo como las manos de un niño hundidas en la hierba
no tiene explicación para ellos.

Todos los poetas empiezan queriendo ser héroes y terminan siendo traidores.
Si un país,
el hermoso país al que le han cantado hasta quedarse mudos, los traiciona
¿por qué ellos, pobres, indefensos,
sin nada ya que los proteja contra el agua y la noche, no han de hacer lo mismo?
(2001)




EL POETA MUERTO

Dejó cientos de objetos que de nada servían.
La hoz que usaba su abuelo
para cortar los cereales de invierno,
un farol con el rostro de Cristo en el lugar de la llama,
un plano general en el que su pueblo aparece de espaldas
y con otro nombre,
una estampa de la Virgen del Carmen
donde se ve venir el caballo de vidrio de Emiliano Zapata
y más de cinco relojes que nunca coinciden a las doce en punto.

El poeta salió a caminar y lo encontraron muerto.
«Los hormigas le habían comido los ojos
y la sombra de sus manos le tapaba el rostro»,
dijo el anciano
que levantó la hierba
y deshizo sin querer sus últimas palabras.
Esas que puso en la arena
a la altura de su frente,
cuando el sol parecía una roca
a punto de caer sobre la costa enorme,
sobre el límite estricto que siempre han tenido las cosas.

Paradero de Camarones, 16 de julio de 1997


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