viernes, 24 de octubre de 2014

VÍCTOR BARBERIS [13.823]


Víctor Barberis


Víctor Barberis nació en Talca, Chile en 1899 y murió en Santiago en 1963.



Víctor Barberis
el poeta que vino de Talca

Hace mucho tiempo, antes incluso de estudiar literatura en la Universidad de Chile, en una de mis tantas campañas de intruseo doméstico, como decía mi mamá, me encontré una revista que se llamaba “Quilodrán”. Una vieja revista del año 1966, dirigida por Luis Rivano, que mi mamá guardaba entre sus libros y de la que podemos hablar en otro artículo. Allí, entre sus reseñas literarias, encontré una mención a uno de los libros recibidos por el director, “Poemas”, de Víctor Barberis, y se hacía alusión a que tenía un prólogo de Braulio Arenas (otro gran poeta) y había sido publicado en 1965 (libro póstumo).

Un dato curioso que recuerdo me llamó mucho la atención en ese momento fue que se refería a él, a Romeo Murga y a Alberto Rojas Jiménez, entre otros, como parte de una generación de poetas olvidados. Eso a mí, siendo un adolescente, me motivó muchísimo. Así que emprendí mi propia campaña en la búsqueda de estos poetas. Quiero compartir uno de los poemas de este libro:




Amor

He buscado una fuente de amor, y estoy sediento
Del agua turbia y fresca que nutre las raíces.
Como lana cardada por los dedos del viento
Se arrastran por el cielo las lentas nubes grises.

Amor –fruto maduro- no hay mano que te coja
Sin arañar el tronco ni desgarrar la hoja.

A trébol y a manzana
Huele el viejo jardín de la sabiduría.
La encontraré mañana,
Me digo cada día.

La tierra de mi huerta estará perfumada;
El agua de la noria, limpia y agradecida.
Mas, si te hallara un día, no te diría nada.
Y quedaría enfermo de ti toda mi vida.



Víctor Barberis nació en Talca en 1899 y murió en Santiago en 1963. En Santiago hizo su carrera universitaria y vio como su producción literaria recibía ciertos reconocimientos en el ámbito universitario, tal como el premio obtenido junto a Romeo Murga en la Federación de Estudiantes de Chile en 1923. Además, tuvo la oportunidad de compartir con todos aquellos intelectuales y artistas que deambulaban por el movido ambiente de la capital en la década de 1920.

En el prólogo que Braulio Arenas hace del libro Poemas, señala con mucho acierto que: “Nada han perdido estos poemas con el tiempo transcurrido. Tal vez, sí, a nosotros nos sacuda el cuerpo un breve escalofrío al pensar que ya no está su autor para leerlos en este libro”.

Su poesía tiene una mirada permanente hacia la zona que lo vio nacer, como dice Braulio Arenas, “con cierto tono de beatus ille. (…) Es en tal medio, y en tal época, que la materia poética de Barberis va a expresarse con su máximo esplendor, mirando el paisaje a través de la vida, y mirando la vida a través de su constante paisaje talquino”.

El destino quiso que cuando yo salí del liceo, ingresara a estudiar literatura y que mi tesis de grado tuviera como tema central a otro de los olvidados: Alberto Rojas Jiménez. Así también, mientras estudiaba tuve la suerte de que uno de los buenos amigos en la universidad, me obsequiara el libro “Poemas” de Víctor Barberis, que aún conservo entre los libros de mi biblioteca personal. Así se tejió la historia.

[Publicado por Ernesto González Dávila]



PAISAJE 

En la falda del cerro se duerme el caserío, 
hundido en la infinita modorra de su mal, 
con sus viejas casonas olorosas a estío 
a la orilla hacinadas del camino rural. 

En la iglesia, en las noches, plática del desvío 
de las gentes, el cura, flaco y sentimental, 
mientras lejanamente se oye el rodar del río 
y rezongan las ranas su croar gutural. 

En el rincón fragante de tibieza y de luna 
el viento vagabundo es un niño en su cuna. 
Las estrellas encienden sus lámparas de hielo 

sobre el sendero que habla de algún remoto viaje; 
y se yergue en la santa tristeza del paisaje 
la parroquia que apunta como un índice al cielo. 




PUERTO DE MI TIERRA 

Cielo gris. 
Rozando el muelle los nublados. 
La barca enfila velas a un remoto país. 
Los marineros piensan, con los ojos cerrados. 

Negros acantilados 
en donde ronca y ruge el mar su letanía. 
Gaviotas en los mástiles de los barcos anclados. 
Deseo de ser barco para zarpar un día. 

Gaviotas, trenes, barcos. Yo, fatigado, paso 
frente a las casas en hilera 
sin poder acodar 

mi corazón, que lleva la marca del fracaso, 
al vigor primitivo y a la piedad austera 
de este pueblo que duerme tendido junto al mar.











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