sábado, 18 de octubre de 2014

AMÉRICA BOVIA BERDAYES [13.730]


América Bobia Berdayes 


(Matanzas, Cuba, 1896-1984) 

Vida

Nació el 14 de agosto de 1893, en Limonar, su infancia transcurrió en España, regresando en plena juventud a Matanzas, para orgullo de las letras cubanas y en especial de su pueblo natal, es reconocida como notable y eminente escritora que dedicó su vida a transmitir sus sentimientos través de la poesía.

Obra

Colaboró en distintas revistas nacionales y extranjeras. Ha publicado: “El amor de los humildes”, “Ofertorio” en el año (1928 “Arquero de Zodiaco” que vería la luz en el año 1945,) y “Trémulo se Aleja” La poesía de América Bobia aún espera por un estudio profundo y una merecida reedición. Sus versos son de exquisita delicadeza y sentido. Sobre su obra se ha escrito diversos ensayos. Los poemas que ha continuación se presentan forman parte de su libro “El trémolo se aleja” editado en La Habana en 1935 con el pie de imprenta “Talleres Tipográficos de Carasa]] y Ca./ R. del Brasil 12, Habana.



Nihil

La ciudad del alabastro,
la ciudad que a distancia
construida parece
con cráneos y con tibias calcinadas.

Galerías de mármol;
capiteles de nácar,
hundiendo el débil tórax,
la frente descarnada;
apisonando con su inmensa mole
las osamentas blancas.

Ayudando a la tierra en su tarea,
en su acción prolongada,
de asimilar cadáveres. La horrible
ciudad de polvo y plata;
de cenizas en el bíblico "Memento";
como la sombra y como el sueño, ingrávida,
ciudad de pesadilla que perfila 
sus contornos de horror sobre la nada.




Nadie lo sabrá

Todo se renueva;
todo volverá,
pero si tú vuelves
nadie lo sabrá.

Cirios apagados
ya se encenderán;
el que alumbró un día
ese no será.

No brillan estrellas,
pero brillarán;
la que brilló un día
esa no será!

Tejen los telares
lino sin cesar
para aquel vestido
que no te pondrás.

Si vuelves un día
nadie lo sabrá;
ni buscas tu sitio
ni pruebas tu pan.

Cuando se deshacen
en el aromal
estrellitas de oro,
otras brotarán,
pero si tú vuelves,
nadie lo sabrá.

No. 11, Enero-Marzo de 2003





Releer a América Bobia 80 años después 
de Ofertorio


Por Carlos Chacón Zaldívar, escritor y profesor universitario

Razón tenía Eliseo Diego al dejarnos el tiempo, “todo el tiempo”, pues en su andar se reafirman los juicios y también la salud de los buenos libros, aquellos que no se publicaron bajo la sombra de premios pactados, ni por ayuda interesada de editores al uso. Lo anterior se complica aún más si penetramos los territorios de la expresión lírica, tras cuyas murallas es hoy tan difícil descubrir voces perdurables más allá de las estrofas y las modas vigentes.

Por eso es alentador detenerse y volver sobre libros y autores que la promoción literaria de entonces, apenas tuvo en cuenta. Tal ocurre con el poemario Ofertorio, primer libro de la poeta limonareña América Bobia Berdayes (1893-1984), de cuya edición han transcurrido 80 años.

La seda del crepúsculo, en sus velos
envuelve las florestas tropicales,
y allá por los espacios orientales,
amanece. ¡Oh milagro de los cielos!

Véase desde el principio el elogio sumarísimo de don Medardo Vitier ante los versos de la matancera:

“Sorprende, en realidad, el hecho de que esta joven poetisa, no haya producido nada, antes de la publicación del presente volumen. Porque hay aquí realizaciones poemáticas que en los más, suponen una larga depuración del verso. Ella ha logrado el milagro sin la penitencia del continuado ejercicio. Y no exagero, léanse: “Lobos de mar”, “Ausencia”, “Hijos míos”, “La siega” por ejemplo, y se hallarán verdaderas maravillas de condensación emotiva, en una forma nítida y sobria”.

Evidentemente otros podrían ser también los ejemplos a citar para el comentario, mas no podemos obviar los ejemplos citados para aludir al difícil diálogo entre nitidez y sobriedad:



La siega

Olor a heno cortado en el estío;
ríos de savia en la sedienta tierra;
las armas incansables al sol brillan
y en la mano del hombre culebrean.

Sus cornucopias de esmeralda vierte,
de la hoz al toque, la gentil pradera,
y al vibrar de la hoz, bocas jadeantes
de claras notas el ambiente llenan.

Hay un ritmo armonioso en todo el campo,
y un ondular de danza en las caderas
que adormece el cansancio de los cuerpos
y suaviza el rigor de la faena.

Ya terminó el bregar. Los recios brazos 
lánguidos penden como flojas cuerdas
que atadas largo tiempo, fuertemente,
una mano piadosa, libres deja.

Las frentes sudorosas se levantan
en la hora en que todo se doblega:
que si a los cuerpos el trabajo rinde
el pensamiento en éxtasis se eleva.



Se sabe lo difícil que es lograr ambos conceptos en el cuerpo poemático, y ese es el mérito de América al comunicar a sus lectores, esa escena cotidiana de trabajo que sin dudas se remonta a los años de infancia, vivencias de sus días en Asturias; nótese cómo a pesar del tiempo en sus versos se transparenta una ternura respecto a esos seres que entregan fuerza y esperanza a la tierra que cultivan. Pero hay más, ese dinamismo de la visión laboriosa que la voz poética cincela en la forma precisa de las dos primeras estrofas, para asumir más allá del cansancio por vía del canto ese otro “éxtasis”, cercanía espiritual cuya fuerza vigorosa aún en el presente disfrutamos.

Tales vivencias de la infancia asturiana se aprecian en los textos de los hermanos Francisco y Fernando Llés, ambos también limonareños y enlazados por profundos lazos familiares con América, mas en la lírica de éstos publicada de forma conjunta (1), esas escenas cotidianas y familiares se trasmiten de una forma tal vez más fría y congelada, véanse en esa dirección los poemas “Las sombras han tornádose medrosas…”, “Alma mística” y “Horas de sueño”, entre otros. Sin embargo, los poemas de Bobia Berdayes asumen esos ambientes con mayor riqueza de matices, motivos, giros de lenguaje, hasta lograr esa especial atmósfera que recorre, vivifica y espiritualiza el marco referencial de la infancia.

Por eso Fernando refiere, en el epílogo del poemario, la sorpresa que le causaron los versos de América; indica ante todo la visión humana, religiosa y maternal que caracterizan a determinados textos; pero también destaca, entre otros elementos de valor escriturario, “medios de expresión puros y originales”, “exacta lógica constructiva” o “espontánea sencillez formal”, para posteriormente concluir:

“Lo genuino, lo auténtico de la vocación de América, lo que ninguna escuela le ha dado, ni puede darle, esta aquí, en este Ofertorio, primicia asombrosa si se quiere, porque la maestría que revelan muchas de las composiciones de este libro, la perfección a que llega en algunos casos, la claridad milagrosa de su palabra que trasparenta su espíritu, mostrándolo, en una síntesis inesperada, transido de la más pura emoción, no suele hallarse en muchos poetas, aún entre los más altos, sino a través de un permanente cultivo de la forma y de una constante superación de las propias facultades líricas”.

Es muy válida la apreciación de Llés cuando apunta a la maestría, la autenticidad o a la síntesis inesperada; conocidos no solamente el entorno referencial de algunos de estos poemas, sino en particular aquella agudeza suya para justipreciar los textos líricos de su ambiente literario, en cuyo espacio sociocultural América encontró, a partir de este libro, admiración y respeto.

Otra importante clave para acercarnos mejor a Ofertorio, es, sin dudas, esa atmósfera que envuelve muchas de las imágenes y motivos de “estas realizaciones poemáticas”, que Vitier vincula con la lírica de Bécquer y Rosalía de Castro, cuando incluye a ambos autores en la vertiente “septentrional” con la cual podrían encontrarse cercanías a partir de la fineza y emotividad que caracteriza a las propuestas de Bobia Berdayes.

Por tales caminos el sujeto lírico se traslada a lejanos territorios, mas lo trascendente es que el proceder no implica lo imaginativo, ni lo puramente libresco, cuyo producto en otros serían imágenes superfluas, en ella es vivencia plena de la infancia, que apunta hacia los iniciales textos de la Castro que recibieran el premio de los Juegos Florales de 1861,  luego recogidos en la antología Álbum de la Caridad.

Otro enjuiciamiento de Vitier cuya validez llega a nuestros días, es ponderar las ganancias de Ofertorio desde dos territorios temáticos: el primero concentra una expresión de dolor sosegado, como una queja semivelada, que se siente resguardada por una gran fuerza de espíritu, y otro cuyos temas aparecen más apegados a lo terrenal y a la naturaleza. Coincidimos en que el inicial es más ancho y profundo, mejor elaborado en una diversidad de poemas, ahí están “Transfigurada”, “Ausencia”, “Súplica”, pero especialmente uno de sus poemas más elogiados: 


La canción del agua

El agua ritma sin cesar sus penas
y hace de su tristeza una canción.
¡Quién pudiera ser buena como el agua,
quién pudiera elevar una oración
con todas las tristezas y amarguras,
con todas las miserias y el dolor
que eternamente revivir sentimos
en este miserable corazón!
El agua buena, eternamente canta.
¡Si así fuera de bueno el corazón!

Adviértase cómo la cadena de motivos va creando en el espacio semiótico del texto una suerte de dualidad para estructurar el discurso: por un lado agua, canción, oración; y en el otro las referencias contenidas en penas, tristeza, miseria y dolor, para proclamar entonces el término que encierra todo el subtexto: si bueno fuera también el corazón.

Múltiples son los detalles que aluden desde los versos a los territorios temáticos identificados, mas hay como en todo libro esa mezcla de motivos y líneas, que hacen del poema peculiares ejemplos del discurso autoral, disfrútense en tal sentido “Cascabelito de oro”, “Del nido”, “Madre”, del cual colocamos un breve fragmento al inicio, pero también “Cenizas” y “Fui al cementerio amor”, este último expresión de la sencillez y la sobriedad apuntada anteriormente:


Fui al cementerio, amor

Fui al cementerio, amor;
¡no sabes lo que he traído!
Rojas espinas de flor
clavadas en el vestido.

¡Qué sangre las ha abonado!
de qué cuerpo se han nutrido!
Fui al cementerio, amor;
¡no sabes lo que he traído!
Traje barro en el calzado,
de qué huesos habrá sido.

Cuando al cementerio vayas
a visitar mi retiro,
no querré quedarme sola,
querré marcharme contigo.

Lleno de barro el calzado
y de espinas el vestido.



Queremos volver una vez más a los elogios de Vitier, cuando al final del prólogo para Ofertorio menciona a Juana de Ibarbourou como una de las grandes voces del continente, y en breve trazo afirma “nada hay en el Parnaso contemporáneo tan disímil como el estro vibrante, clamoroso de aquella poetisa del Sur, que es el estío, lleno de ardores. La nuestra,  es el otoño, poblado de penumbras”, pareciera anticipar que años después Bobia Berdayes tendría la suerte de que su poesía sería admirada por la uruguaya, pues en una carta de 1946 le confesaría: “ahora esta usted conmigo, usted América Berdayes, de estirpe de escritores y poetas con su libro (2) de emoción profunda, con su voz gracial, con su ramo de rosas, que ha escalado desde su huerto hasta mi terrado. ¡Bien flecha su arquero!”

Notas

(1) La obra poética de ambos esta recogida en los libros Crepúsculos, Sol de invierno y Limoneros en flor, todos editados en Matanzas entre 1911 y 1912.

(2) Refiérese la poetisa al Arquero del zodíaco (1945), tercer poemario de América Bobia Berdayes.









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