viernes, 24 de octubre de 2014

JUAN DIEGO INCARDONA [13.831]


Juan Diego Incardona 

Buenos Aires (Argentina), 1971. Creador de la revista el interpretador.. Publicó El ataque, Eloísa Cartonera, Bs. As., 2007; Objetos maravillosos, Tamarisco, Bs As, 2007; Villa Celina, Norma, Bs. As., 2008, El campito, Mondadori, Bs. As., 2009, Rock barrial, Norma, Bs. As. 2010 y La Propia Cartonera,— Montevideo, 2010 y Amor bajo cero, 
Vox, 2013).

Publicó relatos y notas en distintas antologías, diarios y revistas. Actualmente, trabaja en el programa Memoria en Movimiento de la Secretaría de Comunicación Pública, coordina ciclos de cine en eECuNHi. Es columnista radial de literatura en el programa Viaje recargado en Radio América AM, 1190. Administra el blog días que se empujan en desorden.



LO QUE FALTA

De la oscuridad
que rodea la cama del niño
—como la negrura del campo al pueblo—,
la luz vital agazapada
bajo las frazadas por el temor
a los fantasmas,
ahora queda,
como un océano perdido,
el sonido de las olas sin las olas
en el corazón.

Es parecido al grito de un espíritu 
devorado por los gatos en el techo, 
parecido al llanto del recién nacido 
que habla y no se entiende; 
a las piedras en verano, 
a las plantas en invierno.

Donde no hay nada, hay,
sin embargo.
Y lo que falta tiene sonido
—siempre se escucha
lo que no está—;
yo lo escucho,
y hace falta cierta mente;
dondequiera puede oírse,
Ludwing Van Beethoven
lamentándose;
como una bestia nerviosa.
un caballo en el corral
frente a la inmensidad del cielo
en la pre-tormenta.

En este ambiente donde vivo,
tan pequeño y tan blanco,
hay, sin embargo,
ladridos de perros de otros países,
conversaciones de gente
de otros siglos,
fotografías invertidas de La Tierra,
como si ésta fuera un espejo
puesto en el espacio
contra mi casa.

También golpea la lluvia
en la persiana baja;
cruje de nuevo la madera
de los muebles
como si aún estuviera viva
en su árbol natal de aquella selva.

Ahora corre
el agua de la canilla
lo que falta de la infancia
hasta caer por el desagüe,
y como la sangre en las venas,
debajo de la ciudad en tuberías,
va mi sangre y busca el río.

Lo que falta, tiene 
el peso de todas las criaturas juntas 
y se ha echado sobre mi cuerpo 
durante los años luz que dura
esta única noche.

Ojalá
pudiera amanecer.

Pero lo que falta es lo que sobra:
tanto sol el que no está,
tanto día no aparece,
que entonces los muertos se entusiasman
y revelan sus figuras espectrales,
en la ropa sobre la silla,
en el ventilador de pie,
en los puntos rojos
de los aparatos electrónicos.

Lo que falta
embota los sentidos;
la vista, por ejemplo,
arde en bocanadas de humo
que el vacío fuma en una pipa;
estará fumando algo que es mío;
pienso no tan solo,
ya me parece oler mi carne,
mi piel, mi barro, mi calle,
incluso los cuerpos que no son míos
pero que han sido míos,
desnudos en las canciones
en modo repetición,
en modo petición.

Y lo que faltaba... 
han llegado los vecinos 
a golpear frenéticos la puerta, 
gritan mi nombre, insultan,
creen, ilusos, que yo puedo 
bajar esta música tan alta 
que allegro ma non troppo, 
un poco maestoso 
en la cueva del oso, 
scherzo: molto vivace, 
cuando lo que falta, hace 
un escándalo.

Porque lo que falta, aturde.

De la oscuridad 
que rodea la cama del niño 
como la negrura del campo 
al pueblo.

(De: Amor bajo cero, 
Vox, 2013)




[Sonda]

Hay señales queriendo entrar por las ventanas de las casas, 
las puertas de las casas, cualquier agujero de las casas 
donde tejer en sus vacíos mensajes increíbles de las bocas del espectáculo,
gramáticas devoradoras de la percepción que ondulan voces emitidas ya no se sabe bien por quiénes;
hay señales corriendo por los nervios ciáticos de la columna social de hombres vivos o ectoplasmas 
—pues incluso los fantasmas han sido alcanzados por las ondas dominantes—
que producen fantasías con altos niveles de efectividad en las conductas;
y crujen, crujen las señales incluso en las oscuras piernas tatuadas apoyadas en las mías,
señales de radio y de tv en nuestros sexos,
señales vomitadas por una ballena más que blanca;

captadas por esas mismas almas que renacen en la primavera para perfumar con su olor a tumba los boliches, 
resentidos por la invasión del mosquerío,
van y vienen doloridos, tocan la bocina en la avenida, tocan la puerta de su jefe, tocan sus bombos de teflón si las señales transmiten el mandato;
pequeños caníbales golpeando con los huesos de sus casas propias o alquiladas
una aparente superioridad sobre el resto de las verdades programadas;

hay señales eléctricas que, así como mueven zombies, mueven árboles;
estos no habían muerto, sólo se mantuvieron quietos durante un tiempo,
agazapados en nuestras veredas esperando la oportunidad
como ahora que sus troncos acorazados han sigo inyectados por la droga de los poderes
y sin más rompen baldosas sus raíces enterradas hace un siglo en las napas de sangre de las guerras fratricidas, 
árboles antiguos, conservadores, respetuosos de sus mitos, creencias y banderas,
viajaron lentamente a una velocidad peligrosa hasta nuestros hogares con familias tipo,
abrieron terribles sus copas como antenas de cuchillos, 
recibieron las señales y las retransmitieron,
penetraron ojos de cerradura con flores que, afuera, dan alergias a los neuróticos; adentro, dan brotes a los psicóticos;
hoy sus ramas estiran hasta el último ambiente brazos vegetales que han derribado muchos muebles y empalado muchos culos;

hay señales que todo vuelven planta, 
todo el pueblo vuelve estado vegetativo en sus frecuencias tentadoras,
repetidamente buscan tierra y buscan sol,
buscan agua día y noche para saciar su sed interminable de lenguas quemadas en alcohol y sales finas,
y los que no se entregan, desean quemarlo todo con sus espíritus rebeldes, pero el fuego les ha sido negado desde sus infancias educadas en historias convenientes;
yo no sé si entregarme o prenderlo fuego todo con el fuego que no tengo;

hay señales que no puedo interpretar y sin embargo me dominan;
que sea lo que Dios quiera; 
me quedo en la cama aplicándome inyecciones de corticoides y diclofenac,
dando vueltas en la calesita rectangular con las sortijas caídas en el sueño,
montado a caballito o metido en un autito,
ya no quedan posiciones para el dolor de la columna;

hay señales en el piso, en las paredes y en el techo,
y de tanto mirar el techo la lamparita se ha quemado,
así que he descubierto que todavía le queda algún poder a mi personalidad;
cierro los ojos e intento concentrarme en la liberación,
pero no pasa nada ni nadie,
bien o mal sigo aplastado contra el féretro de goma espuma y avanzo temas en el reproductor;

hay energías que me llevan a la muerte, 
igual que a todos me trasladan en sus vagones invisibles por las vías que no se tocan ni siquiera en el infinito,
vías siempre paralelas para un viaje que nunca llega,
la muerte no llega porque las señales abren más paréntesis
(explicaciones, didácticas, calificaciones, atributos)
y entonces parece más tarde de lo que es; 
hoy, como ayer, el día no concuerda con el reloj,
como tampoco concuerdo yo con lo que pienso.

Hay música, sin embargo, filtrada en las señales.
¿Hay un médico a bordo?
Un hombre está a punto de parir,
sí, un hombre.
Los pájaros han encendido fuegos sobre las puntas de los postes y en la calle brilla la espera;
mi memoria se renueva dentro mientras caen pedazos de paredes, 
lecciones de la escuela primaria y citas bíblicas de la catequesis parroquial,
éstas últimas de mis personajes favoritos cuyos nombres empezaban con la jota igual que el mío, Juan: Jonás y Job.

Hay señales musicales que no sé si son propias o ajenas
pero en definitiva qué se puede hacer salvo escuchar canciones,
si en la cama un pararrayos –mi cuerpo- toma de la noche
la luz de las estrellas, la luz de Dios o la luz de las ideas,
ya no importa qué utopía ha sido consumida en señales y comunicaciones
cuando es el dolor la antena que recibe las noticias.

Amor bajo cero, Vox 2013




Poema

(N.E. Luego de detenerse, el mundo escribe).

Los vecinos están en el baldío
alrededor de un pájaro recién muerto;
habrá caído del espacio —dicen—,
porque acá no hay árboles ni hay cielo.
La radio y la TV transmiten desde el nido;
algo habrán hecho —informan—,
acá no hay árboles ni hay cielo.
Alguien abre las geodas de basura
cuyas amatistas brillan figuritas
y muñecas desmembradas;
en retirada, marcha la comunidad,
pisa los juguetes en el día-noche
y se hunde, colectivamente,
hacia el interior de la Provincia
donde la pampa, se sabe,
es como el mar,
rojo, oscuro, olvido.
Las plumas del pájaro flotan sin cielo
y en el espacio no las quema el sol,
sino la última estrella fugaz
que cruzó el Acceso Oeste
antes de que los deseos apagaran
las chispas.







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