martes, 9 de septiembre de 2014

MAURICIO CAPELLI [13.245]


Mauricio Capelli

Cali, Colombia
1976

Poeta y cronista.  Se desempeña como gestor cultural y periodista. Está vinculado a proyectos de cultura ciudadana y patrimonio histórico. Dirige el programa de lectoescritura Ciudad de palabras. Ha escrito los poemarios Todo el amor para la luna de Perkins (2005) y Las formas del silencio (2011).



Los locos 

Los locos son los felices presidentes
de las verdes repúblicas de los parques

Los locos madrugan a bañarse con nubes en las fuentes
y a murmurarles nuevos nombres a todo lo que miran

Los locos se embriagan de cielo cuando quieren
y andan por ahí exentos de impuestos
por los universos que habitan

Los locos no tienen complejos, no sufren de celulitis
y siempre están en forma de tanto huir de la miseria

Los locos no contestan el celular porque no tienen
y si les preguntan por sus nombres es inútil
pues los olvidaron a propósito

Los locos son mitad dioses
porque cuando Dios los creo estaba loco

Los locos se enojan y tiran piedras
porque la gente les tira piedras con la mirada
y aunque que insistan
los locos no comprenden la palabra hijueputa

Los locos son como niños de otro tiempo
que saben que los pájaros, los atardeceres y las frutas
son generosos actos de amistad

¡Y claro!, los locos escuchan y escriben poemas

Los locos son poesía.




En el suburbio de mi alma

La quiero
y la detesto

amo por igual a sus putas
y a sus asesinos

la abandono como a un muerto
y la imagino distinta

soy un niño feliz
que salta en el parque de su cara
y otro que vomita
en su vientre de miseria

dispongo con sadismo de su cuerpo
en estado de coma,
pero es ella quien aprieta mi mano
cuando digo cada noche
mi última palabra

es la ciudad

esta cueva de verdades y miedos
que también soy y no he sido

este tumulto de pesadillas
donde sueño siempre despertar.





La capital de los hijos grises

Despierto

En la página cristal de la ventana
sube el sol iluminando la capital de los ausentes

Entre sus criaturas, el barrendero y la prostituta
caminan acentuando con huellas de luz
las primeras palabras del día.
Con ellos las sombras salen de sus madrigueras
y suben a los buses recostando sus rostros en las ventanillas
mientras la rutina crece como escarcha en sus miradas

Maternal, florecida de entusiasmo,
la vendedora de tintos bendice a los
transeúntes
y canta un bolero al ritmo de las
cadenas que se arrastran
como serpientes detrás de los pasos

Así la ciudad se hincha y se atraganta de hombres

Sé que ahí, en el cuarto oscuro de la alcantarilla,
un niño de ojos nube sueña su primer juguete
o al menos una caricia que le enseñe que la piel
sirve más que para acumular su propia sombra

Él, como yo, quisiera cambiar todas sus monedas
por alguna respuesta, pero una mano de acero
sabe taparnos la boca al mismo tiempo

Lo que puede decirse sobre la esperanza
es esto que el perrito sarnoso intenta cifrar
lamiéndome la mano,
y conversamos y lo acompaño al parque,
donde la brisa barre las plumas
de quienes alzaron el vuelo con un libro bajo el brazo
en esta repetida tarde rayada de edificios

Comprendo, entonces,
que en cuestión de sueños
nosotros mismos hemos sido una
jaula
de odios e indiferencias.

Por eso enferma, delirante,
la ciudad transpira y transpira hombres y revuelca
sus calles
y aprieta sus puños deseando
que pronto llegue la noche,
para desnudarse ante la luna y preguntarle
por qué es ella un sólo laberinto.

Y grita y aguanta, como si a cada segundo
un muerto le saliera del vientre,
y le sale,
y suelta sus páginas tristes que bailan con el viento
y se entera que en los espejos hay una
angustia que la aguarda
porque somos nosotros, sus bastardos hijos grises,
quienes tenemos los rostros de asfalto y de ceniza.

Por eso escúchate, amigo mío

Esto que nuestro corazón llora
es también lo que la ciudad nos grita.




HEREDERAS DE LA NOCHE

sube la mañana 
doblándose como una hoja
bajo el duro sol que las señala

una niña apuñaleada en el hombro
pasa ofreciendo chiclets
y se sienta en el pupitre de sus sueños 
a atender las lecciones de la vida, ahí
en la escuelita del andén

otra se desenrolla de la noche 
y exhuma, 
                uno por uno, 
los cuerpos que fueron suyos
y con las reservas que le deja 
                                             el asco 
se bebe un tinto, tan agrio como 
su infancia,
mientras con sopor 
escurren renovados odios su vagina

ambas esconden 
un billetico de mil 
entre los senos.




DEBAJO DEL AGUA HAY UN ÁRBOL

no tiene ramas
no tiene frutos

sus raíces no pueden verse
ni su tronco abrazarse

no lo sueñes
no lo busques

deja que sus hojas 
terminen de secarse

deja que la arena 
cubra el cuerpo de su sombra

ignora su antiguo aroma
y olvida la alegría
del hombre que habitó

no lo sueñes
no lo busques

sin embargo
debajo del agua hay un árbol.





Un leve aleteo

He venido al silencio para sacarme el ruido
y hacerme con recuerdos una casa,
un cuerpo de niño

asomado por mis ojos
me fui aclarando,
danzando en una mano del sueño,
entre pájaros y un patio inmenso
y orillas de un bosque que abrazaba toda la tierra
temblorosa en el vuelo suspendido de una flor
pronunciada por el viento

con una mariposa en la garganta
me dejé de oír el cuerpo.





El leñador

Cruje el leñador en su sombra
ante la tierra que despierta
ha alcanzado su noche finalmente
en el espacio de bosque sin bosque de su alma,
cuando el horizonte es tan claro de sed
en el espejo roto del desierto
allá va el leñador solitario
sin un guardián, sin la caída de una flor,
sin el estruendo universal de una cigarra
sin su puerta de madera al paraíso
ya va hacia el tronco caído de su hueso
con su alma sin filo aplastada de intemperie,
y los pájaros cantan devolviendo su
música y su luz
porque ninguna melodía fue tan inmortal
como la infancia
 y algo de lo que fue reverdece
en su eternidad tan dentro,
viajando en sombras de hojas que lo amparan
al fin despierto
el leñador sube por el árbol.




Mi casa           

1

Soy mi casa,
su mancha de humedad en la pared y
el pájaro que canta en la sala y
            ya no escucho,
soy el armario vacío,
las sombras de las matas del patio
que se fue
y estas ventanas que pueden ver
            mi transparencia
y las monedas en el piso
y el barco anclado del lavadero,
soy esta puntilla solitaria en el muro,
y la música de mis pasos que se arrojan
           otra vez
                        por la escalera,
soy la carta de amor de la empleada del servicio,
mi frisby en el techo
y el agua de mi sombra en el sonido de la tarde
sumergida,
soy la foto familiar bajo el vidrio
y los balazos del gorgojo
en mi infancia de madera hacia los años,
soy mi padre,
la puerta azotada al mediodía.


2

No sé a dónde van
las puertas de mi casa,
a quién buscan
si aún soy ese hombre de pie
en las esquinas
desciende el agua de la tarde
y puedo ver con mi voz lo que dicen
y no sé quién está escuchándome
el silencio,
ni qué voces me rescatan.
no sé qué manos recogen del viento
la arena de mi sombra.









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