lunes, 6 de octubre de 2014

HERNANDO DOMÍNGUEZ CAMARGO [13.565]


HERNANDO DOMÍNGUEZ CAMARGO

(Santafé de Bogotá, Colombia  1606 - Tunja, 1659) Poeta y jesuita colombiano de origen español cuya poesía se inscribe en el culteranismo barroco que inició Góngora en España.

Era hijo de Hernando Domínguez, natural de Medina de las Torres, y de Catalina Camargo Gamboa, natural de Bogotá pero originaria de Mompós. Su padre falleció cuando contaba doce años de edad. Domínguez Camargo estudió en el colegio de los jesuitas; poco tiempo después, en mayo de 1621, ingresó en la Compañía de Jesús y, transcurridos dos años, recibió los votos.

Como el colegio jesuita de dicha ciudad afrontaba numerosos problemas de sostenimiento a causa de lo tardío de su fundación, el provincial de la orden envió a Quito a un grupo numeroso de alumnos, entre los que figuraba Domínguez. El joven jesuita debió recibir una gran impresión de este territorio, que recordó luego en el poema A un salto por donde se despeña el arroyo de Chillo, y también en la Invectiva apologética, una reflexión sobre la creación poética en la que aludió a la hacienda que la Compañía tenía en Chillo.

Domínguez regresó posteriormente al Nuevo Reino, pero a la ciudad de Cartagena, en cuyo colegio jesuita estuvo viviendo; allí fue donde emprendió realmente su obra poética. A modo de ejemplo puede recordarse su poema Al agasajo con que Cartagena recibe a los que vienen de España. Algo importante le ocurrió en esta ciudad, aunque se desconoce, que lo impulsó a abandonar la Compañía de Jesús el año 1636.

No renunció, en cambio, a su categoría sacerdotal, pero abandonó la costa y se trasladó al interior. En 1636 fue párroco de Gachetá, luego de Tocancipá y Paipa y en 1650 de Turmequé, un pueblecito del altiplano cundiboyacense. Más tarde fue cura beneficiado de la iglesia parroquial de Tunja. El 18 de febrero de 1659 hizo testamento en esta ciudad y, pocos meses después, fallecía. Fue enterrado en la capilla del Rosario de la Iglesia de Santo Domingo.

La obra de Domínguez Camargo

La mayor parte de las composiciones líricas de Hernando Domínguez Camargo se publicaron en el Ramillete de varias flores poéticas, de Jacinto de Evia (1676). Allí hallamos, entre otras, A la Pasión de Cristo y la ya citada A un salto por donde se despeña el arroyo de Chillo. Otra de sus composiciones destacadas es el soneto A don Martín de Saavedra y Guzmán. Es curioso advertir que el exacerbado gongorismo de sus composiciones serias disminuye hasta casi desaparecer en sus poemas satíricos, como puede observarse en el soneto A Guatavita.

Pero lo más destacado de la obra de Domínguez Camargo sigue el estilo del español Luis de Góngora, iniciador y máximo exponente del culteranismo. En 1666 el maestro don Antonio Navarro Navarrete publicó póstumamente en Madrid su obra más extensa y ambiciosa: San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús: Poema heroico. Escrito en octavas reales, el poema consta de 9.600 versos organizados en 24 cantos, contenidos en cinco gruesos volúmenes. El libro es una biografía en verso del santo: narra la vida de Ignacio de Loyola desde su nacimiento y bautismo hasta el momento en que funda la ilustre Compañía de Jesús, tras sus campañas militares en Pamplona. El poema relata también sus numerosas peregrinaciones, así como su conversión al cristianismo y su penitencia.

Gongorino entusiasta y no exento de ingenio, dotado de excelentes recursos de versificador, Hernando Domínguez Camargo es un figura representativa del barroco literario en la América española, cuya extensión sólo es comparable a la del barroco de las artes plásticas. La valoración de este poeta ha sufrido las peripecias bien conocidas del juicio de la posteridad sobre el espíritu y forma del barroco. Si su editor del siglo XVII llama a Domínguez Camargo nada menos que "refulgente Apolo de las más floridas musas de todo este Nuevo Orbe", Marcelino Menéndez Pelayo, que no fue muy piadoso con el culteranismo, dice de su poema sobre San Ignacio que es "uno de los más tenebrosos abortos del gongorismo, sin ningún rasgo de ingenio que haga tolerables sus aberraciones".

No difiere mucho el juicio del ilustre crítico colombiano don Antonio Gómez Restrepo, quien, aunque encuentra en la obra "versos sonoros, octavas muy bien cortadas, rimas ricas", lamenta "el esfuerzo cerebral que presupone el escribir una obra extensa en que nada está dicho en forma natural y corriente". El poeta español Gerardo Diego dijo, sin embargo, que "penetrando en los laberintos del poema, nos hallamos en recodos de encanto y de poesía, cuando no de peregrina belleza".




A LA MUERTE DE ADONIS

En desmayada beldad
De una rosa, sol de flores,
Con crepúsculos de sangre
Se trasmonta oriente joven.

Cortóla un dentoso arado
Que, a no ser de ayal torpe,
Por la púrpura que viste,
Le juzgara marfil noble.

Cerdoso Júpiter vibra
Rayos, marfil, sobre Adonis,
Y el alma que trae de Venus
Hiere más, mientras más rompe.

Espumoso coral vierte
Que en verde esmeralda corre,
Mar de sangre en quien a Venus
Naufragio prepara Jove.

Verdugo monstruo ejecuta
De inflexible Dios rencores,
Y siendo amor el vendado,
Son cadahalsos los montes.

«¡Ay!, fiera sangrienta, dice,
Si asegundarte dispones,
Advierte que en la de Venus
No en mi vida, has dado el golpe.

Y matar una mujer
Con hazaña tan enorme,
Más para escupida es,
Que para esculpida en bronce».

Con esto se vino a tierra
Esta hermosura Faetonte,
Y exhala beldad, ceniza
Del sol que agoniza ardores.

De la herida a la ventana
El alma, al golpe, asomóse
Y aunque halló en la sangre escalas
Saltó atrancando escalones.

Cuando de cansar las fieras,
Ciudadanos de los bosques,
Venía la diosa Venus
Guisando a su amante amores.

Perlas desata en la frente,
Y su cuerpo exhala olores,
Que en amorosa porfía
Mejillas y aire recogen.

Juega la túnica el viento
Y entre nube holanda expone
Relámpagos de marfil,
Migajas de perfecciones.

Arroyo de oro el cabello,
Libre por la espalda corre,
De la cual pende un carcaj,
Vientre de dardos veloces.

Duplica en la espalda flechas,
Rigores ostenta dobles,
Bruñido dardo a las fieras,
Sutil cabello a los hombres.

Al pequeño pie el coturno
Le pone armiñas prisiones,
blando muro a dura espina
Que a tanta beldad se opone.

Fuentes le abrió de coral,
Quizá previniendo entonces,
Que tanto fuego tuviese
Por la sangre evacuaciones.

Hilos de rubí desata
Para que su nieve borden,
Con que en la tez de las rosas
Lácteos purpureó candores.

Ramos de sangre en tal cielo
Fueron cometas atroces
Que le escribieron desastres
En tan sangrientos renglones.

Espoleóle a su desgracia
Con la espina y arrojóse
Desde el risco del amor
Al zarzal de confusiones.

Trajinaria de distancias,
La vista escudriña el orbe,
Ve un atleta con la muerte
Luchando en rojas unciones.

A Adonis vio, jaspe yerto,
Por lo manchado y lo inmoble,
Y por dudar lo que ve,
Adrede le desconoce.

Asómase toda el alma
A los ojos, conocióle,
Y por dudar y engañarse,
Con engaños se socorre.

Beber la muerte en sus labios,
Cervatilla herida, escoge,
Muerte bebe en barro y vida
En boca rubí propone.

A voces le encaña el alma
Y a la de Adonis, sus voces,
Como se va por la herida,
Son a su prisa empellones.

Mira al cielo de su rostro,
Que alumbraban zarcos soles,
Y halla que a eclipsarlos vino
La luna de su desorden.

De las mejillas, que en rosas
Desabrocharon botones,
Si bordados, no alelíes,
Cárdenas violetas coge.

El panal dulce del labio,
Que entre ambrosia daba olores
Si es ámbar flor maltratada,
Hiel al néctar corresponde.

Mas las víboras de sangre,
Que se arrastran por las flores,
Nueva Eurídice, la muerden,
Miembros de mármol la ponen.

Rabiosamente se arroja,
Y es el remedio que escoge,
Beberle en la boca el mismo
Veneno que la corrompe.

La boca avecina al labio,
A heredarle el alma, adonde
Como llegó Venus muerta,
Alterna muerte matóles.

Ay Píramo!, ay, Tisbe nueva!
Riscos ablandáis que os lloren,
Pues caváis en una herida
Hoyo a dos vidas conforme.

Con las palabras enjagua
Y dando nieve en sudores,
Con cansados huelgos dice
Estas quejas a los dioses:

«¡Ay Dios bronce!
¡ay Dios diamante!
¡ay Júpiter!, cuando adores
A Europa toro, oro a Dafne,
Tus amores se malogren.

¡Ay, Apolo vengativo!,
Cuando con pies voladores
Sigas a Dafne, de ingrato
Laurel tus sienes corones.

¡Ay!, náufraga vida mía!,
Que un mar bermejo te sorbe
Y en la roca de la muerte
Te estrellas ya sin tu norte».
Dijo, y por la herida misma
Hasta el corazón entróse,
Que aún más allá de la vida
Un dulce amor se traspone.





A un salto por donde se despeña el arroyo 
de Chillo

Corre arrogante un arroyo
por entre peñas y riscos,
que enjaezado de perlas,
es un potro cristalino.
Es el pelo de su cuerpo
de aljófar, tan claro y limpio,
que por cogerle los pelos,
le almohazan verdes mirtos.
Cíñele el pecho un pretal
de cascabeles tan ricos,
que si no son cisnes de oro,
son ruiseñores de vidrio.
Bátenle el ijar sudante
los acicates de espinos,
y es él tan arrebatado,
que da a cada paso brincos.
Danle sofrenadas peñas
para mitigar sus bríos,
y es hacer que labre espumas
de mil esponjosos grifos.
Estrellas suda el aljófar
en que se suda a sí mismo,
y atropellando sus olas,
de cristalinos relinchos.

Bufando cogollos de agua,
desbocado corre el río,
tan colérico, que arroja
a los jinetes alisos.
Hace calle entre el espeso
vulgo de árboles vecino,
que irritan más con sus varas
al caballo a precipicio.
Un corcovo dio soberbio,
y a estrellarse ciego vino
en las crestas de un escollo,
gallo de montes altivo.
Dio con la frente en sus puntas,
y de ancas en un abismo,
vertiendo sesos de perlas
por entre adelfas y pinos.
Escarmiento es de arroyuelos,
que se alteran fugitivos,
porque así amansan las peñas
a los potros cristalinos






A Guatavita

Una iglesia con talle de mezquita,
lagarto fabricado de terrones,
un linaje fecundo de garzones
que al mundo, al diablo y a la carne ahíta.
Un mentir a lo pulpo, sin pepita,
un médico que cura sabañones,
un capitán jurista y sin calzones,
una trapaza convertida en dita.
El Ángel de ganados forasteros,
fustes lampiños, botas en verano;
de un ¿cómo estáis? , menudos aguaceros,
nuevas corriendo, embustes de Zambrano,
gente zurda de escuelas y de guantes,
apuesto es Guatavita, caminantes





"POEMA HERÓICO" 


I.

Si al de tu lira néctar armonioso
dulces metros le debo, heroica ahora,
en número me inspira más nervoso,
los que, Euterpe, le bebes a la aurora;
al clarín ya, de acero numeroso,
plumas le den del cisne, voz sonora:
que el vizcaíno Marte es tan guerrero,
que aun melodías las querrá de acero.


II.

Para el dictamen tuyo soberano,
bronces enrubie el sol con rayo oculto;
un mármol parió, y otro, bruña ufano,
en que rinda el cincel, el ritmo culto:
sus diamantes la India dé a mi mano,
con que escribir el título a su vulto;
y por que a siglo y siglo esté constante,
en cada letra gastaré un diamante.


III.

Nuevo aliento articule heroica fama
con que, o fatigue, o rompa el cuerno de oro,
que en cuanto espacio el sol su luz derrama,
eco a su voz responderá canoro;
una al laurel le apure y otra rama,
de una y otra virtud alterno el coro,
mientras mi humilde Euterpe muestra a España
que aun no le cabe a hoja por hazaña.



IV.

Plumas vistió de amor, audaz mi suerte,
que o pira o gloria solicitan luego,
o con quebradas alas en la muerte,
o con aladas ansias en el fuego.
¡Semi-Icaro amor: tu riesgo advierte;
que mal alado, sobre también ciego,
la mar y el fuego ofrecen a tu pluma
pira, ya de ceniza, ya de espuma!



V.

Mas obstinado ya mi pensamiento,
tirado del imán de altos ardores,
uno repite y otro atrevimiento;
mariposa sedienta de esplendores,
morirá en su mejor arrojamiento:
que es la luz cocodrilo de fulgores,
pues derramando lágrimas de cera,
cruel lo atrae a que temprano muera.



VI.

Porfiará tu dolor inaccesible
y será su ruina su victoria:
que a las manos morir de un imposible,
aun corre más allá de la memoria;
flaca mi pluma abrigará flexible,
ardiente carro de su ilustre historia,
y en las que piras arderá de montes,
ceniza mía enfrenará Faetontes.




VII.

Tu fuego, Ignacio, concibió mi pecho,
que, semi-Gedeón de frágil muro
(párpado a sus fulgores, bien que estrecho,
pues gran carbunclo en breve niña apuro),
divulgará tu luz, aunque, deshecho,
le cueste cada rayo un golpe duro,
porque pueda afectarse cada llama
lengua al clarín sonoro de la fama.




VIII.

Un mar de fuego ya atendió canciones
de los que el horno jóvenes admira
ondas nadar de llamas, tres Ariones;
y al sagrado concento de su lira,
escamados delfines los carbones
se vinculan bajel, en pira y pira.
¡El fuego oirá tu voz, Euterpe amena:
en piélagos de luz serás Sirena!





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