viernes, 12 de septiembre de 2014

PEDRO JUAN VIGNALE [13.287]


Pedro Juan Vignale

(Argentina, 1903-1974)
Participó en la revista argentina de vanguardia Martín Fierro. Fue director de la revista Poesía. Junto con César Tiempo organizó la antología Exposición de la Actual Poesía Argentina.





El granadero muerto

                                Angelita, tú coses, y tú que bordas, Juana           
y tú Gabriel, que sabes hacer de carpintero,
unas el atavío y el otro la peana
haced que resucite este buen caballero.
 
   Con su corcel muriose en batalla campal
¿y quién le despintara las botas y el jubón
sino el Gran Capitán,
el capitán de barbas azules y dorado galón?
 
   El tenía la cara toda rosa y tenía
una novia: María;
y también tenía una casa y un huerto
el granadero muerto. 
Durante los descansos
cuidaba las gallinas, los patos y los gansos;
y curaba el jamón y el tocino.
Le decía a su madre: «Esto anda bien, mamá»
Y tomaba su copa de vino.
 
   Pero he aquí que ahora, el caballito overo
y el buen granadero
en un rincón, en un rincón están,
todos empolvados, con telarañas ya...
 
   De noche los ratones pasan por sobre ellos
con sus pasos menudos y sus cuerpos de estaño.
¿Quién no ha oído en la noche suspirar al granadero?
¿Quién no ha oído el bufido ronco de su caballo?
 
   Cuando la luna entra e ilumina el altillo
el buen granadero se siente remozar...
   Ve su madre, su huerta, el peral y el membrillo;
oye para el almuerzo afilar un cuchillo,
y con María se quisiera casar.
 
   Angelita, tú coses, y tú que bordas, Juana,
y tú Gabriel, que sabes hacer de carpintero,
unas el atavío y el otro la peana,
haced que resuciten caballo y caballero.

          (Versos para niños «El País» Montevideo. 1922).
 
 




Córdoba
           
                                  ¡Córdoba la bella,
redonda de cúpulas
como una doncella!
 
   Un cielo clarísimo
de agua y de raso,
Don principalísimo
 
   de alcurnia beata:
tan sólo a un Dios reza
con cara de plata.
 
   Ciudad doctoral,
tiene tu español
tintín de cristal.
 
   Córdoba: ¡te irrita
el champagne... prefieres
el agua bendita!
 
   Córdoba: tan vieja
que aún guarda flores
detrás de la reja.
 
   Y por las mañanas
perezosa sale,
paso de campanas.
 
   Y oye una misa,
y vuelve a los patios
callada y sumisa.
 
   Ronca un tren lejano...
Un tranvía eléctrico
chispea el aldeano
 
   reposo. Y la vieja
oye y mira esto
por entre la reja.
 
   -¡Jesús, ay Jesús
qué tiempos vivimos!
Y signa la cruz.
 
   Córdoba: alfajores
y yerbas que curan
todos los dolores.
 
   Lucen tus paisajes
pátinas latinas
de los beguinajes:
 
   sierras y cortijos,
ásperas caleras
y los nuevos hijos
 
   en burros begardos...
Azuzadles: ¡vais
dos siglos de tardos!
(Naufragios. 1924).
 
 




El regreso

I

   ¡Dos eucaliptos como dos reclutas
del viento y de la sombra! Rojas tejas,
pardos ladrillos de los viejos ranchos
blanca la carretera.
 
   Y al doblar un sendero en herradura
bajo la palma azul de la arboleda,
como una amarga aparición: tu casa,
la ajena voz y la entornada puerta.
 

II

   ¡Luna de oro sobre los eucaliptos!
Lánguidamente su cabeza apoya
bajo el cielo estrellado y diáfano.
La casa muda y sola.
 
   Un perro ladra al miedo, en lontananza
y -con su dentadura luminosa
mordiendo el horizonte- entre el boscaje,
un tren su ringla murmurante enrosca...
 

III

   Es una angustia intraducible, esquiva,
a quien jamás daremos caza;
va con nosotros, lucha con nosotros,
y, sin embargo, escapa,
huye de nuestras manos pordioseras
con un fugaz escalofrío de agua...
 

IV

   Noche clara, noche clara
como para andar de novios,
con el gastado aparato
de estrellas, luna en recodos
-¡luna inmóvil!- lejanías
de aullidos, caminos solos...
 
   Dialogando con mi pena
-masoquista niño astroso-
he salido, noche clara
como para andar de novios.
(Naufragios. 1925) 
 


 
El hijo pródigo

                                                  El Recuerdo
   Es una sombra y otra sombra, amigas
que llegan, en silencio con sus huecas
voces, a remover intrigas
como el viento gruñón las hojas secas.
 
   Y se oye un diálogo reñido. Luego
una como angustiosa expectativa.
La sorda voz de un prolongado ruego.
Una puerta cerrada en agresiva
 
   forma, brutal, estrepitosamente.
Después... ¡aquel profundo sueño
de algo definitivamente ausente!
 
   -Que era el silencio rígido de leño
que se clavaba en todas las veladas
para cerrar las bocas más amadas.
 
                                                   Hoy
   Puedes entrar, ya tiene
la liviana maleta preparada,
la faz sonriente del que ya proviene
el trance, y esa queja amortajada.
 
   No es el de ayer enfático enemigo
del orden viejo que el hogar comparte;
hoy le hallarás como al perdido amigo
que vuelve al pueblo, de cualquiera parte,
 
   cansado de girar, entre la muerta
calle del mundo, su astrosa vagancia,
como quien busca el claro de una puerta
entre la sombra prieta de la estancia.
 
   Puedes entrar, hoy es
el hombre amable que lo sabe todo,
que todo lo comprende, tan cortés
que engaña con su fino modo.
 
   No parece, por cierto, que anduviera
-un perro trashumante- por la vida,
su fugaz primavera
viviendo apenas, en la oscura huida.
 
   Hoy se esconde a los ojos del profano
temeroso de que se le pregunte
por la derrota que marcara en vano
su niñez, hecha a trazos, como apunte.
 
   Sabe que nadie le ha de comprender
y le atormentan las explicaciones,
porque él mismo es ayer:
su sonrisa, sus breves efusiones,
 
   la sombra repentina
que tórnale su faz de niño, austera,
-quizá el claror amargo de la ruina-
su voz segura, sorda y forastera.
 
   La alegría fugaz que, junto al piano,
le crispa cuando suenan algo heroico,
y la lágrima vieja, que la mano
aparta en el bochorno del estoico...
 
   Entra. No le acongojes más
y llega hasta él. Te aguarda,
lo dice siempre, desde tiempo atrás:
-¡Cuánto tarda esta muerte, cuánto tarda!

(Naufragios. 1925)
 




Hora

   Las palabras más tiernas
me suben a la boca
como agua borbollante
de manantiales hondos
¡Oh mujer!
Hoy te acariciaría
como lo hace una sombra
de nube a las imágenes
que en las fuentes dormitan
¡Oh mujer!
¿Cuándo acariciaré
tus cabellos, tu nuca,
y tu cuello caliente
y tus dos senos líquidos
con esta gran ternura?
Se me crispa la mano
cuánta ternura en vano
como arroyo perdido,
como fruto maduro
en la copa de un árbol,
como pájaro muerto,
como canción recóndita
¡Oh mujer!
 
   Quizá te tenga un día
-Clara, Juana o María-
Y un día te tendré
pero estaré más pobre
y esmirriado de amor
que santo sin milagros,
o el San Miguel que pudre
en la humedad del atrio.
O me habré vuelto ciego
como el primer San Pedro,
o tendré la acritud
de un limón o un membrillo
para tu boca dulce
como cualquier distancia.
¡Oh mujer!
Para tus ojos dulces
como agua sobre peñas,
como cielo de aurora
o frescor de cisterna.
Para tus manos suaves
como color de otoño,
como musgo lunar
o viento en la arboleda.
¡Oh mujer!
yo seré una torpeza
 
como un niño en la noche.

(Inédito)






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