miércoles, 8 de octubre de 2014

NELSÓN OSORIO MARÍN [13.587]


Nelsón Osorio Marín

Nació en Calarcá, Quindío, Colombia en 1941, falleció en Bogotá, noviembre 1997. Poeta, minicuentista, compositor y publicista. A los 22 años de edad publica su primer libro de poesía, Cada hombre es un camino (Bogotá, 1963). Seis años más tarde, edita Algo rompe la mentira (Bogotá, 1969). Siete años después, aparece su obra final, Al pie de las letras (Bogotá, 1976). Fue pionero  del minicuento colombiano. Ana y Jaime, Eliana, Norman y Darío, entonaron con éxito sus canciones.

María Mercedes Carranza dice en el |Manual de literatura colombiana de Círculo de Lectores (1988): «Muy cercano a la sensibilidad de los nadaístas, Osorio incorpora a su poesía los elementos de los mass-media: el texto del periódico, letras de tangos y boleros, los mitos del cine, y utiliza un lenguaje prosaico. Hace poesía de tema político y canciones al estilo de las que se conocen como canción-protesta. Los mitos adolescentes de una clase media baja que se nutre en las fuentes de la cultura de masas como única alternativa de creación, sus personajes, su lenguaje, son los temas de la poesía de Osorio, la cual tiene el valor de recrear un mundo netamente colombiano y de crear para él una época que lo representa».




elegía a maría antonieta pons

Cremita mía,
reina del contoneo afrodisíaco
y dueña y señora de los mambos y guarachas
que alumbraron la década
de mis pantalones largos de bota bien estrecha,
camisas de chillidos multicolores
gomina, llavero de cadena y monedero
anillo de cobre, peinilla y espejito
ron con Freskola
Chesterfil, tranvía y Vargas Vila.
Cuántas noches amor mío
- desde la butaca más barata
del Teatro Pereira (dedo, pulgas y pecueca) -  
tuve la dicha de sentir tus caderas epilépticas
viniendo de la pantalla hacia mis ojos
como un tren repleto de deseo;
de casi tocar y oler las escasas lentejuelas
que adornaban tu trasero principesco
oh trasero tuyo nunca mío
en continuo movimiento de espirales,
escalera de caracol bajando al fondo
de cada manotazo de bongó
que retumbaba Pérez Prado,
ese camaján apocalíptico del ritmo afro-antillano.

Y tu ombligo mundial Mariantonieta
-antro celeste
para mis fantasías de muchacho treceañero –
fue el abismo anunciador
de una tempestad de pelos y de estrellas.
Pero para qué seguir contando
las cosas que jamás nos sucedieron.
Lo único real, sismo voluptuoso,
es  que tengo en mi prontuario dos narices rotas
(creo que se llamaban Restrepo y Jaramillo)
pues  andaban diciendo por el barrio
que la Tongolele
movía mejor los senos y las pantorrillas:
un sacrilegio contra ti
rumbera de paso demoníaco,
cremita de mis manos afiebradas
soledad de mis cobijas
arena movediza de mi moral monástica
pluma de todas mis cosquillas.
Inclusive hoy
-como un brindis al túnel que tendí
entre tu cuerpo de celuloide
y mi primera apremiante soledad de entonces –
intentaría quebrar dientes y palabras
a quien afirme que tú no fuiste la serpenteante
la diva del cabaret
la hechicera del guaguancó, de la conga
y del merengue apambichao,
la rubia cósmica con zapatos de tacón puntilla
la muy mía de lejitos…mi primera dama.





al compás del corazón

Tango de Federico y Expósito.
Canta Raúl Berón. Orquesta de Miguel Caló
Me parece verte regresar por el ayer…


Cuando en mi vida
dejes de ser la gran película
porque cualquier día
empezaras a pasar lentamente lenta
hasta quedarte inmóvil
como una fotografía tomada al descuido,
alguna tarde canosa por venir
haré requisa de recuerdos
y te sacare y sé que extrañaré
estas noches contigo de hoy
que para entonces serán quietas viñetas.
Y juro
Que te besaré la boca y el pasado
casi fraternalmente.
Como amándote en sepia.






prensa libre

Primero fue la paliza que lo dejo medio vivo:
culata y bolillo a veinte manos
entre insultos y carcajadas
(algunas llenas de dientes de oro
y todas rebosantes de escupitajos).
Luego los celosos fusiles del orden
tronaron a boquejarro
sobre el obrero en huelga.

El periodista
-allá donde hay noticias
allá estamos ojos abiertos, oídos despiertos –
presenció todo con lujo de detalles
y tomó las fotografías
que serían retocadas
mientras él redactaba el fatal accidente
con un estilo limpio y persuasivo
para que la SIP le otorgara la beca
de especialización en nuevas técnicas.




Queríamos ser

todo lo que nos prohibían con palabras
pero que nos enseñaban con actos:
mentirosos, descrestadores, maniobreros
donjuanes de atrio y circo y antro
cocodrilos expertos en lágrima y mordisco
lobitos de pantalón de dril entre semana
y vestido de paño los domingos
(el mismo que un día perteneciera al viejo
y que nos adaptaba el sastre de la esquina
colocándole una etiqueta Valher
para que no vayan a notar sus compañeros
que el traje es de segunda…
El mismo que lucíamos – brillante ya el trasero –
en  la misa de 7 donde debíamos implorar
por la salvación de nuestras almas
y porque Pereira creciera más que Manizales
“pues además de la eterna
nosotros poseemos también un alma cívica” ).

Queríamos ser hombres
tal como nos dijeron que era un hombre
y jugábamos los sábados
a jugarnos la vida arrebatadamente
- cicatrices no faltan
ni cierto aire de pachuco bailarín –
impidiéndole al cantinero
llevarse los envases de la mesa
pues entre más botellas bebidas más machera,
solapiando  al mancito
que se pusiera a echarle pupila muy seguido
a mi muchacha de carmín, popelina y pachulí
mi mocita que mezclaba Aguila con Coca Cola fría
y sólo me cobraba los diez pesos de la pieza
porque nos queríamos tanto
que bailábamos “Pachito e ché”
como si lo hubiéramos ensayado toda la vida.

Pero ya estábamos habituándonos
a que el país cada mañana estrenara
una alfombra de cadáveres
y decidimos un viraje en nuestro estilo:
ahora se trataba
de imitar más en serio a los mayores
- a quienes debíamos rendir un profundo respeto
según el compendio de Urbanidad
del alegremente célebre Carreño –
y por eso intentamos
ser campeones de la zancadilla
líderes del golpe bajo
prestidigitadores de la hipocresía
dueños del revólver y la víctima.
Tengo entendido que varios lo lograron.
Que muchos no pudieron
a pesar de los esfuerzos perpetrados.
Que algunos no quisimos: cambiamos de rumbo
hacia rojas latitudes
que nuestros mayores no ven con buenos ojos
y no precisamente
porque sean tuertos o sufran de miopía:
lo que pasa es que no pudieron ver más allá
de sus folclóricas narices.

(También tengo entendido
que empecé a cambiar de rumbo
-entre otras cosas-
cuando comprendí que no comprendía
la escena de mi viejo
en el cotidiano tinglado de la casa:
regresaba reventado de cansancio
blasfemando del sueldo
que apenas si alcanzaba para maldecir,
pero hablando maravillas
del gamonal del pueblo…)

Claro que el cambio ha sido relativo
pues todavía suelto la furtiva
con las notas de la Vieja Guardia,
muevo a saltitos la barriga
si oigo por ejemplo
a Beny Moré en su piromaníaco “barabaratiri”
y cada que me encuentro un amigo de esa época
siento un nudo en la garganta,
lo abrazo
y para deslumbrarlo con mi originalidad de poeta
le digo así con inspirado acento:
“¿te acordás hermano qué tiempos aquellos?”

(Al pie de las letras, Editorial Babel, Bogotá 1976)





te habitaba

en el fondo de Todo
ni siquiera hubo un ruido extraño:
los perros en coito
los hombres aparentemente idénticos
el estallido de las primeras palabras
los saltos de la juventud
lo arrastrado hasta ahora,
            nada
nada era un ruido extraño.

el Rumor estaba en Tí.




Despedida

Sabías que la lluvia
era mensajera
de cosas cenicientas.

Cuando tu silencio
gritaba
que sólo querías
vivir en mi recuerdo,
tus caricias huidizas
sintieron que el aire,
como yo,
estaba derrotado.
Y que mi voz
se alargaría hasta alcanzarte
porque en mis gaviotas
jamás haría verano.





todo el odio

no.
no se trata de olvidar los desgarramientos
el sur de las ciudades
los asuntos sin salida
el ir dejando de pertenecerse
los engranajes desengranados
la indecisión de los primeros trazos
las iluminaciones tísicas
ni los ojos fijos de la Gran Herida. 




Mínimo interior y viceversa

"llegada desde siempre iras por todas partes"
Rimbaud

balsa estrecha y húmeda -pintada de tí- en la que rompes tu vida impermeabilizándola, miniaturizándola.
Miedo en tus mapas y en el puente, Miedo tuyo complejo, corredizo, amortiguado en tu cruzarte de brazos y en tus camisas largas, cómplices, mientras las heridas aún no han rescatado el Dique.
llamas.
entras y es posible que te quemes, que incrustes algas o ángeles caídos en tus ojos-horizonte tan vidriosos de arenas donde estuve (mejor dicho, algo parecido a lo que cierta vez sintiera Enrigue Lihn en Market place: "estoy de paso como la muerte misma: poeta y extranjero".
llamas que despiertan:
duerme, fúgate en tu relámpago de propulsión color imagen.
y en lo que a mí respecta, Amor, es posible que sucumba -pintada de otro yo mi nueva balsa viva- pero alguien recogerá mis remos, mi cuaderno de notas, mi pluviómetro.




"la muerte se paga viviendo"  
 Ungaretti

deténte ya. párate te digo!
ahora, dale varias vueltas a tu vida y mírame:
estuve a la altura de mi Muerte.




Mínimo exterior en medianoche

disuelve sus sueños gris-azul-serpentina mi pipa  que jamás intentó un braceo en altamar. No duermen los habitantes de la próxima galaxia y mis recuerdos de ti van cazando formas humeantes: el olvido es uno mismo entrando a un túnel que termina en otro olvido.
nubes:
letargo de barcazas hundidas en el aire preso subrayando la pulmonía de lianas que me aplastan desde mi Hebefrenia: desperezarse de soles y sensaciones del Cuaternario en un pantano de semioscuridad matizado por esperas gigantescas.
desmoronándote, las manos antiguamente nuevas tamborilean en mi insomnio regresivo mientras suena un perro un perro al filo de mi pipa advirtiendo que la luna se ha partido en dos porque sigues siendo mi retorno hacia el Futuro. Pero prefiero sacarme las vísceras y exponerlas antes que morir así.




Fragmentos

tal vez fueron las elucubraciones, esa maldita manía de enfermarnos con palabras.
(las palabras como muros tangibles entre tú el mundo y yo).
pero ya es tarde para recordar los peces o la magia que incineramos buscando explicación a nuestras brasas.




Sensación

Antes del adiós, tenías el mismo lenguaje de una casa deshabitada, su mirada patética, sus puertas entrecerradas pero infranqueables. Por eso en tus ojos me vi condenado a permanecer afuera, al borde de la locura.




para un final feliz

-Soy un sueño. ¿Y tú?
-También.
Y se durmieron para siempre.






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