lunes, 6 de octubre de 2014

ARCESIO ESCOBAR PIEDRAHITA [13.567]


ARCESIO ESCOBAR PIEDRAHITA

Nació en Medellín. (Estado de Antioquia, COLOMBIA) el 16 de Julio de 1832. Hizo sus estudios en el Colegio del Doctor Lleras, del que pasó a la Universidad nacional, donde obtuvo el título de Doctor. 

Concurrió a la Cámara de Representantes desde 1854 hasta 1859, en que partió para las 
Repúblicas del Pacífico con el carácter de Secretario de Legación. 

Dió a la estampa los siguientes opúsculos: uno en elogio de D. Julio Arboleda, otro titulado Antioquia, otro sobre la Confederación Granadina, El Clero Católico y la libertad en Nueva Granada y Recuerdo biográfico Ilmo. Doctor José Elías Puyana, Obispo de Pasto. Escribió una leyenda en verso, titulada Gabriela y colaboró en varios periódicos de Chile. 

En la travesía de Colón a Nueva York murió en el vapor Ocean Queen, atacado por la fiebre amarilla, el 9 de Febrero de 1867 



GABRIELA

I

EL BAILE

No de Medellín muy lejos,
de una colina a la falda,
cercada de verdes árboles
existe una hermosa casa
donde una noche serena
alegres gentes bailaban
en medio de la arboleda,
bajo de las verdes ramas
en que alumbraban flotantes
bellas y lucientes lámparas
que levemente mecían
los céfiros con sus alas.

En el azul firmamento
también la luna brillaba
alumbrando aquella fiesta
con su débil luz de plata.
Y entre los revueltos giros
de la caprichosa danza,
flotaba como una sombra
una bella joven, pálida,
en cuya frente lucía
de azahar una guirnalda,
pendiente de sus cabellos
un blanco manto de gasa.

Sus lánguidos ojos negros,
bajo las largas pestañas,
eran dos astros lucientes
al través de nubes blancas.
Su talle, erguido y flexible;
su boca, color de grana;
y su voluptuoso seno,
diáfano cendal guardaba;
tan pura, como un ángel;
y tierna, como una lágrima;
dulce, como una caricia
de la mujer adorada, 
cuando balanceaba el talle
en la grave contradanza,
o cuando en valse ligero
flotaba, cual nube blanca,
todos fijaban en ella
con avidez la mirada,
contemplando su belleza
y arrobados por su gracia.

Era Gabriela su nombre,
y su traje revelaba
que era la novia del baile,
y de aquella fiesta el alma.
Pero tal vez la afligía
alguna pena callada,
porque nublaba su frente
la sombra de la desgracia
y, a pesar de la alegría,
del contento y de la zambra,
su mirada indiferente
tenía un no sé qué de vaga,
como si algún pensamiento
su cabeza calcinara,
o su corazón tuviera
alguna secreta llaga.

A veces se sonreía,
mas, con expresión amarga;
y después de la sonrisa,
enjugábase una lágrima.
Suspiraba con zozobra,
y al menor ruido temblaba
cuando en las hojas se oía
el susurro de las auras.
Y es que la tristeza tanto
nuestro valor amilana,
que vemos siempre peligro
en cada sombra que pasa.
Las sonrisas, son suspiros;
y los cantos, son plegaria;
todos los ruidos, son quejas;
las ilusiones, fantasmas.
Por eso fue que Gabriela,
cuando un cárabo cantara,
sacudiendo entre los árboles
con ruido sus pardas alas,
lanzó conmovida un grito
e, inmóvil como una estatua,
creyó escuchar en su canto
un augurio de desgracia.

Pero, ¿qué pesar oculto
el corazón le desgarra
en la noche de su boda

y en medio de fiesta tanta?
¿Será que ha dado su mano,
en aquella noche infausta,
a un hombre por quien no siente
del amor la dulce flama
y obedeciendo de un padre
a la voluntad tirana
ha sido de la avaricia
sacrificada en las aras?

Nada se sabe; mas, dicen,
que Gabriela es desgraciada
porque esa noche se ha unido
con un hombre a quien no ama.
Además, que hay un mancebo
de figura muy gallarda
para quien Gabriela ha sido
el porvenir y esperanza,
y a quien ella desde niña
su existencia consagrara
con todas sus ilusiones
y toda la fe de su alma.

Mas, el padre de Gabriela
Se opuso a que se casara
con aquel honrado joven
que era de fortuna escasa
y hoy la ha dado en matrimonio
a don Álvaro de Sanraga,
hombre de inmensas fuerzas
y posición elevada.

Todo esto en aquella fiesta
los danzantes conversaban
después de dar parabienes
a la hermosa desposada.
Pero era ya media noche,
y mientras se descansaba
de la agitación del baile,
en dulces y alegres pláticas,
van a la mesa contentos
en bulliciosa algazara
a renovar la alegría
con los humos del champaña.




II.

EL FESTÍN

De alegre mesa alrededor sentada
la comitiva de la boda está,
bajo de una alameda perfumada
de naranjos cubiertos de azahar.

Allí se ve a don Álvaro contento,
de vanidad henchido el corazón;
y a Gabriela agobiada de tormento,
perdida su esperanza y su ilusión.

Alza alegre don Álvaro la copa
y brinda por el triunfo de su amor,
mientras Gabriela, entre su blanca ropa
una lágrima oculta, de dolor.

¡Pobre Gabriela! El sol de sus amores
en una noche eterna se apagó.
Hoy entra en una senda de dolores
donde su avaro padre la lanzó.

¿Por qué don Álvaro no mira
de Gabriela el inmenso padecer?
¿Por qué cuando ella con afán suspira,
él se embriaga de júbilo y placer?

Quizás juzga que aquella pesadumbre
es de una virgen natural temor;
que es la duda cruel, la incertidumbre,
de una novia en la noche de su unión.

Mas, de repente, el lánguido sonido
de una blanda guitarra se escuchó,
como el eco lejano de un gemido
errante de la noche entre el rumor.

Y oculto, tras un árbol corpulento,
con aire en el semblante de dolor,
hay un joven que pulsa el instrumento
y a su compás entona esta canción:

"El mundo es un vil mercado
donde se puede vender
todo, hasta lo más sagrado,
y novios hay que han comprado
para esposa una mujer”.

"Pero, en esposa comprada,
no se puede tener fe;
que una mujer desgraciada,
si está de otro enamorada,
puede ser, tal vez, infiel".

Y como si este canto
un rayo hubiera sido
que hiriera a los esposos
en medio del festín,
quedaron un momento
confusos, sin sentido,
sin comprender, entonces,
lo que pasara allí.

La vista de Gabriel
cubrió, de llanto, un velo
y en lánguido desmayo
su frente se inclinó;
cual tímida paloma
que en medio de su vuelo
oyera de repente
el grito del halcón.

Don Álvaro, rabioso,
alzóse del asiento
y quiso con arrojo
lanzarse hacia el cantor;
pero al ver a Gabriela,
inmóvil, sin aliento,
tomóla entre sus brazos
convulso de dolor.

A la inmediata estancia
llevóla presuroso,
un pomo de perfumes
haciéndola aspirar
y, desatando el traje,
del seno voluptuoso
quedó cubierto apenas
con diáfano cendal.

Los ojos de don Álvaro
fijáronse anhelantes
sobre los blancos pétalos
de aquella tierna flor,
y ardiente en fuego impuro
miró algunos instantes
aquel turgente seno
del ángel de su amor.

Pero una carta oculta
doblada sobre el pecho
entonces, con asombro,
su vista descubrió.
Tómala tembloroso
y lleno de despecho,
con ávida mirada,
don Álvaro leyó.





III

LA CARTA

"Te vas a unir a un hombre con vínculo
que la muerte, no más, desatará.
Mas, al jurar amor a ese hombre, pérfida,
tu labio balbuciente mentirá”.

“Tu corazón, al parecer purísimo,
por otro hombre se abrasa en loco amor;
y así en el ara jurarás impávida
entregar a tu esposo el corazón”.

"Tu triste suerte, compasión inspírame,
tu perjurio, me causa indignación;
¡Pobre mujer de la avaricia víctima,
manchada con estigma de baldón!”.

"Hoy ya son vanos, tus esfuerzos débiles;
tu orgullo, no te deja retractar;
y con un juramento atroz, sacrílego,
vas a insultar a Dios en el altar”.

"Mas, mereces perdón porque eres tímida,
y ante la fuerza tu valor cejó;
que tu padre cruel, por un vil cálculo,
la promesa maldita te arrancó”.

"Cuando te miro, siempre melancólica,
revelando tu angustia y tu dolor,
te me pareces a la amante tórtola
que llora, viuda, su perdido amor”.

"Dios puso, por castigo de los crímenes
de la conciencia, el fiero torcedor;
y tú ya sientes que esa horrible víbora
te muerde, sin cesar, el corazón”.

"Por eso está tu faz marchita, pálida,
tus ojos apagados sin fulgor;
y una sonrisa convulsiva, trémula,
tus labios pone en triste contracción”.

"Cuando te pida tu presunto cónyuge
una caricia, un beso quemador;
se lo darás como la esclava mísera
que agasaja, obediente, a su señor”.

"Y esas caricias y esos yertos ósculos
no tendrán la ternura del amor,
y serán para ti martirio crónico
que agostará tu juventud en flor”.

“Alguna vez, quizá, indiscreta lágrima
quemante rodará sobre tu faz,
y expresará así que un sentimiento impúdico
no deja que haya en tu conciencia paz”.

"Mas, por doquier tendrás que ser hipócrita
y tu pena fatal ocultarás.
Que cuando el llanto es criminal, adúltero,
una esposa no puede ni llorar”.

"Peor será tu suplicio que el de Tántalo,
sin poder apagar su ardiente sed,
porque tú siempre beberás el tósigo
y nunca, nunca, acabarás con él”.

"Y más horrible aún y muy más hórrido
beber eternamente amarga hiel,
que ver el agua murmurante, límpida,
y no poder calmar la ardiente sed”.

"Entre algazara y bullicioso júbilo
a la iglesia, mujer, te llevarán;
y tus verdugos maldecidos, réprobos,
el sacrificio atroz consumarán”.

"Después vendrá la comitiva, espléndida,
con faz risueña a darte el parabién;
mas, en medio de los brindis y los plácemes,
fiebre terrible quemará tu sien”.

"Aquella boda para ti quimérica,
visión será de pesadilla atroz;
que martiriza tu afligido espíritu
y tortura tu débil corazón”.

"Pero, ¡Dios Santo!, nada habrá fantástico;
todo será, por tu desgracia, real;
será el festín con que, infelice víctima,
disfrazas tu aparato funeral”.

"Flor ofrecida a la avaricia sórdida,
que sacrifica al oro la virtud;
en aras de un mandato cruel, despótico,
ofrendaste tu amor, tu juventud”.

"Ojalá puedas oponer santísima
resignación a tu fatal dolor;
porque, si no, profanarás tu tálamo
con la mancha de eterno deshonor”.

"Ofender puede tu virtud angélica
esta horrible y cruel suposición.
Pero, ¡ay!, el crimen es el triste término
donde acaba el exceso del dolor".

Al leer esa carta, nublóse su frente;
un fuego en sus ojos siniestro brilló;
rompióla en seguida, con mano tremente;
y luego, postrado, cayó en un sillón.

Apoyó en las manos la sien palpitante,
acaso queriendo su afrenta ocultar,
y en hondo silencio sumido un instante
sintió en su cabeza terrible volcán.

Y viendo perdida, quizá, la esperanza
de ser de Gabriela feliz poseedor;
buscando, agitado, sangrienta venganza
salió de la estancia, con paso veloz.

Gabriela, entre tanto, siguió desmayada
y un hondo suspiro del pecho exhaló
diciendo, anhelante, con voz apagada:
"Perdóname, Carlos, es tuyo mi amor".

Las gentes huyeron después, con espanto;
la casa, en silencio, trémulo quedó;
y allá en la arboleda de un sirirí el canto
cual triste avecilla de dolor calló.





IV

EL DUELO

Como un torbellino el río crecido rueda
desde la montaña de elevada loma,
y a cada instante más veloz arrastra
las turbulentas y agitadas ondas.

Así corrió don Álvaro, furioso;
el frenesí creciendo, de su cólera;
va en busca del amante de Gabriela,
para vengar su mancillada honra.

Va en un caballo de color retinto,
de sus pesebres la primera joya,
que largo tiempo preparado había
para estrenar en su deseada boda.

Rápido cruza la arboleda espesa
do antes sonaba música sonora,
y donde luego solamente se oye
el murmullo del viento entre las hojas.

Pero se encuentra, en su camino, un hombre
que camina con marcha perezosa;
y al pie, en aperos de orejón, cabalga
un corcel blanco de gallardas formas.

Flotante ruana de sus hombros cuelga,
sobre zamarros de una piel lustrosa;
y en el estribo de metal resuena
el casquillejo de su espuela corva.

Fuerte retranca de la silla pende
que los ijares del caballo adorna,
y de éste, en la cerviz, luce galana
una amarilla jáquima reinosa.

Bajo de las corazas de la silla
enroscada se ve la dócil soga,
y entre los dos bordados cojinetes
luce un par de magníficas pistolas.

Era el cantor. — Don Álvaro, irritado,
lanzó sobre él una mirada torva;
reconociendo a Carlos, el amante,
a quien Gabriela, enamorada, adora.

D. Alva.:
El nocturno trovador
que canta como un jilguero,
Sostendrá cual caballero
Sus serenatas de amador.

D. Car.:
Aunque, a decir la verdad,
mi canción es verdadera;
(Y ojalá fuera quimera,
por vuestra felicidad.)

El que esta noche ha cantado,
entre la arboleda oculto;
os responde del insulto
que juzguéis os ha irrogado.

D. Alva.:
El insolente cantor
ha de saber pronto como
una mordaza de plomo
yo le pongo a un trovador.

Y veré con dicha suma
si aparece tan ufano
con una pistola en mano
como con liviana pluma.

Porque debéis entender
que aquella infamante esquela
que mandasteis a Gabriela,
yo la tengo en mi poder.

Y ahora mismo, sin tardanza,
vos me daréis de ella cuenta,
porque he jurado mi afrenta
borrar con pronta venganza.

D. Carl.:
Estamos solos y el punto
tan a propósito está,
que muy pronto se sabrá
cual de los dos es difunto.

Yo tengo aquí preparado
de pistolas un buen par
con que, no más conversar…
D. Alva.:
Pronto estaréis castigado.

Después el ruido se oyó
de dos tiros y, postrado,
en propia sangre bañado
don Álvaro allí cayó.

Y luchando con la muerte
que le preparó el destino
dijo a Carlos: "¡Asesino!"
y quedó exánime, inerte.

Carlos se alejó de allí
diciendo con triste voz:
"Gabriela, un crimen atroz
hoy me alejara de ti".




V

LA MONJA

Es de noche. En la celda de un convento,
al pié de un crucifijo arrodillada,
reza sobre el humilde pavimento,
solitaria, una monja desgraciada.
Su pecho exhala, a veces, un lamento
que le interrumpe la oración sagrada;
porque sus ojos, con tristeza, lloran;
mientras sus labios, balbucientes, oran.

De la celda se ve por la ventana,
a la luz de la luna temblorosa,
de una colina en la extensión lejana
una casa de campo, silenciosa.
Y una guirnalda de árboles, galana,
la cubre con su sombra misteriosa.
Hace dos años, ya, que se danzaba
cuando esta monja, entonces, se casaba.

De su boda las galas se han trocado
por un sayal, remedo de un sudario;
su blanco cuello de marfil, torneado,
no tiene más adorno que un rosario;
el corazón, que a un hombre había entregado,
se ha ofrecido por don en el santuario;
y a través de la toca se revela
que aquella monja es la infeliz Gabriela.

Pero, entregada a horrible desconsuelo,
por sus tristes memorias afligida,
cuando dirige su oración al cielo
por el perdón de su pasada vida,
escucha en la alta noche, en su desvelo,
una queja tristísima perdida,
y los vientos murmuran a lo lejos
de esta canción los desmayados dejos:

"Ay! ¿Para que te vi, desventurado,
si no puedo llegar nunca hasta ti?
¿Si un muro entre nos se ha levantado,
y que nunca por mí será salvado,
mujer hermosa, ¿para qué te vi”.

"Si eres sólo la sombra de un misterio
o la imagen de un sueño, para mí;
si del mundo no estás bajo el imperio,
flor del jardín de un santo monasterio,
mas, flor vedada, ¿para qué te vi?”.

"Si has de pasar tu solitaria vida
entre esos muros encerrada, así;
perdida al mundo y al placer perdida,
cual la violeta tímida, escondida
entre las zarzas, ¿para qué te vi?”.

"Si al verte yo, guardada entre prisiones,
he de esperar para mi amor un sí;
si no tienes mundanas ilusiones,
si sólo saben santas oraciones
tus labios pronunciar, ¿por qué te vi?”.

"Si hay amor en tu pecho, y si guardados
tienes tesoros de ternura allí;
si esos tesoros dulces, deseados,
sólo a Dios los tienes consagrados,
¿Por qué, bella mujer, por qué te vi?”.

"Mas, si escondieras bajo el santo velo
de algún secreto amor el frenesí;
si le rogaras por un hombre al cielo,
y fuera yo el objeto de tu anhelo,
¡Oh!, yo sería feliz, feliz porque te vi".

Junto al convento un hombre misterioso
esta canción, lloroso, repetía.
Y su acento afligido y quejumbroso
en el espacio inmenso se perdía;

Y mientras de la noche en el reposo
aquel desventurado así gemía;
Gabriela, sin pensar en sus dolores,
delira con imágenes de amores.

Al escuchar aquella voz lejana
exhaló de su pecho hondo lamento;
pensando, triste, en la pasión mundana
que viene a recordarle aquel acento;
pues no han matado su pasión insana
dos años de dolor y sufrimiento;
y aunque hoy es ya, para su amor, muy tarde,
aquel sensible corazón aún arde.




VI

CONCLUSIÓN

Desde la cima de elevado monte
se ve de Medellín el verde llano,
sus torrentes, su cielo de verano,
sus montañas de forma colosal.
Es la llanura un árabe mosaico
matizado de mieses y de flores
y de un sol tropical los resplandores
bañan de luz el panorama ideal.

Y a Medellín, en la mitad del valle,
como una virgen sobre verde alfombra,
de palmas y de sauces a la sombra
y bajo un cielo hermoso de cristal;
entre juncos, y cañas, y maizales,
el Aburrá destrenza su corriente
como cinta de plata reluciente 
enredada en las cañas y el juncal.

Y hay en el valle fuentes que murmuran
arrastrando sus aguas entre flores,
y hay pájaros pintados de colores
que entonan cantos a su dulce amor.
Hay selvas y sábanas de esmeralda,
y brisas perfumadas, y jardines,
y bosques de naranjos y jazmines,
y un horizonte azul, encantador.

Y en aquella ciudad, y en aquel valle,
de Carlos y Gabriela no hay memoria;
que se olvidó su desgraciada historia
al transcurso del tiempo que pasó.
Gabriela, entre el misterio del convento,
al mundo le ocultó su desventura;
Y devorando, a solas, su amargura;
consumida de amor, por fin, murió.

Carlos huyó a las selvas abrumado
por la carga fatal de su destino,
y entre ásperas montañas peregrino
murió también, en triste soledad.
Nadie lloró su muerte, porque hay seres
a una eterna desgracia condenados,
que viven y mueren olvidados
en medio del dolor y la orfandad.

Arcesio Escobar Piedrahíta
Medellín— 1854.





POR QUÉ TE VI? 

Ay! para qué te vi ¡desventurado! 
Si no puedo llegar nunca hasta ti; 
Si un muro entre los dos se ha levantado 
Y que nunca por mí será salvado, 
Mujer hermosa, ¿para qué te vi? 
Si eres solo la sombra de un misterio, 
O la imagen de un sueño para mí, 
Si del mundo no estás bajo el imperio, 
Flor del jardín de un santo monasterio, 
Mas flor vedada, ¿para qué te vi? 
Si has de pasar tu solitaria vida 
Entre esos muros encerrada así, 
Perdida al mundo y al placer perdida, 
Cual la violeta tímida escondida 
Entre las zarzas, ¿para qué te vi? 
Si al verte yo guardada entre prisiones 
No he de esperar para mi amor un sí, 
Si no tienes mundanas ilusiones, 
Si sólo deben santas oraciones 
Tus labios pronunciar, ¿por qué te vi? 
Si hay amor en tu pecho y si guardados 
Tienes tesoros de ternura allí, 
Si esos tesoros dulces y deseados 
Solo á Dios se los tienes consagrados, 
¿Por qué, bella mujer, por qué te vi? 
Si alguna vez orando solitaria 
No alzas al cielo tu oración por mí, 
Si mi nombre no se oye en tu plegaria, 
Mi labio como queja funeraria 
Te dirá sin cesar, ¿ por qué te vi? 
Mas si escondieras bajo el santo velo 
De algún amor secreto el frenesí, 
Si le rogaras por un hombre al cielo 
Y fuera yo el objeto de tu anhelo, 
Oh! feliz, muy feliz, porque te vi! 




EL CADÁVER DEL SALVAJE 

Imitación de William Cullen Bryant 

Llevadle, sí, llevadle á la llanura,
Y sepultad allí su cuerpo yerto,
Que la grama del campo y su verdura
Deben ser la modesta sepultura
Del hijo valeroso del desierto.

Al despojo del hombre y á la muerte
Debe el hombre respeto y sentimiento,
Porque es siempre sagrado el polvo inerte
Que fué templo del noble pensamiento
Y animó Dios con su inmortal aliento.
En su robusto pecho palpitaba,
Un corazón magnánimo y altivo,
Y su mirada ardiente reflejaba
El alma que sin mancha conservaba
La grandeza del hombre primitivo.

Del más grandioso ser que ha Dios formado,
Su bella imagen, la criatura humana,
Sólo queda ese resto inanimado,
De cuya yerta sien será borrado
El sello de su mano soberana.

• Ese hombre nunca conoció ciudades,
Ni admiró de sus artes el portento,
Porque lejos del mundo y sus maldades,
Vivió errante en las vastas soledades
Bajo el palio turquí del firmamento.

De tierra virgen hízolo la mano
Que formó nuestra raza, y siempre unido
A su montaña y al florido llano,
Vivió de sus florestas soberano
En el silencio de su aduar querido.

Él amaba las brisas rumorosas
Y de los montes la apacible sombra,
El cielo azul, las noches silenciosas,
Y las fuentes que ruedan bulliciosas
De las llanuras por la verde alfombra.

Hijo de las florestas, las quería
Como á su patria y á su hogar nativo,
Y en medio á la intemperie, allí vivia
Sin resguardarse de la lluvia fria
Ni de los rayos del calor estivo.

Con desden impasible desafiaba
La tempestad y el pavoroso trueno,
Las ondas con su brazo dominaba,
Y con audaz arrojo se lanzaba
De las cascadas al hirviente seno.

Las vírgenes florestas que al salvaje
Dan amparo, solaz, dicha y sustento,
El árbol de magnífico follaje,
Cuyos frutos doblegan su ramaje ,
Fueron su anhelo y todo su contento.

Eran sus marchas en la selva umbría
Por 'los astros hermosos orientadas,
Y con rumor , que él solo conocía ,
El suelo silencioso le advertía
Del distante enemigo las pisadas.

¡ Valiente raza que ha desparecido-
Con su historia y sus selvas seculares !
Una raza rival le ha sucedido
Que altivos monumentos ha erigido
Sobre el polvo infeliz de sus aduares.

Su tierra es nuestra ; el agua de sus fuentes
Apaga nuestra sed y nos recrea;
Mieses nos dan sus campos florecientes
Y á nuestras bellas do nevadas frentes
De su selva el ramaje las sombrea.

¡Pobres indios! Sus bosques y el collado
Donde al sol adoraban, son ya ajenos;
Su suelo entero ha. sido conquistado,
Y nada, «ada se les ha dejado.
¡Que les queden sus tumbas á lo menos!










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