viernes, 12 de septiembre de 2014

JUAN CRISÓSTOMO LAFINUR [13.299]


Juan Crisóstomo Lafinur

Juan Crisóstomo Lafinur (La Carolina (San Luis), Virreinato del Río de la Plata, 1797 - Santiago de Chile, 1824) fue un poeta, filósofo y educador argentino. Fue tío bisabuelo de Jorge Luis Borges.

Nació en La Carolina, San Luis. Fue hijo del Luis Lafinur, de nacionalidad española y de Bibiana Pinedo de Montenegro, nacida en Córdoba del Tucumán, quienes se radicaron en esa localidad puntana para dedicarse a la minería. Años más tarde, como consecuencia de las invasiones inglesas a la Argentina, la familia se radicó en Córdoba.

Una vez en Córdoba, la familia lo anotó en el Colegio de Monserrat y posteriormente se inscribió en la Universidad de esa ciudad. Lafinur obtuvo diplomas de bachiller, licenciado y maestro de artes. Pero fue expulsado de la Universidad en 1814 por su mal carácter y por su oposición a la política de la Logia Lautaro. Logró cursar tres grados: bachiller, licenciado y maestro de Artes (filosofía) y le quedaron pendientes los cursos de Teología.

Se trasladó a Tucumán, donde se incorporó al Ejército del Norte, y estudió para oficial artillero en la Academia de Matemáticas fundada por el general Belgrano. Permaneció hasta 1818, año en que solicitó el retiro

Según Alejandro Korn:

A esta escuela castrense atribuía agradecido su desarrollo intelectual y allí cobró intenso afecto al hombre cuya memoria anima sus cantos mejor sentidos. ¿Pero, dónde este joven de pocos años, formado en el medio arribeño, había adquirido sus ideas filosóficas? Probablemente fue su maestro aquel extraño aventurero, el titulado General Dauxion Lavaysse, agregado al Ejército del Norte y encargado de la academia militar.

Una vez que abandono su carrera militar se trasladó Buenos Aires y se anotó en la Sociedad para el fomento del Buen Gusto en el Teatro, creada con el apoyo de Pueyrredón.1 Allí escribió música como acompañamiento del actor Morente en sus actuaciones en el teatro y en ese mismo lugar entablo relación con Camilo Henriquez en El Censor y en El Curioso y con Pedro Feliciano de Cavia en El Americano. Predicó siempre a favor de la democracia del país.

Narra Alejandro Korn que en el colegio de la Unión del Sur, que vino a reemplazar al extinguido colegio de San Carlos, Pueyrredón, a quien honra esta iniciativa, lo confió a la dirección del doctor Achega, sacerdote de estrecho criterio dogmático y al mismo tiempo, por primera vez en la historia de nuestra enseñanza, encomendó la cátedra de filosofía a un joven laico, que carecía de todo título universitario, a Crisóstomo Lafinur.

Por primera vez, ese curso no se dictó en latín ni fue de orientación religiosa, y su profesor iba vestido de calle, no con la toga universitaria. Sus ideas y métodos mezclaban elementos de escolasticismo, especialmente en cuanto a lógica y metafísica, y de ideología iluminista.

Resumiendo los cursos que dictaba, escribió su "Curso filosófico". Ante la oposición de los sectores clericales, contestó con el discurso titulado "Las ciencias no han corrompido las costumbres ni empeorado al hombre", que fue publicado en la prensa. Igualmente, debió renunciar.

En 1820 se instaló en Mendoza, donde dictó clases de filosofía, elocuencia, francés, economía, literatura y música en el Colegio de la Trinidad. También dirigió el periódico oficialista. Pero sus luchas por la reforma de la enseñanza y su alianza con los unitarios lo llevaron a un enfrentamiento con el Cabildo mendocino, que en 1822 lo exoneró.

Se trasladó a Santiago de Chile, donde estudió derecho civil en la Universidad y abrió un estudio de abogado; también escribió en varios periódicos y publicó algunas poesías de carácter histórico.

Murió en Santiago de Chile en agosto de 1824, debido a las heridas recibidas en una caída de su caballo; tenía sólo 26 años.

"El poeta romántico de nuestra época clásica" —lo llamó don Juan María Gutiérrez— ya que Lafinur, además de sus poemas civiles, patrióticos, escribió poesía amatoria. El valor de Lafinur está en su obra de profesor, suscitador de inquietudes filosóficas, animador de rebeldes grupos juveniles. Era, evidentemente, un temperamento revolucionario.




EL FANATISMO

¿Cuál es ese montruo fiero
que ha desvastado la tierra,
declarando al justo guerra,
y enlazando al embustero?
¿Quién el que al hombre sincero
le calumnia de ateísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es la causa fatal
de la falta de instrucción,
de haber tanto motilón
y de propagarse el mal?
¿Quién el de que un animal
nos elogie el servilismo?
El fanatismo.

¿Cuál es el que a los tiranos
protege en sus agresiones,
y fomenta disensiones
entre amigos y entre hermanos?
¿Quién el que a los ciudadanos
les extingue el patriotismo?
El fanatismo.

¿Cuál, el que a la libertad
la mira siempre con ceño,
y en destruirla hizo empeño
con una falsa piedad?
¿Quién hizo que iniquidad
sustituyese al civismo?
El fanatismo.

¿Cuál ha sido el instrumento
para oprimir al virtuoso
y para que el poderoso 
le cause al débil tormento?
¿Quién formó tanto convento,
escuela de barbarismo?
El fanatismo.



A la muerte del General Don Manuel Belgrano
Canto elegíaco


[Nota preliminar: edición digital a partir de Juan W. Grez, El Dr. Juan Crisóstomo Lafinur. Estudio biográfico y recopilación de sus poesías, Buenos Aires, 1907, y cotejada con la edición de Poesía de la Independencia, ed. de Emilio Carilla, Caracas, Ayacucho, 1979, pp. 222-224, cuya consulta recomendamos.]


¿Por qué tiembla el sepulcro, y desquiciadas
sus sempiternas losas de repente,
al pálido brillar de las antorchas
los justos y la tierra se conmueven?
El luto se derrama por el suelo,
al ángel entregado de la muerte,
que a la virtud persigue: ella medrosa
al túmulo volóse para siempre,
que el campeón ya no muestra el rostro altivo
fatal a los tiranos, ni la hueste  
repite de la Patria el sacro nombre,
decreto de victoria tantas veces.

    Hoy, enlutado su pendón, y al eco
del clarín angustiado, el paso tiende
y lo embarga el dolor: ¡dolor terrible  
que el llanto asoma so la faz del héroe!
Y el lamento responde pavoroso:
«Murió Belgrano» ¡oh Dios! ¡así sucede
la tumba al carro, el ay doliente al viva,
la pálida azucena a los laureles!  
¡Hoja efímera cae! ¡tal resiste
al Noto embravecido y sus vaivenes!
Campeón ilustre, atleta esclarecido,
la mano que te roba, hollar las leyes
que el corazón conoce; el jaspe eterno
tu nombre mostrará a los descendientes
de la generación que te lamenta.
La patria desolada el cuello tiende
al puñal parricida que la amaga
en anárquico horror; la ambición prende,  
en los ánimos grandes, y la copa
da la venganza al miedo diligente.

Aun de Temis el ínclito santuario
profanado y sin brillo; el inocente,
el inocente pueblo, ilustre un día,
a la angustia entregado; el combatiente
sus heridas inútiles llorando
escapa al tambor; el país se enciende
en guerra asoladora, que lo ayerma;
asoma la miseria, pues que cede
la espiga al pie feroz que la quebranta.

¿Y ora faltas, Belgrano?... Así la muerte,
y el crimen, y el destino de consuno,
deshacen la obra santa, que torrentes
vale de sangre, y siglos mil de gloria,
¡y diez años de afán!... ¡Todo lo pierde!
Tu celo, tu virtud, tu arte, tu genio,
tu nombre, en fin, que todo lo comprende,
flores fueron un día; marchitólas
la nieve del sepulcro. Así os lamente
la legión que a la gloria condujiste;
con tu ejemplo inmortal probó el deleite,
la magia del honor, y con destreza
amar la hicisteis el tesón perenne,
el hambre angustiadora, el frío agudo
Suspende ¡oh musa! y al dolor concede
una mísera tregua. Yo lo he visto
al soldado acorrer que desfallece,
y abrazarlo, cubrirlo y consolarlo.

Ora Rayo de Marte se desprende,
y al combate amenaza, y triunfa, y luego
¿Qué más hacer?... El desairar la suerte...
Y ser grande por sí; ésta no es gloria
del común de los héroes, él la ofrece
en pro de los rendidos, que perdona.
 
Ora al genio se presta, y lo engrandece;
corre la juventud, y a la Natura
espía en sus arcanos, la sorprende,
y en sus almas revienta de antemano
el germen de las glorias. ¡Oh!, ¿quién puede
describir su piedad inmaculada,
su corazón de fuego, su ferviente
anhelo por el bien? ¡Sólo a ti es dado,
historia de los hombres; a ti, que eres
la maestra de los tiempos! La arca de oro
de los hechos ilustres de mi héroe
en ti se deposita: recogedla
y al mundo dadla en signos indelebles.

Y vos, sombras preciosas de Balcarce
de Olivera, Colet, Martínez, Vélez,  
ved vuestro general, ya es con vosotros:
abridle el templo, que os mostró valiente.
¡Tucumán! ¡Salta! pueblos generosos
al héroe del febrero y del setiembre
alzad el postrer himno; mas vosotras,
vírgenes tiernas, que otra vez sus sienes
coronasteis de flores, id a la urna,
y deponed con ansia reverente
el apenado lirio, émulo hacedlo
de los mármoles, bronces y cipreses.













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