viernes, 5 de septiembre de 2014

ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ [13.200]


Orlando Sierra Hernández

1959-2002
Orlando Sierra nació en Santa Rosa de Cabal, Colombia, en 1959. Estudio Filosofía y letras en la Universidad de Caldas y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Fue profesor de la Universidad de Caldas y también director de Extensión Cultural en la misma universidad. Su deseo fue ser escritor. Desde 1985 se vinculó al diario La Patria, de Manizales, Colombia. Inició como colaborador de una columna cultural y luego ascendió a diferentes cargos. Fue Jefe de Redacción desde 1990, cargo que ocupaba cuando empezó a escribir la columna Punto de Encuentro, la cual se convirtió en lectura obligada.  Cuando fue asesinado se desempeñaba como Sub-director del diario. También fue poeta y escritor. Escribió tres libros de poemas y la novela La estación de los sueños, la cual fue publicada en Francia cinco años después de su asesinato (2007).

Como un tributo al coraje ejemplar de Orlando Sierra y de los y las periodistas que han sido asesinados o arriesgado su vida y su libertad para defender el derecho de las sociedades a estar plenamente informadas, la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha creado la Beca Orlando Sierra 2012-2013. 

El 30 de enero de 2002, el periodista Orlando Sierra Hernández fue herido de bala frente a las oficinas del periódico donde trabajaba y falleció dos días después.  Orlando Sierra era Subdirector del diario La Patria, de Manizales, Colombia, y uno de los periodistas más influyentes de la región.  Escribía una columna llamada Punto de encuentro, en la cual analizaba en forma crítica cuestiones de interés nacional y regional, especialmente casos de corrupción involucraba a políticos locales. En sus columnas semanales, Orlando Sierra también criticaba las violaciones de derechos humanos cometidas por la guerrilla, los grupos paramilitares, y las fuerzas de seguridad del Estado. A pesar de las amenazas que recibía como consecuencia de su trabajo, Sierra nunca dejó de escribir y tampoco bajó el tono de sus denuncias.

El proceso para identificar y juzgar a los autores del asesinato de Orlando Sierra se encuentra en curso. Pocos meses después del crimen el autor material fue condenado, y estuvo cinco años en prisión. También fueron condenados dos coautores materiales. En el curso de la investigación varios potenciales testigos han sido asesinados. En 2006, el entonces fiscal general de Colombia informó que Orlando Sierra había sido asesinado por sus denuncias contra la corrupción de importantes funcionarios públicos y la presencia de grupos paramilitares. En la Actualidad se encuentra en curso el proceso contra los presuntos autores intelectuales del homicidio.


“Escogí ser periodista. Pero en este oficio, por encima de si se es muy bueno o muy malo, la única y sana condición para hacerlo es el compromiso. Ese compromiso es el que me ha confrontado y por eso he recibido muchas amenazas”.


“Tratar de silenciar los medios de comunicación es un acto doblemente terrorista, porque es, al miedo, infundirle el silencio. Ya estamos enfrentando una guerra de armas, como para que tengamos que soportar una batalla de silencios”. 

Orlando Sierra, horas antes de su asesinato.


La investigación del asesinato de Orlando Sierra no habría sido posible sin los esfuerzos de sus propios colegas de la prensa. Después del crimen, siete importantes periódicos y revistas del país (La Patria, El Colombiano, El Tiempo, El Espectador, Cambio y Semana) colaboraron para investigar la muerte del periodista, una investigación que fue publicada simultáneamente por los siete medios y ayudó a establecer el móvil político del mismo. Este esfuerzo común, conocido como el Proyecto Manizales, sirvió de plataforma para que los medios avanzaran conjuntamente en algunas investigaciones que periodistas colombianos realizaban al momento de sufrir hechos de violencia. Así, por ejemplo, el Proyecto Manizales se reactivó para seguir las investigaciones que realizaba el periodista Guillermo Bravo al momento de su asesinato en 2003, así como las investigaciones que provocaron amenazas de muerte contra el editor investigativo de El Diario del Huila, Germán Hernández, en 2007.



Cronología del autor:

1959: Nace en Santa Rosa de Cabal (Risaralda, Colombia), el 21 de septiembre. Hijo de Gilberto Sierra Alzate y Marina Hernández.
1979: Después de un peregrinaje inconcluso por todas las instituciones educativas de Santa Rosa de Cabal, provocado por su excentricidad, logra graduarse de bachiller en el Colegio Cooperativo de la misma ciudad, en la jornada nocturna. 
1978: Publica su primer libro de poesía Hundido Entre La Piel. Manizales: Impresos Cardona.
1985: Publica El Sol Bronceado. Manizales: Casa De Poesía Mejía Mejía, y se gradúa en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas.
1986: Comienza a trabajar como Redactor Cultural en el periódico La Patria de Manizales, hecho que le impulsará a ser más adelante Asistente de Dirección, Director (e) y Subdirector del Diario.
1987-1990: Es profesor de la Universidad de Manizales en las facultades de Preescolar y Comunicación Social y Periodismo, así como director de Extensión Cultural de la Universidad de Caldas.
1991: Obtiene el Segundo Premio de Poesía organizado por la Casa De Poesía Mejía. Es nominado al Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
1992: Publica Celebración De La Nube. Manizales: Casa De Poesía Mejía Mejía.
1993: En marzo conoce a Carlos Fuentes y a Gabriel García Márquez en Cartagena, escritores de su admiración y encuentro que lo animaría a escudriñar en su talento narrativo.
1994: Inicia labores en la columna Punto de Encuentro de La Patria, distinguiéndose desde ese momento por sus temáticas de combate contra la corrupción y “por proponer que en Caldas hubiera mayores espacios de participación política”.
1995: Es becario de la Mansión de Escritores de Europa en Saint Nazaire, Francia, ciudad donde escribió la novela La Estación De Los Sueños. Visita además a París, Roma, Grecia y Venecia.
1996: Es nominado nuevamente al Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Recibe el premio Claqueta de Cristal al mejor programa de opinión en la televisión por su espacio Al aire, emitido por Telecafé.
1998: Recibe el título de Comunicador Social y Periodista de la Universidad Tadeo Lozano. Ese mismo año publica en coautoría el libro de análisis político Democracia, política y paz. Elecciones en el Eje Cafetero.21
2000: Gana una beca promovida por el Ministerio de Cultura y el Fondo Mixto de la Cultura de Caldas, para escribir la novela Para justificar a William Blake.
2002: El 30 de enero a la 1:49 de la tarde, es víctima de un atentado. El primero de febrero a las 8:35 pm muere en el Hospital de Caldas. Ese mismo año el periódico La Patria publica una antología de sus columnas bajo el nombre que las hizo famosas, Punto de encuentro. Deja inéditas las novelas: La copia del muro de Berlín, El club de la corbata roja y La maldición del oráculo. Y el libro de poesía Simulacro del Paraíso.

[EXTRACTO TOMADO DE: ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ 
POESÍA DE LA MUERTE Y MUERTE DE LA POESÍA
POR

ALBEIRO MONTOYA GUIRAL]




ANTOLOGÍA POÉTICA
Orlando Sierra Hernández


De la Revista de Poesía Golpe de Dados


CAPTANDO EL MUNDO 

¿Qué cosa es un pájaro en vuelo,
si no el emplumado
corazón del aire?
¿Qué la luciérnaga en la noche
si no el vivo
girasol de las estrellas?
¿Qué el aroma del limonero,
si no la suave
transpiración de su semilla?
¿Qué el amor – el dulce amor –
si no la madura
cosecha de los sueños?




CONFESIÓN 

Puedo ser de lo peor
simplemente porque soy tan frágil
como una luciérnaga
atrapada en un puño.
Si meto miedo con mis gritos
quizá es que no ha habido para mí
una frase de cariño
en las últimas 24 horas.
El hombre de la calle
a quien armo bronca
porque me ha rozado el hombro en su prisa,
sólo es culpable de no ser mi tierna madre
para ofrecerme el hombro
y recostar en él mi llanto.
Yo reto a duelo a muerte
a quien siento que está feliz
tan solo por soltarle un aguacero en el alma,
por contrariar su risa
y que sea mi par 
– por un segundo –
en la desgracia.
Yo soy un niño terco
metido en ropa de hombre mayor.
Alguien que se da de golpes contra el mundo
por no desnudar sus miedos,
sus carencias.
¡Ah, Dios mío!




LA OBRA BLANCA 

Una casa en obra negra
es inhabitable
o por lo menos es un espacio
para mal vivir.
Igual a ella el corazón
mientras no reciba
la mano piadosa del amor.
Laborioso maestro de obra,
el amor sabe barrer
los escombros de la amargura,
poner por las paredes internas
un verde de esperanza.
El amor,
esa casa grande.





PARA OLVIDARTE 

Voy a emprender una cruzada
contra el gobierno de tu recuerdo
en mi corazón.
Será un sitio asfixiante.
Te haré desfallecer tras ese palpitante
muro rojo.
Aislaré tus rutas.
Ni un suspiro, ni una lágrima
y ni siquiera la más leve sombra de tristeza
recibirán tus fuerzas.
Cubriré tus salidas.
Veré que nunca baje tu puente levadizo.
Incluso mi voluntad será vigía
para impedir que te lances
al río de mi sangre.
No me herirán las piedras
catapultadas de tus ojos,
no caeré de nuevo
en la oscura trampa de tu sexo.
Te depondré, mujer.
Te haré marchar definitivamente
hacia las áridas
tierras del olvido.




De Hundido entre la piel 


ESPEREMOS LA NOCHE

Amada:
deja ya que el reloj remate el día y
que siga su tic-tac la estrategia de
la luna y que duerma el crepúsculo
en mi alcoba, mientras palpo ansiosamente
tu figura.




PORDIOSERO

Alguien grita en la calle
a voz en cuello:
hasta aquí llegó.

Todos ponen cerrojo a sus miradas.

Un cuerpo en el vacío
derrama su nostalgia entre las venas.
Unas manos sostienen la rutina
de implorar.
Y alguien mancha la acera con la tinta
de anónimo dolor.






PERSPECTIVA

A Javier Arias Ramírez

Un día marcharé,
a un sitio sin lugar, a cualquier parte
pidiendo a gritos valor para mi angustia.
Llevaré cuatro lustros de cansancio, un ajado
recuerdo del olvido y quizá tres vocablos
hechos de tierra donde pueda sembrar mi yo
vivido





De El sol bronceado



HOMENAJE A UN MÚSICO

Saliva blanca de boca negra
inflando sonidos que revientan como burbujas
en el aire de una multitud
fanática del Jazz.
Louis Armstrong es el trompeta.
Su música la sienten
los gangsters de la época
-las gentes de la época-
con un aire más familiar
que escuchar el trino de un pájaro en verano.
Un reloj va empujando el tiempo en su carrera
y la boca negra
que se fué con su filtro dorado hasta la gloria
en la época de la depresión
sigue aún con su música prendiendo los salones





VOZ DE SIEMPRE

Ciertamente puede decirse que aún es hoy
aquel lejano día de 1935
en que debes arribar a Medellín
Carlos Gardel.
Quienes añoramos conocer tu voz llena de tangos
y ese sombrero que corona tu cabeza -invariablemente inclinado a la derecha
como una dictadura
-seguimos esperándote
pues aún no eres ausencia
y bien sabemos
“que veinte años no es nada”
para que se afirme que nunca llegarás.
Guayaquil es un barrio ruinoso que siempre te venera.

Hombres hay que llegan a sus bares
con la piedra de la fatalidad pegada al cuello
y al escucharte reconocen que viven,
que tu existes
y que no todo esta perdido.
Aún no eres ausencia Carlos
y es por eso que te esperamos, te seguimos esperando,
muy a pesar de que por ahí se diga
que andas tomando mate con Contursi en el cielo.






SEÑALES DE DIFUNTO

Empezaré por decirles
que no me importa el refugio.
Sé de antemano donde se halla el lugar,
no sabiendo exactamente
el sitio determinado.
Sin embargo (lo más seguro) iré a ojos cerrados.
Reviviré mi antigua
severidad de rostro
(ahora por razones valederas).
No llevaré etiqueta, boletos, mucho menos recados;
tampoco preguntaré
qué se hubo de hipotecar para conseguir la caja
(será incómodo hablar en ese instante),
además ya no tendría palabras.
Al fin soy la figura central en el entierro.





De Celebración de la nube


ANHELO

Sé que hay una edad
en que se empieza a amar sin impaciencias.

No aspiro a ella.

Que nunca deje de levitar mi corazón
ante el rostro,

la fragancia,
el paso garboso de una muchacha.

Ese es mi anhelo.







CARIDAD

En el cuenco de la mano
de la estatua del mendigo
beben los pájaros.





CERTEZA

Ahora que sé
que el aire más puro que respiro
es el que viene de tu aliento
reconozco que te amo.






ASÍ SERÁ

Cuando haya un motín de estrellas
que deje la noche ciega;
cuando pierdan la brújula todos los espejos
y mi lenguaje ya no lo entienda sino Dios,
no hay duda,
es que te habré dejado de amar.





TUS PECHOS EN TIERRA FIRME

Abres tu blusa
Y avanzan tus pechos
Como navíos
En el océano del aire.

Mis manos,
Islotes donde encallan.

Pero luego
Te vienes hasta mi pecho
Y es como si llegaran a puerto,
Como si desembocaran
En tierra firme.

En mi boca
-cuando los abandonas a mis besos-
Se embriagan
Como un marinero en un burdel.




A diez años del asesinato del periodista caldense Orlando Sierra Hernández, subdirector del diario La Patria, de Manizales, y cuando el crimen continúa impune, revelamos una faceta suya hasta ahora desconocida: la de escritor.

El video de la cámara de seguridad registra una fracción del momento: el sicario espera frente a las antiguas instalaciones del diario La Patria, en pleno centro de Manizales, resguardándose, paciente, tras un puesto de dulces. A la 1:55 de la tarde de ese 30 de enero del 2002, Orlando Sierra Hernández –subdirector del diario La Patria, de Manizales, 42 años, nariz aguileña y rostro adusto–, regresa caminando junto a su hija Beatriz, con quien ha salido almorzar al lugar de siempre. Las imágenes de la cámara no muestran al periodista ni a su hija; se ve, por el contrario, al sicario que los observa, el tráfico de esa hora, la gente que camina apurada. Se ve cuando el hombre atraviesa la cebra que separa las dos calles y luego se pierde. El resto hay que reconstruirlo con las voces de los testigos: en la entrada de La Patria el sicario empuja a Beatriz y dispara una vez. Orlando cae. 

En el suelo recibe un impacto más, esta vez en la cabeza, mientras el sicario aprovecha para huir. Hay un barullo grande hasta que logran montarlo en un taxi y enfilan hacia el hospital. Luego de dos días de inútiles esfuerzos por mantenerlo vivo, Orlando muere. Diez años después del asesinato, la sombra de la impunidad aún cobija el caso: los autores materiales fueron sistemáticamente asesinados, los intelectuales continúan sin identificarse y hace apenas un par de meses la fiscal Myriam Doris Castro promulgó una resolución acusatoria contra el principal sospechoso, el político liberal Ferney Tapasco. Más allá de eso, poco. Quizás lo que se publique ahora con motivo del aniversario de su muerte, para aplazar su olvido; el del periodista, claro, pero también el del escritor.

El novelista engavetado

Porque aunque mucho se ha hablado sobre las denuncias que motivaron su asesinato, poco se ha dicho acerca de una faceta conocida sólo por amigos cercanos: la de novelista. En el momento en que el sicario apretó el gatillo, Sierra tenía cinco novelas inéditas (Para justificar a William Blake, El club de la corbata roja, La estación de los sueños, La maldición del oráculo y La copia del muro de Berlín) y tres libros de poemas publicados, uno de ellos de su propio bolsillo.

Ahí, en sus palabras, Orlando dejó regadas pistas para comprenderlo; en novelas autobiográficas como Para justificar a William Blake, donde relata la etapa de su vida que pasó en un burdel, o en La copia del muro de Berlín, en la que cuenta cómo sus padres, agobiados por tantas peleas, decidieron levantar un muro que dividiera su casa en dos. En esas páginas hay miedos, obsesiones, deseos, frustraciones, dolores, redenciones.

Ahí, en esos libros que aún no se publican por disputas de derechos, uno alcanza a dibujar un bosquejo suyo:

“La nostalgia es el perfume más fino. El olor del humo, el de la mierda de vaca y el del orín de las bestias son los aromas de mi infancia. El olor del pasto niñito y de la leche caliente también los tengo presentes. Mis manos rozan un pino y su piel rugosa hace que mis dedos vuelvan a ser chicos, rosáceos, leves. Mis ojos ven un caballo y como un purasangre Canario se viene desde el inconsciente y salta a la memoria, conmigo montado a pelo en su lomo”.

De recuerdos como este están hechas sus dos obras más sentidas: La copia del muro de Berlín y Para justificar a William Blake. Dos textos autobiográficos en los que Orlando se desarma y muestra aspectos de su infancia campesina y pobre; de la compleja relación que mantuvo siempre con su madre, una mujer estricta que lo crió con mano dura; de la parquedad de su padre, el domador de caballos que apenas musitaba palabra; de su trato con las putas, con quienes vivió durante seis meses luego de que lo expulsaran del seminario, adonde había ido a parar no por vocación eclesiástica sino por el simple hecho de querer salir de Santa Rosa (Risaralda) y conocer Bogotá; de su afición por el fútbol y su devoción a la escritura, y, finalmente, de sus críticas a esa Manizales de alta alcurnia que vive de las apariencias. “Manizales era una aldea próxima a las nubes, en donde el verde de las montañas por los cuatro costados hacía que el pensamiento no volara, por lo que cualquier posibilidad de avanzada se estrellaba contra los tupidos bosques en las alturas, o más arriba aún, contra las nieves perpetuas del Nevado del Ruiz”, escribió en El club de la corbata roja.

Aunque probó la ficción con tres obras –El club de la corbata roja, La maldición del oráculo y La estación de los sueños–, sin duda la que mejor logró fue esta última, escrita gracias a una beca que le concedieron para pasar una corta temporada en Saint Nazaire, Francia. Las otras dos son novelas de aprendizaje; pero, como me dijo el escritor Octavio Escobar –uno de los pocos a quien Orlando confiaba sus textos–, Sierra fue siempre un lector juicioso, de esos que entraba a los libros con lupa en mano. “Solía contarme con detalle, por ejemplo, cómo presentaba los personajes André Malraux”. Y a pesar de que La corbata roja fue su novela más querida, apenas se publicaron un par de capítulos en el Papel Salmón, el suplemento literario de La Patria, pocos días después de su muerte.

¿Por qué no se ha publicado el resto? La respuesta parece tenerla su hija Beatriz, quien, dicen, se ha negado a ceder los derechos de publicación a pesar de las repetidas insistencias. La versión de ella es diferente: “Voy a ser muy franca –dice al otro lado de la línea desde Pereira, donde vive–: desde que mataron a mi papá a mí no me gustaron muchas de las cosas que hizo Gloria Luz, su novia. Ella se quedó con el original de El club de la corbata roja, que ya tenía impreso y listo para enviar a una editorial, y cuando se lo pedí me devolvió una copia. Eso no me gustó. Pero yo no tengo nada contra la publicación; al contrario: me encantaría que pasara porque eso fue algo que mi papá siempre quiso. Si alguna editorial se interesa y me llama, yo hablo con ellos, pero tendría que ser sin Gloria Luz, que ella deje de ser intermediaria”.

Una forma silenciosa de gritar

Fue precisamente Gloria Luz Ángel, la novia de Sierra al momento de la muerte, quien me facilitó sus obras. Dos años llevaban juntos luego de que él se divorciara de su primera esposa, Luz Estela Gómez (a quien dedicó La estación de los sueños), y ella completara varios años de viuda. Se habían visto por primera vez por allá en el año 86, cuando Orlando llegó a La Patria y lo mandaron a entrevistar a la directora de la Casa de la Cultura de Manizales y él, con esa altivez que da la juventud, le contestó a su jefe que estaba muy ocupado. “¿Usted sabe a quién le está diciendo que espere? –cuenta Gloria Luz que le dijeron–. ¡A la esposa de uno de los dueños del periódico!

Gloria Luz –de facciones finas y una amabilidad que desarma–, me pasó en formato digital las cinco novelas de Orlando y una amplia colección de sus poemas de los cuales, dice, su favorito es Certeza (Ahora que sé / que el aire más puro que respiro / es el que viene de tu aliento / reconozco que te amo).

Al tiempo que conversaba con sus amigos más cercanos, antiguos compañeros de trabajo y de la vida, comencé a leer con avidez. De entrada, me sorprendieron dos cosas: la prosa fluida, alejada de pretensión alguna, y la terrible ortografía que lo llevaba a cometer errores infantiles. La escritura como necesidad, como algo que va más allá de la tan común pretensión de “verse publicado en letras de molde”, como él mismo escribió en alguna columna, me la confirmó días después Antonio Leyva, poeta y amigo del alma, al calor de una cerveza en un bar de Manizales.“Tenía claro que no escribía para ganar notoriedad social, por eso dejó de publicar. Escribía porque era una forma silenciosa de dar alaridos, de gritar, pero sabía que con eso no se iba a ganar el Premio Nobel”, me dijo con su voz carrasposa.

Varios amigos coinciden en que Orlando fue mejor poeta que narrador y mejor periodista que escritor. Pero siempre, durante toda su vida, buscó refugio en las letras. “Era desesperado por la lectura. Todo lo que tuviera letras era importante para él. Mantenía llenos los bolsillos de papeles con pequeñas lecturas que encontraba en la calle”, recuerda su madre, doña Marina Hernández, en una crónica que publicó La Patria un día después de su entierro.La poesía lo atrapó primero. Muy joven, a los 19 años, publicó Hundido en la piel. Luego vendrían otros dos libros de poemas y más tarde, a finales de los ochenta, se dejó seducir por el periodismo. Poco a poco fue escalando hasta convertirse en subdirector de La Patria y en la voz más respetada de Caldas gracias a su columna Punto de encuentro, que publicó por primera vez el 13 de junio de 1993 y mantuvo durante ocho años, hasta el día que lo mataron. De manera paralela redactó sus novelas, que corregía y revisaba una y otra vez con la pasión de quien sabe que la escritura es una necesidad de vida, como comer o respirar. En esas estaba, precisamente, cuando lo encontró la muerte.

“Quiero ganarme su autógrafo”

Quienes lo conocieron suelen estar de acuerdo en que era un gocetas, que amaba la vida profundamente, que tenía un sentido del humor a prueba de todo, que era dueño de una memoria prodigiosa y que con la misma facilidad con que se enojaba volvía a contentarse. Ya es famosa la anécdota con Gabo en Cartagena que repiten, entre tragos, sus amigos: que lo vio sentado con Carlos Fuentes en la mesa del restaurante donde se encontraba y se le fue por detrás, despacito, hasta que le dijo que quería ganarse su autógrafo. Así le dijo, “ganarse”, y acto seguido empezó a recitar de memoria el primer capítulo de Cien años de soledad. “Eso es fácil –le respondió el Nobel–. A ver el segundo”. Y Orlando arrancó a declamarlo con una seguridad tan pasmosa que García Márquez, sorprendido, le firmó una servilleta de tela.

En la redacción de La Patria (hoy un edificio moderno, lejos del lugar donde le dispararon), su figura continúa rondando como un fantasma. En medio de un escritorio lleno de libros y libretas de apuntes, Fernando Alonso Ramírez, editor del diario, recuerda esa vez que entró a la oficina de Orlando y él, con el brazo en alto y la mano abierta, le hizo un gesto para que se quedara quieto. “Era que estaba escribiendo un verso. Uno podía interrumpirlo en cualquier momento menos cuando estaba escribiendo poesía; se podía estar cayendo el mundo pero si lo sacabas de ahí, te metías en un problema”.

Virgilio López, otro de los periodistas que trabajó con él, sonríe al evocarlo. “Estaba loco: cuando había una cagada muy grande escribía ‘hijueputa’ en un papelito, se le iba a uno por detrás con una grapadora en la mano y… ¡clan!,se la clavaba en el omoplato. Hasta un zapato me tiró una vez”. “Orlando era de una lealtad impresionante con la gente que quería –recordó Antonio Leyva aquella tarde, cerveza en mano–. Yo lloro todos los días, hermano. El ser humano que más he amado en la vida ha sido él. Lo recuerdo con un dolor profundo, sobre todo porque uno, con el tiempo, va cayendo en el olvido. Y eso golpea tan duro...”.

“Lo más triste de todo es que a Orlando lo mataron por decir cosas que todo el mundo sabía, cosas obvias. La prueba es que tanto tiempo después nada ha cambiado demasiado en Caldas”, me contó varios días después Octavio Escobar. Y es cierto: las cosas, hasta ahora, siguen igual.

Contra el olvido

El domingo antes de que lo mataran apareció en el Papel Salmón un poema suyo titulado Invocación a la muerte. Yo sé que te impacientas / Muerte / Con la osadía de los jóvenes / Que su temeridad te excita, dice la primera estrofa.
El último día que estuve en Manizales subí hasta Jardines de la Esperanza, al lado del aeropuerto, para visitar su tumba. No sé por qué lo hice, pero me sorprendió el contraste de su lápida con las demás: mientras casi todas estaban bien cuidadas, con flores a su alrededor y el prado cortado, la suya era apenas un pedazo de cemento hundido en la tierra y rodeado de hierba alta.  

Pensé que esa imagen, tan dura, es solo una metáfora de lo que hoy pasa, y no sólo con Orlando, por supuesto: que tenemos una memoria deleznable, que olvidamos con la misma facilidad con que se pasa una página y que es natural que lo hagamos, sí, porque debemos seguir adelante y no podemos cargar el pasado como si fuera una roca en nuestra espalda. Por eso, mientras miraba la lápida así, tan descuidada, volví a preguntarme si su sacrificio ha valido la pena; si, como me dijo un amigo suyo, no hubiera sido mejor que Orlando estuviera aquí, siendo más amigo de sus amigos o puliendo una y otra vez un verso. Si vale la pena morir por una causa cuando tanto tiempo después aún no hay justicia y en este país amnésico todavía seguimos solucionando los problemas a punta de balas.

Hoy parece que el único recuerdo que queda de Orlando son sus obras, que todavía continúan en la sombra. Y, mientras eso suceda, seguirá condenado al olvido.

(Revista Cromos)




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