lunes, 20 de octubre de 2014

AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ [13.748]


Aurelia Castillo de González

(Puerto Príncipe, 1842 - Camagüey, 1920) fue una escritora de cuentos y poemas cubana. 
Fundó la Academia de Artes y Letras. Destaca entre su obra la traducción del libro La hija de Yorio de D'Annunzio. Patriota y periodista más destacada del Siglo XIX en Cuba.

Nació en enero de 1842 en la ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey. Desde muy temprano apareció en su vida una gran afición por las letras, conocida como una de las periodistas más destacadas del Siglo XIX.

Otra etapa de su vida

En 1875, durante la Guerra de los Diez Años, fue desterrada junto con su esposo, el coronel del ejército español José Francisco González, debido a la protesta que éste hizo por el fusilamiento del patriota cubano doctor Antonio Luaces Iraola.

A partir de entonces ambos visitaron diversos países de Europa y América y ella preparó crónicas de viaje, que fueron muy celebradas por los lectores de la época. En 1895, Aurelia Castillo de González enviudó y poco después tuvo que volver a salir de la Isla, en esa ocasión expulsada por el sanguinario Capitán General español Valeriano Weyler.

Al terminar la Guerra necesaria volvió a Cuba y se incorporó de lleno al trabajo literario y periodístico en diversas publicaciones como: El Fígaro, La Habana Elegante y El País, entre otras. Cuando en 1910 se fundó la Academia Nacional de Artes y Letras en La Habana, cinco mujeres integraron sus filas, tres de ellas cubanas por nacimiento: Nieves Xenes, Dulce María Borrero y Aurelia Castillo.Las otras dos eran la pintora dominicana Adriana Billini Gautreau y la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió. Con más de siete décadas de vida, Aurelia presidió la comisión que se encargó de los festejos para celebrar en Cuba el centenario de la destacada poetisa camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Muerte

Murió el 6 de agosto de 1920, en Cuba.

Aportes

Trabajos periodísticos

Sus trabajos periodísticos y poesías se encuentran dispersos y es muy difícil encontrar sus obras completas, recopiladas y al alcance para ser analizadas. No se han realizado nuevas ediciones de su obra, por lo que para poder consultarla es necesario recurrir a los fondos raros y valiosos de las más importantes bibliotecas del país.

Derechos de la mujer cubana

Aurelia redacta un conjunto de recomendaciones a través de las cuales las mujeres podrían desarrollarar su intelecto y discutir con los hombres cuestiones como sus derechos pero sobre la base de fuertes argumentos. Entre estos consejos pudiéramos mencionar: huir de la ociosidad, leer buenos libros, sin dejarse arrendar por los que parezcan demasiado graves, que son siempre los mejores y escoger buenas amistades .

Pero por otro lado, la situación de la mujer negra y mulata era diferente; es en este artículo donde aborda por primera vez el problema. Las incluye como uno de los motivos de la belleza regional y ataca los juicios espurios que sobre las mismas se tejieron durante el período de la esclavitud en Cuba.

Puntualiza que el problema no estaba en que la mujer no tuviera el derecho de asistir a la universidad. Esa era una cuestión lograda, pero había obtenido resultados muy mezquinos. El problema estaba, nos revela, en las costumbres domésticas y sociales, en los prejuicios que reprimían a la mujer.

El mismo hecho de considerar que la mujer no era capaz de elaborar ideas creativas hacía que esta se inhibiera. Dice Aurelia: las mujeres deben leer, pero leer libros serios como los hombres lo han hecho. Es posible que al principio les cueste mucho trabajo, pero poco a poco podrán ir asimilando y entendiendo su contenido.

Evocar la memoria de una de las figuras más destacadas de la literatura cubana no es motivo de aniversarios, cualquier momento es oportuno para releer o descubrir sus versos universales. Al adentrarse en sus obras, al lector le será revelada una faceta poco exaltada, el fervoroso patriotismo y las incansables acciones, desde la pluma y el corazón, en beneficio de la nación oprimida bajo el yugo de la corona española.

“¡Victoriosa!”

¡La Bandera en el Morro! ¿No es un sueño?
¡La Bandera en Palacio! ¿No es delirio?
¿Cesó del corazón el cruel martirio?
¿Realizose por fin el arduo empeño?

¡Muestra tu rostro juvenil, risueño,
enciende, ¡oh Cuba!, de tu Pascua el cirio,
que surge tu bandera como un lirio,
único en los colores y el diseño!

Sus anchos pliegues al espacio libran
los mástiles que altivos se levantan;
los niños la conocen y la adoran.

¡Y sólo al verla nuestros cuerpos vibran!
¡Y sólo al verla nuestros labios cantan!
¡Y sólo al verla nuestros ojos lloran!ii


“Victoriosa”, así siempre quiso ver Aurelia al pabellón tricolor. No resulta difícil apreciar en los versos anteriores un halo de nostalgia, característico por entonces en aquellos literatos que, por sus pensamientos revolucionarios y sentimientos nacionalistas, debieron subir a bordo de un bajel y dejar a popa la amada nación. En el exilio, la añoranza conquistaba sus ideales y todo cuanto la pluma plasmaba sobre las hojas de la esperanza versaba sobre la anhelada libertad de la tierra sojuzgada.

El amor al suelo patrio fue sembrado en ella desde edad muy temprana, pues en sus primeros años de vida no recibió más enseñanza que las lecciones que le impartiera un querido amigo de la familia, don Fernando Betancourt, magistrado del Tribunal Supremo, quien, tiempo después, debió abandonar la Isla por sus ideas políticas. “Quedó entonces su instrucción al cuidado de su buena y amante madre, de clara inteligencia y extraordinaria, aunque no cultivadas aptitudes para la poesía y la literatura”.iii La propia poetisa evocaba esos momentos: “Ella me recitaba versos, y por la noche nos poníamos de cama a cama, mientras llegaba el sueño, a hacer redondillas de por mitad”.iv

En el mismo sentido, prosigue Roig de Leuchsenring: “En 1866 escribió su primer soneto, «Al llegar los restos del Lugareño de La Habana a Camagüey» que corrió de mano en mano entre sus familiares y amigos, alcanzando unánimes celebraciones y aplausos, no solo por sus méritos sino, además, por el sano y ferviente patriotismo que lo inspiraba, tanto más digno de loa en aquellos tiempos en que el fermento revolucionario, potentísimo, estaba ya en todos los corazones verdaderamente cubanos”.

Mujer de dos grandes pasiones, Cuba y su esposo, Aurelia Castillo contrajo nupcias el 6 de mayo de 1874 con don Francisco González del Hoyo, capitán graduado y comandante de infantería del ejército español. Al lado de su eterno compañero, viajó por varias ciudades españolas, Santander, Madrid, Málaga, Córdova, Granada, Sevilla, Alicante, Almería y Cádiz, así también París, Ginebra, México y Chicago. Fruto de aquel peregrinar son algunos de sus libros y folletos, entre ellos, Fábulas, Adiós de Víctor Hugo a la Francia de 1852, Un paseo por Europa y Un paseo por América, al tiempo que publicaciones periódicas como, El País, Revista Cubana, El Fígaro y La Habana Elegante, recogían sus exquisitas estampas de viajes y composiciones líricas.

No siempre, las travesías por el Viejo Continente y América obedecieron al disfrute, el ocio, las obligaciones de la carrera militar de su cónyuge o a problemas de salud. El exilio se erigió como único subterfugio ante la tenaz convicción de sus pensamientos. En al menos dos ocasiones, el matrimonio fue obligado a abandonar la Mayor de las Antillas. La primera vez, debido a las declaraciones públicas de repudio realizadas por Francisco González del Hoyo ante el injusto fusilamiento del galeno cubano doctor Antonio Luaces Iraola, la segunda, durante el gobierno represivo del Capitán General Valeriano Weyler.

Al finalizar las contiendas por la independencia patria, Aurelia Castillo regresó a la Isla y junto a Nieves Xenes, Dulce María Borrero, la pintora dominicana Adriana Billini Gautreau y la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió, integró la Academia Nacional de Artes y Letras al constituirse en 1910. A sus ingentes esfuerzos, que ni sus siete décadas de vida pudieron opacar, se debió la organización de los festejos para conmemorar el centenario de su coterránea y también poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda. Asimismo, se desempeñó en la presidencia de la organización Huérfanos de la Patria, y como tesorera de la Sociedad de Labores Cubanas.

Sus meritorias creaciones literarias le hicieron merecedora del reconocimiento de los intelectuales de la época. Prestigiosos escritores de la talla de José Fornaris, Francisco Calcagno y Aniceto Valdivia integraron el jurado que le otorgó el primer premio de Conversaciones literarias por el poema “Adiós de Víctor Hugo.”

Numerosos y merecidos elogios le tributó la crítica por sus trabajos en prosa y verso. Montoro, Casal, Manuel de la Cruz, Sanguily, Henríquez Ureña y otros notables literatos, juzgaron y encomiaron a porfía el talento, la inspiración y la cultura de la insigne camagüeyana.

“Ocupa —dice Montoro— honroso puesto entre nuestros mejores poetas y prosistas, uniendo en su persona todas las perfecciones externas, naturales y adquiridas, que pueden realizar el ser íntimo de la mujer y su acción sobre la sociedad”.vi Mientras Sanguily declaraba: “Los que como usted tienen, cual vívidas estrellas, pensamientos generosos que titilan sobre la frente reflexiva y saben —además— revestirlos con los encantos de la música del verso, hacen siempre bien en pulsar la lira”.vii

Refiriéndose a las traducciones realizadas por Aurelia Castillo y en particular a la de La Hija de Iorio de D’Annunzio, afirmó persona tan autorizada en esta materia como Max Henríquez Ureña: “Vuestra traducción, señora, es admirable y escrupulosa, y sería de desearse que encargaseis de una nueva edición a una de las buenas casas editoras de España, para que circulase tan bella obra por todos los países que hablan el castellano”.viii

Lamentablemente, la bella obra que legara a la posteridad, es hoy poco conocida. A ello se debe lo disperso en que se encuentran los fondos bibliográficos u obras completas publicadas a inicios de la pasada centuria y la falta de reediciones de sus libros y textos periodísticos. Corresponde entonces a nuestras bibliotecas, la enorme responsabilidad de la salvaguarda y difusión del arte impreso de Aurelia Castillo de González, para que en cada cubano vibre el mismo sentimiento que motivara, en 1920, a Emilio Roig de Leuchsenring a redactar las siguientes líneas:

Efectivamente, siempre he visto en Aurelia Castillo el prototipo y el modelo, más acabado y perfecto, de la ancianidad femenina, venerable, digna y en el pleno goce de todas sus facultades intelectuales. Si los años quitan, como es cierto, a la mujer todos sus atractivos físicos y la convierten en una ruina de lo que fue asombrosa y cautivadora obra de arte, en ella se ha realizado el fenómeno prodigioso de que al ir borrando el tiempo sus bellezas juveniles, la iba adornando con otros dones y con otras galas, propios ya de su edad, pero igualmente atractivos y hermosos, conservando siempre, fresca y lozana, su inteligencia, y dulce, recta y buena su alma, con la misma blancura inmaculada que ostentan, al decir de Fernández Cabrera, «las hebras gloriosas de su cabellera, corona de majestad sobre la sien de nuestra poetisa».ix

“¡Dichosos los que como ella pueden a los años postreros de la vida, mirar serena y plácidamente hacia el pasado, sin que sombra alguna ennegrezca los recuerdos de otros días, y con la íntima y grata satisfacción del deber cumplido y el bien y la virtud practicados a manos llenas!”.


EL RUISEÑOR Y EL LORO

En casa de un famoso pasajero
un lance vi que referirte quiero,
porque algo provechoso me ha enseñado
como verás después, lector amado.
Olvidando que estaba entre prisiones,
cantó un mirlo con suaves inflexiones;
que así los males la inocencia olvida
y su candor feliz presta a la vida.
Al terminar los ecos peregrinos,
de aprobación se oyeron dulces trinos,
y exagerando la alabanza un loro,
-¡Magnífico!, exclamó, ¡qué pico de oro!
Poco después un cuervo macilento
sus lúgubres granznido lanzó al viento,
y de las aves todas sólo el loro
-¡Soberbio!, prorrumpió, ¡qué pico de oro!
Luego del ruiseñor la voz divina
al silencioso público fascina,
cuando del loro el entusiasmo estalla
y exclamando: -¡Qué pico...! -¡Calla, calla!,
le dice el aplaudido con premura,
¡reserva para el cuervo esa figura!
Y todos los presentes en un coro
a guisa de sermón dicen al loro:
-Alabanzas que a todos se prodigan
ni nada valen ni a ninguno obligan.



Aurelia Castillo en Arpas cubanas

Aurelia Castillo Castillo de González, nacida en 1842 y fallecida en 1920. Fue escritora, traductora, periodista y editora, además de una gran promotora cultural. Fue una de las promotoras de la fundación de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba, en 1910. Castillo fue y sigue siendo una de las intelectuales más importantes del panorama artístico y cultural de Cuba.


En 1874 se casó con el militar español Francisco González del Hoyo, quien poco después fue expulsado de la isla por su simpatía con las ideas separatistas. Castillo emigró junto con él. El matrimonio vivió unos años en España y Estados Unidos antes de volver a Cuba. Enviudó en 1895. Posteriormente, volvió a ser expulsada de la isla por sus ideas separatistas y antiesclavistas. Además de España y Estados Unidos, viajó por Italia, Suiza, Francia y México. De sus andanzas resultarían 
varios relatos de viaje.


Dedicatoria y autógrafo de Castillo.



Colaboró en numerosas publicaciones periódicas de la época, como El Camagüey, Cuba contemporánea, El Fígaro, La Habana Elegante, El País, El Progreso, El Pueblo y Revista Cubana, etc., en cuanto a las nacionales, y Cádiz, Crónica Meridional y El Eco de Asturias, de España. Castillo tradujo La figlia di Jorio, de Gabriele D´Annunzio. También dedicó sus esfuerzos a compilar, editar y comentar la vida y la obra de compatriotas suyas, como Nieves Xenes –de quien ya hemos hablado en este blog–, Mercedes Matamoros, las hermanas Borrero –ya comentamos algo sobre Dulce María– y Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se dice que estuvo a cargo de la primera edición de Obras completas de José Martí. Castillo escribió fábulas, poemas, cuentos, biografía, cartas, ensayos, notas periodísticas, relatos de viaje, y una obra de teatro. De ésta sólo se conoce el título.

A continuación ofrecemos los poemas de Castillo publicados en 1904 por Aniceto Valdivia, o Conde Kostia, en Arpas cubanas.






















https://escritorasah.blogspot.com.es/2016/10/aurelia-castillo-en-arpas-cubanas.html#more
.

No hay comentarios:

Publicar un comentario