lunes, 20 de octubre de 2014

GABRIEL DE LA CONCEPCIÓN VALDÉS [13.746]


Gabriel de la Concepción Valdés
"Plácido"

(La Habana, 1809-Matanzas, 1844) Poeta cubano. De origen humilde, ejerció diversos oficios, hasta que comenzó a ganar fama de poeta e improvisador con el seudónimo de Plácido. Publicó Poesías (1838), El Veguero (1841) y El hijo de maldición, poema del tiempo de las Cruzadas (1843). Acusado de participar en la conspiración llamada «de la Escalera» (1844), fue encarcelado y fusilado. En la prisión escribió su famosa Plegaria a Dios.

Vida

Hijo de Concepción Vázquez, bailarina española procedente de la ciudad de Burgos y de Diego Ferrer Matoso, barbero cubano de raza negra. Nació el día 18 de marzo de 1809 nace Diego Gabriel de la Concepción Valdés en la ciudad de La Habana, Cuba. El apellido “Valdés” le fue puesto en honor al Obispo Valdés, fundador de la Casa Cuna en la que su madre lo dejó a los pocos días de haber nacido. Creció pobre y prejuiciado por ser mulato, en tiempos de esclavitud en la Isla. Su niñez transcurrió en la Habana.

Estudios

Su educación no se caracterizó por tener continuidad y estabilidad, a pesar de asistir a varios colegios a lo largo de su niñez. Años más tarde estudió en el taller de Vicente Escobar, donde aprendió dibujo y caligrafía. Luego, en 1823, comenzó como aprendiz de tipógrafo en la imprenta de José Severino Boloñá, donde sus dotes de poeta y la inspiración comenzaron a surgir, mas tuvo que abandonar este trabajo para hacer peinetas de carey, en 1826 en la ciudad de Matanzas, donde ganaba más dinero.

Obra

Como poeta se le conoce como uno de los representantes del Romanticismo más importantes en la Isla. Colaboró en La Aurora de Matanzas, El Pasatiempo, El Eco de Villaclara. Muchos de sus poemas son de carácter popular y destinados para fiestas familiares. Sus obras expresan la cotidianidad de la Isla en aquellos momentos. Sus poesías no llegaron a tener la profundidad, calidad y cultura de maestros como José María Heredia, quien le reconoció como un grande de la poesía criolla, mas destacó por la inspiración y la naturalidad de sus versos. "Plácido", seudónimo con el que firmaba sus obras, fue el poeta de mayor aceptación y divulgación en Cuba, además de ser considerado uno de los iniciadores del criollismo y el siboneyismo en el movimiento lírico cubano. Entre sus obras más reconocidas se encuentran La flor de caña, A Gesler, La flor de la piña, Jicotencal, La flor del café, A una ingrata y el poema en que se despide de la vida antes de ser fusilado.

Muerte

Sufrió persecución en la década del 1840, estando preso en al menos una ocasión. Fue fusilado el 28 de junio de 1844 en Matanzas por acusaciones de ser integrante de la Conspiración de la Escalera.

Fusilamiento del poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido)

Gabriel de la Concepción Valdés fue recluido en la casa de Beneficencia por su madre para ocultar su nacimiento, tiempo después su padre lo lleva a vivir con él y le da una educación elemental a partir de los diez años, no obstante, las dificultades económicas hacen que el progenitor abandone Cuba y muera en México.

Para subsistir realiza disímiles ocupaciones, en 1823 es aprendiz de tipógrafo, en la imprenta de Don Severino de Boloña, fabrica peinetas.
Estudia Literatura con Ignacio Valdés, Machuca .Viaja a Matanzas

En 1833 de nuevo en La Habana, tiene éxito su poema La siempre viva presentada en el certamen literario Aureola Poética en honor del poeta y político español Francisco Martínez de la Rosa.

En 1836 se traslada a Matanzas y comienza a trabajar en platería de Dámaso García y en el periódico La Aurora de Matanzas, ese año conoce a Jose Maria Heredia a quien conmueve por su pobreza.

En busca de mejoras económicas viaja a Santa Clara, allí colabora con El Eco de Villa Clara, sus actividades sociales atrajeron la mirada de las autoridades españolas.

Sufre prisión en varias ocasiones y es puesto en libertad al no encontrar pruebas contra su persona. Visita Sagua la Grande, Remedios, y Cienfuegos.

Fue detenido por ultima vez el 30 de enero de 1844 , acusado de ser jefe de una conspiración que tuvo como represalia La Escalera, fue juzgado mañosamente y fusilado por la espalda, junto a otros diez acusados.


Siempre firma su obra literaria con el seudónimo de Plácido por el que es universalmente conocido.



PLEGARIA A DIOS

Ser de inmensa bondad, Dios poderoso
A vos acudo en mi dolor vehemente;
Extended vuestro brazo omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo odioso,
Y arrancad este sello ignominioso
Con que el mundo manchar quiere mi frente.

Rey de los reyes, Dios de mis abuelos,
Vos solo sois mi defensor, Dios mío.
Todo lo puede quien al mar sombrío
Olas y peces dio, luz a los cielos,
Fuego al sol, giro al aire, al Norte hielos,
Vida a las plantas, movimiento al río.

Todo lo podéis vos, todo fenece
O se reanima a vuestra voz sagrada:
Fuera de vos Señor, el todo es nada,
Que en la insondable eternidad perece,
Y aún en esa misma nada os obedece,
Pues de ella fue la humanidad creada.

Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia
Y pues vuestra eternal sabiduría
Ve al través de mi cuerpo el alma mía
Cual del aire a la clara transparencia,
Estorbad que humillada la inocencia
Bata sus palmas la calumnia impía.

Mas si cuadra a tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío,
Y que los hombres mi cadáver frío
Ultrajen con maligna complacencia,
Suene tu voz, y acabe mi existencia...
Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío!





JICOTENCAL

Dispersas van por los campos
Las tropas de Moctezuma,
De sus dioses lamentando
El poco favor y ayuda:
Mientras ceñida la frente
De azules y blancas plumas,
Sobre un palanquín de oro
Que finas perlas dibujan,
Tan brillantes que la vista,
Heridas del sol, dislumbran,
Entra glorioso en Tlascala
El joven que de ellas triunfa;
Himnos le dan de victoria,
Y de aromas le perfuman
Guerreros que le rodean,
Y el pueblo que le circunda,
A que contestan alegres
Trescientas vírgenes puras:
«Baldón y afrenta al vencido,
Loor y gloria al que triunfa.»
Hasta la espaciosa plaza
Llega, donde le saludan
Los ancianos Senadores,
Y gracias mil le tributan.
Mas ¿por qué veloz el héroe,
Atropellando la turba,
Del palanquín salta y vuela,
Cual rayo que el éter surca?
Es que ya del caracol,
Que por los valles retumba,
A los prisioneros muerte
En eco sonante anuncia.
Suspende a lo lejos hórrida
La hoguera su llama fúlgida,
De humana víctima ávida
Que bajan sus frentes mustias,
Llega; los suyos al verle
Cambian en placer la furia,
Y de las enhiestas picas
Vuelven al suelo las puntas.
Perdón, exclama, y arroja
Su collar: los brazos cruzan
Aquellos míseros seres
Que vida por él disfrutan.
“Tornad a México, esclavos;
Nadie vuestra marcha turba,
Decid a vuestro señor,
Rendido ya veces muchas,
Que el joven Jicotencal
Crueldades como él no usa,
Ni con sangre de cautivos
Asesino el suelo inunda;
Que el cacique de Tlascala
Ni batir ni quemar gusta
Tropas dispersas e inermes,
Sino con armas, y juntas.
Que armen flecheros más bravos,
Y me encontrará en la lucha
Con sola una pica mía
Por cada trascientas suyas;
Que tema el funesto día
Que mi enojo a punto suba;
Entonces, ni sobre el trono
Su vida estará segura;
Y que si los puentes corta
Porque no vaya en su busca,
Con cráneos de sus guerreros
Calzada haré en la laguna”.
Dijo y marchose al banquete
Do está la nobleza junta,
Y el néctar de las palmeras
Entre víctores apura.
Siempre vencedor después
Vivió lleno de fortuna;
Mas como sobre la tierra
No hay dicha estable y segura
Vinieron atrás los tiempos
Que eclipsaron su ventura,
Y fue tan triste su muerte
Que aun hoy se ignora la tumba
De aquel ante cuya clava,
Barreada de áureas puntas,
Huyeron despavoridas
Las tropas de Moctezuma.





A DORIS
En la muerte de Fela

Ya ves, Doris, los hados cuán contrarios;
No minorar intentes mis martirios
Al suave aroma de fragantes lirios
Ni al grato son de alondras y canarios:

Píntame obscuros bosques solitarios,
Lóbregas tumbas, funerales cirios,
Adaptables más bien a mis delirios,
Que aves y flores de colores varios:

Pues de amor anudaste el lazo fuerte
Ciñendo a Fela con el mirto de oro
En el próspero tiempo de mi suerte,

Riega, amigo, también doliente lloro
Y hondos lamentos sobre el polvo inerte
De una mujer que aun en la tumba adoro.






A MI AMADA

Mira, mi bien, cuán mustia y deshojada
Está con el calor aquella rosa
Que ayer brillante, fresca y olorosa,
Puse en tu blanca mano perfumada.

Dentro de poco tornarase en nada:
No verás en el mundo alguna cosa.
Que a mudanza feliz o dolorosa
No se encuentre sujeta u obligada.

Sigue a las tempestades la bonanza,
Siguen al gusto el tedio y la tristeza;
Más perdona que tenga desconfianza

Y dude de tu amor y tu terneza,
Que habiendo en todo el mundo tal mudanza
¿Sólo en tu corazón habrá firmeza?



LA PRIMAVERA

Llega marzo feliz, y los pastores
Celebran su verdor como embajada
Precursora de abril, y a la alborada
Tañen flautas y suenan atambores:

Embalsama Favonio con olores
El aire, y Flora, su deidad amada,
Aparece seguida y rodeada
De mil aves, mil plantas y mil flores.

Llena su vid de pámpanos la uva,
Crece la piña, extiéndese la higuera,
Y el ave extraña, por veloz que suba

Midiendo lista la espaciosa esfera,
Baja en los campos de la fértil Cuba
A gozar de su eterna primavera.



INVOCACIÓN

Fuente Castalia, donde solamente
Basta probar tus aguas cristalinas,
Para ser de las musas peregrinas
Siempre acogido con amor ardiente:

Dame tus aguas ¡oh Castalia fuente!
Y verás que pinturas tan divinas,
Tan sencillas, tan claras, y tan finas,
Hace mi fácil numen elocuente.

Pero si acaso a la plegaria mía
De tus aguas el curso has enfrenado,
No por eso acibaras mi alegría,

Y así, mundo, si estoy equivocado,
Bien puedes perdonar, pues todavía
De Castalia las aguas no he probado.






A UNA INGRATA

Basta de amor: si un tiempo te quería
Ya se acabó mi juvenil locura,
Porque es, Celia, tu cándida hermosura
Como la nieve, deslumbrante y fría.

No encuentro en ti la extrema simpatía
Que mi alma ardiente contemplar procura,
Ni entre las sombras de la noche obscura,
Ni a la espléndida faz del claro día.

Amor no quiero como tu me amas,
Sorda a los ayes, insensible al ruego;
Quiero de mirtos adornar con ramas

Un corazón que me idolatre ciego,
Quiero besar a una deidad de llamas,
Quiero abrazar a una mujer de fuego.



La Flor del Café

Prendado estoy de una hermosa
Por quien la vida daré
Si me acoge cariñosa:
Porque es cándida y hermosa
«Como la flor del café.»

Son sus ojos refulgentes,
Grana en sus labios se ve,
Y son sus menudos dientes,
Blancos, parejos, lucientes,
«Como la flor del café.»

Una sola vez la hablé
Y la dije: «Me amas, Flora,
Y más cantares te haré
Que perlas llueve la aurora
«Sobre la flor del café.»

«Ser fino y constante juro,
De cumplirlo estoy seguro,
Hasta morir te amaré
Porque mi pecho es tan puro
«Como la flor del café.»

Ella contestó al momento:
-«De un poeta el juramento
En mi vida creeré,
Porque se va con el viento
«Como la flor del café.»

Cuando sus almas fogosas
Ofrecen eterna fe,
Nos llaman ninfas y diosas,
Mas fragantes que las rosas
«Y las flores del café.»

«Mas cuando ya han conseguido,
Cual céfiro que embebido,
En el valle de Tempé,
Plega sus alas dormido
«Sobre la flor del café.»

«Entonces, abandonada
En soledad desgraciada
Dejan la que amante fue,
Como en el polvo agostada
«Yace la flor del café.»

Yo repuse: «Tanta queja
Suspende, Flora, por que
También la mujer se deja
Picar de cualquier abeja,
«Como la flor del café.»

«Quiéreme, trigueña mía,
Y hasta el postrimero día
No dudes que fiel seré;
Tú serás mi poesía
«Y yo tu flor de café.»

«A tu vista cantaré,
Y lucirá el arrebol
Que a mis dulces trovas dé,
Como a los rayos del sol
«Brilla la flor del café.»

Suspiro con emoción,
Mirome, callo y se fue;
Y desde tal ocasión
Siempre sobre el corazón
«Traigo la flor del café.»



La Flor de la Caña

Yo vi una veguera
Trigueña tostada,
Que el sol envidioso
De sus lindas gracias,
O quizá bajando
De su esfera sacra
Prendado de ella,
Le quemó la cara.
Y es tierna y modesta,
Como cuando saca
Sus primeros tilos
«La flor de la caña.»

La ocasión primera
Que la vide, estaba
De blanco vestida,
Con cintas rosadas.
Llevaba una gorra
De brillante paja,
Que tejió ella misma
Con sus manos castas,
Y una hermosa pluma
Tendida, canaria,
Que el viento mecía
«Como la flor de la caña.»

Su acento divino,
Sus labios de grana,
Su cuerpo gracioso,
Ligera su planta:
Y las rubias hebras
Que a la merced vagan
Del céfiro, brillan
De perlas ornada,
Como con las gotas
Que destila el alba
Candorosa ríe
«La flor de la caña.»

El domingo antes
De Semana Santa,
Al salir la misa
Le entregue una carta,
Y en ella unos versos
Donde le juraba,
Mientras existiera
Sin doblez amarla.
Temblando tomola
De pudor velada,
Como con la niebla
«La flor de la caña.»

Hallela en el baile
La noche de Pascua,
Púsose encendida,
Descogió su manta,
Y sacó del seno
Confusa y turbada,
Una petaquilla
De colores varias.
Diómela al descuido,
Y al examinarla,
He visto que es hecha
«Con flores de caña.»

En ella hay un rizo
Que no lo trocara
Por todos los tronos
Que en el mundo haya:
Un tabaco puro
De Manicaragua,
Con una sortija
Que ajusta la Capa,
Y en lugar de Tripa,
Le encontré una carta,
Para mí más bella
«Que la flor de la caña.»

No hay ficción en ella,
Sino estas palabras:
«Yo te quiero tanto
Como tú me amas.»
En una reliquia
De rasete blanca,
Al cuello conmigo
La traigo colgada;
Y su tacto quema
Como el sol que abrasa
En julio y agosto
«La flor de la caña.»

Ya no me es posible
Dormir sin besarla,
Y mientras que viva
No pienso dejarla.
Veguera preciosa
De la tez tostada,
Ten piedad del triste
Que tanto te ama;
Mira que no puedo
Vivir de esperanzas,
Sufriendo vaivenes
«Como flor de caña.»

Juro que en mi pecho
Con toda eficacia,
Guardaré el secreto
De nuestras dos almas;
No diré a ninguno
Que es tu nombre Idalia,
Y si me preguntan
Los que saber ansían
Quién es mi veguera,
Diré que te llamas
Por dulce y honesta
«La flor de la caña.»



La Flor de la Piña

La fruta más bella
Que nace en las Indias,
La más estimada
De cuantos la miran,
Es la piña dulce
Que el néctar nos brinda
Más grato y sabroso
Que aquel que en la antigua
Edad saborearon
Deidades olimpias:
Pero es más preciosa
«La flor de la piña.»

Cuando sobre el tallo
Preséntase erguida,
De verde corona
La testa ceñida,
Proclámala reina
La feraz campiña,
Salúdala el alba
De perlas con risa,
Favonio la besa,
Y el astro del día
Contempla extasiado
«La flor de la piña.»

Como si tejieseis
Una canastilla
De juncos al sesgo
Formando una pira;
Y en cada distancia
Que aljófar simila
Un rubí pusierais
Fingiendo conchitas,
De aquellas pequeñas
Que el mar da en su orilla,
Así se presenta
«Con flores la piña.»

Ella es emblema
De la infancia viva,
Fecunda en su tronco
Feraz en sus guías,
Y como le suelen
Nacer a las niñas
Amantes deseos
Mas bien por la vista
Así porque quede
La imagen cumplida
Brota por los ojos
«La flor de la piña.»




La Rosa de Trinidad
Dedicada al Sr. José A. Hernández

I

En la verde pradera
Que con sonante espuma
Riega el Táyaba undoso
Y flores mil dibuja,
Hay un rosal lozano,
Cuyo aliento perfuma
El aire fresco y suave
Que en torno de él circula.
Coronado de perlas
Le deja el alba pura,
Los céfiros le halagan,
La aurora le saluda,

Y las parleras aves
En su redor se agrupan
Cantándole abstraídas
Mil himnos de ventura.
Allí una madrugada
Al brillo de la luna
Cercado del solemne
Silencio de las tumbas,
Pulsando distraído
Su bella lira ebúrnea,
Así cantaba un bardo
De la risueña Cuba.

II

«Flor preciada que el alba serena
Como estrella de paz y de amor
Grata mueves tu corola amena
Esparciendo suavísimo olor;
¡Cuánto es bello en tu cerco divino
Ver lucir el licor matinal,
Tu animado color purpurino
Y tu eterno verdor tropical!
Sola tú consolaras ¡oh rosa!
Mi pesar y amargura cruel;
Bendiciones a ti, reina hermosa
Del florido y fecundo vergel.
Si en las ondas del Táyaba brilla
Tu beldad de una ninfa en su sien,
Del San Juan en la plácida orilla
Nacen rosas y ninfas también.
Nacen rosas y ninfas, no empero
Más hermosas que aquestas serán,
Yo a cantarlas me brindo sincero,
Si les place el cantor de San Juan.
«Triste el bardo, dirán las hermosas,
Sin ventura a estos campos llegó,
Y del Táyaba a ninfas y rosas,
Olvidando sus males cantó».

III

Perdóname ¡oh flor! si en tanto
Que el suave Alisio te mece,
Sólo entono un débil canto,
Y no el himno que merece
Tu inocente cáliz santo.
Acaso en mejores días
Te tributaré loores;
Pues las desgracias impías
Más inspiran elegías,
Que cánticos a las flores.
Quizás desde el Yumurí
Recordaré tu beldad,

Y veré presente allí
Con sus hojas de rubí
La rosa de Trinidad.
Adiós, rosa peregrina,
Flor de dicha y bendición,
Jamás te amague la ruina,
Ni el arrasante aquilón
Deshoje tu faz divina.
A las castas hermosuras
Que me representas hoy,
Darás tus esencias puras;
Mientras yo infelice voy
A sentir mis desventuras».

IV

Dijo el bardo, y suspirando
Marchose por la espesura
Que de San Ignacio el valle
A la simple vista oculta;

Bien como tórtola ausente
De su amor tálamo y cuna,
Que al discurrir por los campos
Tristísimamente arrulla.




Los Ojos de mi Morena

La luz del alba,
A cuyos brillos
Loan trinando
Los pajarillos;
No es tan hermosa,
Ni tan serena
Como los ojos
de mi morena.

La aurora pura
Que en el oriente
Flores y perlas
Muestra en su frente,
Esparce rosas;
Mas no enajena
Como los ojos
de mi morena.

No luce Apolo
En su brillante
Fulgido carro
De oro y diamante;
Ni con sus rayos
El mundo llena
Como los ojos
de mi morena.

A ella no igualan
Alba ni aurora,
Ni Apolo mira
Cuanto atesora:
Y no hay quien vierta
Luz tan amena,
Como los ojos
de mi morena.



Fatalidad

Negra deidad que sin clemencia alguna
De espinas al nacer me circuiste,
Cual fuente clara cuya margen viste
Maguey silvestre y punzadora tuna;

Entre el materno tálamo y la cuna
El férreo muro del honor pusiste;
Y acaso hasta las nubes me subiste,
Por verme descender desde la luna.

Sal de los antros del averno oscuros,
Sigue oprimiendo mi existir cuitado,
Que si sucumbo a tus decretos duros,

Diré como el ejército cruzado
Exclamó al divisar los rojos muros
De la santa Salem... “¡Dios lo ha mandado!”



A DORILA DE ALMENDAR EN SU DÍA

Indicos vates cuyas liras de oro
En torno suenan del excelso Pindo,
Bajo un verde y copado tamarindo
Te saludan con cántico sonoro.

Yo que al hechizo de Desval adoro,
En llanos versos mi homenaje rindo,
Y con plácida voz salud te brindo,
Fulgida estrella del celeste coro.

¡Viva! dicen las aves sonrientes
Cual la de abril recién abierta rosa;
¡Viva! dice Almedar en sus corrientes,

Y alzando el almo Sol su faz gloriosa,
Alumbró con sus rayos esplendentes
Los dulces ojos de Dorila hermosa.




LA PRIMERA SENSACIÓN DE AMOR

De la vida en la dulce primavera,
Ora llámese acaso, ora destino,
Hay un solo momento peregrino
Que fija nuestra suerte venidera.

Mas rápida que el rayo en su carrera
Nos hiere el corazón con raro tino
En un fuego inflamándolo divino:
Tal es de amor la sensación primera.

Chispa sublime, emanación sagrada
Del Supremo Hacedor, que el cuerpo inerte
Abandona al morar la tumba helada;

Pero el alma inmortal eterna y fuerte
Lleva al cielo su imagen adorada,
Que no puede arrancarle ni la muerte.





LAS PALMAS DEL YUMURI
A la Srta. Ursula Deville

Ninfa del Yumurí, virgen hermosa
Cual la del alba matinal sonrisa
Cuando en el cáliz de un clavel se posa
Llevada por el céfiro y la brisa,
Y en quien ostenta Cuba venturosa
La pompa y gala de su rico suelo,
El eco de sus gratos ruiseñores,
La brillantez de su encantado cielo
Y el balsámico aliento de sus flores.
Salve mil veces, cándida Ursulina,
Cuya voz dulce, musical, descuella
En la patria de Heredia peregrina,
Como en las ruinas de la Alhambra bella
El canto de la alondra matutina.
¡Qué esperas, dí!... ¿Legar a la memoria
Vagos recuerdos? páginas confusas
Quieres dejar a la cubana historia
Subir debiendo al carro de las musas
Y lanzarte en la senda de la gloria?
¿No ves, rosa de Idalia,
Angel preciado de la rubia zona,
Que las artistas célebres de Italia
A las que sólo su renombre abona,
Si a ti las une su feliz destino
Contigo acuerdan su expresar divino,
Parten contigo su genial corona?...

¿Quién podrá marchitarte las sagradas
Diademas que te adornan, casta hurí,
Puras, como las conchas nacaradas
Que el mar regala al sesgo Yumurí?
Nadie, por Dios, marchita en lo más leve
Tu artística guirnalda tropical.
Y si es del cielo tu inspirada gracia,
Dí a los potentes que en tu torno están:
«Hola, ricos de la alta aristocracia,
Ved en mí la cubana Malibrán ».
Y es así la verdad; Pues por ventura
Cuando mil almas de tu voz pendían
Y diademas y aplausos te llovían,
¿No eras la reina, tu, de la hermosura?
De tu mérito y gracia admiradores
¡Cuántos quedaron por tu amor muriendo,
Y cuántos te colmaron de loores
Y bendiciones al partir, cubriendo
Tu sien de lauros y tus pies de flores!...
Cuando tu acento divina¡ sonaba,
El lejano Canímar que entreoía,
Su cristal en la arena reclinaba,
Y la onda tersa que a morir corría
Sobre las duras peñas se rompía;
Mas por no interrumpirte, no sonaba.
El San Juan apacible, su sonora
Linfa detuvo: en nube transparente
Veló su faz la luna brilladora,
Y el Pan quebró seis palmas de su frente
Para ceñir a su inmortal cantora.




La Luna de Enero

Resuene el pandero,
Al monte, a la loma,
Vegueros, que asoma
La luna de Enero.

No la estéis buscando
Sobre el firmamento,
Que viene cual viento
Las flores hollando.
¡Si al ver el salero
De mi guajirilla,
Y el rostro hechicero
Parece que brilla
La luna de Enero.

Abrense las flores
Aromas vertiendo
¡Qué hermosa es riendo!
Miradla, cantores;
Y los ruiseñores
Con trino parlero
La cercan volando,
Como saludando
La luna de Enero.

¿La veis entre galas
Como aves sencillas
Sobre sus rodillas
Sacuden las alas?
Cantando el jilguero
Junto a su hermosura
Dice el lisonjero:
-No luce tan pura
La luna de Enero.

El céfiro blando
Y amorcitos bellos,
Rizan sus cabellos
Las hebras soltando;
Y con grato esmero
Salpican su sayo,
Porque es mi lucero
La rosa de Mayo,
La luna de Enero.




RECUERDOS

Cual suele aparecer en noche umbría
Meteoro de luz resplandeciente,
Que brilla, parte, vuela, y de repente
Queda disuelto en la región vacía;

Así por mi turbada fantasía
Cruzaron cual relámpago luciente
Los años de mi infancia velozmente,
Y con ellos mi plácida alegría.

Ya el corazón a los placeres muerto
Parécese a un volcán, cuya abrasada
Lava tornó a los pueblos en desierto;

Más el tiempo le holló con planta airada
Dejando solo entre su cráter yerto
Negros escombros y ceniza helada.



LA MUERTE DE GESLER

Sobre un monte de nieve transparente
En el arco la diestra reclinada,
Por un disco de fuego coronada
Muestra Guillermo Tell la heroica frente.

Yace en la playa el déspota insolente,
Con férrea vira al corazón clavada,
Despidiendo al infierno acelerada
El alma negra en forma de serpiente.

El calor le abandona; sus sangrientos
Miembros lanza la tierra al Océano:
Tórnanle a echar las olas y los vientos;

No encuentra humanidad el inhumano;
Y hasta los insensibles elementos
Lanzan de sí los restos del tirano.


Al Aniversario de la Muerte de Napoleón

El águila caudal dejando el Sena
Bate sus alas al rayar el día,
Y de los aires la región vacía
Mide veloz con majestad serena:

Baja, y tiende la garra en Santa Elena
Con que la Europa un tiempo estremecía,
Pugnando por alzar la losa fría
Que yerto cubre al vencedor de Jena.

Suspende al fin el mármol atrevida
Mirando absorto con turbada frente
Tanta grandeza en polvo convertida;

Y aunque el estrago de sus triunfos siente;
De Bonaparte el nombre al sol levanta
Su muerte llora, y sus victorias canta.





LA CONSPIRACIÓN DE LA ESCALERA: 
EL PRECIO DE UNA TRAICIÓN

María del Carmen Barcia Zequeira, Manuel Barcia Paz 
La Habana

En los años cuarenta del siglo XIX la represión hacia los negros esclavos y también libres alcanzó su punto culminante. Por esos años, los forzados constituían en el occidente de la Isla el 43 % de la población en tanto que las plantaciones, cada vez más extensas, disponían de enormes dotaciones que tenían entre doscientos y cuatrocientos esclavos cada una.(1) 
Tampoco puede obviarse la notable presencia de los negros libres, sobre todo en las ciudades. Éstos constituían un sector que aspiraba a ascender socialmente, presidido por una élite económica con cierto grado de ilustración, considerada marcadamente peligrosa y subversiva por el poder colonial. Desde 1810 negros y mestizos habían mostrado su vocación sediciosa conspirando contra el poder colonial.

Aunque la resistencia de los siervos había tenido una presencia constante y diversa en la isla de Cuba, sus manifestaciones más significativas habían sido las frecuentes sublevaciones ocurridas en las plantaciones azucareras y cafetaleras desde los años veinte del siglo XIX. A partir de 1843 estas rebeliones comenzaron a caracterizarse por su vastedad y organización. En ese año se alzaron las dotaciones de los ingenios Alcancía, La Luisa, La Trinidad, Las Nieves, La Aurora, el cafetal Moscú y el potrero Ranchuelo; también se amotinaron los forzados que construían el ferrocarril que iba de Cárdenas a Bemba, y por último se sublevaron los esclavos de los ingenios Triunvirato y Ácana. La oleada del movimiento sedicioso se extendió por toda la llanura de Colón cuando los esclavos invadieron los ingenios La Concepción, San Miguel, San Lorenzo y San Rafael.

En el mes de enero de 1844 se "descubrió", gracias a la delación de una esclava, que la revuelta respondía a un complot de gran alcance que ha pasado a la historia como Conspiración de la Escalera, porque este objeto se utilizaba para sujetar a los negros que eran torturados. El procedimiento era usual en la amplia gama de castigos que se aplicaban a los siervos; éstos eran atados por las muñecas y los tobillos a una escalera de mano, de forma tal que no pudiesen eludir los azotes que, con un látigo de cuero, les inflingía el mayoral.(2) 

Como puede apreciarse, esa forma de castigo, que podía revestir la forma pública o privada, no sólo se utilizaba como escarmiento o corrección ante una falta cometida, sino también como procedimiento para obtener la confesión de un "delito". De esta manera la declaración pasaba a ser una prueba decisiva, capaz de confirmar el crimen, justificar la sanción y restablecer el precario equilibrio en el micromundo de la plantación.

Todo suplicio está sometido a reglas: se calcula el terror previo, los comentarios en torno al mismo, el número de latigazos que puede darse para que el esclavo no muera, el alcance de la fatiga. A menudo la muerte puede significar para la víctima el cese de la tortura; resulta preferible hablar para descansar, para que todo termine; asentir para confirmar y también delatar para que otros compartan el castigo, quizá así el dolor se difumine. Pero la memoria de los hombres conservará el recuerdo. 

Desde la época en que se produjo la cadena de sublevaciones de los años 1843 y 1844, se establecieron dos posiciones fundamentales con respecto a su posible carácter espontáneo o provocado, y a la existencia real o construida de un proyecto conspirador: una respondía a aquellos que consideraban que Inglaterra, a través de sus cónsules en la Isla, había desempeñado un papel promotor; y la otra a los que argüían que todo era una falacia fomentada por las autoridades coloniales para eliminar la disidencia y establecer un control aún más férreo. La historiografía en torno al tema ha heredado esta dicotomía, sin que hasta el momento se hayan brindado los elementos factuales necesarios para llegar a un consenso sobre el problema. 

Una mayor convergencia entre los estudiosos de la esclavitud existe con respecto a que la represión del movimiento no sólo se dirigió contra los esclavos, sino, incluso con mayor fuerza, contra los libres "de color". En este sentido las cifras son elocuentes, pues de acuerdo con las sentencias 71,09 % de los participantes pertenecían a este sector, en tanto que 25,45 % eran esclavos, y sólo el 10,5 % procedía de las plantaciones. Aquí se refleja el poder ideológico del castigo, el control a partir de su posible aplicación; el "miedo al negro" justificaba la utilización de procederes sobrecogedores y paralizaba la movilidad de una sociedad que pretendía romper viejas ataduras.

La simple confrontación de estas cifras permite percibir que los criterios sobre la existencia de las plantaciones como enclaves cerrados, con esclavos imposibilitados de tener conexiones con el exterior, constituye una construcción histórica que no resiste el análisis científico del problema. El microcosmos social de la plantación -avizorado en múltiples documentos- muestra diversos tipos de relaciones entre amos y esclavos, entre trabajadores forzados y empleados libres, entre siervos y vendedores ambulantes o taberneros, y también entre los miembros de las dotaciones de diferentes ingenios o cafetales. Si estas formas de sociabilidad no hubiesen existido, la rápida dispersión del movimiento sedicioso hubiese sido imposible.(3) 

Pero de una u otra forma, estuviesen presentes los intereses de Inglaterra o la necesidad de un control "justificado" por parte del poder colonial, el terror en su más amplia acepción se apoderó de la sociedad cubana. Pánico en los esclavos al castigo físico para que confesaran delitos pensados o realizados, pavor de los negros y mulatos libres a ser condenados a muerte o expatriados, temor en los criollos blancos acusados por sus expresiones liberales ante la esclavitud. Fue entonces cuando el terror brotó, invadió, penetró y caló las esencias más profundas de la sociedad cubana. Poco importa, a estos efectos, si se trataba de conjuras aisladas o de un plan concertado fuera y dentro de la Isla.

Desde luego, el miedo no era nuevo, y aunque hubo amos que se caracterizaron por ejercer el paternalismo sobre sus siervos, muchos más instituyeron la crueldad como un mecanismo de coacción generalizado. Uno de ellos fue Esteban Santa Cruz de Oviedo, quien "según pública voz y fama era un hombre ignorante, de limitadas facultades intelectuales, retraído del roce de la gente sensata, viviendo en su finca en completo aislamiento, entregado a los falaces goces de su harén de esclavas y reputado de cruel en el tratamiento que daba a sus negros".(4) Por estar en amores con una de sus siervas, hizo matar a golpes a un esclavo; a la negra Rufina, que trató de escapar para ver a su marido, del cual la había se parado hacía nueve años, le dio "bocabajo" durante siete días y después la mantuvo en el cepo, con grillos, durante cinco meses; a otros siervos los torturaba con hierros candentes.(5) Tal vez por esa razón la esclava Polonia, de "nación" gangá,(6) se decidiera a traicionar a los suyos. Según su testimonio, las dotaciones de los ingenios Trinidad, La Rosa, Santo Domingo, Jesús María, La Majagua y La Trinidad estaban complotadas para levantarse el primer día de la Pascua de Navidad del año 1844; en ese momento incendiarían los campos y las fábricas de azúcar y darían muerte a los amos.(7) 

¿En qué fecha llegó Polonia a Cuba? ¿Quién la capturó? ¿Qué vicisitudes sufrió en la travesía? ¿Cuántos la violaron? Son preguntas sin respuesta; sólo cabe decir que era una esclava de dotación, que trabajaba en el campo y que ni siquiera logró llevar, como otros africanos, el apellido de uno de sus amos; era sólo una gangá más, calificada así por su supuesta "etnia" de origen.

Debió venir niña, pues hablaba el idioma de los amos, que a los africanos les llevaba años aprender, y era aún joven, porque formaba parte del harén de Esteban Santa Cruz. La delación se basó en que los esclavos pretendían dar muerte a los dueños, entre ellos al suyo; pero ¿fue amor o miedo a las consecuencias? Todas las sublevaciones anteriores habían fracasado y muchos esclavos habían muerto en el intento. ¿Pensaba Polonia en ello o simplemente calculó el beneficio que podía recibir? La traición podía llevarla a una libertad más fácil y segura; finalmente ése fue el camino que escogió, individual y artero. La esclava se transformó en libre, mientras sus congéneres pagaron su decisión con la muerte o la cárcel. Se le otorga el derecho a que "trate, contrate, venda, compre, otorgue, escriba testamentos, poderes y cuantos más documentos pueda y deba". También recibió quinientos pesos como premio, cifra notable para la época; con éstos debía iniciar, no sin cargos de conciencia, su nueva vida.

Desconocemos si Polonia tenía hijos; probablemente decidió marcharse del ingenio Trinidad y de Sabanilla del Encomendador para rehacer su vida, pero el recuerdo de la violencia que había contribuido a desatar y los lamentos de los esclavos torturados debieron perseguirla a todas partes.
En las largas jornadas de trabajo en el Archivo Nacional de Cuba a que el oficio de historiador nos obliga, Manuel Barcia Paz encontró la Carta de Libertad, otorgada a Polonia Gangá, que confirma su traición. Fue un hallazgo casual, pero no por ello menos valioso. No estaba entre los papeles de la Conspiración y ni siquiera aparecía registrada como tal. El documento fue localizado en el fondo Gobierno Superior Civil y forma parte de los testimonios de las sentencias sobre la conspiración de varias dotaciones de esclavos en la jurisdicción de Matanzas. Ese día Manuel y yo compartimos la alegría de un pequeño "descubrimiento" que ahora ponemos a la disposición de los estudiosos del tema.

En este documento el Capitán General de la Isla, Leopoldo O'Donnell, declara a Polonia acreedora de la libertad que se ha ganado con la delación; además le otorga, de acuerdo con lo señalado en el párrafo primero del artículo 38 del Reglamento de Esclavos, un premio de quinientos pesos. El gobernador de Matanzas sería el encargado de realizar las gestiones pertinentes.

El 21 junio de 1844 éste último informará al Capitán General que Esteban Santa Cruz de Oviedo había expresado su disposición de otorgar la carta de libertad a la negra Polonia por los servicios que ésta había prestado en la causa de la Conspiración, siempre y cuando el Gobierno le pagase los cuatrocientos pesos en que estaba coartada. 
También expresa el Gobernador de Matanzas que no tenía dinero suficiente para entregar los quinientos pesos que, en clase de premio, debía dar el Gobierno a la ex esclava, porque en los fondos de Policía de la provincia sólo había trescientos cuarenta y dos. Ante esta situación, el Capitán General autorizó que se librase la cantidad de dinero que faltaba, tanto para la manumisión como para el premio, de los fondos de la Secretaría de Obras Públicas de la ciudad de La Habana. De esta forma se consumó la traición, y Polonia obtuvo el beneficio que esperaba desde hacía más de un año.


CARTA DE LIBERTAD (8) 

En la ciudad de Matanzas, a veinte y cinco de julio de mil ochocientos cuarenta y cinco años: ante mi el Esb. Público y testigos que se expresaran compareció, D. Estevan Santa Cruz de Oviedo, vecino y hacendado dela Sabanilla del Encomendador Residente en esta a quien doy fe conozco Dijo: Que a consecuencia de la Conspiración proyectada por la gente de Color, habiéndose faltada la instruida en el citado Partido dela Sabanilla e Ingenio de su propiedad. Según el párrafo primero del articulo treinta y ocho del Reglamento de Esclavos y que se cita en dicho fallo, el Esmo. Sr. Capitan General por su oficio de doce de Enero del año prosimo pasado dirigido al Sor. Brigadier Governador de esta Ciudad, dispuso que a la negra Polonia esclava del compareciente sele otorgase desde luego la Carta de Libertad de toda servidumbre y sele entregasen ademas la suma de quinientos pesos, bajo su correspondiente recibo por haberse hecho acreedora a este premio segun lo dispuesto en aquel artículo, en su consecuencia en obedecimiento de aquel superior precepto: Otorga: Que ahorra y liberta a una negra de su propiedad nombrada Polonia, de nación Ganga que no esta gravada a ninguna reponsabilidad, como al final constara por Certificación de la Oficina de Hipotecas de esta Ciudad, mediante a que para esta le ha exhibido el Sor. Brigadier D. Antonio García Oña, Governador Politico y Militar de esta ciudad la suma de cuatrosientos pesos en esta forma, ciento setenta y ocho pesos dos reales en efectivo y los dosientos veinte y un pesos seis reales restantes, valor de un libramiento jurado por dicho Sor. contra los fondos de obras públicas dela Ciudad de la Habana a donde los cobrara el compareciente, de todo lo cual se da por entregado a su satisfaccion, remita la prueba, leyes dela entrega, esepcion de la non numerata pecunia dolo y demas del caso y otorga formal recibo. Consecuente al cual se aparta del derecho de propiedad que tenia a la Esclava Polonia, todo lo cede renuncia y transfiere en ella para que como persona libre, trate, contrate, venda, compre, otorgue, escriba testamentos, poderes y cuantos mas documentos pueda y deba gozando de su libertad y se obliga aquela presente sedara cierta y segura y a que no se le contradira por persona alguna y si lo tal sucediere siendo requerido saldra a la voz y defensa del litis que se moviere siguiendolo hasta su conclusión abonandole ademas las costas con costos, daños, y perjuicios que se le ocasionaren diferida liquidacion en el simple juramento de la parte que siendo legitima usare de esta escritura a quien releva de prueba, a cuya firmeza obliga sus bienes presentes y futuros prestando poderio y sumision a la justicia de S.M. y clausula cuarentigia que dio por inserta para su cumplimiento. En fe de lo cual asi lo dijo ratifico y firmo siendo testigos D. Francisco Reale, D. José María Güemes y D. Antonio Salinas, vecinos presentes = Estevan Santa Cruz Oviedo = Ante mi Angel Bruzón = Certifico que la negra Polonia Ganga de que dice es dueño Santa Cruz de Obiedo no consta este gravada por este hasta hoy. Fcha. Tu. Supra = Naranjo

(La ortografía del documento corresponde al original.)

Notas:

1 En 1850 los ingenios considerados como grandes productores tenían entre trescientos ochenta y seiscientos esclavos. El ingenio Santa Rosa, de Domingo Aldama, contaba con cuatrocientos. Ver: José García de Arboleya: Manual de la isla de Cuba. Compendio de su historia estadística y administración. Imprenta del Gobierno y la Capitanía General por S.M., La Habana, 1852.
2 Walter Goodman refiere ese tipo de castigo, aplicado en un cafetal, en su libro Un artista en Cuba Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965, p. 195.
3 Para este aspecto resulta sumamente interesante el trabajo de Gloria García Rodríguez: La esclavitud desde la esclavitud. La visión de los siervos, Centro de Investigación Científica Ingeniero Jorge L. Tamayo, México D. F., 1996.
4 Vidal Morales y Morales: Iniciadores y primeros mártires de la revolución cubana, Colección de Libros Cubanos, vol. XXIV, t. I, Cultural S.A., La Habana, 1931, p. 303.
5 Manuel Barcia Paz: Con el látigo de la ira, Pinos Nuevos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999.
6 Con este término se designaba un conjunto de tribus del interior de Liberia y Sierra Leona que participaban en común de la cultura mandinga. Ver Gonzálo Aguirre Beltrán: La población negra de México. Estudio etnohistórico. F.C.E., México, 1972, p. 122.
7 Hasta este momento toda la información que se tenía sobre Polonia se resume a estos datos, que fueron expuestos por Vidal Morales y Morales ob. cit. (4), p. 299.
8 La ortografía del documento corresponde al original.



Tomado de Catauro, revista de la Fundación Fernando Ortiz.
Año 2, No3 enero-junio de 2001








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