lunes, 15 de septiembre de 2014

ELIAHU TOKER [13.328]


Eliahu Toker

Eliahu Toker (Z'L) (Buenos Aires, diciembre de 1934 - Buenos Aires, 3 de noviembre de 2010) fue un escritor argentino nacido en el barrio de Once, Buenos Aires, Argentina.

Eliahu Toker nació en el seno de una familia judía del barrio del Once, en donde se hablaba ídish. En 1954 se recibe de docente hebreo en el Seminario de Maestros Hebreos y en 1962 obtiene el título de arquitecto en la Universidad de Buenos Aires, profesión que ejerce hasta 1982, cuando la abandona para dedicarse totalmente a la literatura.

Toker tradujo una gran cantidad de obras escritas en ídish al castellano de muy diversos autores, Jacob Glatstein, Halpern Leivik y Abraham Sutzkever, entre otros.

Toker es autor de recopilaciones de textos de Alberto Gerchunoff, César Tiempo y Carlos Grünberg.

Toker participó de dos documentales como entrevistado: Un pogrom en Buenos Aires (2007), en dónde se relata el pogrom que se sucedió dentro de los sucesos de la Semana Trágica de 1919, y Jevel Katz y sus paisanos (2005), donde se relata la vida y obra del comediante Jevel Katz.

Autodefinido como simpatizante de izquierdas, Eliahu Toker condenó públicamente el brote antisemita del año 2009 que se dio en Buenos Aires, liderado por el dirigente socialista Juan Carlos Beica y el dirigente kirchnerista Luis D'Elía.

Obra

Poemarios

-Estado Civil: Abuelos (Poemas con nuestros nietos), Grupo Editor Latinoamericano, Bs. As, 2009
-Las manos del silencio (poemas 1997-2003), Edición limitada de 30 ejemplares firmados; 26 poemas de E. T. y 2 grabados originales de Mirta Kupferminc, impreso por César Paluí, Bs. As. 2003.
-Iluminaciones judías / Jewish Highlights. Libro de arte, edición bilingüe castellano-inglés, textos de E. T., imágenes de Mirta Kupferminc, Bs. As. 2002.
-La ferocidad de los jazmines (poemas 1997-2001) / Versos de un ciclista judío (antología poética 1957-1997) 46 + 44 poemas de E. T., Editorial Dunken, Bs.As., 2001, 128 pp. 
-Padretierra (poemas 1988-1997). 46 poemas de E. T., Editorial Vinciguerra, Bs. As., 1997, 70 pp.
-Saga judía (1973).Poema de E. T., dibujos de Ester Gurevich. Desplegable de 39 x 57 cm, Ediciones Arte y Papel, Bs. As., 1990.
-Papá, mamá y otras ciudades (poemas 1980-1988). 66 poemas de E. T. con dibujos de Ester Gurevich. Editorial Contexto, Bs. As., 1988. 
-La caja del amor (antología poética). 11 poemas eróticos de E. T. con dibujos de Ester Gurevich; presentación de Santiago Kovadloff, Ediciones Arte y Papel, Bs. As., 1986. Editado con el auspicio del Fondo Nacional de las Artes.
-Homenaje a Abraxas (poemas 1974-1980). 58 poemas de E. T. con dibujos de Ester Gurevich. Editó Nueva Presencia, Bs. As., 1980.
-Lejaim (poemas 1972-1974). 34 poemas de E. T. con dibujos de Beatriz Berman, Ediciones de la Flor, Bs. As., 1974.
-Piedra de par en par (poemas 1957-1972) . 32 poemas de E. T. con dibujos de Helena Lipszyc. Trenti Rocamora editor, Bs. As., 1972.



La palabra en primera persona: 
Acerca de lo judío argentino en mi poesía

Por Eliahu Toker 

Provocado por quienes observan mi poesía a través de una lente crítica y se preguntan sobre las fuentes del río subterráneo que, dicen, recorre la mayor parte de mis poemas levantando un mundo de vivencias judías, tanto más fuertes cuanto menos manifiestas, quiero detenerme en las raíces que, creo, amamantan mi palabra y mis preocupaciones, alimentando esa correntada subterránea:

La primera, la lengua ídish.  Pese a haber nacido en Buenos Aires, el ídish fue mi primera lengua familiar, la lengua materna que impregnó mis más recónditas vivencias infantiles quedando, a su vez, impregnada por ellas. Pero el ídish no fue sólo el idioma de mi infancia; en mi adolescencia, cuando yo ya estaba totalmente instalado en la lengua española, el descubrimiento de la moderna poesía ídish fue uno de mis primeros lazos con la poesía, y traducirla al castellano fue uno de los primeros desafíos que me propuso la tarea literaria.

La segunda, la Biblia hebrea. Mi adolescencia fue la época de los grandes deslumbramientos poéticos. Estudiando por entonces en el "Seminario para Maestros Hebreos" descubrí las voces de los grandes profetas --Isaías, Amós, Ezequiel, Miqueas--  que al igual que otros textos bíblicos  --Génesis, Job, Cantar de los Cantares--  leídos y gozados en hebreo, constituyeron --constituyen-- una honda lección de poesía, compromiso y síntesis expresiva.

La tercera, mi preocupación por el origen, el pasado y la memoria.  Tal vez como reacción a la proclividad argentina  y judeo-argentina a negar y olvidar el propio pasado, afloraron a mi poesía mis padres y sus ámbitos familiares de Europa Oriental.

Finalmente no cesa de provocarme ese extraño lugar nuestro como judíos y argentinos, inquietos y forcejeando con estas partes que nos constituyen; viviendo y observando los encuentros y desencuentros que entre esas partes se dan en mi generación y en mí. 

Ser un escritor judeo-argentino, más allá de lo que testimonie mi poesía, es un compromiso y una militancia que comencé a ejercer bastante antes de darme cuenta de que estaba haciéndolo.  Comenzó en mí como traductor y antólogo de poesía ídish, de textos bíblicos, talmúdicos y folclóricos, de relatos judíos, etcétera. Más tarde cobró cuerpo en actividades teóricas y prácticas, investigando un conjunto de autores argentinos comprometidos con su condición judía, colaborando en la investigación de hechos y procesos singulares de la historia de esta comunidad.

Resumiendo, ser un escritor judeo-argentino implica, para mí, el desafío de descubrir y expresar lo judío de la condición argentina y lo argentino de la condición judía, todo a través de una lente poética. Y además incluir, lo que no es menos importante ni más sencillo, el lugar que ocupa Israel en el propio mundo y en el propio pensamiento. Tarea para toda una vida.





Saga judía

—Papá, ¿en qué difiere esta noche de todas las noches, 
que, con manos tendidas como si nos protegiera, 
bendice mamá sobre nuestra mesa 
los ojos encendidos de un par de velas 
coloca en el centro una gran copa de vino, 
reparte pan ázimo con brazo conmovido 
y la casa entera está de fiesta?

—Quiero que sepas, hijo, 
que hasta el día de ayer, hace cuarenta siglos, 
fuimos esclavos; 
nosotros, tu madre, tu hermana, tú y yo, 
tal vez bajo otros nombres, detrás de otros rostros, 
pero nosotros mismos 
fuimos hasta ayer esclavos en Egipto. 
Y hoy llegó la hora en que decidimos erguirnos 
a tomar la libertad. 
Y en estas luminarias que arden sobre nuestra mesa 
bendice tu madre el fuego interior que puede con la fuerza. 
Y nos sirve pan sin levadura, amasado en la urgencia 
por dejar la abundancia del país de los esclavos 
a cambio del desierto fértil de ser nosotros mismos. 
Y lo hace conmovida porque somos 
la última generación que probó la esclavitud 
y la primera que entrevé la libertad. 
Y aquel copón de vino 
espera al profeta que vive en cada uno 
y ha de liberarnos, 
a nosotros y a todos los hombres del mundo, 
de la sumisión, la miseria, el odio y la locura; 
que ha de liberarnos por nuestras propias manos 
cuando lo querramos de veras, 
aunque sea hoy mismo.

—Ayer... Hace cuarenta siglos... 
Papá, qué tiene eso que ver hoy y aquí conmigo? 
¿Y en qué me diferencio yo de mis amigos 
que celebro historias que ellos desconocen, 
y cuando termino mis horas de clase 
aprendo geografía de un país lejano, 
qué sucedió y sucede con un pueblo abstracto 
 y estudio una lengua que no habla la calle?

—Quiero que te conozcas a ti mismo, hijo. 
Que conozcas la profunda raíz que amamanta tu sangre. 
Quiero enriquecerte con tu propio pasado, 
contarte tu propia historia, 
una historia en la cual, de muchos modos, 
repetimos el gesto de liberarnos.

—Papá, ¿qué significa ser judío?

—Los que nacen en Francia son, sin vuelta, franceses. 
Los que nacen en Italia  
tampoco se preguntan por qué son italianos, 
y los israelíes son israelíes simplemente. 
Pero la condición judía no va sobreentendida 
ni figura anotada en los papeles. 
No se nace judío de improviso, 
no es un parto simple, 
tinieblas por un lado, una puerta que se cruza,
luz sobre el rostro de pronto. 
Se va naciendo de a poco, 
descubriendo lentamente dentro 
siglos de dolor y alegría y pugna reprimidos, 
milenios de grandeza y poesía 
y pueblo y amor y fe en el hombre 
y entereza y caídas y vuelta a empezar 
como judío, 
no como una sombra nacida casualmente  
en un rincón cualquiera de la tierra. 
Somos parte de un pueblo inquieto, en movimiento, 
disperso entre las fronteras de cinco continentes 
desde hace muchos siglos 
como tanto pueblo evaporado 
al perder su memoria colectiva. 
Pero, extrañamente, por encima de montañas y océanos, 
en dos milenios de exilio, 
siempre hubo judíos 
que mantuvieron despiertas sus raíces 
y no entregaron sus entrañas al olvido. 
Pensando en distintos idiomas 
y andando diferentes destinos 
seguíamos siendo un solo pueblo 
habitante de un territorio metafísico, 
con una Jerusalén plantada más allá de los caminos. 
Cada festividad era una carga de nostalgia 
que crecía de padres a hijos 
implicándolos personalmente en la larga memoria 
del pueblo judío. 
Dentro de cada cual volvía Abraham
a despedazar una y otra vez los ídolos 
y cada cual de nuevo optaba 
por el difícil pan de la autenticidad 
como volviendo a salir de Egipto, 
dejando atrás la olla fácil de ser como el vecino. 
Por eso es necesario que conozcas tu historia, 
para que puedas elegir ser vos mismo.

—Yo no quiero, papá, vivir desarraigado y dividido, 
condenado a ser distinto...

—En definitiva la opción ha de ser tuya,
pero ¿es que tengo derecho acaso, hijo, 
a ocultar los espejos 
para que no te descubras a ti mismo? 
¿A escamotearte la historia de tu origen? 
¿Y es acaso la ignorancia garantía de entereza?
Más que dividirte yo te multiplico; 
te doy a conocer lo que de todas maneras llevas dentro, 
algo, que si no aprendieses a usarlo vitalmente,  
podría, entonces sí, pudrirse; 
el amor volverse encono, 
una maldición de la que nunca puedas desprenderte, hijo. 
No, yo no tengo todas las respuestas en la mano 
pero para saber quién soy 
no necesito preguntárselo a nadie, 
y nunca me perdonaría burlarte, no decírtelo.

—Pero ¿por qué un Israel en el futuro 
para vivir nuestra vida?
 ¿No querés a este país acaso?

—Es algo que tendrían que explicarte mis entrañas. 
Aquí soy un judío que suspìra por su tierra 
y en Israel voy a volverme  
un argentino enfermo de nostalgia 
pendiente de lo que suceda en Buenos Aires. 
Argentina e Israel son dos amores entre los que me debato. 
Claro que hay mucho por hacer aquí, como argentino, 
y están el idioma, las calles, la gente, los amigos, 
pero hay un Israel viviente que me llama 
y una Jerusalén  con la que tengo 
fijada una cita desde hace siglos...




Los dueños de las dudas

En la vereda de enfrente  
están los dueños de la verdad escriturada, 
los propietarios de la seguridad 
del ignorante;
de este lado estamos nosotros,
los dueños de las dudas
sentados a una larga mesa en llamas.

Somos
los que sabemos que no sabemos. 
Los que sabemos que no es luz esta claridad, 
que este permiso no es la libertad,
que este mendrugo no es le pan
y que no existen una sola realidad
ni una única verdad.

Somos
los hijos de los profetas
pero también hijos de aquellos
a quienes los profetas maldecían;
somos
los que desafinan en los coros de los istas.

Somos
los que confían en la marcha de la historia
sin darla por sobreentendida. 
Escépticos y optimistas,
compartimos el pan de la duda, 
sentados a una larga mesa en carne viva.






Homenaje a Abraxas

Y Abraxas resultaba ser la divinidad encargada de la función simbólica de reunir en sí lo angélico y lo demoníaco. 
—Herman Hesse, Demián



Exagero
como las pesadillas y los cuentos 
para no mentir ni que me crean.

Soy la doble imagen del espejo, 
judaísmo diestro: mano sonrisa y sueño; 
judaísmo siniestro: ojo, cerebro y culpa.

Uno me ata a la vida, el otro a la palabra yerta; 
uno me nutre, el otro me atormenta;
uno me enorgullece, el otro me avergüenza; 
uno me rejuvenece, el otro me avejenta.

Soy simultáneamente la gran ciudad y la pequeña aldea; 
el vuelo loco y la piedra; 
la superstición, la sutileza, la aristocracia y la miseria.

Como las pesadillas y los cuentos 
exagero 
para no mentir ni que me crean.







Homenaje a la condición judía

Mi hijo es yo de ninguna manera 
tal como yo soy mi padre y precisamente 
su cara opuesta; 
un mismo médano diferente 
modelado por tormentas.

Por no decepcionar mi historia 
armo meticulosamente la trampa consabida 
y bajo protesto coloco la mano dentro 
hastiado de mi condición judía.

Espejado de mitos que se intertragedian, 
mi pueblo es un poliedro introvertido 
con vidrios convexos que alejan las puertas 
y el tic de repetir la fatalidad del sino.

Pero mi hijo es yo de ninguna manera
tal como yo soy mi padre y precisamente 
su cara opuesta; 
un mismo diferente médano místico 
modelado por tormentas.




Fragmentos de Padretierra (1998)

a.

No recibí de mis abuelos escudos nobiliarios 
ni panoplias con espadas y puñales.

Uno me dejó su transitado Pentateuco, 
una torrecita jerosolimitana de madera de olivo
y las evaporadas callecitas de Varsovia. 
Del  otro heredé sus gastadas filacterias, 
su amarillento manto de oraciones 
y los congelados pantanos de Ucrania.

Ni cohén ni levita, israel apenas, 
sigo andando los lodazales del Pripet 
y los desolados parques de Varsovia, 
por las calles de mi lejana Buenos Aires.

b. 

Diez años antes de derrumbarse el mundo 
estalló el corazón transido de mi abuelo.

Tenía 56 años al tenderse al lado de su padre 
en el cementerio judío de Varsovia /para atravesar la hecatombe 
a bordo de ese gueto uncido al gueto.

Ahora que tengo su edad 
deambulo a menudo por su casa en sueños, 
bailando lentamente con mi madre 
como en aquella vieja foto 
baila con ella todavía 
ese empecinado soñador, mi abuelo. 

(1991)

c.

“Era un sastre que componía lo viejo
y no echaba a perder lo nuevo”


Mi padre era un sastre
de puntada pareja y obsesiva. 
Con el filo de su tiza trazaba 
líneas geométricas sobre la tela, 
las seguía con la tijera pulcramente 
y las cosía luego con delicadeza.

Poeta de medida y remendón a veces, 
también yo mido cuidadosamente los vocablos, 
tomo textos viejos, los traduzco a mi aliento 
y zurzo los versos uno a uno.

Yo soy el largo pasado de mi padre 
y él es mi futuro.





Buenos Aires de los años setenta

Los campos de concentración andaban por las calles. 
Se habían desatado y vestidos de civil, 
repartiendo muerte 
a manos llenas, andaban en falcon por las calles.

Berlín de los años treinta. 
Varsovia de los años cuarenta. 
Buenos Aires de los años setenta. 
No resultan comparables, claro. 
Allí los cristales judíos estallaban espontáneamente 
y las barbas se arrancaban de los rostros judíos 
por sí mismas 
y los muros crecían solos 
encerrando a 
sospechosos de judaísmo y demás perversiones en 
inmensos corrales urbanos mientras 
alambradas de púa brotaban por sí solas de la 
tierra concentrando a los 
infrahumanos judíos y 
a los infrahumanos gitanos y a 
los infrahumanos políticos mientras 
el silencio aullaba en silencio por los barrios 
arios, polacos, cristianos. Dios 
es justo. Job debe de ser 
culpable. Algo habrán hecho estos 
judíos, gitanos, políticos. Se la habrán 
buscado. Además la guerra es 
guerra y mientras yo conserve sano mi 
culo, que cada cual cuide del suyo.

Buenos Aires de los años setenta. Los campos 
de concentración andaban por las calles en falcon 
evaporando infrahumanos de sus 
casas. La ceguera crecía por las calles. La sordera 
crecía por las calles. La mudez crecía 
por las calles. Las dos manos sobre los propios 
testículos, nadie quería saber nada de nada. 
Job debe de ser culpable y el no oír ni 
ver ni pensar ni saber ni hablar garantiza 
los propios testículos contra la electricidad. 
Un silencio viscoso gritaba desde las 
entrelíneas de los diarios, silbaba en 
las radios, en los oídos, en los estómagos. Nuestro 
silencio. 
Aprendimos a caminar con los ojos cerrados. La 
fórmula salvadora era no ver o, por 
lo menos, no ver en voz alta.

La inquisición es sabia y a ella no se le escapa nada. 
Los subversivos son infrahumanos, el demonio mismo, 
y no merecen juez ni juicio. Además 
el demonio es contagioso: 
sus hijos, amigos y conocidos son también infrahumanos, 
hijos amigos y conocidos del demonio. 
Y también los artistas son infrahumanos y demoníacos. 
Y los psicólogos y los sociólogos y los socialistas, infra- 
humanos y demoníacos,  no merecedores de juez ni juicio. 
Y los judíos son, por supuesto, aún más infrahumanos
y demoníacos. Y los artistas judíos, sociólogos, psicólogos y 
socialistas judíos son, por 
lógica, doblemente infrahumanos y doblemente demoníacos. Y, 
lo justo es justo, les corresponde doble exorcismo. 
En cuanto a padres, hijos, tíos, amigos y conocidos de 
sociólogos, psicólogos, artistas y judíos, resultan 
sospechosos y pasibles de evaporación en su propio beneficio 
antes de que caigan en la tentación de pactar 
con el demonio. Además, todo sospechoso 
sabiamente exprimido, termina 
confesando su complicidad con el abismo. 
Los únicos humanos, super- 
humanos, insospechados de pactos con el maligno, 
somos los torturadores. 
Los únicos angelicales y superhumanos somos
los jefes de los torturadores. 
Y nuestros ideólogos y nuestros protectores y nuestros
amigos. Lo sabemos todo, nada se nos oculta; 
reconocemos de inmediato al poseído.

Y uno ya no sabe quién es uno; 
demonio, ángel, fantasma o sólo un símbolo 
a la espera de ser descifrado por alguno 
que uno no conoce ni lo conoce a uno. 
Otro decide quién soy 
desde las sombras de su escritorio, 
desde las sombras de su fantasía,
desde las sombras de su delirio. 
Uno es apenas un fantasma 
en un delirio que tortura al torturador; 
¿por qué no habría él de torturarlo a uno a su vez? 
Uno existe apenas para que él pueda 
vengar en uno, 
matar en uno,  
a sus fantasmas.

(Agosto de 1980)







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