jueves, 4 de septiembre de 2014

CARLOS BÉGUE [13.168]


Carlos Bègue

(Buenos Aires, Argentina, 1935)
Narrador y poeta. Ha publicado Oscuro tesoro de la muerte (cuentos, Premio  Municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires, 1984), El paseo del Centauro (cuentos, 1983), Buitre de pesares la memoria (novela, fue finalista en 1999 del  XVII Premio Herralde, Premio Osvaldo Soriano, Mar del Plata, 2001 y Primer Premio del Fondo Nacional de la Artes, 2003). En poesía es autor de Los Cardales (1986). Le decían cabezón  (cuentos, obtuvo una mención en el premio Casa de las América (Cuba, 1987) y en Uruguay el primer premio del concurso Cuentos de Inmigrantes.




Buceo

Para el deán del cabildo perderse con relatos fantásticos es rutina. Su biblioteca atesora centenares de volúmenes. Todos tienen un tema común: lo desconocido. Aunque está en paz con Dios y la mayoría de sus criaturas, no haber atravesado aquella frontera lo descorazona. Una tórrida noche de enero lee en la bañera del palacio arzobispal cuentos de la dinastía Ming. No puede conocer el final: al quitar el tapón se escurre con las aguas.





Periplo

Impulsada por singulares vientos, sor Dolores huyó del cenobio con su confesor. El tren alejó del sosiego a los amantes; en barco se libraron del obispo irascible.

Climas desconocidos agotaron pronto la pasión e impusieron el ayuno, la despedida.

En jubilosos lupanares, sabiamente instruida por traficantes y mercaderes, la monja dominó la alquimia de las más secretas perversiones. A través del opio y el ajenjo le sobrevino la nostalgia. Desanduvo mares, caminos, hasta las rejas del convento, y de rodillas ante la priora rogó su perdón.

“Hermana, nunca nos dejaste”, se azoró la anciana frente a su congoja.

Cuando sor Dolores pisó la celda, el ángel que ocupara su lugar cantaba en la ventana.





Trasnoche

Tumbado,
un ciruja al sol
puede helarle la sangre
a quien se le cruce por esas calles
(o provocarle un bostezo
en el mejor de los casos,
irremediable zoquete urbano),
pero si la escena es nocturna
y en el umbral del Colón
sueña un chico envuelto en diarios
ya el asiento se vuelve fulero.
Así, al avistarlo
tras la niebla húmeda
- tan densa como la del Walhalla
morada de los héroes difuntos
hacia donde cabalgaron las valquirias -
la dama de las pieles
vuelca sobre el cusifai
(lo real que tirita)
sus carnes maceradas en pachuli
y deja caer
media oblea con cereales,
eso sí, dietética.
¡Pobre angelito!, suspira.
¿Brincarán las pulgas
entre esas alas plegadas?
El falsete deschava los ratoneos de la mente.
A pasos, nomás, a la dama de las pieles
la esperan los sabores del Edelweiss,
aromas exquisitos, manteles sin tufo a orina.
A su abrigo,
rodeada por un séquito de epulones
embucha lechón con parvadas de chucrut
entre brindis golpe a golpe menos discretos.
Breve interludio
para algún eructo taimado y ...
¡A los postres, mes amies!
“Más fácil que un chancho
trepe a una antena
que esta morsa pierda un gramo de grasa”,
acierta Rufino, el mozo de siempre
mientras enciende ante la mesa 14
un sublime panqueque al rhum.
Tras el encantamiento del fuego
los flatos vaporean el espacio.
al amparo del mantel
¡fuera los coturnos!
Y a mover el dedo gordo
para aliviar los sabañones.
Al ángel caído
se le han volado las cobijas de papel.
Garúa.
¿Qué sueñan los que sueñan despiertos? 






De profetas y trompetas

De barba crespa, mensajeros de Dios
ajenos a toda mancia
o a mirar la bola de cristal,
los profetas de la Antigua Ley
hablaron sin pelos en la lengua
para la gente de su tiempo;
sus escraches y sentencias
realzan las páginas del Libro.
Eran hombres de carne y hueso
con virtudes y agachadas:
Elías, arrebatado por un carro de fuego;
el terco Jonás, fletado en la bodega de una ballena;
Oseas, cornudo sereno;
Ezequiel, a quien grávida de sentido
le cayó del cielo una mudez temporaria.
Larga es la lista,
pero valga como muestra este pócker de ases.
Amarga es la palabra de la profecía
cuando en horas de tinieblas
se vuelve espada contra el pueblo.
Aquí en este finismundi
de rancia servidumbre colonial
tuvimos el nuestro, es un decir,
falso criollo de cepa arábiga,
palabrero de sonrisa ancha,
traficante de vaginas,
diestro en las artes de biribirloque
para arrear el rebaño.
“Fortuna que no crece, se amengua”
- una lección mamada en el
Breviario del Buen Parásito
jamás la he olvidado, hermanos y hermanas.
Cierta vez amaneció con fiebre
y, sin mosquearse, cacareó a los cuatro vientos
la rauda venta de las joyas patrias
(o “teoría del derrame”, gran paja
entre la murga cipaya)
De yapa, viajes a las antípodas en un santiamén
remontando las nubes
y hacia abajo, un fosco mar de acero.
Nuestro “profeta” ya va para semilla,
tiene la cara seca
acuchillada con arrugas verticales
y su chamuyo apenas se oye.
Entretanto, sus paisas riojanos
- troncos de otra raíz,
frustrados argonautas -
siguen tragando el polvo de los caminos,
lo graban con sus huellas.
“Si esperan un poco más
algo prodigioso podría suceder”,
redobla ciego, a tientas con el bastón,
ajeno de culebras y torpes escarabajos.
En esas mudas soledades
alguien salta entre falsas lajas
en el cauce del río ausente
Aquellos anuncios triunfales
son ahora pliegos al viento,
noticias perdidas de un festín pedorro
- tan pronto ayer -
que engordó a los sabandijas
y dejó el tendal en la vía, en la vía. 





Epifanías

Así como el ermitaño
halla el preciso envión para remontarse
a las claras regiones
donde soplan vientos cansados
de cabalgar sobre el océano,
el poeta en su desierto
combate contra el polvo que enceguece al viajero.
Aquél sabrá
algún día
si la oración más perfecta
es el silencio
y el poeta descifrará en la arena
la geometría de las palabras. 





A una mujer ocupada

En tus ojos, ¿te lo habían dicho antes?
están guardados algunos paisajes.
Ciérralos por un momento
en esta noche sin portazos tardíos
ni pisadas ostentosas,
propicia para el amor y la confidencia.
Apoya ahora tu mano en la mía,
deja los pensamientos,
las hornallas y el dedal.
Navegaremos en línea recta
hasta esa playa
adonde hace tantas lunas
renunciaste a buscar almejas y diademas. 






Subasta

Aquí la noche es
un prodigioso desfile
de mates y estribos de plata,
algunas espadas,
dos leones que guardaron el palacio de Kieng-Lu,
piadoso mandarín de Shangai.
El Buda pestañea
bajo las luces;
los destellos del jade
y la obsidiana
lancean el corazón de los coleccionistas.
En este tiempo sin penumbras
ni más plegarias
que la multiplicación de las cifras
¿nadie tendrá piedad de Gauthama
y le acercará una vela
mientras dure la esgrima
de los postores?
Bosteza el viejo sereno
sentado en la alfombra de Shiraz.
Como al mercader de las miliunanoches,
tal vez le sea revelado
si esa suma de infinitos nudos tejidos con paciencia
deviene en portento volador.







Correpondencias

                                                                                 a Juan García Gayo
                                                                                      in memoriam


Como en el muro la hiedra
como la sal en el mar
como el canario en la jaula
como en la rama el zorzal
como el coyuyo en la noche
como en la tela la araña
como el viento en la cebada
como la lluvia en el centeno
como el hierro en la fragua
como en la cuna el ausente
como la voz en el desierto
como en la tierra el descanso
como el gozo en la Gloria.







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