miércoles, 8 de octubre de 2014

MARÍA CECILIA SÁNCHEZ [13.586]


María Cecilia Sánchez 

María Cecilia Sánchez.  Bogotá, Colombia  1964. Psicóloga y escritora de poesía y ensayo. 
Autora de los libros de poesía Las alas muertas (Trilce y Altazor Editores, 2006), La música dormida (http://es.scribd.com/doc/233501829/La-Musica-Dormida)  entre otros. Investigadora y escritora de la cartilla bilingüe de relatos paeces,  Seres que nunca mueren, Consejo Regional Indígena del Cauca. Ed. El Fuego Azul, 1997, reimpreso 2006. Vive actualmente en Mitú, Vaupés.




La senda de árboles caídos
                                       
                                        Quizá no es tiempo ahora:
                                               Nuestra época
                                               Nos dejó hablando solos
                                                                       José Emilio Pacheco


Ocultos pájaros habitan la tarde
Humedecida por el agua que ha surgido
De extrañas lunas.
Una sombra atraviesa el jardín,
Los ojos lelos de los animales
Y hasta el viento:
Hay muros que no existen y a todos detienen,
Donde la risa
Se envuelve en sí misma y es canción.
Y una sombra más:
En ningún otro tiempo hubieras sido otra.
Hay bruma en el jardín. Es el silencio.





Al caballero

Desde horas altas
Hasta el día blanco y sin misterio,
El vaho de un resuello,
El impaciente galope
De sombra en sombra
Rodea los árboles.
Escucho su paso
Y en su pelo la agitación pródiga
Del viento que lo lleva.
Ha llegado al jardín
El caballo salvaje que montabas
Y que abandonaste para entrar
A la penumbra
Donde todas las mujeres son bellas.





Geometría desde Onetti

En las dimensiones del cuarto que ocupo
Hay lugar para todas las muertes.
El reloj, las horas, los latidos
Minuciosos testigos de mi ausencia.
Por mis venas corrió  la sangre
Para llevarme a la fatalidad
Y nunca a mi destino.
Ahora, mientras miro las cosas
Y ante mis ojos resbala el hastío,
Entran por la ventana las sombras
De un mundo reducido en la tortura,
Como un río, el río que siempre miré,
Que se ha quedado sin murmullos,
Sin caídas.
Las palabras apenas respiran para mentir
Cuando quiero un soporte:
Desembocadura natural de la afirmación furiosa
Que una vez fui.
Enmudezco
Mientras imagino la posible y final
Disposición de la carne
Que ella, usted, yo
Alcanzaremos sin dignidad ni repudio





Paisaje umbrío

Miro la senda de árboles caídos.
La percusión del derrumbamiento
Aún nos hace estremecer,
El aire trae con su frío
El exilio de antiguas moradas.
No sabemos si nuestros pasos
Obedecen a una bendición o a una condena.
Cada uno es imperio sobre la nada.
El mandato, una herida honda y tiránica.
Interrogo al aprendiz de ángel
Por el tiempo.
Los malabares de sus manos,
El gesto de indolente, fracasada sabiduría.
Comprendo. Los asesinos son adorados.





Para el abismo

Busco una fe como un astro,
Una escalera como la soñada por Jai Singh
Para unir lo infinito a mi ciudad.
Una obra como un credo.

Las horas que vienen son
Aves de rapiña sin nido ni destino:
Interrogan imágenes hambrientas
Agotadas por el fanatismo.
Dirán que ya no hay hermanos.

Sueño un camino en el árbol del misterio.
Desde él se ven los otros mares,
Mares de islas iluminadas como oraciones,
Música
Para la soledad sin grito, ni ángeles.

Busco una fe como un astro.

Una obra como un credo. 








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