viernes, 3 de octubre de 2014

ALBA TRAZAR [13.553]


Alba Trazar

Escritora argentina (Morón, Argentina, 1925-2008). Fue miembro de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, con la que participó en numerosos actos con sus poemas y audiovisuales. Publicó los poemarios Luz de estrellas (1976), Paisajes de luz y cielo (2004) y Río de amor (2007). Dejó la obra póstuma El cántaro (2008) y materiales inéditos.



Plegaria

Estos ojos míos
no ven sino angustia.
Esta boca mía
se olvidó del ruego;
es una flor
de mortecinos pétalos.
¡Oh, Señor!
Torna a mis pupilas
los pájaros
que huyeron
con mi risa.
Aventa
“Las escamas de Samuel”
¡Estoy ciega!
¡Sin trinos!
Dios mío...
Vuelve a mí, tu mirada,
deja que el rocío
de tu infinita bondad
bese en la aurora
de cada mañana
mi corazón.
Señor de todas las misericordias,
mi vida es un jardín de sombras.
Los pájaros,
mis amados y temerosos
pájaros,
buscan la luz.
Las tinieblas,
inmensas alas de cenizas,
los aprisionaron
en el vientre de un abismo.
Yacen con el canto
quebrado.
Escucha mi plegaria
¡Oh Dios!
Una sed de ti
abraza mi ser.
¡Purifica la sangre
en el retorcido cauce
de mis venas!
Torna la amargura de hoy
en paloma de esperanza.
Mi alma es una fuente
donde pasó el verano
y agostó el cristal
de su seno.

Teje Señor en mis manos
un nido de dulzuras.
En mi boca,
palabras de amor
que restañen heridas.
La luz de tu ciencia,
encienda la llama
del saber;
que ignorante mi alma
se perturba.
Deja que tu piedad
me guíe por el camino
más abrupto.
Allí donde un Ser
gime.
Allí, donde me aguarden
todos los conciertos
de espíritus dolientes
¡Y un Himno a Ti,
mi corazón agradecido,
Eleve!



Advenimiento

Me duelen los costados
y entre los lirios de mis dedos
escapa el filo de mi sangre.

Contempla mi Señor
rosas de senos y de vientres
en el altar del miedo.

Las pupilas del viento
abren los caminos.

El reloj de los siglos
corta los hilos
y las horas del hombre.

Campesinas estrellas
escogen nuevo trigo.

Bajarás mi Señor
al suelo de los pobres
que tocarán tus llagas
y besarán tus carnes.

Postrarás redimidos
con el óleo de tu sangre.

Y amaneciendo auroras
la Señal de la Cruz
en la frente de las madres.



Cantares

I

Quien no conoce la tierra
que yo conocí no sabe
dónde comienza la vida
cuando las estrellas nacen.



II

Yo tengo sólo tristeza
más tristeza que alegría
soy como agüita clara
de lágrimas cristalinas.



III

Cantares de mi esperanza,
cantares del alma mía
cuando yo nací cantaban
las estrellas, letanías.



IV

Nací para amar el cielo
en una noche estrellada.
Me dio dolores la vida
y una aurora desvelada.



V

En el destino del hombre
existe un pájaro herido
porque en las sombras de su alma
ha quedado sólo un niño.



VI

Nace la rosa fragante
en el borde del camino
y al pasar el viento canta
el alma del peregrino.



Infancia

Las risas infantiles
que pasan por mi casa,
se enlazan en la brisa
y cantan en el alma.

Pasan como pájaros
risueños, volanderos,
tomados de la mano
¡pañuelitos del cielo!

Risas de luz, infancia
que al mundo da su vida,
miro por los cristales
una lejana niña...

¡Juego con la alegría
del niño entre la fronda!
¡Vuelo como ellos vuelan
en los giros de la ronda!

Cantan la nueva aurora
de un mundo prometido,
ellos van hacia el hombre,
¡luceros encendidos!

A forjar el misterio
sagrado de los siglos.



Raza campesina

Es el amanecer y, al blanco río,
llega el viento que baja la montaña;
como niños que juegan en el trigo,
corre la luz del sol a la mañana.

Abren los campesinos en la tierra
los surcos de la vid y de la vida,
espiga y pan y flor de blanca viña,
es la mujer la tierra amanecida.

Es la savia del hombre que la habita,
fecunda la tierra en su raíz viva,
en las rosas abiertas de los senos,
que nutren a la raza campesina.

Canta la tarde una canción de niños,
en la oración los olmos susurrantes,
entre la piedra silencioso el río
busca los pechos de la ría madre.

Los pájaros del viento tejen nidos
cincelan cuencas en el espacio azul
y cuelgan desde el cielo florecidos
los dorados racimos de la luz.

La Tierra y Hombre y Mujer, montaña y río...
La misma arteria de la sangre pura
que alimenta la entraña, con sus hijos
y en panales de miel nutre la vida,
la simiente que Dios ha bendecido.



Alfonsina amada

Dedicado a Alfonsina Storni

Tus rosas, Alfonsina Amada,
tus sublimes rosas,
donde el alma tuya
florecía blanca.
¡Blanca!

No tuvo la Tierra un rosal
como el que tu alma
celosa guardara.
Y no tuvo ¡rosa más pura,
más blanca!
¡como blanca y pura la rosa de tu alma!

Alfonsina Amada,
¿Qué rosal ocultaba el mar?
Que fuiste con alas de nácar
¡anhelante!
A cortar la rosa más negra y fatal.

Alfonsina Amada,
entre resplandores celestes,
del cielo contemplando estás.
¡Este mar que amaste y cantara tu alma
en tu poesía inmortal!

¡Alfonsina Amada!
Al nacer tú, una aurora susurró a la brisa alada:
—Ved, y cortad rosas en los florecidos valles del mar
¡y en conchas de plata recoged las rosas más blancas!
Que la niña tiene en sus pupilas castas,
¡dos rosas de mar!

Alfonsina Amada
¡qué blanco rosal se cubrió de rosas,
que Tú nos dejaras para ir a cortar!

(del libro Luz de estrellas)



Niños

Los días de mi vida                                                                                          
tienen nombre.
Un nombre amado,
sin límites,
sin cielo.
Un nombre que pronuncio
en mi desvelo;
está cerca, está lejos...
¡Niños! ¡Niños!
¡Oh! No alcanza
el corazón
para este amor inmenso.
Qué no diera por no ver sombras
en sus rostros angélicos;
por volcar en sus almas,
un puñado de trinos
y tornarlos alegres,
y secar con un pétalo,
de sus ojos, el río.
¿Por qué lloran los niños?
Por qué, un llanto
más allá de sus fuerzas
los quebranta,
y les dobla la frente,
en un gesto de olvido.
Y se van... como sombras,
por un largo sendero.
Y de pronto se vuelven,
como fieras, heridos.
El adulto se asombra,
ajusticia,
a ese joven que equivocó
el camino.

Es muy tierno el capullo,
está solo...
Un umbral es la cuna.
¡Una madre perdida...
ha dejado su sangre
que se agosta en la vida!
Ved, aquél, que sus manos
en plegaria se elevan.
No, no reza
¡por un pan que no come
hasta el cielo protestan!

Y allí están, con la mano
extendida... —La limosna, señor...
Una flor que se corta,
y temprano marchita.

¡No los ven, se arrinconan!
Temerosos, huidizos.
Un regazo muy tibio,
un regazo...
sí, para un lirio dormido.
¡Para un niño con frío!
Dónde tienen el alma
los que siembran de muerte
paisajes de delirio.
¡No los ven!
¡No les parte la entraña
el grito
de esa carne que se abre
como flor de martirio!

Los días de mi vida
tienen nombre
¡Niños!... ¡Niños!

(del libro Luz de estrellas)




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