martes, 18 de noviembre de 2014

ALEJANDRO QUEREJETA BARCELÓ [14.044]


Alejandro Querejeta Barceló 

(Holguín, Cuba, 1947). Licenciado en Letras, especialidad en Lengua y Literatura Hispánicas (Universidad Central, Santa Clara, Cuba). Es autor de las siguientes obras: Los términos de la tierra (La Habana, 1985), Arena negra (La Habana, 1989), Cuaderno griego (Holguín, 1991), Crónicas infieles (Holguín, 1992) [Artículos y ensayos], Cartas interrumpidas (Holguín, 1993). [Poesía] Álbum para Cuba (Quito, 1998) Poesía] y Círculo de dos (Holguín, 2006) [Poesía]. En colaboración con el arqueólogo José Manuel Guarch Delmonte, Mitología aborigen de Cuba. Deidades y personajes (La Habana, 1992), Los cemíes olvidados (La Habana, 1993). [Leyendas aruacas]. Textos suyos aparecen en numerosas antologías. Es actualmente profesor Universidad San Francisco de Quito y Subdirector del diario La Hora..Cosme Proenza / Los dioses escuchan (2004) Dibujo sobre cartulina. 28.5” x 22”.



CASA DE SOMBRAS (y otros poemas) / Alejandro Querejeta


CASA DE SOMBRAS

Sombras reinan en la casa,
entre ellas el frío sendero
y la Nada en su inasible final.

Retrocedo, levanto temeroso
el leve y antiguo velo de Isis.

Alguien extiende sus manos.
Trazo el signo del principio.

Cierro los ojos, hay monedas
que desbordan su oquedad.





EL TRUENO DEL AGUA

Lenta la resina avanza
por el tronco del abeto.

Entre los abetos el amanecer,
acaso sea el último.
Sus ramas como hilachas
de la torpe memoria.

Verde con trozos de añil,
con algo de ocre tal vez,
entre el trueno de las agua
             que caen al abismo.

El abismo y la profunda
oscuridad de las rocas.

Un pájaro, rojo el pecho,
esfera de plumas
que el viento mece
al alcance de mis manos.

Alguien llama a lo lejos,
Alguien grita un nombre.

El olor de la resina, el rojo
del plumaje, el trueno
del agua hacia lo desconocido.




PREGUNTAS QUE REBOTAN

                                    Cuando se adentra más en el abismo
                                    la piel le tiembla cual si fuesen clavos
                                    las rápidas preguntas que rebotan.
                                                       José Lezama Lima

l

Sé que para ellos vengo de lejos,
sus ojos cual llamas festivas
me entregan toda su extrañeza.
De ternura cubren mis hombros.
La vida es explosión de júbilo.
Al fondo las paredes encaladas,
y yo en mi pétreo cuerpo fantasmal.
Son tres, y uno oculto en su rubor.
Mas hay un perfil, una línea,
un asomarse al borde de la foto.
Ellos son esta Isla en mi lejanía,
el dibujo definitivo de sus rostros.


2

Ella, ignorada, duerme y la sombra pasa.
Absorta viaja por su sueño detenido
en la cruel fugacidad de la sombra.
La sombra, la mancha de su sueño,
envuelta en un chal que el desdibujo oculta.

En la pared, el temible ojo del siglo,
la vacía mesa de la transubstanciación.
Las doce sillas se agolpan en su mudez,
desorden en el fin y no en el principio,
revelación de una ausencia definitiva.

Y así dormida sin sueño, en sueños vacíos,
y ella ahora desdibujada en su rapidez
cruza, abandonada por mí y por Dios,
la escena implacable de nuestra desolación.


3

Es la madre que busca el agua fresca.
Agua que oculta las paredes desconchadas,
que libera y hace caer las rejas dobles.
Es la madre afanosa en mitigar toda la sed,
la isla de paz de nuestro vasto mundo.
¿O es que se dispone, con el agua oculta,
a iniciar el antiguo y definitivo viaje?
La madre siempre esconde de mí su rostro,
no son para mí su sonrisa y su asombro,
sólo el agua y la sed encerradas en lo Oscuro,
en ese espacio implacable que la aprisiona.


4

Otra vez, al fondo, ella escapa por las puertas.
¿A dónde voy cuando deciden, de lejos, mirarme?
Ella en el vacío de la calle, en el umbral de su destino.
Estas son sus hijas que con firmeza la disimulan.
Ella dejando en el papel su ansiosa velocidad,
su reveladora mudez exploradora de la Nada.
Ah, estas sus hijas admirables que improvisan
en sus cuerpos una danzante y cómplice alegría,
que en su estática coreografía hacen de mí pasajera,
a quienes del otro lado me miran y nunca me verán.


5

Este que tengo delante es mi padre,
anchas sus manos y sus quimeras.
Mi padre en su sonrisa socarrona,
que aguarda pletórico de incredulidad.

Adivino la impaciencia de su mujer,
las sonrisas frágiles de mis hermanas,
espera y esperanza apenas contenidas.

Adivino esa voz tan lejana
que llegará por esos teléfonos mudos.

Las ventanas oscuras como cortinas
en donde la luz viene a morir.

¿Qué insisten en buscar en nosotros?
¿Cuándo saciarán su áspera curiosidad?


6

Tengo razones antiguas, soy un niño.
Alguien más, allá lejos, en la ventana,
también quiere conocer mis palabras.
No traiciones mi ilusión, guarda
en ti la sencillez de mis argumentos.
Ignoras el límpido azul del cielo,
que cubre la brevedad de mis días.
Como el hombre abrumado que pasa,
yo conocí el mundo en esta tierra.
Ha vivido, no le juzgues con dureza.
Es un hombre que va por estas calles,
con su pesado fardo de quimeras.
En verdad, he venido para que hablemos,
no olvides mi gesto, recuerda mi felicidad.
De ti sólo quiero la ancha mano extendida.


7

Aún no ha llegado, vive en su distracción,
vine a darte la crudeza de mi testimonio.
Vine de lejos por los senderos de la Isla,
vine cantando la alegría de la anunciación.
Ahí está mi bicicleta; acércate, atrévete
a desafiar los rudos vientos de octubre,
el sol inclaudicable que ciega y quema.
Si acaso ignoras el destino de los ángeles,
en la firmeza de mi voz ya se adivina. 


8

Tratan de comprender el origen de la herida,
vienen a nosotros con una grande, fría,
lejana mirada de quien ya todo lo sabe.

Calculan, determinan, se ladean un tanto.
Con sus afilados instrumentos de precisión,
finalmente nos clavan la aguja en el alma.

Meten los dedos en nuestra herida antigua,
y lanzan al viento nuestra incapacidad.
Nosotros diremos cuándo cesarán de herir,
será en el punto más alto de la fiebre. 


9

Nuestras manos casi se tocan en el vaso,
pero los ojos llevan demasiado extravío.
Viajero, éste tan simple es nuestro tesoro.
Este poco de agua, estas miradas displicentes.
Nadie ha venido hoy y tienes la suerte
de encontrarnos en torno a este vaso.
Viajero que fotografías nuestro desamparo,
piensa en el poco de amor que trae el agua.


10

Este es el terrible inició del viaje,
todos presienten el momento.
Aquí estos hombres en su destino,
y yo como ellos con ojos de asombro.

Es nuestra doliente humanidad,
en un viaje al centro de la noche
o de un día interminable y aciago.

Andar y desandar tantos caminos
de una secreta e impredecible historia.
Mis ojos se pierden en la lejanía,
me aferro al borde de la ventana,
reunidas todas las difíciles preguntas.

¿Quién dispuesto a ceder el sitio?
¿Quién resignado a la espera?
He aquí nuestro estrecho carruaje,
en un inexorable viaje hacia la Nada.


11

La ternura no tiene ideología
en estos cachorros indefensos.
El soldado la sostiene, la pondera,
nosotros verificamos su fragilidad.
El soldado viene de su niñez,
nosotros aún le tenemos por nuestro.
Estamos en un vasto escenario
y la ternura se ubica en su centro.

12

Yo dejé el dolor en la música de mi gente.
Entre estos platillos, como en una balanza,
traigo una real, profunda y antigua alegría.

Estoy entre la inocencia grande de los míos.
Todos nacimos en esta Isla que entre el mar
semeja un inmenso barco lento que canta.

En esta balanza va lo imponderable de mí,
lo que en Dios nos asiste contra esto y aquello.
Sí, dejé el dolor perenne, y traje la esperanza.

                                                                  Quito, 1998.




Misericordia
Poesía



1.

Éramos, quién lo recuerda,
quién con tanta embriaguez
en tiempo de densas sombras.

Éramos todos como perros
de paja para el sacrificio.
Opacos, como el agua turbia.

Perros a los que golpean,
cuyos lamentos nadie oye,
simples ofrendas de su tiempo.

Perros de paja para el sacrificio,
en el cofre lujoso de la fiesta,
llevados entre burlas al altar.

En  tiempos de incertidumbre
ardimos en una hoguera ajena.
De la nada, nada puede salir.

La luna y el agua vaciándose
en los sombríos acantilados.
Así aquellos  días del hombre.

Creímos las mentiras de los viejos,
aquellos recurrentes fariseos,
y  descreídos volvimos a la casa.

Éramos como un flauta vacía,
extraños al amor y la cordura,
animales torpes de matadero.

Aquellos recurrentes fariseos,
con el engañoso sésamo
de sus normas y sus prédicas.

Ellos hicieron arder los sueños,
sus cenizas las dispersaron.
Obedientes, crueles fariseos.

Éramos, quién lo recuerda,
quién con tanta embriaguez
es capaz de recordarlo ahora.



2.

Talaron el pequeño bosque.
El cardenal de rojo pecho
va de aquí para allá desolado.

Con él la lámpara del cuerpo
se extinguió en agonía y dolor.
Densas son estas tinieblas.

Trajeron higueras de Berbería,
el extraño y punzante agave.
Ocultaron lo que era y ya no es.

Todo al revés, todo sin sentido.
Bosque  que sólo existe en mí,
el bosque perfectamente vacío.

Nadie nos dice cómo ni cuándo.
El pequeño pájaro de rojo pecho
insomne desgaja sus horas.

Largo el ayer, hoy con mañana.
Los montes ahora lo sustentan
al pájaro del bosque de entonces.

Verde sobre verde y su sangre,
apenas una gota sobre su cuerpo,
una simple huella, un simple latido.
Ciego pájaro engañado por el sol,
como si el cielo no lo quisiera ya,
vuela a  los tilos vacíos de follaje.

¿Dónde su tesoro, su corazón?
Con el bosque se fue la plenitud,
el viento  al cruzar entre los cedros.



3.

Flotas sobre las olas a la deriva,
no basta con preguntar quién es,
cuando te toco o me aparto de ti,

Sé que nada queda por hacer.
Todo está vacío en exceso.
En tu caída no hay oscuridad.

El invierno resiste en su sustancia,
severo el tiempo, dulce y odioso,
sin rastro de lo que entonces fue.

Es el viento de hojas amarillas
esperando en el cauce desolado.
Su camino allí donde es invisible.

Vergüenza, espanto del alma,
baja su rostro con nostalgia.
Sé que nada queda por hacer.

En un rincón extraño y mudo
sólo la vieja taza del espumoso
y humeante té que nos sostiene.



4.

Este es el mejor de los hombres,
fluye igual que el lecho de ese río.
Y como él esconde  su misterio.

Fluye y esos otros lo desdeñan,
no busca luchar,  permanece libre,
hay miedo escondido en su interior.

Esperamos debajo del manzano,
lento su perfume nos envuelve.
Esperamos y no ansiamos luchar.

Y así se tensa el arco hasta el límite,
así al máximo se afila la espada,
al borde de la fortuna y el desastre.

Perseguimos el ideal del corazón,
una sombra poderosa que canta.
Dios es todo y el sueño es Dios.



5.

El corazón nunca se llena,
es semejante al agua.
Tanto color ciega los ojos.

Cauto, como el que cruza
vacilante sobre hielo fino,
como el hielo que se funde.

El aroma de uvas en la mesa
y las sillas del convite vacías.
En el mantel las uvas estallan.

El dibujo de nuestras manos
aquí y allá sobre el lienzo
donde alegres pernoctamos.

Oh, éste mi corazón ignorante,
tan turbio y ensombrecido,
corazón que nunca se llena.



6.

Hay primavera en el campo,
pero yo en ella nada poseo
y desando sujeto a nada.

Todas estas cosas florecen,
abandonan su propio interés,
como lenta fiesta suntuosa.

Despierto en la honda noche,
el viento se desvanece y muere.
Detrás ningún mundo existe.

Surtidores azotan mis oídos,
con el retumbar del viento
entre los eucaliptos de antaño.

Todos radiantes, seguros.
Confuso, así voy a ciegas,
tan torpe e ignorante de mí.



7.

No me acepto, no me inclino.
Como lenta ola sobre el mar
he vuelto evasivo e intangible.

Muy poco dura el fuerte viento.
Sordo e implacable, soberbio,
en sí mismo pronto se consume.

No hará casa el que no tiene.
Como hojas sin vida esparcidas.
¿quién de ellos nos ayudaría?

El viento cósmico nos desborda,
ensanchado su vuelo más íntimo.
En el ocaso es sólo un pretexto.

Tinieblas, el camino del mundo
sin huellas que puedan seguirse.
Todo es misterioso y sin fondo.



8.

No deja cálculo sin comprobar,
nudo que pueda deshacerse
o  cerradura para ser  forzada.

He aquí que le seduce lo fácil,
el peor de los antiguos pretextos.
Ay, que no lo arrastre la corriente.

Sólo así  se mueve este Mundo,
sólo así se llega a la misericordia,
sólo así hay luz en lo oscuro.

Dos somos uno, no tú y la noche.
La noche conoce tus encantos,
morada en el aire del anochecer.

No nos necesitan los que partieron,
mas extrañan habitar esa tierra,
rendirse a sus viejas costumbres.

Somos como un tronco cortado
al que Alguien busca dar forma,
como sabio, paciente carpintero.





9.

Balbucea el hombre  su verdad,
su inteligencia parece estupidez
y su lengua incomprensible.

Quería reclinarse, quería ser
el Otro que dentro se ocultaba.
Ambos supremamente ciertos.

Maldición son el deseo y la codicia.
Todo se torna en áspera miseria,
desemboca en estéril descontento.

Poniendo el oído sobre la tierra
el hombre devela sus viejas mañas.
La sutileza del débil vence al fuerte.

El miedo en un puñado de polvo.
Viejas mentiras y nueva infamia,
acoso eternamente renovado.

Salvaje comarca es el universo
del corazón de estos mortales,
que sostienen el alma en marcha.



10.

Lentos se desplazan los peces
en el abismo oscuro de las aguas.
Su parsimonia desconcertante.

En las orillas el antiguo bosque
sin otro idioma, sin el viento
que le arrancaba las palabras.

Allá los peces pasan indolentes.
Faltos  de intención se desplazan,
cardumen sin forma y sin colores.

No pueden ser vistos ni oídos,
a su vera  los fatigados viajeros
fluyendo obstinados con las aguas.

Tal y como cae esta suave lluvia.
Tal y como ellos sacian su sed,
la tierra estéril volverá a florecer.



11.

Los caballos a través del campo,
cual espléndidas y limpias siluetas.
Ensoñación y  tiempo detenido.

Bestias de piel favorable al tacto.
Negro de metal que tiembla
junto a la hierba y la tormenta.

Polvareda levantan los caballos,
ruido de sus cascos desde el río.
La vida abandona su camuflaje.

Trotan  desde el fondo del tiempo,
su ruido apenas ruido en mí,
como música de pies desnudos.

En el portal de hierro de la vida
la manada decide su destino,
simple eternidad en un instante.



12.

Vengo,  busco ciego en la ventana
y torpe vagabundeo sin conocer.
Oh, Dios mío, miro sin ver y actuar.

De este modo iniciamos la canción.
La alta hierba ondula en la orilla,
se abre la puerta, sonrío, sueño.

Son obra de tus manos esas aves.
Las criaturas del campo son tuyas.
También los vientos, cual mensajeros.

Con estar ahí juntos es suficiente.
Nunca te desilusiones, nunca.
Nunca dejes tu camino, nunca.

Oh, Padre, haz que cimentemos
nuestras casas sobre tu roca.
Padre, hazme entender y actuar.

Soberbia el águila de grandes alas,
planea y toma la copa del cedro.
Tu mirada, más aguda que la suya.

Apiádate del mundo y del bien
de este mundo que a ti se debe.
Tu rostro en todos los espejos.

Oh, Dios mío, hazme ver y actuar.
Haz que me empine sobre mí,
que toque el cielo y la esperanza.



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